Capítulo 13
E l plan de Hayden tenía un pequeño inconveniente. Funcionaba demasiado bien.
Brett apenas tuvo tiempo de comprobarlo antes de que el semental saliera de la plaza y se lanzara por la calle principal. A su espalda quedaban la iglesia, los invitados, los carruajes y, sobre todo, una cantidad indecente de testigos.
Delante, Londres.
Joyce seguía aferrada a él. No porque tuviera miedo. O eso al menos era lo que se decía.
—Creo que ya nos vieron —gritó por encima del ruido de los cascos.
—Sí.
—Creo que una señora acaba de santiguarse.
—Probablemente porque luces el velo como un fantasma, pareces la protagonista de una novela gótica.
El velo había decidido tener una vida propia. Una parte seguía prendida a su cabello, la otra ondeaba detrás de ellos como una bandera blanca de derrota.
La situación era tan absurda que, de pronto, todo el miedo de los últimos minutos se convirtió en una especie de euforia.
Se estaba fugando.
De su propia boda.
Con Brett.
A caballo.
Nadie podía negar que, cuando decidía meterse en problemas, lo hacía a todo lo alto.
—¡Esto es una locura! —exclamó.
—Lo sé.
—¡Tú dijiste que era una buena idea!
—Dije que era mejor que dejarte escapar sola.
—¡Eso es lo mismo!
—No, no lo es. Pero ahora no estoy en condiciones de discutir semántica.
Brett esquivó un carruaje que se cruzó delante de ellos. El caballo respondió con una agilidad impecable, pero Joyce se apretó contra su espalda.
—¡Más despacio!
—¡Hace treinta segundos querías que fuéramos rápido!
—¡No sabía que rápido significaba morir!
—No vamos a morir, Joyce.
—¡Eso es justo lo que diría un hombre que está a punto de matarnos!
Brett sonrió. No debería haberlo hecho, no en aquel momento, pero hacía demasiado tiempo que no la oía reír así. Recién entonces cayó en la cuenta de cuánto había echado de menos aquel sonido.
Sus tres años en América habían sido buenos. Necesarios, incluso. Pero también lo habían mantenido lejos de ciertas cosas que, hasta marcharse, había dado por sentadas.
Como oír reír a Joyce.
Y reír junto a ella.
Los brazos de Joyce se cerraron aún más alrededor de su cintura. Sintió cómo ella apoyaba la mejilla contra su espalda durante un instante y tuvo que concentrarse en las riendas.
Pensar en esos momentos, contrario a su sentido común, no parecía ser la mejor opción. Joyce era la impulsiva, él, el racional. ¿Cuándo había cambiado eso?
Cuando tu racionalidad casi hace que la pierdas, zoquete.
Odiaba la voz de su cabeza.
El problema era que esa voz, esa que algunos llaman conciencia, no paraba de recordarle también que detrás de ese acto impulsivo quedaban un duque escocés ofendido, dos familias al borde del escándalo y, por algún motivo, un caballo que parecía creer que aquella era la mejor mañana de su vida.
El semental aceleró. Lord Leopold y un demonio. ¡Tenía los mejores caballos de Inglaterra!, y ese, en particular, parecía hecho para el hipódromo.
—¡Brett! —Joyce hizo más presión sobre su cintura.
—¿Qué?
—¡Estamos llamando la atención!
—Ese era el objetivo.
—¡Sí, pero no tanta! Ya estamos lejos de la catedral. Si este caballo no tiene nombre, deberíamos bautizarlo Pegaso. El endemoniado parece tener alas.
Brett intentó hacer que el animal dejara de galopar y pasara a un trote suave.
—¿Cuánta atención querías?
—La necesaria.
—Define necesaria.
—No lo sé. Para tu información, es la primera vez que escapo de mi boda.
Brett no pudo evitar reír.
—Pues es la primera vez que me fugo con la novia en cuestión. Al parecer, somos dos amateurs.
Joyce rio con Brett. Luego se quedó callada. Había conseguido su cometido, o eso creía. Una parte de ella respiraba aliviada. No estaba lista para sincerarse, pero empezaba a comprender que la confesión de Arabella había resultado liberadora.
Nunca quiso casarse con el duque. Nunca quiso casarse sin amor.
¡Cómo fue tan tonta!
Miró alrededor. Un grupo de trabajadores se había detenido junto a una carreta. Dos muchachos señalaban el vestido y una mujer, que había salido a la puerta de una tienda con una cesta en la mano, la observó con curiosidad y censura.
Siguieron avanzando, más lento, a medida que el paisaje de Londres cambiaba ante sus ojos. Los rostros empezaban a verse más cansados, menos atentos. Eran personas que trabajaban demasiado como para preocuparse por los escándalos de la alta sociedad.
Benditos sean, pensó Joyce.
Aquello le recordó que el mundo era mucho más grande que los escándalos de la alta sociedad y que, tarde o temprano, hasta el suyo dejaría de ser noticia. Aunque los Grigg dependieran demasiado de su prestigio.
El duque, en cambio… él estaría bien. Ni una mácula lo mancharía.
¿A Brett? Oh, ese era otro cantar, y ella se hizo en ese mismo instante la promesa de ayudarlo a remediar el lío en el que lo había envuelto.
Durante unos segundos pareció que todo saldría bien, que podía funcionar.
No funcionó.
—¿Hasta dónde vamos a caballo?
Brett frunció el ceño.
—Hasta donde podamos.
—Eso no es una respuesta, Brett. —Hizo un mohín que su amigo no pudo ver. Sonaba desesperada.
