Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 10
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Capítulo 10

—¿P añoleta o corbatín? —preguntó Wilfred, el ayudante de cámara de Lord Brett. Brett tenía la vista en la ventana, de espaldas al espejo de pie que le devolvía su reflejo derrotado—. ¿Milord?

—Sí, claro —respondió de manera mecánica.

No había escuchado la pregunta. Wilfred no hizo comentario y decidió por sí mismo que la ocasión ameritaba pañoleta. La extendió sobre el tocador para doblarla de la manera correcta, mientras su lord suspiraba como un perro cansado por décima vez en lo que iba de la mañana.

—¿Quiere hablar del tema?

—¿De qué tema?

—De lo que lo aqueja, milord. Siempre es mejor conversarlo con amigos y familiares, pero como no lo ha hecho, tal vez el discreto oído de un criado le resulte apropiado.

Wilfred consiguió una sonrisa de Brett.

—Así que ahora eres discreto.

—¡Me ofende!

Brett rio. No lo ofendía. Wilfred era un poco cotilla, aunque también sabía cuándo callarse. Y tenía razón, necesitaba alguien con quien hablar, alguien que no buscara darle soluciones, porque bien sabía que no las había, ni que lo juzgara, ni que lo compadeciera, ni que…

Ni que estuviera relacionado con la causa de sus penas. Por eso Roderick estaba descartado. ¿Cómo decirle: estoy enamorado de tu futura prima?

—Es por Lady Joyce, ¿verdad?

—¿Tan evidente soy?

—No, ese es el problema. Pero quienes lo conocemos nos damos cuenta igual.

—No es un problema no ser evidente, al menos he hecho algo bien, he conseguido disimular.

Wilfred lo miró.

—Milord, ha hecho muchas cosas bien. Es demasiado joven como para siquiera considerar la palabra «fracaso». Recién va explorando el concepto de «intento».

—Mi juventud es parte del problema. Si tan solo hubiera nacido cinco años antes. ¡Cinco! Hubiera vivido más tiempo con mis padres, mis primas hubieran disfrutado de su vida social en América, donde no hubiesen padecido discriminaciones y Joyce…

—Esos son muchos hubiera y hubiese, milord.

Sin Lady Tracie no hubiera ni hubiese Lady Joyce.

Sin la señora Melissa, no hubiera ni hubiese…

Las cosas pasan al tiempo que deben pasar.

A veces nos cuesta verlo o aceptarlo y parece injusticia, hasta que otra cosa sucede y compensa las desgracias, y todo parece cobrar sentido.

—Puede que tengas razón, Wilfred. Tal vez por eso no lo he hablado con nadie, porque entiendo que así es como debe ser y solo estoy haciendo un berrinche.

—Tiene derecho a hacer un berrinche.

—¡Soy vizconde! ¿Crees que alguien como Lord Hayden haría un berrinche?

—¡Claro que sí! Con su prima fue como un niño al que le apetecía un dulce y mientras menos admitía que estaba, además de enamorado, encaprichado, más complicaba las cosas.

Brett rio.

—Una vez más, tienes razón.

—Es que me ha contratado por mi capacidad de análisis social, milord. Si fuera por mi capacidad de doblar esta pañoleta, ya me hubiera despedido.

—Esos son muchos hubiera y hubiese —rebatió, y Wilfred sonrió agradecido con su señor.

Brett cogió la pañoleta y la dobló él mismo.

Había viajado a América sin ayudante de cámara y, una vez allí, se había acostumbrado a menos ceremonias que las inglesas.

Incluso en casa de su tía Melissa había aprendido a prescindir de muchas de las atenciones que antes consideraba habituales.

Descubrió que le gustaba la independencia y que el trabajo de Wilfred era un despropósito, pero como no tenía corazón para darle otro puesto, uno que se consideraría un descenso de categoría en la jerarquía de criados, lo mantenía allí, a su lado, más como la voz de su conciencia que como un ayudante de cámara.

Jamás lo despediría.

—Entonces, soy todo oídos —lo animó Wilfred, mientras su lord anudaba la pañoleta.

—En los últimos días no he hecho más que debatirme si debía permanecer junto a Joyce o empezar a despedirme desde ahora. Distanciarme paso a paso, visitarla menos. Y no he podido… Hoy me debato lo mismo, y aquí estoy, anudándome la pañoleta para asistir a su boda con el duque de Strathcairn.

—La pregunta es, milord, ¿no se puede alejar por ella o por usted?

Brett miró a Wilfred. Había escuchado que el secreto del saber no radicaba en las respuestas que se encontraban sino en la formulación de las preguntas. Su ayudante de cámara había nacido para la filosofía, no para anudar pañoletas.

—Por los dos, supongo.

—Creo que se miente a sí mismo, milord. Si fuera egoísta, o bien le hubiera confesado sus sentimientos sin importarle el hecho de complicar los de ella o se hubiera alejado, resguardado su corazón , y dejándola a Lady Joyce sola con las consecuencias de sus actos.

—Eso son…

—No, milord, esos no son muchos hubiera o hubiese, son los justos. Dos subjuntivos del pasado, que se formulan ante un presente. Sigue a su lado.

