Capítulo 9 #3
Joyce solía remarcar en ocasiones la diferencia de edad entre los dos, lo hacía con pequeños comentarios, uno de ellos respecto a la experiencia.
Era cierto, le llevaba cuatro años y ocho meses, y las mujeres asistían a los bailes antes que los hombres; en efecto, tenía más experiencia, pero Joyce lo hacía ver como si ella fuera de la misma edad que la Lady Honora y él fuera un pequeño muchachito que aún usaba pantalones cortos.
—Es aterrador pensar que tu esposa ahora tiene doce años y está jugando con muñecas, pero en unos años hallarás en esos salones a la mujer perfecta para ti, Brett.
Una a tu altura… —Cogió la bola del hoyo, porque era la única que tenía, y volvió a intentarlo—.
O no tan a tu altura, porque ya has alcanzado el metro ochenta.
—Joyce —suspiró su nombre. Su amiga alzó la vista y le obsequió algo que nadie más había visto desde la aparición del duque: su honestidad.
—Esta boda es buena para los Grigg. Tú sabes el secreto de mi hermano, sabes tan bien como yo cuán endeble es la estabilidad financiera de una familia noble, cuán fácil una tragedia nos puede arrebatar todo.
—Le cogió el rostro con amor. Brett bajó la mirada y la clavó en la de ella.
Había perdido a sus padres de niño, había quedado a merced de su tía, quien por fortuna fue la mejor tía del mundo.
Pero ¿y si no?, ¿y si quedaba a merced de un tacaño, cruel o despiadado?
Joyce tenía razón, su situación era más precaria de lo que aparentaban de cara al mundo—.
Mi familia depende de mí. Sé que no me lo dicen, jamás pondrían ese peso en mis hombros, pero soy demasiado lista para ignorarlo.
—Yo no soy un duque, pero…
—Jamás te haría eso, Brett. Por favor, nadie más que tú merece ser feliz. Casarse con una amiga vieja…
—¡No eres vieja!
—Lo soy para ti.
—No es verdad, Joyce. Si fuese al revés, ni te lo plantearías. Es más, el duque te lleva diez años.
—¿Diez nada más? Rayos, de verdad esas canas le hacen ver mayor.
—Joyce…
—Es distinto y lo sabes. Puedo luchar contra las convenciones sociales, pero no contra la biología. Se espera que una esposa traiga hijos al mundo, más aún si es una esposa noble. Las mujeres de mi edad ya suelen tener tres o cuatro hijos, y aquí estoy yo, jugando golf.
Brett la cogió de la muñeca y la hizo mirarlo a los ojos, dispuesto a dar el argumento definitivo.
¿Y si le pidiera que no se casara con él? ¿Si, por una vez, le pidiera que dejara de verlo como al muchacho cinco años menor, como al amigo de siempre, y lo considerara a él?
La respuesta a la pregunta que llevaba rondándolo desde que Hamish pronunciara su nombre la encontró de pronto allí, mirándola a los ojos.
La quería.
Quizá llevaba mucho más tiempo queriéndola del que había sido capaz de comprender.
Abrió la boca para decirlo, pero ella se le adelantó.
—Nunca podré estar más agradecida contigo, Brett, no sabes lo bien que me sienta tenerte de amigo.
Has sido con el único con quien me sentí segura de contarle cómo me siento en realidad.
—Lo abrazó y apretó contra su pecho las palabras que allí quedaron atrapadas—.
Ven, ayúdame a conseguir aunque sea un hoyo.
Joyce se colocó frente a la bola y él volvió a situarse a su espalda para acompañarla en el movimiento.
Juntos balancearon el palo una vez más, pero, en el último instante, Brett fue incapaz de contener la mezcla de emociones que bullía en su interior.
Imprimió al golpe más fuerza de la necesaria y la bola salió disparada.
Al segundo, se oyó el ruido de cristales rotos al otro lado del muro del jardín. Se miraron con pánico y, como dos niños, corrieron a esconderse.
Se resguardaron en la puerta de la despensa, el cuerpo de Brett atrapando el de Joyce contra la madera. Los dos riendo, sonrojados.
Él bajó la vista y se detuvo durante unos instantes en las facciones de Joyce.
Había soñado con ella alguna vez, claro.
Con su sonrisa, con su cercanía, incluso con la posibilidad remota de que algún día dejara de verlo como al muchacho que había conocido.
Pero solo ahora comenzaba a comprender la magnitud de esos sueños y todo lo que se había escondido detrás de ellos.
—Relájate, Brett, solo ha sido un cristal —le dijo ella, posando su palma abierta en el pecho desbocado de él.
—Nunca fue solo un cristal.
No, el vidrio había sido solo la alegoría, el estallido fue en su corazón. Había perdido. Para Joyce, él siempre sería su amigo. Solo un amigo.
—Joyce, milord —llamó Madeleine—, la tarta está lista.
El resto de la tarde transcurrió como era habitual entre ellos, con una conversación sin pausa, una charla que no tenía ni inicio ni fin y desafiaba el tiempo y la distancia.
Tras despedirlo y ayudar a su madre a recoger las cosas del té, fue hacia la casa de su vecina para cubrir los gastos del cristal.
—El vizconde de Kinloss ya lo ha hecho —anunció el mayordomo de su vecina—. Fue de lo más generoso con la reparación.
—No esperaba menos —dijo Joyce, y regresó a su casa. Brett siempre la sacaba de apuros y arreglaba lo que ella rompía con su impetuosidad.
Lo que la joven lady no sabía era que, lo último que ella había herido no sería tan fácil de remediar.