Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 12
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Capítulo 12

J oyce arrastró el dobladillo de encaje manchado de hierba hasta llegar a las caballerizas traseras de la catedral.

Brett, por su parte, intentaba sacudirse las hojas de hortensia de la chaqueta de gala.

Esa tarea le impedía pensar demasiado en la locura que estaba dispuesto a cometer y, sobre todo, en la culpa que sentía al saber que sus sentimientos eran más profundos que los de Joyce.

—No pienses… —murmuró.

—¿Qué dices?

Brett se sonrojó apenas, pero decidió que, desde ese instante en adelante no le mentiría a Joyce. Si ella decidía interpretar sus palabras de maneras ambiguas sería su problema, a él solo le restaba la honestidad.

—Me animaba a dejar de pensar, si analizo esto, cambiaré de parecer.

—Puedes hacerlo. De hecho, es ahora o nunca.

—Pero el único escenario en el que renunciaría a ayudarte sería en el que no necesites ayuda, Joyce. Y salvo que hayas decidido hablar con franqueza al duque… —Se encogió de hombros.

Ella se estremeció.

—Bien, entonces sigamos con esta locura.

Ahora el remordimiento era compartido. Brett por no confesarle que, de su parte, esa locura bien se asemejaba a un sueño cumplido. Excepto, claro está, por la parte de hacer el matrimonio falso. Ella, por arrastrar a su amigo a un destino escandaloso.

El aire olía a paja limpia en el establo. Una mezcla de heno, cuero pulido y… ¿manzanilla?

A medio camino entre el primer carruaje y el pesebre principal, una figura masculina de porte impecable, levita oscura y expresión de absoluta gravedad sostenía con exquisito cuidado una palangana de plata y un pañuelo de lino.

Frente a él, doblada por la cintura y aferrada a un poste de madera, Lady Tracie ahogaba una arcada que hizo retumbar las vigas del establo.

—Respira, mi amor. Lentamente —decía Lord Hayden Kensington con la calma imperturbable de un general en plena batalla—. Piensa en algo árido. Un desierto. Un trozo de tiza seca. Nada con grasa.

—¡Si me vuelves a mencionar la tiza voy a vomitarte en los zapatos, Hayden! —logró articular Tracie con voz sofocada, antes de inclinarse nuevamente sobre el recipiente—. Además la simple mención de la grasa… —Otra arcada—, me hace pensar en ella… —Aspiró hondo por la boca.

Joyce se detuvo en seco. Oh, oh.

—¿Tracie?

Hayden levantó la vista. Su rostro no mostró el menor atisbo de sorpresa, aunque sus ojos se posaron primero en el vestido de novia arrugado de Joyce, luego en Brett, que parecía haber sido atropellado por un arbusto, y finalmente en la dirección por la que ambos acababan de llegar.

—Lady Joyce. Lord Brett —saludó el barón con una leve inclinación de cabeza, sin soltar la palangana de plata—. Veo que la ceremonia avanza a un ritmo inesperadamente dinámico.

—No es lo que parece —improvisó Joyce con rapidez.

—Todo parece indicar que se trata de una novia a la fuga acompañada por un vizconde despeinado —corrigió Hayden con tono sereno—. Pero si tú dices que no es eso, asumiré que es un nuevo ritual del que no tenía noticia.

Tracie alzó la cabeza, se limpió los labios con el pañuelo que le tendía su esposo y, pese al tono pálido de su rostro, una sonrisa de pura fascinación se dibujó en sus labios.

—¡Oh, por todos los santos! —exclamó Tracie, recuperando el aliento—.

¡Sabía que este día no podía ser tan aburrido!

Hayden me prometió que la aristocracia escocesa aportaría algo de drama, pero esto supera mis mejores expectativas.

Joyce, estás hecha un desastre. Conociéndote, diría que elegiste lanzarte por la ventana.

¿Te estás fugando? Por favor, dime que te estás fugando.

Es preferible eso a haberme perdido la entrada triunfal de la novia.

—Tracie, por Dios, concéntrate en tu estómago —la reprendió suavemente Hayden, ofreciéndole un sorbo de agua limpia—. No importunes a los fugitivos.

—No nos estamos… Bueno, técnicamente sí —admitió Joyce, mirando hacia la salida de las caballerizas—. ¿Cómo lo han sabido?

Como Tracie estaba en el primer trimestre de su segundo embarazo, Joyce no había compartido con ella los meses del cortejo. Su amiga no estaba al tanto de sus dudas siquiera, mucho menos de los últimos acontecimientos.

—La imagen que dan dice mucho, además, ¿por qué vendrían a las caballerizas si no fuese en búsqueda de un medio de transporte? —expuso Hayden, con absoluta lógica.

—¿A vomitar el desayuno? —sugirió Brett, al ver a su prima.

Tracie le sacó la lengua, pero una nueva náusea le impidió seguir con la burla. Una vez que consiguió respirar, agregó:

—Bueno, ese es el análisis de mi racional esposo. Yo diría, porque ya llevabas demasiado tiempo sin meterte en problemas, Joyce. Creí que era mi ausencia en la vida social, que yo era una mala influencia para ti…

—No te desmerezcas, cariño, tú puedes ser una mala influencia incluso en tu estado —la animó Hayden.

—¿Lo ven?, ¿no es un romántico? De todos modos, no lo escuchen, está siendo gentil porque es el culpable de mi estado.

