Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—Segundo cajón —repitió Joyce, poniéndose de pie.

—O el tercero —rectificó Melissa después de pensarlo un instante. Se encogió de hombros—. Bueno, si no están allí, busca un poco. Estoy segura de que Brett no se ofenderá al descubrir que su esposa ha estado revolviendo sus cajones y metiendo las narices en sus asuntos.

—No tengo ninguna intención de meter las narices en sus asuntos. Solo quiero un cuaderno.

—Por supuesto, cariño.

El tono condescendiente de Melissa hizo que Joyce entrecerrara los ojos.

—¿Qué?

—Nada. Ve, ve. Busca tu cuaderno. Estoy segura de que sabrás resolverlo.

Joyce decidió que discutir con una mujer que se había declarado libre de responsabilidades era una pérdida de tiempo y salió en dirección al despacho.

Al llegar a este, abrió la puerta y permaneció un instante en el umbral.

Había entrado allí en varias ocasiones. Sin embargo, esa mañana el lugar le produjo una impresión distinta. Tal vez porque Brett no estaba. Su ausencia se notaba.

Ella la notaba. Demasiado.

Avanzó hasta el escritorio.

—Segundo cajón —murmuró.

De todas maneras, abrió el primero. Por simple curiosidad.

Plumas. Lacre. Un cortaplumas. Varios papeles doblados.

Lo cerró y abrió el siguiente.

Encontró dos cuadernos nuevos, una caja pequeña de sobres y, encima de ellos, un corbatín oscuro cuidadosamente doblado.

Sonrió.

—Por supuesto.

Lo tomó.

Tracie le había contado sobre esa costumbre años atrás.

Cuando Brett se concentraba demasiado en sus estudios o en los asuntos del vizcondado, comenzaba por quitarse la chaqueta.

Después aflojaba el corbatín. Y, si nadie aparecía para recordarle que existía un mundo fuera del despacho, terminaba deshaciéndose de él por completo y guardándolo en algún cajón para seguir trabajando con mayor comodidad.

Joyce incluso lo había visto hacerlo una vez.

A juzgar por aquel hallazgo, ciertas costumbres no habían cambiado.

Doblando mejor la tela entre sus dedos, pensó en llevarla a su alcoba para que Wilfred la guardara donde correspondía.

Cerró el cajón.

Dio dos pasos hacia la puerta.

Se detuvo.

Miró el corbatín en sus manos. No había ninguna razón para dejarlo allí. Pero tampoco había ninguna razón para llevárselo.

Regresó al escritorio, abrió otra vez el cajón y colocó la prenda donde la había encontrado.

—Ahí no molestas a nadie.

Quizá incluso lo prefería. Abrir el cajón y descubrir una prenda olvidada por Brett hacía que su ausencia pareciera un poco menos evidente, como si se hubiera quitado el corbatín esa misma mañana y pudiera regresar en cualquier momento a buscarlo.

Tomó uno de los cuadernos y cerró el cajón.

Apenas se había sentado en la silla de Brett y comenzaba a escribir la fecha en la primera página cuando llamaron a la puerta.

—Adelante.

Alice, la doncella de las Plageman, asomó la cabeza.

—Ha llegado correspondencia, milady.

—Déjala allí, por favor.

Señaló una esquina del escritorio y volvió a inclinarse sobre el cuaderno.

Alice no se movió. Al parecer, se había tomado la tarea de entregar esa correspondencia por una razón.

—Una de las cartas es de Lord Kinloss.

La punta de la pluma quedó suspendida sobre el papel. Joyce la dejó a un lado. No se apresuró. O procuró que no lo pareciera. Extendió la mano y Alice depositó el sobre en ella.

Reconoció de inmediato la letra de Brett y algo en su interior pareció acomodarse de una manera extraña.

—Gracias, Alice.

La doncella sonrió antes de hacer una pequeña reverencia y dirigirse hacia la puerta. Cuando la cerró, Joyce rompió el sello de cera.

« Brindisi, Italia » fue lo primero que leyó.

La carta no era larga. Brett contaba que el viaje a través de Europa había transcurrido sin mayores inconvenientes y que, si todo salía según lo previsto, partirían al día siguiente.

Se quejaba de las interminables horas pasadas en trenes y hacía una observación burlona sobre Roderick, asegurando que hasta el momento ninguno de los dos había conseguido perder el equipaje, el dinero ni la dignidad, aunque esta última todavía corría peligro.

Casi al final encontró unas líneas dedicadas a ella.

Espero que Kinloss no te esté dando demasiados problemas. Si Melissa intenta convencerte de que alguna de sus extrañas costumbres domésticas constituye una tradición ancestral de los Grenville, no le creas. Es probable que se la haya inventado esa misma mañana.

Joyce sonrió.

Cuida de la casa en mi ausencia, esposa. Prometo intentar devolverte al vizconde entero.

La sonrisa permaneció unos segundos más. Después bajó la carta.

Sobre el escritorio estaba su cuaderno nuevo. Volvió a coger la pluma. En la primera página solo había escrito la fecha. Debajo trazó cuidadosamente: Carbón. Chimeneas. Cortinas. Provisiones. Ropa blanca.

Contempló la lista.

—No te preocupes, esposo —murmuró—. Creo que puedo arreglármelas.

Un mes después de su partida.

—No tan rectos, señor Chester. Creo que quedarían mejor si les damos una forma un poco más redondeada.

