Capítulo 14 #2
—De nada sirve el arrepentimiento o purgar culpas con sufrimiento —le dijo él. Los dedos de sus pies protestaron cuando volvió a incorporarse.
—Los religiosos no estarían de acuerdo.
—Bueno, los religiosos ni siquiera se ponen de acuerdo entre ellos, yo no los tomaría como referencia. Iré a ver si consigo un vestido. Tal vez tenga suerte y tenga una camisa de hombre también.
Se marchó y cerró la puerta tras de sí. Apoyó la espalda contra ella durante un instante para darse ánimos. No le gustaba para nada ver a Joyce tan consumida por la culpa. La entendía, claro, pero eso no mejoraba las cosas.
Ese enredo entre lo dicho, lo no dicho, el deber, la responsabilidad y los deseos iba a anudarlos a todos y dejarlos atrapados en una madeja cada vez más difícil de desenredar.
Y, como venía su suerte, esa madeja terminaría en las garras de un gato gigante, como en alguna de esas historias dignas de la mitología.
Se animó a sí mismo y se encaminó hacia la recepción. La posadera aún estaba allí, acomodando la ropa blanca recién lavada.
—Señor…
—Plunker —dijo él.
—Pensé que era Plunket.
—Eso dije.
—No, dijo Plunker.
—Tengo mala pronunciación, al fin de cuentas, soy de Yorkshire.
—Eso no es lo que diría alguien de Yorkshire —masculló la mujer—, como sea, ¿qué se le ofrece?
—Tendrá quizá algún vestido limpio para…
—Su esposa.
—Eso iba a decir.
—Vaciló.
—Es que llevamos poco de casados. —Brett intentó sonreír. Consiguió mostrar los dientes como un perro—. Le pagaré, por supuesto.
—Hubiera empezado por ahí, señor Nomeimportaelapellido . Por dos libras, vestido y camisola limpias para la dama.
—¿Cuánto por una camisa para mí?
—Una libra.
Brett sabía que podía negociar un precio menor, pero estaba demasiado cansado. Buscó en sus bolsillos y sacó las monedas. Las extendió.
—Imagino que querrá también una tina —dijo la mujer.
—Imagino que tiene un precio.
—Un chelín.
Brett extendió el chelín, y la posadera hizo sonar la campana a sus espaldas. Una criada apareció con cara de pocos amigos, aceptó la orden a regañadientes, pero cambió la expresión al ver las monedas que había dejado el vizconde.
—La tina estará en unos minutos, tiene suerte, justo hervimos el agua para lavar los trastes. Así que, si quiere subir, le alcanzaré las prendas junto con la tina.
Brett tragó saliva. De pronto cayó en cuenta de que la habitación no tenía biombo y que Joyce iba a tener que bañarse en el mismo cuarto.
—Esperaré aquí, si no le importa.
—Si no le importa a usted… —dijo la posadera, encogiéndose de hombros.
Brett encontró una banqueta junto al mostrador, la arrastró hasta la pared y se sentó, agradeciendo poder apoyar la espalda y descansar por unos minutos.
Al poco rato vio reaparecer a la criada acompañada por otra mujer más joven y menuda. Entre las dos cargaban la tina escaleras arriba. Minutos después volvieron a bajar y regresaron con los cubos de agua caliente y las prendas limpias.
Las vio desaparecer de nuevo en el piso superior y quedó con la mirada perdida hacia lo alto de la escalera.
No pudo evitar imaginarse a Joyce quitándose el vestido sucio, soltando un suspiro satisfecho al entrar al agua… Su cuerpo húmedo, el perfume de su piel flotando en la habitación.
Sin darse cuenta, golpeó la nuca contra la pared de pura frustración.
La posadera lo miró y posó su cuerpo en el mostrador.
—¿Quiere un whisky? —le ofreció.
—A estas alturas, me salía más barata una estadía en Bath —bromeó. La mujer le sonrió. La posadera lo miró, apoyó un codo sobre el mostrador y lo observó durante un instante.
—¿Quiere un whisky? —le ofreció.
—A estas alturas, me salía más barata una estancia en Bath —bromeó Brett.
La mujer sonrió.
—¿Y cómo sabe el simple señor Plunket cuánto sale una estancia en Bath?