—El único culpable —especificó, mirando a Tracie con una ceja arqueada. Su esposa tuvo el decoro de sonrojarse, bastante había disfrutado el proceso que la había llevado a tener una nueva vida en su vientre.

—Como sea, no era yo la mala influencia, sino Brett.

—¡Oye! —se defendió el aludido.

—A las pruebas me remito. Ella dejó de meterse en problemas cuando tú te fuiste, y volvió a las andanzas cuando volviste.

—Nadie es más culpable que yo. Brett solo me está ayudando —dijo Joyce.

—Sí, es que Brett tiene un sexto sentido para saber cuándo necesitas ayuda. Casi como tú, cariño —le dijo a su esposo—. ¿Lo recuerdas?, siempre ayudándome sin decir el motivo.

—Como sea, sí estoy huyendo… Pero es por una causa muy noble. Muy compleja. Muy…

—No nos importa —la interrumpió Hayden con la mano levantada, en un gesto de absoluta sobriedad—.

Guarden las explicaciones. Menos sabemos, menos mentiras tendremos que jurar ante el arzobispo cuando comience el interrogatorio oficial.

Si han decidido que el matrimonio con el duque no es la vía adecuada para este martes, me parece una decisión personal que no me incumbe. No hago preguntas.

—¿Ves? Por eso me casé con él —dijo Tracie, volviendo a apoyarse en el hombro de su marido con un ligero gemido—. Es el hombre menos chismoso de toda Inglaterra. Un bien absoluto para la salud mental. Ay… esperen, otra vez…

Tracie volvió a inclinarse hacia la palangana. Hayden, con una destreza propia de quien ya ha pasado por aquello en repetidas ocasiones, le sostuvo la frente con una mano mientras mantenía la palangana fija con la otra, sin perder ni por un segundo la postura ni el aplomo.

—Como les iba diciendo —continuó el barón, hablando por encima de los ruidos de su esposa con la misma naturalidad con la que discutiría el precio del trigo—, la logística de su plan es un desastre colosal.

Brett se cruzó de brazos, divertido pese a la tensión del momento.

—¿Qué tiene de malo nuestro plan, Lord Hayden? Ni siquiera sabes cuál es. El único problema es que, si seguimos esta charla, no podremos escabullirnos.

—Es evidente cuál es y lo acabas de decir.

«Escabullirse» —replicó Hayden—. La intención de salir por la puerta trasera, subir a un carruaje alquilado o desapercibido, correr hacia el norte y esperar a que la tormenta pase.

Es el procedimiento estándar para la gente que cree que el escándalo se puede evitar con discreción. Y es un error conceptual gravísimo.

—¿Por qué? —preguntó Joyce, ajustándose una manga del vestido que se había descosido levemente durante su caída.

—Porque si se marchan a escondidas —explicó Hayden de forma metódica—, la versión que quedará en la iglesia será que la novia ha sido secuestrada, o que ha sufrido un ataque de demencia, o que el duque la ha rechazado en la sacristía.

La gente empezará a buscarte, Joyce. Antes de que hayan cruzado la primera garita de peaje alguien ya habrá dado aviso a las autoridades.

Si van a arruinar una boda ducal, tienen que hacerlo bien. A lo grande.

Tracie emergió de la palangana, respirando agitadamente.

—Escúchale, Joyce… —dijo con voz débil pero entusiasta—. Le caso… le hago caso siempre en esto. Para hacer cosas completamente irracionales hay que ser extremadamente racional. Es la regla de oro de los Kensington.

—¿La regla de oro? —repitió Joyce.

—Absolutamente —continuó Tracie—. Hayden y Brett son la razón encarnada.

Sin nosotras se quedarían en sus despachos contando libras y mirando mapas; sin ellos, nosotras terminaríamos estrelladas contra el primer obstáculo o en prisión antes de la hora del té.

Así que ya tomaste el impulso, Joyce. Ahora cállate y escucha a los expertos.

Tracie volvió a inclinarse sobre el recipiente con una mueca, mientras Hayden le daba un par de palmaditas rítmicas en la espalda sin inmutarse.

—Gracias, mi amor —dijo el barón—. En efecto.

Mi recomendación táctica es la siguiente: si pretenden que el público acepte esta fuga como un acto de pasión incontrolable e inevitable, lo cual es la única narrativa que salvará sus honores a largo plazo, el dramatismo debe ser absoluto.

Nada de carruajes cerrados ni escapadas furtivas por el callejón de la leña.

—¿Y qué sugieres entonces? —preguntó Brett, alzando una ceja.

—Un solo caballo —sentenció Hayden con aplomo.

Joyce abrió la boca, atónita.

—¿Un caballo? ¿Los dos en un solo caballo? ¿Con este vestido?

—Precisamente —dijo Hayden—. Un único caballo transmite urgencia, arrebato y una absoluta falta de premeditación.

Transmite que el vizconde no ha podido contenerse más, que ha irrumpido en las inmediaciones, ha tomado a la novia y se la ha llevado a galope tendido.

Si salen en carruaje, parecerá un complot cobarde.

Si salen a lomos de un corcel, ante la mirada de todos los invitados y los curiosos de la calle, se convertirá en una leyenda romántica instantánea.

La gente prefiere perdonar un escándalo apasionado antes que una jugada rastrera.