Capítulo 13 #3
Al cruzar el umbral del vestíbulo, la luz de los faroles de aceite reveló por completo el aspecto desaliñado de ambos. Una anciana de expresión adusta, con una cofia blanca impecable y gafas de montura de latón, atendía tras el mostrador de madera oscura.
Joyce dio un paso al frente, erguida, intentando ignorar el crujido de la seda manchada de hierba que arrastraba a cada movimiento.
—Buenas noches, buena mujer —saludó Joyce con su mejor tono de serenidad—. Requerimos alojamiento para pasar la noche.
La posadera bajó la mirada sobre las faldas de Joyce.
Observó las tres capas de encaje descosido, el velo torcido que aún colgaba de una horquilla resistente en la nuca y las manchitas verdes distribuidas por toda la superficie.
Luego trasladó la vista hacia Brett, la camisa desabrochada en el cuello, las solapas del frac de gala manchadas de tierra y los restos de hojarasca que aún permanecían atascados en sus rizos.
La mujer no pestañeó. Tampoco mostró la menor sorpresa. En las posadas de los caminos secundarios de Inglaterra se veían cosas extrañas con frecuencia, y las preguntas solo atraían problemas o retrasos en el pago.
—Buenas noches —respondió la posadera con voz pausada—. ¿Nombres para el libro de registro?
—Señor y señora Plunket —disparó Joyce sin vacilar—. Somos el señor y la señora Plunket. De... Yorkshire.
Brett cerró los ojos un instante, inspirando hondo para contener un suspiro. El acento de ambos no podía ser más londinense.
—Plunket —repitió la posadera, mojando la punta de la pluma en el tintero con parsimonia—. ¿Señor y señora Plunket?
—Exacto —confirmó Joyce con una sonrisa firme—. Tuvimos un pequeño incidente con la rueda de nuestra carreta a unas millas de aquí. Un incidente muy vulgar. De ahí nuestras ropas... inusuales para la hora. Mi esposo tuvo que ayudarme a salir de entre los matorrales.
—Ajá —dijo la mujer, escribiendo el nombre con trazos pausados—. Carreta y matorrales. Ya veo.
Brett dio un paso al frente, deseaba acortar la interacción antes de que la imaginación de Joyce inventara una historia aún más elaborada.
—Solo necesitamos una habitación limpia y algo de agua caliente, si es tan amable. Nos marcharemos muy temprano con la primera luz del alba.
La posadera levantó la vista del libro, se ajustó las gafas sobre el puente de la nariz. Recorrió con la mirada a los dos jóvenes.
—Tienen suerte. —La mujer cogió una llave pesada colgada de un panel de madera—. La diligencia de la tarde sufrió un retraso y la mitad de los cuartos están ocupados por comerciantes de lana, pero aún me queda una habitación disponible.
Joyce parpadeó, sintiendo que la sonrisa se le congelaba en el rostro.
—¿Una habitación?
—Una sola —reafirmó la posadera, sostuvo la llave de hierro en el aire—. Pero me imagino que no les importa, ¿verdad? Ya que son marido y mujer. El señor y la señora Plunket.
Un silencio pesado cayó sobre el mostrador. Brett pudo jurar que la mujer contenía la risa. No podía culparla, él también se hubiera mofado de la historia tan mal inventada.
Joyce giró la cabeza hacia el vizconde con lentitud. Su rostro reflejó un pánico absoluto, una expresión de espanto tan genuina que rivalizaba con la sorpresa que sintió cuando casi cae de la ventana de la sacristía horas atrás.
Brett le devolvió la mirada. En sus ojos se reflejaba la misma alarma, aunque bastante mejor disimulada. En su caso, porque acababa de imaginar cuánto crecería su deseo si debía compartir una noche junto a ella.
Cielo santo.
¡Qué difícil estaba resultando ser solo su amigo!
—Una habitación, una cama matrimonial, para un matrimonio que ha sufrido un percance —agregó la anciana sin inmutarse por las caras de la pareja—. Es la número cuatro, al fondo del pasillo del primer piso. Si desean cenar algo, la cocina ya cerró, pero puedo mandarles un poco de queso seco y pan.
—No... no es necesario el queso —improvisó Brett con la voz un poco más aguda de lo habitual—. Digo, la habitación está bien. Perfecta. Nos arreglaremos.
—Por supuesto que se arreglarán —agregó la posadera, y entregó la llave a Brett—. Son esposos, después de todo. Los inconvenientes del camino unen mucho al matrimonio. Suban las escaleras, la primera puerta a la izquierda.
Brett tomó la llave de hierro como si fuera una brasa caliente. Joyce, todavía con el rostro pálido y la mirada fija en el suelo, recogió sus aparatosas faldas y echó a andar hacia las escaleras con una prisa repentina, casi tropezando con los escalones de madera.
Al llegar al primer piso, el pasillo estaba a oscuras salvo por la luz tenue de un farol al final del corredor. Se detuvieron frente a la puerta con el número cuatro grabado en una placa de bronce desgastada.
Brett introdujo la llave en la cerradura. El mecanismo giró con un chasquido metálico que resonó como un disparo en la quietud del pasillo.
—Joyce... —empezó Brett, mantuvo la mano en el picaporte sin abrir del todo—. Podemos pedir una silla para mí en el vestíbulo. O puedo dormir en el establo con el caballo. No hay necesidad de que...
—¡Entra antes de que esa mujer suba a revisar si de verdad somos los Plunket! —susurró Joyce, y lo empujó por la espalda para obligarlo a cruzar el umbral.