Capítulo 14
E n Londres había quedado el caos. El alboroto de los testigos alertó a los invitados, que salieron en estampida para conseguir ver el velo de Joyce perderse por entre las calles abarrotadas.
Los presentes se volvieron hacia el duque.
Lord Hamish giró sobre sus talones y regresó al resguardo de la iglesia.
Tras él, los Grigg se apresuraron a cerrar las puertas para dejar a los invitados del lado exterior del templo.
Una vez dentro, el duque se sentó en el primer banco y posó la mirada en el altar sin decir ni media palabra.
Los Grigg estaban más que nerviosos.
—Robin, ve a la policía —le pidió Lady Madeleine.
El vizconde ladeó la cabeza.
—Madre…
—¡Aunque sea solo por las apariencias! —siseó la mujer.
—No hay nada que solucione estas apariencias —dijo el duque por fin. Su tono sonó cansado. Se puso de pie con un suspiro de agotamiento, pero enseguida volvió a dejarse caer en el banco. Esta vez reclinó la cabeza y contempló las molduras del techo.
Un llanto se sumó al coro. Lord Hamish buscó el origen de ese llanto. ¿A alguien de verdad le importaba qué sucedía allí?
Porque a él, se dio cuenta, no. No mucho, la verdad. Lo único que lo mantenía en ese banco incómodo de madera era el deseo de que los curiosos se cansaran de estar de pie y se marcharan, así él podía irse sin tener que lidiar con el tránsito.
¿Quién demonios encontraba Londres encantador?
A chreach , maldijo en gaélico, él quería regresar a sus tierras altas, con esos vientos que ahogaban cualquier intento de pensamiento, con sus caminos más que libres, ¡desérticos!
, y con la dinámica social propia de Escocia: si querías ver a alguien, tenías que planearlo con meses de antelación.
Rayos. En Londres la gente se cruzaba . Un hombre no podía salir a dar un paseo sin tener que saludar a ocho conocidos y aceptar once invitaciones.
Como fuera, quería regresar a su casa. A estas alturas, si lo hacía con esposa o no le resultaba irrelevante. Aunque…
¡Maldita Lady Joyce! Por culpa suya tendría que esperar a que el escándalo se disipara y, como si eso no fuese suficiente, encontrar otra posible esposa. Lo que significaba prolongar aún más su estancia en Londres. Dios lo salvara de aquello.
Mientras sus pensamientos descendían hacia la resignación, el llanto lejano se intensificaba.
—¿Quién llora tanto? —preguntó.
—No tú, primo —le dijo Roderick.
—¿Quieres que llore?
—Creo que sería un espectáculo bastante desagradable —coincidió su primo.
—Eso pensaba yo. Pero… ¿acaso la dama ha sido también ofendida? —Buscó con su mirada el origen de ese llanto, lo halló con facilidad, provenía de un manojo de vestido amarillo radiante—. Lady Isobel.
—Señorita…
—¿Cómo?
—Que no es Lady, primo, es señorita.
—Lo mismo. —Roderick no hizo más comentarios, porque, si era lo mismo, ¿por qué el duque no dejaba su infructífera búsqueda de una lady para empezar a buscar entre señoritas?
La respuesta era que un título como el ducado requería de cierto estatus, por más que su primo no fuera muy adepto a los protocolos—. ¿Por qué llora?
—No lo sabemos.
—¿Han probado preguntarle?
—No consigue hablar.
El duque se puso de pie y se acercó a Isobel. En cuanto estuvo delante de ella, la muchacha alzó la mirada y, al reconocerlo, intentó contener el llanto sin demasiado éxito.
—¿Alguien tiene agua para ofrecerle a la dama?
—No —dijo el obispo—, tendría que ir al pozo de agua, pero estamos rodeados de curiosos. Preferiría…
—Y yo preferiría no seguir escuchando llantos.
Isobel hizo un esfuerzo por serenarse. Arabella permaneció a su lado, sosteniéndola mientras intentaba ordenar el torbellino de emociones que le había provocado el inesperado desenlace de la boda.
Y tener al duque delante no ayudaba.
—¿Y eso? —señaló una botella en el extremo oculto del altar.
—El vino misal.
—¿Está consagrado?
—Aún no, como sabrá, Su Gracia, el momento de la consagración es…
Lord Hamish ignoró al obispo, fue a por la botella y se la tendió a Isobel.
—Beba —le ordenó. Al ver que la muchacha rompía más en llanto—. Beba o se deshidratará, se desmayará y hará de este escándalo uno peor.
Esa amenaza surtió efecto, Isobel cogió la botella y la empinó como un marinero. El efecto calmante del vino fue inmediato, dejó de llorar.
Pero cuando el alcohol surtiera efecto… pensó Arabella, temerosa, entonces hablaría como un borracho. ¡Y los borrachos dicen siempre la verdad!
—¿Qué haremos? —preguntó la menor de las Grigg.
—Pues… —Robin iba a proponer ir a buscarla en persona, de modo de demorarse un poco si la situación lo ameritaba. Para él era evidente que su hermana se había ido por sus propios medios. Tracie se acercó a confirmárselo en un susurro.
—Nada —sentenció el duque—. No haremos nada.
—¿Cómo dice? —Lady Madeleine tuvo el descaro de ofenderse. Pobre mujer, pensó su hijo, era la única que no había entendido nada de lo sucedido.
