Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—Hayden tiene razón —admitió Brett, mirando hacia la fila de monturas disponibles—. Además, un solo caballo es más rápido en el tráfico de Hanover Square que un carruaje de cuatro ruedas.

—¿Ven? El instinto masculino de la velocidad al servicio del caos —comentó Tracie, incorporándose con esfuerzo y sonriéndoles a ambos—. Me encanta este plan. Ojalá no estuviera vomitando para poder aplaudir con ganas.

—Hay un semental en la segunda cuadra —apuntó Hayden, indicando con la cabeza hacia el interior del establo—.

Es de Leopold; sus caballos están entre los mejores de Inglaterra.

De paso, no sumarán robo a los delitos, porque Lord Leopold los perdonará.

Es fuerte, rápido y tiene un arnés ligero.

Brett, ve a ensillarlo. Yo mantendré a los mozos de cuadra ocupados preguntándoles por el estado de las herraduras de mi carruaje.

—Hayden, eres siniestramente eficiente —murmuró Joyce, observando cómo el barón no había perdido ni un ápice de la compostura pese a estar sosteniendo vómito en una palangana de plata.

—Es mi deber como ciudadano respetuoso de las leyes de la física y de la etiqueta —respondió Hayden sin inmutarse—. Tracie, ¿estás lista para presenciar el espectáculo?

—Llévame al frente —dijo Tracie con dramatismo, tomando el brazo de su esposo—. No me perdería esto ni por todo el jengibre y manzanilla del Imperio Británico.

En cuestión de minutos, Brett apareció conduciendo al imponente semental. El animal relinchó suavemente, inquieto por el aroma a cuero y la agitación contenida. Brett montó de un solo salto con la agilidad que le caracterizaba, acomodándose sobre las riendas antes de extenderle la mano a Joyce.

—Bien, Lady Joyce —dijo Brett, con una sonrisa desafiante que le devolvió el aliento a la muchacha—. ¿Lista para hacer la entrada más escandalosa de la historia de Londres?

—Si me caigo sobre el adoquín, Brett, te prometo que volveré de la muerte para atormentarte —advirtió Joyce. Aunque mentía, nunca estaría más agradecida con su amigo que en ese momento.

Tomó la mano del vizconde, apoyó el pie en el estribo y, con una mezcla de desesperación y soltura, se impulsó hacia arriba. El enorme vestido de seda blanca, encajes y velo a medio soltar se acomodó como pudo sobre el lomo del animal, envolviendo las piernas de Brett en una marea de tela.

—Sujétate fuerte —le ordenó él, pasándole un brazo alrededor de la cintura para afianzarla.

—¡Esperen! —intervino Tracie, caminando a pasos rápidos hacia la salida del callejón, apoyada en el hombro de Hayden—.

Cuando salgan a la plaza principal, tienen que cruzar justo por delante de la entrada de la catedral.

Es donde está la multitud y los invitados que han salido a tomar el aire. Yo me encargaré del toque final.

—¿Qué toque final? —preguntó Joyce, alarmada.

—Tú solo agárrate al vizconde y pon cara de estar viviendo el momento más intenso de tu existencia —le guiñó un ojo.

Hayden le dio una palmada firme en la grupa al semental.

—Buena suerte, fugitivos. Intenten no matarse antes de llegar a Escocia.

El caballo arrancó al trote corto, saliendo de la penumbra del establo hacia la luz deslumbrante del mediodía de Hanover Square. Brett apretó las riendas y guio al animal rodeando el lateral de la iglesia.

Al salir a la calle principal, el escenario era exactamente el que Hayden había previsto. Decenas de invitados aristocráticos conversaban en los escalones de piedra, mientras carruajes elegantes aguardaban alineados y la multitud de curiosos se agolpaba contenida apenas por una valla improvisada.

Brett clavó los talones en los flancos del alazán. El caballo se alzó levemente sobre sus patas traseras con un relincho potente antes de lanzarse a un galope tendido.

El impacto visual fue inmediato. Una marea de seda blanca volando al viento, los rizos rubios de Joyce completamente sueltos y desordenados flotando tras ella, y el vizconde Brett sosteniéndola con firmeza mientras cortaban el aire de la plaza como un rayo.

Los abanicos cayeron al suelo. Los sombreros de copa se levantaron de golpe. Varios caballeros ahogaron un grito de estupor y una marquesa anciana estuvo a punto de desmayarse directamente sobre el capellán.

Joyce, arrastrada por la adrenalina del momento y la velocidad del galope, no pudo evitar dejar escapar una risa frenética que resonó por toda la plaza, agarrándose con todas sus fuerzas a los hombros de Brett. El vizconde guiaba al caballo entre los carruajes con una maestría impecable.

En ese preciso instante, Lady Tracie Kensington irrumpió en los escalones superiores de la catedral, llevándose una mano al pecho con un gesto de dramatismo digno del mejor teatro del West End, mientras su esposo, impasible a su lado, sostenía su abanico.

—¡Cielos santos! —gritó Tracie con una voz lo suficientemente clara y aguda como para que resonara en toda la plaza, mientras se abanicaba con fingido desespero—. ¡Miren todos! ¡Por el amor de Dios! ¡¿Qué la llevó a fugarse con un vizconde?!

La multitud ahogó un gemido colectivo mientras el alazán tomaba la esquina a toda velocidad, perdiéndose en la distancia de la calle principal hacia el norte, dejando tras de sí un reguero de encaje, estupor generalizado y el inicio del escándalo más glorioso de la temporada.