Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—No necesito que me proporciones las coordenadas geográficas, Brett —lo interrumpió Melissa—. Sé dónde queda. Lo que intento comprender es por qué tienes que ir... —Hizo una pausa deliberada—... ahora.

—Porque ese era el plan. Te hablé de ello ni bien regresé de América. Roderick y yo llevamos bastante tiempo trabajando en esto.

—Lo recuerdo... Y en aquel momento me pareció un plan excelente.

—Entonces quita esa expresión de tu cara, tía. Pareciera que lo que acabo de mencionarte representa un problema cuando tú misma acabas de decir que no lo es.

Los tres se encontraban en el salón contiguo al comedor, a la espera de que les anunciaran que la cena estaba servida.

El fuego ardía en el hogar y Melissa, instalada cerca de él, había estado bordando con dedicación una de las pequeñas sábanas destinadas al segundo hijo de Tracie.

Joyce ocupaba otro sillón junto al hogar.

Sostenía un libro que parecía entretenerla bastante.

Melissa dejó la aguja suspendida sobre la tela y dirigió hacia la reciente y flamante vizcondesa una mirada significativa.

—Por lo visto, el único que no ve el problema eres tú.

Brett siguió la dirección de los ojos de Melissa. Ambos vieron cómo Joyce pasaba una página. Estaba demasiado compenetrada en la lectura para advertir siquiera que hablaban de ella.

—¿Y cuál es exactamente el problema?

—Que cuando me pareció un plan excelente no tenías esposa.

Melissa volvió a mirar hacia Joyce. Tosió. Nada, ni una reacción por parte de la muchacha, seguía leyendo.

Melissa tosió de nuevo, esta vez con tan poca naturalidad que Brett tuvo que contener una sonrisa.

—He dicho que ahora tienes una es-po-sa —repitió, de manera pausada y elevando la voz.

Joyce levantó por fin los ojos del libro.

¡Rayos!

Todavía no había conseguido familiarizarse del todo con aquella palabra... Esposa . Quizá debería dedicar unos minutos cada mañana a practicar frente al espejo.

Eres una esposa. Esposa. Vizcondesa. Esposa y vizcondesa. Al menos hasta que se demuestre lo contrario. Procura que nadie demuestre lo contrario.

—Ah, sí. Es verdad. La tienes —dijo. Miró a Brett y le dedicó una sonrisa.

Él se la devolvió de inmediato.

Oh, encantadores los dos.

—Lo siento, no estaba prestando demasiada atención. ¿De qué estaban hablando? —preguntó finalmente ella, manteniendo la sonrisa en los labios.

—De China —le informó Melissa, con un tono que dejaba bastante clara su opinión sobre la decisión de Brett, como si esperara encontrar en Joyce el respaldo que él se negaba a concederle—.

Del plan de viajar allí por negocios. Le estaba diciendo que, cuando me habló de ello hace unas semanas, me pareció una excelente idea.

Pero las circunstancias eran otras y considero que ahora debería replanteárselo.

No sé qué opinas tú, Joyce, pero me interesaría saberlo.

Joyce cerró el libro sobre uno de sus dedos para conservar la página y miró primero a Brett.

Buscó en sus ojos alguna indicación de lo que esperaba de ella.

No tardó demasiado en encontrarla. Al parecer, esperaba que considerara tan razonable como él la decisión de viajar a China, aun cuando apenas llevaban una semana de casados.

Una vez establecido aquel acuerdo silencioso entre ambos, Joyce desvió la mirada hacia Melissa.

—Bueno, si tengo que ser sincera, yo no conocía el plan. Pero si ambos consideraban que era una excelente idea antes, supongo que sigue siendo una excelente idea. No veo ninguna razón para cambiarlo.

—Exacto —dijo Brett, satisfecho—. Eso mismo intento explicarte, tía.

Joyce volvió a mirarlo y Brett sostuvo su mirada durante un instante.

Los dos parecieron complacidos con la facilidad con la que acababan de alcanzar un acuerdo.

Melissa, en cambio, los observó como si esa repentina muestra de armonía conyugal no les resultara tan admirable como ellos parecían creer.

—No necesito que me lo expliques más. No he cambiado de opinión con respecto al plan de negocios. Lo único que intento poner sobre la mesa es que las circunstancias han cambiado. A eso me refiero. ¿Lo entienden?

—¿En qué sentido han cambiado? —preguntó Brett.

Melissa dejó escapar un suspiro.

Por lo visto, ambos continuaban sumergidos en una extraña burbuja que les impedía recordar que, apenas una semana atrás, habían protagonizado una de las fugas más escandalosas de la temporada.

Londres todavía se entretenía con los pormenores de ese romance arrebatado que había dejado a un duque esperando ante el altar.

—Ya veo que tendré que ser mucho más específica —dijo Melissa—. Tú eres Lord Grenville, ¿verdad?

—Sí.

—Lord Grenville, vizconde de Kinloss.

—Hasta ahí te sigo, tía.

Melissa volvió los ojos hacia Joyce.

—Y tú eres...

—Lady Joyce Gri....

Brett carraspeó, interrumpiéndola adrede.

Ella comprendió su error de inmediato. Sin embargo, bajo la mirada expectante de Melissa, permaneció unos segundos en silencio, como si la corrección que debía hacer se negara a llegar con la suficiente rapidez.

