Capítulo 14
E l establecimiento en el que habían acordado encontrarse llamó de inmediato la atención de Brett. No era el tipo de lugar en el que habría esperado encontrar a Roderick Drummond, quien, al menos de momento, todavía parecía ser su amigo.
No porque el lugar tuviera algo reprochable, sino porque estaba bastante lejos de los salones privados y los clubes de caballeros que su amigo acostumbraba a frecuentar.
La entrada era discreta, la iluminación escasa y los hombres que ocupaban las mesas parecían compartir el tácito acuerdo de no interesarse demasiado por la identidad de los demás.
Por lo visto, Roderick había llevado esa premisa de discreción todavía más lejos y lo esperaba en un pequeño reservado del fondo, con una botella de whisky sobre la mesa y dos vasos.
Brett cerró la puerta a su espalda y echó una rápida mirada alrededor.
—¿Qué haces aquí?
Roderick, que estaba sirviéndose una medida de whisky, ni siquiera levantó la cabeza.
—La pregunta no es qué hago yo aquí, Grenville. La pregunta es qué hacemos aquí.
—De acuerdo. ¿Qué hacemos aquí?
—Escondiéndonos. ¿Acaso no lo parece?
Brett echó otra mirada al reservado.
—Sí, pero no pensé que eso fuese propio de ti. Te conozco desde hace bastante y, si algo te caracteriza, es que siempre has enfrentado lo que fuera que tuvieras delante. Tú no te escondes.
—Es verdad. No lo hago. Pero supongo que siempre hay una primera vez para todo, ¿no crees?
—Sí —admitió Brett, con cierta incomodidad—. Siempre hay una primera vez para todo.
Roderick cogió la botella y sirvió una generosa medida de whisky en el segundo vaso, aun sabiendo que su amigo no acostumbraba a beberlo.
—Y la tuya ha sido épica. Sin duda alguna.
Brett lo miró con recelo.
—¿De qué estás hablando?
—De fugarte con la mujer que estaba a punto de casarse con otro hombre, por supuesto. —Empujó el vaso hacia él—. Un brindis por eso, Grenville. Tú, cuando haces las cosas, las haces bien.
Brett contempló el whisky durante un instante. No parecía tener demasiadas alternativas. Cogió el vaso y lo alzó.
—Hasta yo estoy sorprendido de mí mismo.
Roderick hizo chocar su vaso contra el suyo.
—Y haces bien en estarlo. Creo que nos has sorprendido a todos.
Ambos bebieron. Brett acusó el golpe del whisky con una ligera mueca que no pasó inadvertida para su amigo.
—El problema —continuó Roderick, disimulando una sonrisa ante su expresión— es que tu primera vez ha traído consigo algunas primeras veces para los demás. Y no tan agradables.
—¿Te refieres a tu primera vez escondiéndote?
—Entre otras cosas.
Brett todavía sostenía el vaso cuando Roderick extendió una mano y, con toda intención, empujó su base hacia arriba, obligándolo a beber otro trago.
—Sí, sí. Bebe, Grenville. Saborea Escocia bajando por tu garganta.
Y Escocia, en aquel caso, bajó ardiendo. Roderick había escogido un whisky escocés de sabor intenso, y Brett, que apenas acostumbraba a beberlo, sintió su fuerza desde el primer trago.
Brett apartó el vaso y tosió.
—¿Estás intentando matarme?
—Solo estoy procurando que comprendas la gravedad de la situación.
—Roderick alzó su propio vaso—. Quizá no haga falta recordártelo, pero, por una de esas maravillosas casualidades de la vida, el hombre al que le robaste su futura esposa resultó ser mi primo.
Mi muy escocés primo, el duque de Strathcairn.
—Empiezo a comprender la relación entre una cosa y la otra —dijo Brett.
Todavía sostenía el vaso y, por fortuna, solo quedaba un fondo de whisky.
—Me alegro. Bebe un poco más y quizá termines de comprenderla.
Antes de que Brett pudiera replicar, Roderick cogió la botella y volvió a llenar el vaso.
Brett contempló primero el whisky, después a su amigo.
Roderick le sostuvo la mirada con una expresión divertida.
—No hacía falta más.
—Discrepo.
—Por supuesto que discrepas.
Roderick señaló el vaso con un pequeño movimiento de cabeza.
—Bebe, Grenville.
Brett exhaló, resignado, y se llevó el whisky a los labios.
—Está bien. Acepto esta consecuencia por mis actos.
Y, antes de arrepentirse, se bebió la medida de un solo trago. Dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco mientras el ardor volvía a recorrerle la garganta.
Roderick soltó una carcajada y bebió un sorbo del suyo.
—¿Satisfecho? —preguntó Brett.
—Yo, por lo menos, sí.
—Me alegra que uno de los dos lo esté.
Considerando que su pequeña venganza había llegado lo bastante lejos, Roderick apartó la botella del alcance de ambos.
—Como sea. Aquí me tienes, Grenville, escondiéndome y descubriendo facetas de mí mismo que jamás habría imaginado poseer.
Brett entrecerró los ojos.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Creí que estaba bastante claro.
—No. La claridad ha abandonado mi mente estos últimos días, así que sé más específico, por favor.
Si vas a colocarme en el centro de esta nueva faceta tuya, en la que te escondes de los demás o de mí, que ya no lo sé, quiero al menos saber qué papel desempeño en tu desarrollo personal. ¿Soy bueno o malo?
