Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 11
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Capítulo 11

J oyce sopló el velo una vez más. Evaluaba quitárselo y ya, era lo más incómodo que había usado en su vida. Y lo más inútil. El duque ya había visto su rostro y no había huido, lo cual era un buen comienzo, ¿verdad?

Como sea, el maldito retazo de tela estaba fijado a su coronilla con demasiadas horquillas. Empezó a buscarlas entre sus rizos rubios, decidida a poner fin a esa tontería.

Entre tantas tonterías, dijo una molesta voz en su cabeza.

Su hermana entró sin llamar, y ella se volvió hacia Arabella con una sonrisa en los labios.

—¡Menos mal que estás aquí! Ayúdame a quitarme el velo sin destruir el peinado.

—Joyce, tenemos que hablar.

—Pues habla, mientras me quitas el velo —la animó y se sentó en un banquillo de piano que alguien había dejado olvidado en la sacristía.

Arabella se puso manos a la obra. El velo no podía importarle menos, lo que ansiaba era mantener los dedos ocupados para no comerse las uñas.

—No puedes casarte con el duque —consiguió articular. Joyce giró en el banquillo y el peinado se destrozó por completo—. ¡Rayos!

La doncella se había encargado de encrespar el cabello de Joyce para darle volumen. Ahora parecía un nido de pájaros, de pájaros que no sabían hacer nidos.

—¿A qué te refieres?, ¿de qué hablas?

Arabella miró a su hermana. En lugar de ver pavor en el rostro de Joyce, vio una especie de… ¿esperanza?

Cerró los ojos con fuerza, más convencida que nunca de que, aunque fuera un escándalo, era preferible antes que una tragedia. Se mordió el labio para contener las palabras en su boca mientras ordenaba sus pensamientos.

¿Qué decir?, ¿cuánto decir?, ¿cómo mitigar las consecuencias?

Si bien era tan osada como Joyce, y compartía la idea con ella de actuar primero y pensar después, no le apetecía en nada ser la responsable de ese escándalo en particular.

—La verdad, si voy a ayudarte a arruinarte socialmente, al menos debería ser por algo que te hiciera feliz. Esto no me gusta nada de nada.

—Arabella, por todo lo sagrado, ¡habla!

La menor de las hermanas Grigg siguió sacando horquillas de manera mecánica.

¡Ella quería ser partícipe de una historia escabrosa!

, sabía Dios que hasta las buscaba; pero se suponía que debía ser por amor o por pasión o por rebeldía…

¡No para desenredar aquel absurdo en el que todos parecían confundir responsabilidad con sacrificio!

—¡Qué mal le ha hecho la mala interpretación de los preceptos religiosos a la gente!, ¿no lo crees? —expresó.

—¡Arabella!

—¡Es que estoy pensando! —le chilló—. ¡Déjame pensar!

—¡No! Has dicho que no me puedo casar con el duque, di solo por qué no debería, sin pensar, sin analizar y, sobre todo… ¡Sin mentir!

Sin mentir. ¡Ahí estaba el problema!

—Eres un genio.

—¡Arabella! —Joyce se puso de pie y sacudió a su hermana por los hombros. A la menor de las Grigg le castañearon los dientes.

—Es q-que n-no q-quiero e-empe-pe-orar las c-co-cosas…

—No puede ser peor que estar por casarme y que mi hermana me diga que no debo.

—Oh, sí. Sí puede ser peor. Créeme, no deberías desafiar al destino. Cuando dices, ¿qué es peor que una araña en mi cama?, aparecen dos. Es ley.

—No es ley y no hablamos de arañas.

Arabella suspiró. Su primera idea era decirle a Joyce la verdad: Isobel estaba medio enamorada del duque y, si lo veía en dos ocasiones más, pasaría a estar completamente enamorada de Lord Hamish; en seis, estaría mortalmente enamorada del susodicho, y así hasta que el asunto fuera inmanejable.

Pero decirlo sería traicionar la confianza de su prima. Isobel no había hecho nada malo y, desde luego, no tenía por qué convertirse en la razón por la que Joyce cancelara su boda.

Arabella necesitaba encontrar otra salida.

—No llores, por favor, solo dime… —Joyce la abrazó—. Solo dime y lo solucionaremos, pero por favor, no llores.

—Es que… —y entonces, la idea brilló en su cabeza de manera deslumbrante.

Restaba una persona con peso social para soportar la consecuencia y que no implicaba que Joyce cargara con toda la responsabilidad.

Aunque igual le tocaría su parte, la de anular una boda el día mismo del evento…

Sin embargo, una responsabilidad compartida siempre pesaba menos—. Estoy enamorada del duque.

—¿Qué?

Joyce se apartó y miró a su hermana a los ojos. No le creía, ¡claro que no le creía!

¡Tenía que ser convincente!, pero… ¿cómo?

—Te vas a casar con un hombre responsable, honorable, absolutamente entregado a su deber —dijo, empleando las mismas palabras de Isobel—.

¿Tú sabes lo que es eso, Joyce? ¡Quedó huérfano a los dieciséis años y se cargó a toda la familia al hombro!

Se ocupó de sus primos, de las propiedades y de todas las responsabilidades que heredó con el título sin faltar jamás a su deber.

¡Es un héroe! Un santo. No podrías haber encontrado a nadie más noble, más devoto, más…

—Al ver que los ojos de su hermana se abrían con desmesura—, pero me he enamorado yo de él.

Sé que tú no lo ves así, soy yo quien lo hace, y se me haría insoportable verlo como a un hermano.