El jardinero contempló los setos. Después contempló a Joyce. Luego volvió a contemplar los setos, quizá con la esperanza de que estos pudieran explicarle mejor qué esperaba de él la nueva señora de Kinloss.

—¿Redondeados, milady?

—Sí. Es una de las últimas tendencias en los arreglos ornamentales de los jardines. No tan redondeados, por supuesto. Solo hay que suavizar un poco las líneas, darles algo de movimiento para que parezcan menos rígidos.

Joyce dibujó una curva en el aire con la mano.

El señor Chester siguió el movimiento con mucha concentración.

A pocos pasos de ellos, Melissa estaba cómodamente instalada en un banco del jardín, disfrutando de una de las últimas mañanas agradables antes de que el frío terminara de instalarse. Tenía un libro abierto sobre el regazo y, como no podía ser de otra manera, una taza de té al alcance de la mano.

Joyce se volvió hacia ella.

—¿No crees que quedarán mejor?

Melissa levantó la mirada hacia los setos.

—Sin duda.

—Ni siquiera sabes de qué estoy hablando.

—Claro que sí. De setos.

Joyce resopló y regresó junto al jardinero.

—Permítame, señor Chester. Creo que será más fácil si le muestro.

Se colocó los guantes que había dejado sobre el banco de piedra y tomó las tijeras de podar.

—La idea sería...

No llegó a terminar. Un movimiento cerca de la casa captó su atención.

Alice se encontraba junto a la puerta que daba al jardín con varias cartas en la mano. Agitó una de ellas en el aire. Joyce reconoció la letra incluso desde donde estaba.

Las tijeras de podar cayeron sobre la hierba.

—Milady... —alcanzó a decir el señor Chester.

Tarde... Joyce ya se alejaba.

Se quitó un guante mientras atravesaba el jardín a paso rápido. El segundo se resistió un poco más y terminó arrancándoselo de los dedos antes de llegar hasta la doncella.

Melissa siguió toda la maniobra desde el banco.

—Debe ser una carta de Brett —murmuró, sonriendo con picardía.

El señor Chester miró las tijeras abandonadas sobre el césped.

—¿Y los setos, señora?

Melissa retomó la lectura.

—Como usted pensaba hacerlos, señor Chester.

—Pero milady dijo...

—Milady ya no recuerda que existen los setos. Pode, pode.

En cuanto llegó junto a Alice, Joyce tomó el sobre, rompió el sello allí mismo y desplegó la carta.

« Aden » .

Brett había llegado bien. Roderick también, aunque, según él, comenzaba a resultar difícil determinar cuál de los dos estaba más cansado del otro.

El viaje había sido largo, el calor parecía dispuesto a compensar por sí solo todos los inviernos ingleses que Brett había padecido y, si no surgía ningún contratiempo, pronto continuarían hacia Oriente.

Joyce avanzó algunas líneas.

Creo que este lugar te habría gustado. Hay algo fascinante en contemplar tantos barcos, mercancías y personas procedentes de lugares que hasta hace poco para mí no eran más que nombres sobre un mapa. Tú habrías querido verlo todo, recorrerlo todo.

La sonrisa apareció antes de que pudiera evitarlo. Continuó leyendo.

Aunque debo reconocer que comienzo a sentir el viaje en el cuerpo y sospecho que tú lo habrías sentido bastante más que yo.

Así que retiro parcialmente lo dicho: te habría gustado Aden durante unas horas y después habrías exigido una cama decente, un baño y varios días para recuperarte de la aventura.

Joyce frunció el ceño.

—Imbécil.

Alice se tapó la boca para disimular una sonrisa.

Joyce levantó los ojos.

—No hablaba contigo.

—Por supuesto que no, milady.

Volvió a la carta.

En cualquier caso, creo que hiciste bien en quedarte. Además, alguien tiene que impedir que Melissa convierta Kinloss en un lugar irreconocible durante mi ausencia. Ya lo ha hecho antes.

Joyce miró hacia el jardín.

Melissa continuaba instalada en el banco, leyendo y bebiendo té, mientras el señor Chester se ocupaba de los setos e intentaba llevar a cabo las indicaciones que ella le había dejado. Un poco más curvos. Más suaves. Menos rígidos.

Joyce soltó una pequeña risa.

Si Brett supiera.

Dos semanas atrás no había querido cambiar unas cortinas porque no se sentía con derecho a dejar una marca demasiado duradera en Kinloss. Y, sin embargo, allí estaba, decidiendo incluso la forma que debían tener los setos.

Quizá no fueran más que pequeños cambios. Pero cada vez había más de ella en aquella casa.

Sonrió y volvió a bajar la mirada hacia la carta.

La leería una vez más. Solo para asegurarse de que no se le hubiera escapado ningún detalle.

Y quizá, después, una tercera.

Quién sabía.

Un mes y medio después de su partida.

El carruaje con el escudo familiar esperaba frente a la entrada principal cuando Joyce y Melissa salieron de la casa.

En esa ocasión, Melissa había decidido hacer una pausa en su retiro de las actividades sociales y hogareñas.

No todos los días la nueva vizcondesa visitaba por primera vez al vicario de la parroquia y, mucho menos, para comenzar a organizar la asistencia que recibirían las familias más necesitadas de la región durante el invierno.

Había ciertas obligaciones que, según ella, justificaban abandonar su cómodo sillón y una buena taza de té.