—Es la única que tengo.
—¿Y cuánto falta para Escocia?
—Mucho. Unas trescientas millas, aproximadamente.
—¿Trescientas? —Eso sí fue desesperación hecha voz—. No creo que exista un caballo capaz de hacer trescientas millas sin descanso.
—Ni que lo necesite. ¿Recuerdas? Tú has dicho que…
Joyce levantó la cabeza.
—No nos vamos a casar de verdad —completó—. Entonces, ¿podemos dejar de hacer el ridículo?
—No todavía. Al menos tenemos que dejar Londres, si nos ven detenernos…
—Podrán alcanzarnos.
—Creo que los dos hemos sobreestimado lo que significa una fuga romántica.
—En las novelas nadie cuenta el medio —coincidió Joyce y los dos se echaron a reír de nuevo.
Llevaban casi una hora cabalgando y, sumados los nervios previos a la boda, el cansancio comenzaba a pesarles en el cuerpo y el ánimo. Reían por todo, como dos tontos incapaces de dimensionar el embrollo en el que estaban metidos.
El viento le azotaba la cara a Joyce. Tenía el cabello completamente suelto, el vestido arrugado, el velo convertido en una amenaza pública y las mejillas encendidas.
Pese a ello, estaba feliz.
Por unos minutos, simplemente feliz.
No pensaba en Hamish. No pensaba en la boda. Tampoco en su familia, de momento, aunque pensar en ellos le provocaba una sensación molesta, como una pequeña espina en la garganta que no conseguía ignorar por completo.
Y, sobre todo, no pensaba en lo que ocurriría cuando regresaran.
Se sentía demasiado bien junto a Brett, siendo cómplices. Se preguntó entonces cómo sería si aquello fuera verdad. Si se casaba con su amigo y pasaban la vida haciendo locuras juntos.
Pero una amistad tampoco bastaba para una boda. Tras ese desastre, solo el amor la llevaría de nuevo al altar.
—Brett.
—¿Sí?
—Gracias.
Él no respondió inmediatamente.
—¿Por qué?
—Por venir conmigo.
—Te dije que no te dejaría sola.
—Lo sé, y me alegro de que seas tan literal.
Ella apoyó nuevamente la cabeza contra su espalda. Brett tragó saliva.
—Además —agregó él—, alguien tiene que asegurarse de que no te cases con un duque, había que evitar tamaña tragedia.
Joyce volvió a reír.
—Al parecer, también es marqués de algo y conde de no sé qué.
—Con más razón tenía que salvarte. —Brett dejó escapar un suspiro—. Solo espero que nos perdone.
—Lo hará, Brett. Él tampoco me quería.
Joyce no llegó a ver la expresión del vizconde. La certeza de que también por eso se había prestado a la locura de huir. Joyce merecía ser amada. Odiaba pensar que había estado dispuesta a conformarse con menos por su familia.
Las calles se hicieron menos concurridas. Las casas, más espaciadas. El ruido de los carruajes fue disminuyendo poco a poco. Brett aflojó las riendas.
—Ya podemos dejar de galopar —anunció Brett. Su trasero fue quien mejor recibió la noticia.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Buscamos un carruaje.
—¿Uno que vaya hacia el norte?
—Idealmente.
El semental disminuyó la marcha. El alivio le impidió notar que el caballo no había respondido a su comando, sino a sus propios deseos. El animal dio un paso. Después otro y se detuvo.
Hasta ponerse a mordisquear el césped al costado de la carretera.
—Me parece que nuestro Pegaso ha decidido que no da un paso más —anunció Brett.
—Lo entiendo. Le debe haber llegado el rumor de otro caballo que viajó a Escocia.
Los dos pusieron los ojos en blanco. Decidieron que si el animal no iba a moverse, no tenían por qué seguir soportando aquella incómoda posición.
Al bajar, a Joyce las piernas se le doblaron, y Brett la sostuvo contra el lomo del animal y su propio pecho. Ella alzó la mirada y tragó saliva.
Al bajar, las piernas de Joyce flaquearon y Brett la sostuvo contra su pecho. Ella alzó la mirada y tragó saliva.
Joder, no solo había crecido… ¡Qué guapo se había puesto! Sus ojos conservaban aquella expresión juvenil que conocía desde siempre, pero el resto de sus facciones había perdido toda suavidad infantil. ¿En qué momento había ocurrido?
—Tranquilo, no necesitamos ir tan al norte —le prometió al animal. Años antes, su dueño había montado otro semental para impedir una boda en Gretna Green y casarse él mismo con Francie Plageman.
La historia cambiaba los nombres, pero no mucho los escenarios. Él rescataba a una novia de una boda sin amor, solo que en su caso no reemplazaba al esposo en el altar.
¿No podían reservarse la originalidad para otro aspecto? ¡Él estaba más que dispuesto a casarse con Joyce…!
Si ella lo amara.
Brett intentó mover las riendas, mientras antes terminaran con esa huida, antes podrían regresar a casa y dar las explicaciones falsas del caso. El caballo no se movió.
A lo lejos se distinguía una pequeña construcción de madera y piedra. De la chimenea salía una columna de humo. Un cartel colgaba sobre la entrada. Se trataba de una taberna.
Por las ventanas abiertas llegaban voces ahogadas, risas y el ruido de cubiertos.
Joyce siguió su mirada.
—¡Es justo lo que necesitamos! —clamó la muchacha.
—¿Comida?
—Además. —Joyce sonrió—. Tengo una idea.
—Tú y tus ideas.