—Me contaron.
—Ya. —La mujer volvió a sonreír y Brett no pudo evitar devolverle el gesto—. Le invito el whisky, pero el barato, el que tomo yo.
—Debería servir el barato a los viajeros y guardarse el caro para usted. La mayoría de las personas no notarían la diferencia.
—¿La notaría usted?
—No, de hecho, no bebo alcohol.
—Ya decía yo que no era de Yorkshire. Puedo ofrecerle un cigarro, también de los que lío yo. El tabaco caro…
—Para los clientes. Pero no se preocupe, tampoco fumo.
—¡Con razón! Hombre, tendrá que buscarse un vicio pronto, y no tiene pintas de que sea el juego, porque lleva las libras en el bolsillo sin que le quemen, ni las prostitutas, porque está aquí mientras una hermosa mujer que dice ser su esposa toma el baño. Un hombre sin vicios es peligroso…
—Pensé que era al revés.
—Pues piensa mal. Los vicios mundanos son fáciles de manejar, si usted no empieza a fumar o beber pronto, seguirá por este camino y se le hará costumbre.
—¿Qué cosa?
—Rescatar damas…
—¿Yo?
—Créame, es un vicio más caro que el juego y puede conducir a un hombre al infierno antes que el alcohol. —La mujer cogió la botella del buen whisky y le sirvió una medida—. Beba, hágame caso, con unas gotas de esto verá todo más claro.
Iba a decir que él no rescataba damas, insistir en la mentira de que eran el señor y la señora Plunket, pero se resignó. Aceptó el whisky y dio un sorbo ardiente.
No. No le gustaba el alcohol. Él tenía un único vicio, uno que se estaba quitando la ropa en ese mismo instante e iba a dormir bajo su techo por al menos un par de años.
Joder, ¿qué había hecho?
Llamó a la puerta antes de entrar. Joyce ya se había bañado y la tina permanecía en un rincón, todavía llena de agua tibia. Él entró en silencio y se quitó la chaqueta.
—Me iré… —empezó a decir Joyce.
—No es necesario.
—Brett.
—Hay algunos otros huéspedes —le dijo. Los había visto cuando bebía junto a la posadera—. No parecen muy respetables. Me sentiría más seguro si te quedas aquí. Yo solo me higienizaré un poco y…
—Tampoco es necesario. —Joyce cogió la silla y la colocó de espaldas a la tina. Tomó asiento y señaló vagamente hacia atrás con una mano—. Báñate tranquilo. No miraré.
—Qué absoluta falta de curiosidad. Casi me ofende —bromeó Brett a su costa. Ya le gustaría ser para ella la tentación que Joyce era para él.
Se quitó la ropa y se metió en la tina. El agua había perdido buena parte de su calor, pero aún estaba templada, algo que sus músculos agarrotados agradecieron.
Joyce se mantenía de espaldas a él y, fiel a su palabra, no hizo ademán de volverse, de modo que Brett se relajó y metió la cabeza bajo el agua.
Al sacar de nuevo la cabeza, el movimiento hizo que parte del agua salpicara fuera de la tina. Por instinto, Joyce se volvió durante un segundo.
¡Rayos! Fue suficiente.
Alcanzó a ver sus hombros, el torso desnudo y las gotas de agua que descendían por su pecho antes de regresar la cabeza firmemente al frente.
Se prometió no volver a mirar. Aquello, sin duda, debía considerarse alguna clase de pecado. De pronto comprendía mucho mejor el pasaje bíblico de la mujer de Lot. Le habían advertido que no mirara atrás y, cuando lo hizo, terminó convertida en una columna de sal.
Joyce comenzaba a pensar que ciertas advertencias existían por una buena razón.
¡¿Qué había hecho?!
Recién entonces cayó en la cuenta de un pequeño error de cálculo. Había aceptado fingir que estaba casada con Brett, su amigo de siempre, aquel niño serio que tantas veces había estado a su lado. En algún rincón de su cabeza, quizá todavía quedaba demasiado de aquel muchacho.
Pero ahora no estaba fingiendo ser la esposa de un niño.
¡Estaba fingiendo ser la esposa de un hombre!
Porque, demonios, Brett sí que era un hombre.