Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 14 #4
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Capítulo 14 #4

La expresión de Joyce comenzó a perder buena parte del entusiasmo que había mostrado instantes antes.

—Tendríamos que cruzar primero hasta el continente —prosiguió Brett—, atravesar Europa hasta Brindisi y embarcar allí. Después seguiríamos por el Mediterráneo, Port Said, el canal de Suez, Adén...

Joyce lo observaba en silencio.

—...Ceilán, probablemente Singapur y después Hong Kong. Eso suponiendo que las conexiones coincidan, que el tiempo acompañe y que no tengamos ninguna demora importante durante el trayecto.

El ceño de Joyce se fue frunciendo con cada nueva escala.

Melissa dejó su taza sobre la mesa.

—Y una vez allí —continuó Brett— tendríamos que reunirnos con nuestros contactos, revisar mercancías, negociar condiciones, cerrar acuerdos...

Melissa se incorporó de su sillón.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Joyce.

—¿Allí?

—Sí, Brett. En ese pequeño detalle que parece existir entre los cuarenta días de ida y los cuarenta días de vuelta.

—Quince días como mínimo...

Melissa recogió su bordado.

—Entonces estamos hablando de tres meses.

—En el mejor de los casos. Yo calcularía algo más para no depender de que todo salga como esperamos.

—¿Cuánto es «algo más»?

—Quizá cuatro meses.

Joyce permaneció unos segundos en silencio. Ese fue su último acto meditativo de la tarde.

—No —sentenció, ya convencida—. Pensándolo mejor, definitivamente no.

Brett asintió y exhaló al mismo tiempo.

—Eso mismo llevo intentando decirte desde el principio.

Los dos se volvieron casi al mismo tiempo hacia Melissa, dispuestos a comunicarle la conclusión a la que finalmente habían llegado.

El sillón estaba vacío.

Joyce miró alrededor. Brett hizo lo mismo. Nada. Ni Melissa ni el bordado estaban en el salón. En qué momento había decidido abandonarlos era algo que ninguno de los dos habría podido determinar.

—Bueno, como sea. —Joyce se encogió de hombros—. Prepararé las maletas.

—¿Las maletas? —Brett la miró con alarma—. ¿Vas a venir conmigo al final? Decídete de una vez.

—No. —Joyce soltó una risa—. Tus maletas. Ni loca voy a pasar cuarenta días viajando para llegar a China, permanecer allí otros veinte y después pasar cuarenta días más intentando regresar. Veré cómo entretenerme aquí. Ve tú... —Le dio un par de palmaditas en la mejilla.

Brett pareció recuperar el aliento. Ella se acercó un poco hacia él y bajó la voz, como si Melissa todavía pudiera escucharlos desde algún rincón del salón.

—Pero tengo que comportarme como una esposa, ¿verdad? Y una esposa debe preparar las maletas de su marido.

—No estoy seguro de que esa sea una obligación matrimonial. Y, de serlo, no te preocupes. Puedes pasarla por alto.

El solo hecho de imaginar a Joyce preparando su equipaje le produjo una inquietud difícil de justificar.

Después de tres años en América, Brett se había acostumbrado demasiado a ocuparse de sus propias cosas como para permitir que alguien decidiera ahora qué prendas y accesorios debían acompañarlo hasta el otro extremo del mundo.

Bastante tenía ya con conservar a Wilfred como ayudante de cámara, cuando la mayor parte del tiempo prefería encargarse él mismo de lo que se suponía que debía hacer el hombre.

—Despreocúpate, Brett. Yo lo haré.

—No es necesario, Joyce. Yo lo haré.

—Acabo de decir que lo haré yo.

—Y yo acabo de decirte que no es necesario.

—Perfecto. Entonces está decidido —finalizó Joyce. Y salió del salón con paso veloz y decidido.

Brett tardó un instante en comprender que, de algún modo, ella había interpretado aquella conversación exactamente al revés.

Fue tras ella.

—No te preocupes —la oyó decir mientras avanzaba por el corredor—.

He preparado las maletas de Robin alguna vez.

Sé cómo hacerlo... —Joyce pareció elaborar una rápida lista mental—.

Calcetines, pantalones, camisas, una o dos chaquetas de abrigo...

—De pronto dio una palmada, satisfecha—.

¡Oh! Y ropa interior. Bastante ropa interior.

El simple hecho de escuchar esas dos últimas palabras hizo que Brett acelerara el paso.

¡Dios santo!

¿Su ropa interior?

¡No!

De pronto tuvo la espantosa certeza de que, si no conseguía detenerla antes de que llegara a su habitación, no solo terminaría viajando a China con media casa dentro de un baúl, sino que además lo haría con las mejillas todavía encendidas por la vergüenza.

—Joyce, no...

El sonido de la campanilla que anunciaba la cena interrumpió su desesperado intento por detenerla.

Un instante después, el ama de llaves apareció al otro extremo del corredor.

—Milord, milady. La cena está servida.

Joyce se detuvo.

—¡Oh, cierto! La cena. —Se volvió hacia Brett—. Primero cenemos.

Y, con la misma facilidad con la que unos segundos antes había decidido ocuparse personalmente de su ropa interior, cambió de rumbo y se encaminó hacia el comedor.

Brett dejó escapar el aire que había estado conteniendo.

Benditos fueran los cielos.

Miró hacia el ama de llaves.

—Gracias. Le debo una.

La mujer lo observó sin comprender.

Brett no se molestó en explicárselo y fue tras su esposa al comedor.