Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

—No. A que Brett esté en otro continente. Estuvo casi tres años en América y yo... —Joyce dirigió una mirada hacia él—. Como bien sabrá, Melissa, aquí estuve.

—Esperándome —aportó Brett, con una sonrisa satisfecha.

—No. Esperándote, no. Por si no lo recuerdas, estuve a punto de casarme con un duque.

Joyce arqueó una ceja.

Brett hizo lo mismo.

—Una aclaración bastante innecesaria, ¿no te parece?

Como si alguien la hubiese obligado a aceptar casarse con el duque. O, en su defecto, a huir de su propia boda con un vizconde.

Aunque eso último, debía reconocerlo, le resultaba infinitamente más agradable. Porque podía fingir toda la indiferencia que quisiera ante Joyce, pero la sola idea de regresar de América y encontrarla convertida en la esposa de otro hombre le habría amargado la existencia.

—Bueno, bueno —intervino Melissa, dando un par de palmadas antes de que alguno pudiera continuar—. Creo que nos estamos desviando del tema. ¿Podemos regresar a China, por favor?

—Sí, mejor regresemos a China —repuso Brett.

Cualquier cosa era preferible a seguir hablando del duque.

—Está bien. Acepto que el viaje no pueda postergarse. Hay negocios que deben atenderse en determinados momentos. Tú y yo lo sabemos muy bien.

Melissa apartó definitivamente el bordado. Cogió la taza que descansaba a su lado y bebió un sorbo del té que quedaba en ella. Estaba tibio, casi frío, pero le sirvió para aclararse la garganta antes de continuar.

—Lo que tampoco puede postergarse es un matrimonio. Así que, si de todas maneras tienes que viajar, ve con tu esposa. Podrían considerarlo una especie de viaje de bodas.

Viaje de bodas.

Aquellas tres palabras consiguieron captar de inmediato la atención de ambos.

Para Brett, la respuesta era sencilla.

No.

Ahora sabía lo que sentía por Joyce. Lo sabía quizá con demasiada claridad.

Y aunque jamás haría nada que pudiera incomodarla ni aprovecharía las circunstancias para imponerle sentimientos que ella no compartía, permanecer a su lado tampoco parecía la manera más sensata de conseguir que los suyos dejaran de crecer.

En cierto modo, China le ofrecía algo que no había buscado hasta entonces: distancia.

En Kinloss solo una puerta separaba sus habitaciones.

Durante el día compartían desayunos, cenas, conversaciones y una pantomima matrimonial que cada vez les exigía más cercanía.

Quizá no fuera mala idea sustituir esa puerta por unos cuantos miles de kilómetros y permitir que el aire de China enfriara un poco esas emociones que parecían demasiado empeñadas en mantenerse a flor de piel.

Joyce, en cambio, llegó a una conclusión muy diferente.

Un viaje de bodas podía no ser una idea tan descabellada.

No sería un verdadero viaje de bodas, por supuesto.

Pero fuera de Inglaterra desaparecería buena parte de la necesidad de aparentarlo.

Allí estaban rodeados de personas que los conocían, que sabían cómo había comenzado su amistad y, sobre todo, que creían conocer la apasionada historia de amor que los había llevado a huir juntos.

Cada gesto debía contribuir a sostenerla.

En China sería distinto.

Lejos de Londres, de sus familias y de cualquier conocido ante quien debieran representar a dos enamorados incapaces de vivir el uno sin el otro, podrían limitarse a ser...

ellos. Un matrimonio convencional cuando hubiera ojos observándolos y dos buenos amigos cuando no los hubiera.

Nadie esperaría de ellos grandes demostraciones de afecto.

Nadie conocería siquiera las circunstancias de aquella boda.

Visto de ese modo, quizá China pudiera proporcionarles unas pequeñas vacaciones de su propio matrimonio.

—No —exclamó Brett.

—Sí —dijo Joyce al mismo tiempo.

Se miraron.

¿Qué demonios?

Brett frunció el ceño, como si esperara que Joyce le explicara qué podía encontrar de atractivo en la idea de acompañarlo hasta China.

Ella respondió con un pequeño encogimiento de hombros.

¿Qué demonios?

¿No acababa de explicar él mismo que el viaje era inevitable? Si tenía que ir de todas maneras, ¿qué diferencia podía suponer que ella lo acompañara?

Melissa pasó la mirada de uno al otro.

¿Qué demonios?

Por lo visto, la perfecta compenetración matrimonial acababa de alcanzar su límite.

Brett sostuvo la mirada de Joyce. Intentó transmitirle con ella lo que hasta ese momento habían conseguido comunicarse sin demasiadas dificultades.

Di que no.

Joyce ladeó apenas la cabeza.

¿Por qué?

Él entrecerró los ojos.

Porque no.

Ella volvió a encogerse de hombros.

Pues convénceme.

—Son casi cuarenta días de viaje —dijo Brett finalmente.

—¿Cuarenta días?

Joyce meditó la cifra. Nunca había realizado un viaje de semejante magnitud.

Cuarenta días parecían muchos, desde luego, pero también podía resultar una experiencia interesante.

Sería la primera vez que se alejaba tanto de Inglaterra y, después de todo, no todos los días se tenía la oportunidad de conocer un lugar tan exótico.

Quizá podría adaptarse.

—Bueno... —concedió—. Cuarenta días tampoco son una eternidad.

—De ida.

Joyce parpadeó.

—¿Qué?

—Cuarenta días de ida.

—¿Y de vuelta cuánto?

Brett la miró con el ceño fruncido tratando de decidir si hablaba en serio.

—Joyce, China no se acerca a Inglaterra mientras nosotros estamos allí.

Ella arqueó una ceja.

—Ya sé que China no se mueve, Brett. Te estoy preguntando cuánto demora el regreso.

—¡Lo mismo! Otros cuarenta días, si todo marcha bien.

Joyce empezó a hacer cuentas mentalmente.

—¿Me estás diciendo que solamente viajando estaríamos hablando de...? Dos meses y medio.

—Más o menos... Con suerte.