Roderick se recostó en su asiento y lo estudió por encima del vaso. Durante unos instantes pareció debatirse entre dos impulsos igualmente poderosos: felicitarlo o cruzar la mesa para estrangularlo.
—Todavía no lo he decidido.
—Eso empieza a preocuparme.
—Y debería. Porque tampoco he decidido en qué situación se encuentra, hoy por hoy, nuestra relación.
Brett soltó una carcajada y arqueó una ceja.
—¿Nuestra relación?
—Así como lo oyes, Grenville. Casi me has roto el corazón.
—No sabía que albergaras esa clase de sentimientos por mí, Drummond.
—Yo tampoco. Sin duda han sido días de grandes revelaciones.
Brett no pudo evitar reírse.
—No te rías tanto, Grenville. Estoy bastante seguro de que alguien ha terminado con el corazón roto y eso no tiene ninguna gracia.
La sonrisa de Brett desapareció.
—¿Te refieres al duque?
Roderick ladeó la cabeza y pareció meditar seriamente la pregunta.
—No... Todavía hay días en los que dudo de que mi primo tenga corazón.
—Drummond...
—Está bien, está bien. Supongo que debe de tener uno en alguna parte. No es un mal hombre. Es rígido, estricto, malhumorado y posee algunas otras cualidades encantadoras que ahora mismo no recuerdo, pero no es un mal hombre.
—Entonces...
—Entonces estoy bastante seguro de que ni tú ni Joyce le rompieron el corazón. El orgullo, en cambio... Ese sí ha recibido algún golpe.
Brett apoyó un brazo sobre la mesa.
—¿Cuánto?
—¿Cuánto qué?
—Cuánto crees que hemos herido su orgullo.
Roderick volvió a meditarlo.
—Un poco.
—¿Un poco? ¿Solo un poco?
—Sí. Para que puedas hacerte una idea, el orgullo de mi primo es directamente proporcional a su patrimonio. Intentaré ofrecerte una imagen más precisa. Digamos que tú y Joyce han conseguido arrancarle... un acre.
—¿Un acre?
—Más o menos.
No era gran cosa. Las propiedades vinculadas al ducado de Strathcairn se extendían por miles de acres entre tierras de cultivo, bosques y extensiones de las Highlands, sin contar las residencias, las rentas y el resto de un patrimonio acumulado durante generaciones.
Brett hizo una mueca.
—Visto así, casi resulta decepcionante.
—Lo siento. Tendrás que esforzarte más la próxima vez si pretendes causarle un daño significativo.
—No habrá una próxima vez.
—Eso espero. Me quedan muchos años de amistad con ambos y preferiría conservarlos.
Brett dejó escapar una risa.
—Supongo que todo ese orgullo intacto en el duque es bueno.
—Para Hamish, no lo sé. Para nosotros y nuestros negocios, sin duda es muy bueno.
—¿Quieres decir que nuestra unión comercial sigue en pie?
—Eso es algo que tienes que confirmarme tú.
—¿Yo?
—Tú. —Roderick señaló hacia él con el vaso—. Porque, por si lo has olvidado entre fugas, bodas y demás distracciones, nuestros planes llevan varios días interrumpidos por tu culpa.
—No lo he olvidado.
—Pues parece que sí. A estas alturas ni siquiera deberíamos estar aquí.
—Lo sé.
—Deberíamos estar rumbo a...
—China —completó Brett.
—Exacto. China. —Roderick dejó el vaso sobre la mesa—. Así que te lo pregunto a ti, Grenville. ¿Nuestra unión comercial sigue en pie o pretendes que me haga cargo de todo?
—Sigue en pie. Esto lo iniciamos juntos y lo llevaremos a cabo juntos.
Roderick lo observó durante un instante, como si quisiera asegurarse de que hablaba en serio. Finalmente asintió.
—Me alegra oírlo. Porque China nos espera y, sinceramente, no tengo ninguna gana de hacer ese viaje solo.
***
La comodidad siempre había sido la característica principal de la relación entre Brett y Joyce.
Estar juntos nunca les había exigido demasiado esfuerzo.
Podían discutir por nimiedades, reírse de cualquier tontería o permanecer en silencio sin que ninguno sintiera la necesidad de llenar los espacios.
El problema era que ya no bastaba con estar cómodos el uno con el otro: tenían que parecer enamorados.
Habían sido bastante ingenuos al creer que todo aquel despliegue frente a la iglesia constituía una representación con principio y fin.
El caballo, la huida, el vestido de novia y el escándalo que dejaron a sus espaldas habían sido solo el primer acto.
Lo comprendieron al regresar y descubrir que ahora debían sostener esa historia.
Una obra teatral que estaba destinada a ser mucho más larga de lo que cualquiera de los dos había imaginado.
En ese sentido, la presencia de tía Melissa jugaba a su favor.
Frente a ella también debían representar el papel de un matrimonio enamorado y, si conseguían convencerla, probablemente podrían convencer a cualquiera.
Así que cada desayuno, cada cena y cada conversación compartida se habían convertido en una oportunidad para perfeccionar aquella nueva dinámica.
Hasta el momento, ninguno parecía destacar en ella.
—¿China?—repitió Melissa.
Guardó silencio durante unos instantes. Tenía los ojos puestos en Brett y el ceño cada vez más fruncido, como si esperara que esa única palabra terminara por adquirir algún sentido si le concedía el tiempo suficiente.
—Sí, tía. China. El imperio asiático situado a unos diez mil kilómetros de...