Bajó la vista. Había repetido las palabras de Isobel casi al pie de la letra, pero no podía seguir fingiendo un entusiasmo que no sentía. Hamish le parecía un buen hombre, sin duda, pero de ahí a considerarlo un héroe o un santo había un trecho considerable.

Y mucho menos podía fingir que estaba enamorada de él.

—Arabella… —Joyce palideció—. Yo… yo no sabía…

—Ni yo.

—Claro que no me casaré con él. —La abrazó con fuerza—. No, no. Lo único que me propulsaba a este matrimonio era la dicha familiar. No tolero pensar en que, por el contrario, los haré infelices.

Arabella puso los ojos en blanco; su hermana no la vio. Todo aquel desastre se habría evitado si en esa familia hablaran un poco más y decidieran un poco menos por los demás.

—¿Qué harás?

—Déjamelo a mí —dijo Joyce.

—Eso es lo que me preocupa.

—¡Arabella! Soy tu hermana mayor y soy absolutamente capaz de anular una boda de manera madura y responsable, ¿sí? Ahora vete y déjame pensar.

Su hermana se marchó y dejó a Joyce a solas, de todas maneras, ya estaba por llegar Robin para llevarla al altar, mucho más no podía hacer.

Una vez a solas, Joyce analizó la situación en detalle. A la única conclusión segura que arribó fue a que no podía casarse, lo demás… lo demás era una nebulosa.

—Soy absolutamente capaz de anular una boda de manera madura y responsable… —repitió en voz alta y comenzó a temblar—. ¡Huir! escapar es la única opción…

Y abrió la ventana lista para saltar sobre los arbustos y darse a la fuga. Soldado que huye sirve para otra guerra.

Tía Melisa ya estaba junto a Lady Madeleine. Conversaban sobre lo bonita que se veía la catedral y, según escuchó Brett, sobre lo apuesto que lucía el duque en sus galas escocesas. Robin se hallaba junto a Francie, en minutos tendría que ir a por Joyce para que diera inicio la ceremonia.

Roderick se hallaba junto a su primo. La familia del duque era tan pequeña que apenas dos bancos de su lado estaban ocupados con una asistencia de lo más dispar.

Brett sintió que le faltaba el aire.

—Estoy aquí —se repitió—, pero nadie dijo que necesitara estar tan cerca, ¿verdad? —Miró la puerta con anhelo—. Nadie me echará de menos si salgo a tomar aire.

Dio un paso atrás, y otro, y otro… y en efecto, nadie se percató de que desapareció tras las enormes puertas de madera labrada de la catedral.

Una vez fuera, una multitud de curiosos aguardaba para ver a la novia.

Aquellos eventos eran la comidilla social, les permitía a las personas comunes vislumbrar un poco de esa vida que les parecía inalcanzable por una cuestión de cuna.

—Esos son problemas y no los míos —murmuró, en un intento de darse ánimo.

No quería quedarse allí, viendo cómo lo estudiaban y especulaban sobre quién era, y decidió dar un rodeo a la Iglesia. Los laterales estaban enrejados y los jardines eran bellísimos. Tenían un aspecto sereno, con sus estatuas de santos y ángeles en piedra y sus flores por doquier.

—Eres su amigo y la acompañarás en este momento feliz de su vida, punto. Joyce no necesita más que tu amistad y tu apoyo… si requiriera algo más de ti, te lo hubiera pedido. Ella irá al altar, se casará, se convertirá en duquesa y… ¿Joyce?

Había llegado a la parte trasera de la catedral cuando divisó el trasero de Joyce colgando de la ventana.

—Brett, vete… No digas a nadie que me viste.

—¿Que te vi colgada de la ventana? Joyce, demonios, te matarás.

Fue a su encuentro. Las piernas de la joven pendían a unos dos metros del suelo, o, mejor dicho, de las hortensias.

—Puede que haya calculado mal la altura. En mi defensa, no estaba pensando con claridad.

—¿Por qué no me sorprende?

—Ahora vete y no digas a nadie que me has visto, ¿sí?

—¿Y dejar que descubran tu cuerpo cuando empiece a echar olor? Joyce, ¿en qué estabas pensando?

—No en las alturas, evidentemente.

—Estás siendo más sarcástica de lo que permite tu posición.

Brett notó que los dedos de Joyce apenas la sostenían del alféizar, en cualquier momento caería y, si bien no parecía que el golpe fuera a ser mortal, como mínimo acabaría con un tobillo torcido.

Se colocó debajo de ella, alzó las manos y consiguió alcanzar sus zapatos.

Con eso bastó para disminuir el peso que sostenía la muchacha en sus manos.

—Ahora trepa, pon tus zapatos en las uniones de las piedras e impúlsate hacia arriba y…

—¡No! —Joyce miró hacia abajo y perdió el equilibrio—. La idea era bajar, no subir.

—Joyce… Pon atención o te caerás. Sube ahora y sal por la puerta como una persona normal.

—Es que en la puerta estará Robin para llevarme al altar.

—¡Exacto! Lamento ser inoportuno con el recordatorio, Joyce… ¡Pero es el día de tu boda!

—Si has venido a juzgarme, Brett…

—Al parecer he venido a salvarte.

—Como siempre —reconoció Joyce en un suspiro—. Aunque te recuerdo que prometí no meterme en problemas hasta tu regreso. Pues… aquí estás tú.

—Podías haber sido menos literal, la verdad. Joyce… me estoy acalambrando…