—Grenville —apuntó Brett.

—Grenville —se corrigió Joyce—. Vizcondesa de Kinloss.

—Perfecto. Veo que finalmente estamos en sintonía y comprenden a qué me refiero.

—Tienes razón, Melissa. —Joyce asintió como si acabara de descifrar una cuestión muy compleja—. Nuestra boda fue tan inesperada, incluso para nosotros mismos, que por momentos olvidamos ese pequeño detalle.

—Sí —repuso Melissa con sequedad—. Apenas un detalle. Muy pequeño. A cualquiera se le pasaría, ¿no?

Brett y Joyce volvieron a mirarse. Esta vez ninguno pareció encontrar en el otro una respuesta apropiada.

Y la realidad era que no la tenían. Brett optó entonces por algo bastante más sencillo que las palabras.

Se acercó al sillón de Joyce y se acomodó en uno de los apoyabrazos, reduciendo la distancia entre ambos hasta componer, al menos a simple vista, una imagen bastante convincente de dos recién casados encantados de estar juntos.

—Como sea —continuó Brett, una vez adoptada una postura que consideró más acorde con la de un marido reciente—, China siempre estuvo en mis planes. Lo otro no.

Joyce volvió el rostro hacia él.

—Qué romántico lo tuyo.

Le clavó una mirada que, en otras circunstancias, habría sido el equivalente a un codazo en las costillas.

—Perdón, no me expresé bien —se apresuró a decir Brett, casi sintiendo el golpe imaginario—. Lo que quiero decir es que, si hubiese previsto casarme, de más está decir que no habría planeado marcharme a China inmediatamente después de mi boda. ¿O no?

La pregunta iba dirigida a Joyce, como si la respuesta debiera resultar evidente. Ella mantuvo una ceja arqueada durante unos segundos.

—Bueno... viéndolo desde ese lado, tienes razón.

—Gracias.

—Reconozco que me toma un poco por sorpresa. —Joyce compuso una expresión afligida y parpadeó hacia él con el aire de una jovencita perdidamente enamorada—. Voy a extrañarte.

Brett le sostuvo la mirada, esforzándose por mantener la seriedad. Joyce hizo una pequeña pausa en su actuación y la expresión juguetona desapareció de su rostro. Esta vez necesitó unos segundos para ordenar sus propias ideas.

—Pero también reconozco que no me sentiría bien sabiendo que postergaste algo tan importante por mí.

Era verdad, eso no formaba parte de la representación.

Bajó la mirada hacia la mano de Brett y apoyó la suya sobre ella. Luego volvió a adoptar la expresión más dulce de la que fue capaz.

—No te preocupes, cariño. Puedo lidiar con tu ausencia.

Brett, dispuesto a aportar su parte a aquella convincente imagen de armonía matrimonial, entrelazó los dedos con los de ella.

—Gracias... cariño. De todas maneras —continuó él, sin soltarle la mano—, no es un viaje que pueda postergar. Pero agradezco tu consideración.

—¿No puedes o no quieres? —intervino Melissa.

Ambos volvieron la cabeza hacia ella casi al mismo tiempo. Por un momento, parecían haber olvidado que tenían público.

—No puedo —aclaró Brett—. Roderick y yo ya hemos retrasado nuestros planes varios días. Hay acuerdos que debemos cerrar personalmente y cuestiones que no pueden resolverse desde Inglaterra.

—Eso lo comprendo —concedió su tía—. No estoy cuestionando tus decisiones comerciales. Sería bastante absurdo de mi parte hacerlo después de haberte enviado al otro lado del Atlántico para resolver los problemas de mi propia fábrica.

—Entonces estamos de acuerdo —concluyó Brett.

—En parte sí y en parte no —repuso Melissa—. He dicho que comprendo que tú tengas que ir a China. Lo que todavía no me has explicado es por qué Joyce tiene que quedarse aquí cuando podría ir contigo.

—¿Con él? —Joyce señaló a Brett—. ¿A China? —añadió, como si existiera la posibilidad de que Melissa se refiriera a alguna otra parte.

—Sí, Joyce. Con él. A China.

El flamante matrimonio intercambió una mirada. Ambos hicieron un esfuerzo considerable por ocultar el repentino pavor que esa posibilidad parecía haberles provocado por igual.

—No pretendo decirles cómo llevar su matrimonio —continuó Melissa—. Y tampoco quisiera entrometerme demasiado en la manera en que decidan organizar su vida juntos. Pero, a diferencia de ustedes, yo he estado casada antes y no puedo evitar tener una opinión al respecto.

Ninguno de los dos se apresuró a responder. De hecho, pocas cosas podían interesarles más que la opinión de Melissa. Cuando se dispuso a explicarles cómo esperaba que se comportaran como un matrimonio recién casado, guardaron silencio y prestaron mucha atención.

—Los primeros tiempos suelen servir para que dos personas aprendan a vivir juntas —prosiguió Melissa—.

Para conocerse de una manera diferente, establecer ciertas costumbres, encontrar su lugar dentro de una vida que hasta entonces llevaban por separado.

Resulta bastante difícil hacer todo eso si una de esas dos personas se encuentra en el otro extremo del mundo.

—Yo ya estoy acostumbrada —dijo Joyce haciendo un gesto con la mano, como si le restara importancia al hecho.

Melissa frunció el ceño.

—¿A estar casada?