Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Encontró a Isobel parapetada detrás de un arbusto de hortensias, tratando en vano de no llamar la atención.

Alguien debía advertirle que esa era una misión imposible vestida como un limonero, tendría que elegir entre ser reservada con sus emociones o su técnica de refugiarse en los colores. Ambas estrategias eran incompatibles.

Ahora le sumaba lágrimas. Un caudal. No un llanto discreto, sino de esos con mocos y ojos rojos. Intentaba secarse con un pañuelo de encaje, lo que generaba más fricción y más rojeces. Estaba hecha un estropicio.

—Si pretendías pasar desapercibida mientras te desmoronas, Isobel, te sugiero que la próxima vez no te vistas de pez mandarín —dijo Arabella, cruzándose de brazos y apoyando el hombro contra la pared de piedra.

Isobel dio un pequeño brinco, se llevó la mano al pecho y dejó escapar un hipo ahogado.

—¡Arabella! Me has asustado… No me estoy desmoronando, por supuesto que no. Solo… solo me estaba aireando un poco. —Sorbió por la nariz y lo único que pasó por el canal nasal fue una dosis extra de mocos, ni una gota de aire.

—Claro. Y las lágrimas que te están arruinando el rubor son solo producto del polen de las hortensias —replicó Arabella, alzando una ceja—. ¿Se puede saber por qué estás llorando como si asistieras a un funeral en lugar de a la boda del año?

—¡Son lágrimas de felicidad! —protestó Isobel, sonándose la nariz con vehemencia con un pañuelito que apenas servía para el cometido—. ¡Lloro de pura alegría porque Joyce se va a casar! Es un día maravilloso, Arabella. Simplemente maravilloso.

—Isobel, he visto a gente en juicios por alta traición con mejor cara que la tuya ahora mismo —dijo Arabella.

Dio un paso al frente y clavó su mirada inquisidora.

Asumía su parte de culpa; en los últimos días había dedicado su mirada de águila a Joyce, a cualquier indicio de que esa boda la hacía desdichada, y había descuidado a Isobel.

Joyce era mejor actriz, su prima, en cambio, mejor que se dedicara a cualquier otro arte menos el escénico—.

A mí no me engañas. Esa cara no es de alegría por Joyce, porque…

—se acercó y confesó en un susurro—, las dos sabemos que esta boda no es el epítome de la dicha.

—¡Claro que sí! —se defendió Isobel—.  ¡Esta boda es fantástica!

Es una boda perfecta ¿Cómo no voy a estar feliz?

Se va a casar con un hombre responsable, honorable, absolutamente entregado a su deber.

¿Tú sabes lo que es eso, Arabella? ¡Quedó huérfano a los dieciséis años y se cargó a toda la familia al hombro!

Se ocupó de sus primos, de las propiedades y de todas las responsabilidades que heredó con el título sin faltar jamás a su deber.

¡Es un héroe! Un santo. Joyce no podría haber encontrado a nadie más noble, más devoto, más…

—Más perfecto, más guapo, más abnegado y más todo —completó Arabella, entornando los ojos mientras ataba cabos en su mente.

La observó durante un par de segundos en silencio. La devoción en las palabras de Isobel no era la de una prima entusiasta por el futuro de la novia; era la admiración ciega, dolorosa y desesperada de alguien que llevaba tiempo contemplando al duque desde la sombra.

No podía culparla. De hecho, desde el día del jardín botánico, ella también había romantizado un poco al duque. Solo que, como era habitual en su caso, la idealización duró lo que una tarde de sol en Londres. Había esperado que Joyce consiguiera con ese gesto construir algún tipo de afecto, pero…

Pero había regresado Brett. El vizconde de Kinloss soltaba esos gestos con una facilidad pasmosa, por lo que dejaba al duque en un horrible puesto secundario.

Brett era el constructor de la vara con la que su hermana juzgaba a todos los hombres del mundo, y el muy maldito se había asegurado de poner esa vara por los cielos.

A la única a quien el duque había impresionado de verdad y de manera duradera era a la mismísima Isobel.

Quizá no estuviera profundamente enamorada, tal vez solo fuera presa de un ideal, pero…

Pero la semilla estaba plantada. La tierra llamada Isobel era terreno fértil. La única forma de que su prima no convirtiera esa emoción en una radiante flor era matando el suelo antes de que eche raíces.

Algo que no iba a pasar si se hacían familia.

Oh-Oh.

Arabella se figuró la historia en su mente como una gran tragedia shakesperiana. A medida que el duque formaba parte de los encuentros familiares, que compartían momentos, que se conocían más… esa semilla crecería, se haría enorme y…

¡Su prima terminaría enamorada por completo del esposo de su hermana!

Oh, Dios. ¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios Santo de Todos Los Cielos!

—Isobel… —comenzó Arabella, suavizando su tono de voz—, ¿no será, quizás, que ves en el duque bastantes más atributos de los que ve nuestra querida Joyce?

Isobel se puso roja al instante, rivalizando en dramatismo con el amarillo de su vestido, y dio un paso atrás como si Arabella la hubiera acusado de cometer un sacrilegio.

—¡Por los cielos, Arabella, cállate! —susurró horrorizada, mirando a ambos lados de las hortensias por si las paredes de Saint George tenían oídos—.

¡Cómo se te ocurre decir una barbaridad semejante!

Yo no puedo andar mirando ni midiendo los «atributos» de un duque.

¡Por el amor de Dios! Además, él eligió a Joyce y sabe muy bien lo que necesita. Joyce es perfecta para él…

—Que también es perfecto… —completó Arabella, arqueando una ceja.

Isobel se sonrojó.

Arabella no pudo evitarlo: puso los ojos en blanco con tanta fuerza que casi le dolió la cabeza. La devoción sacrificada de su hermana y ahora de su prima era demasiado para su paciencia en un día soleado.

Una vez más le vino a la cabeza la alegoría del panal, se iban a desgarrar todas por nada. ¡No eran abejas, por favor! Podían todas mantener sus cuerpos íntegros y buscar otras flores de las que sacar polen.

Arabella miró hacia las puertas laterales de la iglesia, luego miró a Isobel, que parecía un canario a punto de entrar en shock, y finalmente suspiró con profunda resignación.

Algo en el ambiente, en la rigidez de Joyce antes de llegar y en el aire de simposio administrativo que rodeaba toda esta boda, le decía que el «plan» estaba sostenido por un hilo de coser podrido.

—Bueno —murmuró Arabella para sí misma, ajustándose las plumas del tocado con gesto decidido—. Ya veo que, si no tomo la iniciativa, aquí nos vamos todos al garete por culpa de la corrección política y el martirio voluntario. Voy a tener que solucionar esta catástrofe yo misma.

—¿Qué? —preguntó Isobel, parpadeando confundida mientras se guardaba el pañuelo—. Arabella, ¿de qué catástrofe hablas? ¿Qué vas a hacer?

—Tú quédate aquí y trata de no encandilar a los pájaros con el vestido —le ordenó Arabella dándose la vuelta—. Voy a ver si la novia no ha saltado ya por la ventana de la sacristía. Y si no lo ha hecho… tal vez tenga que darle el empujón yo misma.