Capítulo 11 #2
—Lo siento. Por cierto, ya había notado que estabas más alto, pero recién ahora me percato de cuánto…
—¡Joyce!
—Es que no sé qué hacer, Brett.
—Si no decides tú, decidirá el destino por ti —le advirtió Brett.
—Te has vuelto muy sabio.
—Siempre he sido sabio —bromeó.
—De hecho, tal vez permaneceré aquí colgada hasta que el destino tome las riendas del asunto. —Suspiró—. Sí, eso haré. Me parece la opción más inteligente y madura dadas las circunstancias.
—¿Cuáles son las circunstancias? —preguntó Brett.
—No puedo casarme con el duque.
Al decirlo en voz alta, Joyce pareció comprender por fin la magnitud del problema. Brett, en cambio, sintió un inoportuno destello de esperanza.
Quizá fue la impresión del momento o simplemente el cansancio de seguir aferrada al alféizar, pero los dedos de Joyce cedieron. Brett apenas tuvo tiempo de recibirla entre sus brazos antes de caer hacia atrás con ella y terminar ambos entre las hortensias, envueltos en un montón de seda blanca.
Joyce se apresuró a levantarse y, sin querer, apoyó una mano demasiado cerca de la entrepierna de Brett.
—¡Oye!
—Disculpa, tengo que huir —dijo ella, dio unos pasos más y regresó—. Disculpa de nuevo, no puedo dejarte aquí tirado. —Le tendió la mano. Brett se la cogió y se incorporó. Divisó por fin el rostro desesperado de Joyce—. Ahora sí, me marcho.
—¡Espera! —la detuvo desde la muñeca—. ¿Qué ha pasado?, ¿el duque… él…?
Joyce observó la expresión de Brett, mezcla de preocupación y potencial ira.
—No, Lord Hamish no ha hecho nada malo, soy yo. ¡Oh, Dios!, no puedo casarme con él.
—Joyce…
—Regresa a la iglesia y no digas que me has visto, por favor. Solo eso. Yo me encargaré del resto.
—Con encargarte del resto te refieres a huir, ¿verdad?
—¿Qué otra cosa puedo hacer?
—¿Hacia dónde huirás? —preguntó el joven vizconde y ladeó la cabeza—. ¿Con qué dinero?, ¿en qué caballo?, ¿con qué atuendo?
—Dicho así, parece un plan estúpido…
—Es un plan estúpido, Joyce.
—¡Pero es el único plan que tengo! —Miró hacia ambos lados, temerosa de que la descubrieran.
—¿Por qué no puedes casarte con el duque? Empieza por ahí.
—Arabella me ha confesado que está enamorada de él.
Brett… —Lo cogió de los hombros y fijó sus ojos miel en los ojos color chocolates de él—, ¿te puedes imaginar lo que sería para Arabella, ver cómo el hombre que ama se casa con otra?
, ¿no con cualquier otra, ¡con su hermana!
? Sería una tortura. Jamás le podría hacer algo así a alguien que quiero.
Brett se quedó petrificado.
—Si fuera al revés y descubrieras que alguien te ama a ti…
—¿Alguien a quien yo quiero?, ¡me cortaría la mano antes de hacerle daño! Esta boda debía ser para beneficio de todos, no para que personas salieran heridas.
El vizconde tragó saliva.
—¿Hubieras preferido que Arabella no te lo dijera?
—¡No! Hubiera preferido que me lo dijera antes de que estuviera así… —Se señaló el vestido—. Pero ya es tarde para reclamos, es hora de soluciones, y la única solución que encuentro es huir.
—Puedes explicarle al duque…
Joyce arqueó las cejas. Tal vez con más tiempo hubiera podido, pero ahora…
—Ya ves, esta vez me he metido en un lío del que ni tú puedes salvarme. Solo regresa y finge que no me viste, ¿sí?
Se volvió en dirección a las caballerizas, su plan era tan sencillo como complicado: un minuto a la vez. Improvisaría sobre la marcha.
—Joyce, espera…
—Brett, me descubrirán. Ve, ve…
—Cásate conmigo.
Cuando las palabras salieron de su boca, los dos se sorprendieron por igual.
No había sido la intención de Brett proponerse, de hecho, su cabeza estaba trazando planes de huida, escondites, presupuesto.
Iba a decirle que se escondiera en su casa, en el momento en que su boca cobró vida independiente y decidió soltar esa propuesta.
—¿Qué? —Joyce lo miró estupefacta.
—Cásate conmigo —repitió él, y esta vez la idea empezó a cobrar sentido—. Es decir, huyamos juntos y casémonos.
—Te has golpeado la cabeza. —Joyce se acercó y pasó su mano por entre los rizos de Brett en busca de heridas.
