Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Joyce tomó aire, todavía con aquella sonrisa peligrosa, y echó a andar hacia la taberna.

Brett la siguió. ¿Qué más podía hacer? Antes de alejarse demasiado, miró al caballo, que continuaba comiendo como si el destino de aquel par ya no fuera asunto suyo.

Entraron en la taberna. El chirrido de la puerta de madera interrumpió las conversaciones del recinto.

Las miradas de los parroquianos, el tabernero y un par de cocheros de diligencia se posaron de inmediato en la inverosímil pareja.

La imagen de una dama en traje de novia arrugado y cubierto de vegetación, acompañada por un caballero de alta cuna cubierto de barro y pasto, no era un espectáculo habitual a mitad de la tarde.

Joyce avanzó con paso firme hasta el mostrador, erguida como si se hallara en un baile de la corte. Brett la siguió dos pasos por detrás. Nada parecía presentarse como una amenaza allí, pero no quería confiarse.

—Buenas tardes, buen hombre —anunció Joyce con una voz clara y potente que resonó hasta el último rincón de la sala—. Necesito toda la comida fría que pueda empacar para el viaje. Queso, pan, pollo asado, lo que tenga a mano.

El cantinero, un hombre robusto con delantal manchado, parpadeó despacio antes de lograr articular palabra.

—¿Para... para llevar, señora?

—Sí —proclamó Joyce en voz elevada, y alzó la barbilla—. Ponga todo en una cesta, pues debemos proseguir nuestra marcha de inmediato hacia Gretna Green. No hay un segundo que perder tras haber escapado audazmente de mi boda con el duque de Strathcairn.

Un silencio sepulcral cayó sobre la taberna. Un cliente dejó caer su jarra de cerveza sobre la mesa, mientras la esposa del tabernero ahogaba un grito con el delantal.

—¿Era necesario ese nivel de detalle, Joyce? —susurró el vizconde cerca de su oído.

—Por supuesto —respondió ella en un susurro igual de firme, sin perder la sonrisa radiante dirigida al cantinero—. ¿Cómo vamos a asegurarnos de que el rumor llegue a la ciudad antes de la noche si no lo gritamos en la primera posada del camino? La narrativa necesita difusión, Brett.

El cantinero, todavía en estado de estupor, colocó con premura sobre la barra el pan y la carne, ya envueltos para el viaje.

—Son... son cuatro chelines, señorita... o señora... o lo que sea usted.

Joyce palideció apenas y se volvió hacia Brett.

—¿Tienes una libra?

El vizconde suspiró, metió la mano en el bolsillo de su chaleco de gala y extrajo la moneda, se la entregó al hombre mientras este los miraba como si presenciara un fenómeno sobrenatural.

—Quédese con el cambio —dijo Brett con fingida elegancia—. Es para pagar la discreción que sé que no va a tener.

Una vez que abandonaron la taberna, el semental parecía repuesto y listo para otro tramo de la huida. Sin duda tenía mejor estado físico que ellos dos. El animal los recibió de nuevo sobre su lomo y avanzó a paso constante conforme la tarde cedía paso a la noche.

Las sombras del camino se alargaron sobre las ruedas de los pocos carruajes que cruzaban en dirección contraria. La euforia inicial de la huida dio paso al cansancio. Sentían las espaldas rígidas y la molestia de sus trajes sucios.

Brett tiró con suavidad de las riendas para aminorar la marcha. El animal resopló, pese a no estar exhausto por la carga doble y el esfuerzo continuo desde que dejaron la catedral, parecía irritado por ser conducido por dos jinetes que no sabían bien hacia dónde ir.

—El caballo no aguantará hasta la siguiente posta —declaró Brett—. En cualquier momento se pondrá a pastar como frente a la taberna.

—Rayos… ¿Parar? —Joyce dio un pequeño brinco sobre la montura y se acomodó la falda.

Ella también quería detenerse, pero…—. Pero dijimos que avanzaríamos todo lo posible.

La ciudad debe de ser un hervidero en este momento.

Mi madre ya habrá convocado a tres batallones de la policía y el duque estará buscando su honor bajo las piedras.

—Precisamente por eso. Si un carruaje de alquiler o una partida de búsqueda sale en nuestra persecución, calcularán que pasamos de largo por esta zona. La mejor estrategia es salir de la ruta principal antes de que caiga la noche.

—Tiene sentido —admitió ella con una mueca—. Tracie tenía razón, hay que ser muy racional y lógico para hacer locuras eficientes. ¿Dónde nos quedaremos?

Brett señaló hacia una desviación secundaria del camino. Entre un grupo de robles centenarios se divisaba un letrero de madera maltrecha que oscilaba con el viento. El león coronado que figuraba en la pintura lucía bastante descolorido por los inviernos.

—Esa posada servirá —dijo él—. No está en la guía principal de diligencias. Pocos viajeros de la alta sociedad se deben detener allí.

—Perfecto. Pero esta vez utilizaremos el sentido común, Brett.

En la taberna anterior ya dejamos clara la historia del duque y Gretna Green para el público general.

Aquí nadie debe saber quiénes somos. Si nos descubren demasiado pronto, el duque aparecerá con una orden de arresto antes del desayuno.

—Me parece una excelente idea —Brett desmontó primero para luego ayudarla a bajar. En esa ocasión, Joyce consiguió mantener el equilibrio—. ¿Tienes algún nombre en mente o improvisarás otra declaración pública?

—Tengo todo bajo control —aseguró Joyce, al tiempo que intentaba limpiarse el polvo de las mejillas.

Fue peor, consiguió que la tierra se mezclara con el sudor y formara un surco de barro en su cara—.

Seremos personas comunes. Un matrimonio respetable en viaje de negocios.

Nada de duques, nada de vizcondes, nada de damas a la fuga.

—¿Y qué matrimonio respetable viaja en un solo caballo, con traje de gala arrugado y un vestido de novia lleno de hojarasca?

—Diremos que somos artistas itinerantes. O que sufrimos un percance con nuestro carruaje. Déjame hablar a mí.

—Claro… —Alzó las manos en gesto de rendición—. Confiaré en tu criterio que, hasta el momento, fue impecable.

Joyce le sacó la lengua en un gesto infantil. Brett tuvo que contener el impulso de tomarla entre sus brazos y borrar aquel gesto con un beso.

Estar tanto tiempo junto a ella empezaba a resultar mucho más difícil de lo que había previsto.

Y si pretendía seguir fingiendo que solo era su amigo, tendría que aprender a disimularlo mejor.

Los años y la distancia habían transformado aquella atracción todavía inocente, le habían dado perspectiva y la habían convertido en algo mucho más profundo.

Y ahora Joyce estaba allí, demasiado cerca, despertando en él no solo el deseo de besarla, sino también un anhelo mucho más peligroso: el de construir una vida a su lado.

Avanzaron a pie por el sendero de piedra hacia la entrada de la posada.

El establo lucía silencioso y el olor a humo de turba flotaba en el aire fresco de la noche.

Brett condujo al caballo hasta una cuadra vacía y se acercó al anciano encargado del establo, que apenas levantó la vista al recibir la moneda que el vizconde le entregó.