Brett tiró de la pañoleta, recién entonces se dio cuenta de que el nudo en su garganta no lo provocaba la seda, sino algo en su interior.

—Ella no tiene la culpa de no quererme del mismo modo, Wilfred.

—Ni usted de quererla como lo hace.

—Nadie tiene la culpa. Sin embargo, el cariño que ella me profesa no tiene obstáculos, ni malas interpretaciones; no es como el mío.

—Se dejó caer sobre la butaca frente al espejo.

Sus rizos estaban más rebeldes esa mañana, sus ojos chocolate brillaban con emociones turbulentas y sus mejillas lucían algo sonrojadas producto de un corazón que martillaba furioso, clamando que lo liberaran de la cárcel de costillas en la que estaba atrapado—.

Nunca le confesé mis sentimientos, Wilfred, y Joyce no tiene por qué adivinarlos.

Siempre le ofrecí mi amistad y ella me ha dado a cambio lo mismo. Ha sido justa conmigo.

Wilfred asintió. Entendía a su señor. Confesar ahora sería una crueldad, era pasarle el problema a Lady Joyce… era de una inmadurez impropia del joven vizconde.

Ese muchacho tuvo que crecer muy rápido, nunca tuvo tiempo para ser un niño inmaduro, y cuando la vida le demandó ser un hombre, respondió como tal.

Lo hacía en ese instante, al elegir el silencio.

—Intento pensarlo al revés, ponerme en su sitio.

Imagina que todo este tiempo creíste tener un amigo, un confidente, un lugar seguro al que recurrir cuando te metías en problemas o necesitabas con quien hablar; y un día descubres que esa persona estaba a tu lado porque te deseaba y quería de otro modo.

¿No pensarías que todo fue mentira?, ¿no verías que cada muestra de amistad ocultaba en realidad un motivo ulterior? , ¿no te sentirías… usado?

—Pero eso no es lo que ha sucedido, usted ha sido su amigo de verdad.

—Exacto. Además de quererla, he sido su amigo, y un amigo es lo que ella necesita en estos momentos.

Si le doy la espalda, entonces esas posibles sospechas serían ciertas.

Solo era su amigo porque buscaba que Joyce se enamorara de mí; ahora que ella me ha dejado claro que no me quiere ni me querrá de ese modo, tengo la posibilidad de demostrarle que mi amistad, aunque solo haya sido una parte de mi afecto, es genuina.

Jamás le mentí, la considero mi amiga. Mi amiga y más, pero mi amiga después de todo.

Y las personas no abandonamos a nuestros amigos el día de su boda porque tememos que se nos rompa el corazón, no les damos la espalda aun cuando creemos que cometen un error y se sacrifican en vano por su familia, no huimos a la primera adversidad, ¿verdad?

—Pero…

—Pero cómo duele, joder. —Posó los codos sobre el tocador y escondió el rostro entre sus manos. Se permitió ese momento para sentirse derrotado, antes de cuadrar los hombros, coger aire y salir de la habitación en busca de su tía.

—¿Estamos listos? —preguntó y consiguió con éxito moderado dibujar una sonrisa en sus labios.

La iglesia de Saint George en Hanover Square lucía radiante, implacable y absurdamente llena.

Era, por descontado, el escenario inevitable para la boda de un duque de Strathcairn.

Se trataba de un templo imponente de fachada neoclásica, el escenario habitual donde la alta sociedad londinense solía congregarse para presenciar alianzas nobles, y juzgarlas por lo bajo mientras lo aplaudían por lo alto.

Esa boda en particular no había despertado muchas habladurías. Más bien se habían limitado a soltar algunos «por fin».

Por fin el vizconde de Killearn conseguía que su hermana eligiera un candidato.

Por fin el duque hacía lo que le correspondía para mantener el legado.

Si eran o no una buena pareja, ¿a quién le importaba?

Lady Madeleine cumplía el rol de anfitriona, recibía las felicitaciones y las envidias mal disimuladas. Sus pares nobles no podían siquiera considerar que para la vizcondesa viuda aquella boda no tenía mayor significado por ser con un duque. Lo único que le importaba era que su hija fuera feliz.

Joyce se había encargado de simular dicha, y esa actuación surtía efecto en la sonrisa de su madre.

Arabella, en cambio, no estaba prestando atención a los marqueses que ocupaban los bancos delanteros ni al imponente altar de caoba. Su mirada siguió el rastro de una estela chillona que acababa de escabullirse por la puerta lateral que daba a los jardines del rectorado.

No había forma de confundirse. Isobel había llevado su filosofía estética del «color como refugio» a un extremo alarmante.

El vestido que lucía era de un amarillo canario tan estridente, tan enfático y encandilador, que parecía diseñado para hacerle competencia al mismísimo sol de mediodía.

Arabella lo sabía muy bien, cuanto más abrumada o melancólica se sentía Isobel, más estridentes eran los tonos de su vestuario.

Viendo aquel amarillo deslumbrante, Isobel debía de estar atravesando una crisis de proporciones bíblicas.

Arabella levantó ligeramente la falda de su propio vestido, uno mucho más discreto en color lavanda, y siguió el rastro de seda chillona hacia el jardín exterior.