—No me he golpeado, no estoy loco… es la única salida posible.
—De eso nada, todavía puedo morir arrollada por un carruaje.
—¡Joyce! —la reprendió él con dureza. Ella pudo ver el cabreo real en sus ojos—. Ni de broma lo digas.
—Oye, no era para tanto.
—Sí lo es —se enfadó él—. Y que prefieras morir que casarte conmigo no es muy alentador, ¿no lo crees?
—No es lo que dije.
—Es lo que sugeriste.
—No, Brett —Joyce igualó en enojo a su amigo—. Es justamente porque casarse contigo sería un honor que no puedo tomarlo a la ligera y, mucho menos, arrebatarte la posibilidad futura de hacerlo con la mujer que amas.
—Joyce, es que no lo entiendes, tú eres…
—Un problema con piernas, un drama andante, un faro para los conflictos. Ya lo sé.
—No iba a decir eso…
—Pero no te arrastraré a esto. Enfadarás al duque y tú querías hacer negocios con él…
—Los negocios son lo de menos —insistió Brett—. Escúchame, Joyce, si huyes ahora no tendrás a dónde ir. El duque te irá a buscar y puede insistir en seguir con la boda, ¿verdad?, ambas familias han dado su palabra y han pagado la dote y…
—Oh, Dios, Brett. ¡Cómo detesto que siempre pienses en todo! ¡Eso ni siquiera se me había ocurrido! ¿Y sabes qué? Era muy feliz hasta que lo mencionaste.
—Si te casas con otro, te liberarás por siempre de tu palabra al duque.
Será un escándalo, sí, pero uno que podrá reescribirse como una bonita historia de amor y con eso mejorará la mala publicidad que recibirá la familia Grigg.
También será bueno para el duque, quien será abandonado por amor y no por algún defecto horrible que la sociedad buscará inventarle para hacer leña del árbol caído.
—Rayos… No había pensado en eso.
—Joyce, ni siquiera habías pensado en la altura desde la ventana al suelo. Casarte con otro será la mejor salida…
—¿Y tienes que ser tú?
—¿Ves a alguien más por aquí?
Joyce negó con la cabeza.
—Brett, te arruinaré la vida, te arrebataré las posibilidades de ser feliz, te…
El vizconde miró a su amiga y entendió que de nada valdría una confesión en esos momentos, ella pensaría que lo decía para serenarla o convencerla, además, él mismo no quería conseguir esa boda a base de un golpe de suerte o de aprovecharse de su desesperación.
—Podemos divorciarnos después. Una vez que tu hermana y tu prima se casen, una vez que un divorcio no arrastre a la desgracia a nuestras familias, pondremos fin a la unión y…
—Y serás libre de casarte con quien quieras.
—Libre como el viento —ironizó, pero contuvo el matiz de su voz en una actuación bastante aceptable.
—Brett, no sé. Siento que sería demasiado egoísta de mi parte, tú no mereces esto y yo…
—Joyce, no me estás obligando, te lo estoy ofreciendo. Piénsalo como un obsequio, como algo que te entrego porque eres mi amiga. No lo pienses como una deuda, ni como un sacrificio… Piénsalo como una salida. ¿Qué dices?
—No.
—¿No?
—Sí y no —dijo Joyce—. Sí, pero no. ¿Entiendes?
—No.
—No nos casemos de verdad. Huyamos al norte, hagámosles creer que nos casamos, pero no lo hagamos de verdad.
Una boda es algo muy serio, Brett, ante esta terrible situación es que lo veo más claro que nunca.
Una boda debe ser siempre por amor, la responsabilidad no es suficiente y la amistad tampoco.
Prométeme que solo dirás sí en un altar cuando estés seguro de amar…
—Y de ser amado —completó él. Le apartó un mechón rubio. Su parte ya estaba cumplida, él ya había encontrado a la mujer con quien quería pasar el resto de su vida, pero solo valdría la pena si ella sentía lo mismo por él.
—Esa parte será fácil, ¿quién no se enamorará de ti?
Joyce le plantó un beso en la mejilla. Al hacerlo, Brett sintió la suave humedad de una lágrima desesperada.
—Bien, fingiremos que nos casamos. ¿Estás de acuerdo con el plan?
Ella se encogió de hombros.
—No tengo tiempo de pensar otro.
Brett suspiró. Pensó en sus propias palabras: cuando no decides tú, la vida decide por ti. Allí estaba la vida trazando el sendero que él no se animó a marcar antes de irse a América, era hora de avanzar.
—¿Lista para cambiar un duque por un vizconde?
Joyce le sonrió.
—Eso suena mal, suena a drama. Hagamos que suene a novela con final feliz. —Le cogió la mano y reformuló sus palabras—: Estoy lista para fugarme con un vizconde.