Melissa, por su parte, fingía rezar por el alma pecadora de su sobrino, cuando en realidad lo que intentaba era pasar desapercibida y que nadie la increpara por el comportamiento del vizconde de Kinloss.
Confiaba en Brett como en ella misma, tenía que existir un motivo para tamaña locura, y solo un sentimiento solía venir acompañado de la pérdida temporal de razón. Si así era, ella sería siempre su aliada.
Y si no, también, reconoció pidiendo más por su alma a los cielos que por la de su sobrino. Que Dios la perdonara, pero si Brett le confesaba un delito, ella escondería el arma del crimen. ¿Qué podía decir?, era su sobrino y lo quería con el corazón.
Bajó más la cabeza y escondió sus pecados mientras Madeleine enfrentaba la verdad que no había visto aún: cancelar ese matrimonio era un golpe de suerte y no de desgracia.
—Su hija se ha ido por sus propios medios, milady, ¿o sugiere que fue secuestrada por el vizconde?
—¡Lord Grenville no haría algo así! —lo defendió.
—Lo mismo pensé yo. Primo… —Hamish llamó a Roderick—, ¿sería Lord Grenville capaz de perder la cabeza y secuestrar a la novia?
—Bueno, define perder la cabeza…
—Terminar en un manicomio.
—No.
—¿Qué otra forma de perder la cabeza conoces, Roderick? —se ofuscó el duque.
Su primo rodó los ojos. Todos los demás presentes también. Madeleine lo comprendió entonces.
—Usted no amaba a mi hija —le demandó.
Lord Hamish pareció sonrojarse, pero eso era imposible, ¿verdad?
—Era un buen matrimonio, milady.
—Esa no es la respuesta que buscaba. Un hombre enamorado lucharía por ella, un hombre enamorado estaría en estos momentos cogiendo un caballo y yendo tras la pareja…
—Eso sería una locura —se defendió Lord Hamish.
—¡Exacto! —clamaron todos a coro y él no supo cómo era posible que le dieran la razón y lo contradijeran al mismo tiempo.
—Como sea, no iré tras una pareja que no desea ser alcanzada.
No me casaré con una mujer que prefiere huir que pasar por el altar conmigo y, sobre todo, no me prestaré a esta ofensa contra mi persona.
¡Soy un excelente candidato a esposo! —clamó ante unos testigos que parecían juzgarlo más a él que a la novia fugitiva. ¿Alguien podía pensar en su ego?
A juzgar por el silencio que siguió, no. Hamish suspiró. Necesitaba salir de allí antes de que alguien encontrara una nueva desgracia que adjudicarle.
—¿No hay catacumbas por aquí? —preguntó.
—Claro, las de los monjes… —dijo el obispo y fue interrumpido de inmediato.
—¡Y por qué no empezó por ahí!
—¿Pretende matarse, Su Gracia? —indagó Arabella—. Eso sí sería un giro inesperado de los acontecimientos.
El duque chasqueó la lengua.
—Pretendo irme de este sitio lleno de dementes, volver a Escocia y no cruzarme con un Grigg en lo que reste de mi existencia.
—¿Y las catacumbas?
—Y las catacumbas siempre tienen otra salida.
—¡Ahhhh! —dijeron todos a coro. El obispo se persignó, cogió un candelabro y completó:
—Síganme, yo también quiero huir de aquí.
***
Joyce se detuvo un instante antes de lanzarse rendida sobre la cama matrimonial.
—Brett, voy a ensuciarla con estas pintas.
—Nuestras pintas —corrigió él.
Se miraron de frente, la figura del otro le servía de parámetro para adivinar cuán desastrosos estaban.
Joyce lucía el vestido arrugado, el volado inferior embarrado, los guantes estropeados de tanto aferrarse al borde de la ventana, el velo rasgado y una mancha verde de césped que se extendía desde la espalda hasta la cola del vestido.
Brett estaba algo mejor, en su caso el bajo del pantalón y los zapatos se encontraban llenos de lodo y sus guantes de gala echados a perder por llevar las riendas del caballo. El pasto, en su caso, solo había dañado la chaqueta. Sin embargo, el polvo del camino le cubría buena parte del rostro.
Y mejor no hablar de los peinados. Esperaban que se pusieran de moda de nuevo los estilos del siglo XVII, con ramitas e intrincados nidos de pájaros en melenas abultadas. En tal caso, serían el último grito de la moda. Para el gusto victoriano… pues… ¿qué le hacía una mancha más al tigre?
—No nos preocupemos por eso ahora, ¿sí? —propuso Brett—, le pagaré unos peniques de más por las molestias.
Se dejó caer en la única silla de la habitación, dispuesto a sacarse los zapatos.
Después de tantas horas con los pies en los estribos, le dolían bastante.
Vio que Joyce se acercaba a la cama, pero se detuvo justo antes de sentarse y contempló con resignación su vestido sucio.
Él la miró y se apiadó de ella. Su amiga no le pediría un favor más; prefería cortarse la lengua antes que pedirle cualquier otra cosa.
De modo que ahora a Brett se le sumaba la obligación de leerle el pensamiento.
—De hecho… podría preguntarle a la posadera si tiene algún vestido, sería de criada, claro, pero…
—¡Sí! Un vestido de criada servirá.
—Podías habérmelo dicho.
—Brett… —Joyce ladeó la cabeza y le confirmó su conjetura. No iba a pedir ni una migaja más. Soportaría el resto del viaje con una actitud digna de una monja de clausura.