Capítulo 16
Dos semanas después de su partida.
J oyce sabía muy bien que una casa no funcionaba solo porque hubiese criados encargados de cada tarea ni porque un administrador llevara las cuentas de las propiedades. Había una infinidad de pequeñas decisiones que terminaban llegando, de una manera u otra, a la señora de la casa.
La cuestión era que ahora la señora de la casa era ella.
¡Rayos!
Pedidos, reparaciones, provisiones, ropa blanca, visitas, correspondencia. Asuntos tan cotidianos que durante buena parte de su vida no había reparado en ellos. Para Joyce, las cosas simplemente sucedían. Las órdenes eran dadas y, poco después, alguien se encargaba de cumplirlas.
Durante su infancia, bien podría haber considerado a su madre una especie de hada madrina. Lady Madeleine solo tenía que agitar un dedo y todo parecía resolverse casi por arte de magia.
Claro que detrás de aquella magia había un sinfín de empleados dispuestos a responder a las indicaciones de su señora.
Debía agradecerle a su madre las lecciones que, sin proponérselo, le había impartido durante todos esos años.
Gracias a ellas no se sentía a ciegas en su nuevo papel.
Había crecido observándola y contaba con su ejemplo cada vez que surgía alguna duda.
De todas maneras, eso no impedía que todavía se sintiera un poco fuera de lugar.
Conocía Kinloss, conocía a buena parte de quienes vivían y trabajaban allí, pero una cosa era frecuentar la casa y otra muy distinta tomar decisiones sobre su funcionamiento.
En realidad, había confiado en que Melissa continuara ocupándose de buena parte de esas tareas mientras ella encontraba su sitio.
Por lo visto, la señora Plageman tenía otros planes.
Después de muchos años atendiendo asuntos que nunca le habían correspondido del todo, parecía dispuesta a disfrutar de unas auténticas vacaciones. Bajo el mismo techo, por supuesto, pero sin impartir una sola orden, resolver un problema o decidir qué debía hacer nadie.
Y estaba tomándose su nuevo cometido de no hacer nada con admirable seriedad.
—El pedido de carbón debería aumentarse antes de que llegue el frío —explicó la señora Fincher, el ama de llaves, mientras repasaba la lista que tenía delante—. El año pasado nos quedamos algo justos a finales de noviembre y dicen que este invierno será más intenso que el anterior.
Las tres estaban reunidas en una pequeña sala contigua al comedor, alrededor de una mesa sobre la que se acumulaban papeles, facturas y listas.
Melissa permanecía junto a la ventana, con una taza de té entre las manos y una actitud muy relajada para alguien que, hasta hacía apenas una semana, se había ocupado de buena parte de aquellas cuestiones.
Joyce la miró de reojo.
Melissa bebió un sorbo de su té. Después de tantos años en Inglaterra, finalmente había hecho las paces con esa infusión que al principio le había parecido incapaz de competir con una buena taza de café.
El Earl Grey había terminado por ganarse un lugar entre sus preferencias y ahora lo disfrutaba con evidente placer.
Cualquiera que contemplara la paz que emanaba de ella se lo pensaría dos veces antes de interrumpirla.
Muy bien. Tendría que arreglárselas sola.
—Entonces aumentémoslo —resolvió Joyce sin dudar—. No tiene sentido esperar a quedarnos sin carbón para descubrir que necesitábamos más, sobre todo si se espera un invierno más intenso.
La señora Fincher hizo una breve anotación en la pequeña libreta que sostenía entre las manos.
—También habría que revisar las chimeneas del ala oeste antes de comenzar a utilizarlas a diario.
—Que las revisen de inmediato, señora Fincher.
La mujer hizo otra anotación.
Eso había sido fácil.
Joyce se acomodó un poco mejor en la silla.
El intercambio había resultado mucho más fluido de lo que esperaba y, por primera vez desde que habían comenzado, sintió que quizá ese papel no le quedaba tan grande.
No era tan distinto de lo que había visto hacer a su madre.
Cambiaban los nombres de los proveedores, las cantidades, las costumbres de la casa.
Incluso el modo de organizar las cuentas era diferente. Pero la lógica era la misma.
—Milady, queda el asunto de las cortinas de las habitaciones del ala este —continuó la señora Fincher.
—¿Qué sucede con ellas?
—Están bastante deterioradas. Y, dado que son las habitaciones destinadas a las visitas, presumo que con esta nueva dinámica familiar tendremos ocasión de utilizarlas con mayor frecuencia. ¿No es así, milady?
Antes de que Joyce respondiera, Melissa carraspeó.
—Presume bien, señora Fincher. Tenemos que tener todo en condiciones. —Hizo una breve pausa y miró a Joyce por encima del borde de la taza—. Perdón. Tienes que tener todo en condiciones.
—De acuerdo —declaró Joyce con muy poco entusiasmo—. Entonces reemplace las cortinas del ala este, señora Fincher.
La mujer hizo una anotación en su libreta, y luego esperó. Pasaron unos segundos.
—¿De acuerdo qué, milady? —preguntó finalmente el ama de llaves.
Joyce frunció el ceño.
—De acuerdo con reemplazar las cortinas.
