Capítulo 14 #3
No había llegado a ver todo lo que la tina ocultaba, gracias a Dios, pero lo que había quedado a la vista le recordó por un instante a la escultura del David de Miguel Ángel. Con la enorme salvedad de que el David era de piedra y Brett era de carne y hueso.
Lo oyó moverse en el agua a su espalda y comenzó a sudar.
No estaba bien. De ninguna manera estaba bien imaginar cómo pasaba el jabón por su cuerpo ni cómo...
¿Se había puesto de pie?
No te vuelvas. No te vuelvas…
Dicen que la curiosidad mató al gato. A ella probablemente la calcinaría si se atrevía a echar otro vistazo.
Tenía que recordar que la boda era una farsa.
Brett era su amigo y juntos habían establecido un acuerdo que, tarde o temprano, llegaría a su fin.
No le haría ningún bien empezar a descubrir que la situación podía gustarle más de la cuenta.
Porque, si permitía que eso ocurriera, quizá cuando todo terminara le resultaría mucho más difícil dejarlo atrás.
Y todo eso por haber visto apenas unos hombros desnudos y un torso mojado.
Era ridículo.
Se mordió el labio con fuerza, cerró los párpados y vació su cabeza de cualquier fantasía. Consiguió mantener la mente en blanco y no proyectar una imagen de Brett desnudo de pie tras ella.
—Ya está —anunció él.
Joyce soltó el aire. Recién entonces se dio cuenta de que había contenido la respiración.
Al ponerse de pie y girarse, se encontró con el vizconde vestido con los pantalones de su frac, con las botamangas arremangadas para evitar que el lodo ensuciara las sábanas limpias, y una camisa de algodón algo desgastada cuya abertura en V dejaba entrever parte de su pecho.
—Durmamos un poco —propuso ella. La voz le sonó ronca.
Él asintió y le cedió el lado de la pared, más seguro en una cama tan estrecha.
Pese a lo emocionante del día, Joyce no tardó en dormirse. El cansancio la venció enseguida, porque, por más que no lo admitiera, aquella huida había tenido un agregado de alivio.
Brett, en cambio, no tuvo tanta suerte. En cuanto Joyce sucumbió al sueño, dejó de guardar la distancia que había mantenido mientras estaba despierta. Sin llegar a despertarse, se volvió hacia él, lo buscó en la cama y terminó aferrándose a su cuerpo como un náufrago a un madero en alta mar.
—No me sueltes —murmuró entre sueños. Se abrazó un poco más a él—. No me dejes ir o me caeré.
—Te tengo —le respondió.
Sus palabras parecieron atravesar la neblina del sueño e hicieron a Joyce suspirar. Sintió los brazos de ella aferrarse con más fuerza a él y tensarse. Él actuó guiado por el instinto, la rodeó a su vez y la dejó sentirlo cerca. Tal vez si ella se calmaba, él también lo haría.
Mala decisión. O buena. Joyce subió una pierna por encima de los muslos de él, hasta casi rozarlo.
—Joyce… —probó despertarla—. Joyce…
Mientras más la apartaba, más fuerte era su agarre dormido.
Se rindió, era una lucha en vano. Posó su mirada en el techo y trató de respirar. El sueño le dio caza a él también, en su caso, la misma cercanía de Joyce que lo torturaba le ayudaba a descansar.
La tenía en brazos. La había salvado una vez más.
Con ese pensamiento, se durmió. Y en la inconsciencia del sueño, la buscó a su vez.
La mañana siguiente despertaron en un enredo de cuerpos y de sensaciones que era doloroso desenmarañar.
—Volvamos a Londres —propuso Brett.
—No dan los tiempos, si escapamos a Gretna Green, tendríamos que pasar otra noche y…
—Diremos que hicimos la misma locura que Lord Leopold.
Joyce lo miró y divisó el pánico en sus ojos. Tal vez no había sido la única en descubrir los riesgos de esa boda falsa.
—Sí, eso haremos. Si es que alguien pregunta, lo cierto es que con tanto alboroto dudo que alguien se ponga a hacer matemáticas.
Brett asintió y soltó el aire con alivio. No podía pasar otra noche en una cama estrecha con ella, no podía volver a despertar pegado a su cuerpo, no podía seguir siendo solo su amigo si el deseo seguía creciendo de esa manera descontrolada.
—He conseguido un certificado de matrimonio viejo —le contó—, me lo vendió la posadera.
—Esa mujer consigue cualquier cosa.
—Me ha sacado más libras que la corona —rio Brett—, como sea… —Cogió el té que la mujer le había servido y, tras borronear con tinta los nombres y alterar un poco la fecha, cambiando un seis por un ocho, lo manchó con la bebida.
—¿Servirá?
—Ante algún curioso. Si el duque pide una investigación policial estaremos jodidos.
—Al duque no le importo tanto, Brett.
—El duque es un imbécil.
—Es la víctima aquí —le recordó Joyce.
—Eso no le quita lo imbécil. Si yo… —se interrumpió.
Él era igual de imbécil, en lugar de hacer de esa boda una real, le permitía a Joyce escapar. Tal vez no pensaba con el corazón, sino con el ego. Tal vez su deseo de ser querido por ella como él la quería lo estaba encegueciendo.
—¿Brett?
—Nada. Regresemos. Lo haremos a paso lento, por lo que llegaremos tarde en la noche, eso también ayudará al plan.
Dobló el certificado de matrimonio y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta arrugada. Era hora de volver a Londres y ver qué escombros había dejado el escándalo.