—Sí, milady. Eso lo he comprendido. Pero ¿qué cortinas desea? El color. La tela. El grosor.
Joyce guardó silencio. Pensó el asunto con detenimiento: color de la tela. Tipo de tela. Grosor de la tela.
Demasiadas cuestiones relacionadas con una cortina.
De telas para vestidos podía hablar durante horas. Sedas, muselinas, terciopelos, encajes. Pero dudaba mucho que sus conocimientos sobre cómo hacer que un escote resultara favorecedor sirvieran de algo para vestir una ventana.
Menos mal que no se había casado con Hamish. Si elegir las cortinas adecuadas para un vizcondado ya suponía semejante desafío, no quería ni imaginar lo que habría sido enfrentarse a un ducado entero.
Bendito fuera Brett.
Aunque, pensándolo mejor, tampoco pensaba dejar que saliera indemne de aquello. Muy cómodo estaba él al otro lado del mundo mientras su flamante esposa decidía el color y el grosor de las cortinas.
Ya se las vería con él cuando regresara.
—Las que usted considere más apropiadas, señora Fincher.
La señora Fincher sonrió, aunque negó con la cabeza.
—No me atrevería a asumir semejante responsabilidad, milady.
Joyce volvió el rostro hacia Melissa en busca de ayuda.
Melissa decidió de pronto que el interior de su taza contenía algo mucho más interesante. La observó con tanta concentración que cualquiera habría pensado que el Earl Grey acababa de revelarle los secretos del universo.
—Señora Fincher —dijo Joyce, volviéndose nuevamente hacia el ama de llaves—, encárguelas iguales a las que ya están.
La mujer pareció sorprendida.
—¿Está segura, milady? Pensé que quizá desearía aprovechar la ocasión para cambiar el color o elegir otro estilo.
Era una suposición lógica. Con una nueva señora en Kinloss, nadie habría encontrado extraño que quisiera introducir algunos cambios.
Pero no.
—Estoy segura. Mantengamos el mismo color, la misma tela y el mismo estilo.
Porque ahí estaba el verdadero problema. Aunque todos parecieran convencidos de que podía elegir, Joyce no sentía que tuviera derecho a hacerlo.
Una cosa era ordenar carbón. El carbón se quemaba y desaparecía. Las provisiones se consumían. Una chimenea se reparaba porque era necesario. Pero unas cortinas podían permanecer allí durante años.
Elegirlas significaba dejar algo suyo en Kinloss. Una pequeña marca de su paso por esa casa que podía continuar mucho después de que ella hubiera dejado de ocupar el lugar que ahora todos parecían tan dispuestos a concederle.
Y Joyce no estaba segura de que esa marca distintiva le perteneciera. No cuando su falso matrimonio tenía una fecha de caducidad.
Conocía Kinloss desde hacía mucho tiempo. Había visitado la casa un centenar de veces, había caminado por sus corredores y entrado en muchas de sus habitaciones. Sin embargo, nunca había pensado que algún día alguien le preguntaría de qué color quería vestir sus ventanas.
¿Hasta qué punto debía modificar una casa que, tarde o temprano, dejaría de ser suya?
Aunque, estrictamente hablando, nunca hubiese sido suya en primer lugar.
Solo pensar en ello le produjo una incomodidad que prefirió apartar enseguida. Lo mejor era concentrarse en las cosas importantes. En lo que se podía resolver en lo inmediato.
—¿Algún asunto más, señora Fincher?
—Sí, milady. Necesitamos realizar los pedidos de harina, azúcar y conservas para el próximo mes.
—Despreocúpese. Eso puedo hacerlo yo —respondió con total seguridad.
—También están las cuentas de la ropa blanca.
—De esas me ocupo también.
Joyce acercó uno de los papeles, tomó la pluma que había sobre la mesa y buscó un espacio libre donde comenzar a anotar.
Si había algo que podía reconocer sin falsa modestia era que se le daban bien los números. Las cifras eran ordenadas, previsibles y, siempre que una supiera qué hacer con ellas, conducían a un resultado.
Las decisiones personales eran otra cuestión. En ese terreno, su historial reciente demostraba que quizá no debía presumir de la misma habilidad.
—Necesitas un cuaderno —dijo Melissa, que finalmente había dejado de buscar los secretos del universo en el fondo de su taza y ahora la observaba.
—No te preocupes. Tengo papel.
—Sí, y dentro de dos semanas tendrás veinte hojas sueltas y no recordarás qué anotaste en cada una. Un cuaderno es mucho más práctico.
Joyce miró la hoja que tenía delante.
—Ahora que lo dices, tienes razón. Mi madre también utiliza cuadernos. —Se volvió hacia el ama de llaves—. Señora Fincher, ¿sería posible conseguir alguno?
—En el despacho debe de haber unos cuantos —intervino Melissa—. Siempre procuraba tener varios de repuesto. Incluso encontrarás allí algunos de los últimos que utilicé yo.
—¿En el despacho de Brett?
—Segundo cajón del escritorio, si no recuerdo mal.
Joyce continuó mirándola. Melissa se llevó la taza a los labios. No pensaba acompañarla. Sus vacaciones no solo incluían dejar de tomar decisiones, sino también evitar cualquier desplazamiento que pudiera realizar otra persona en su lugar.