Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 9 #2
34%

Capítulo 9 #2

Con esa idea, volvió la Joyce del pasado. La impulsiva, la que hacía las cosas primero y pensaba después, la que no analizó que quizás al jardinero no le sentara bien que hicieran hoyos en la tierra y que el viejo bastón de su padre no estaba diseñado para golpear bolas en el césped.

Con esa idea desterró las dos que le hacían cosquillas en la mente. La emoción por volver a ver a Brett y la apatía por convertirse en duquesa.

La campanilla sonó y Joyce soltó el bastón de su padre de inmediato.

Arabella e Isobel no habían regresado aún, su madre bajó desde la planta alta para darle la bienvenida al vizconde de Kinloss.

¿Robin? Pues, desde que ella había aceptado la propuesta del duque, su hermano parecía desaparecer con más frecuencia de lo habitual.

No iba a dedicarle atención al asunto, se dijo la joven lady, bastante tenía con no volverse loca con sus propios pensamientos como para enredarse con los ajenos.

—¡Brett! —abrió la puerta casi sin aliento. El poco aire que le quedaba en los pulmones permaneció allí atrapado al ver a su viejo amigo—. ¿Eres tú?

Brett sonrió y confirmó su identidad. Sí era. La forma en que se le formaban hoyuelos a los lados de los labios era su marca personal.

—¿Ya no me reconoces?

—Te reconocería en cualquier sitio —confesó Joyce y lo invitó a pasar. Al hacerlo, le dio la espalda un instante y no pudo ver el brillo que asomó en los ojos de su amigo.

—Milady —saludó a Madeleine.

—Milord.

Un leve sonrojo se sumó al cuadro. A Brett aún le costaba recibir el trato formal que venía con su título.

En América debió acostumbrarse, pero había esperado que, al regresar a Inglaterra, sus conocidos lo trataran con la amabilidad de antaño.

Esa amabilidad que las personas reservaban para los niños.

Aunque una parte de él aceptó el cambio con dicha. Le había costado despegarse de su imagen de jovencito, y esos años en América habían terminado por darle la oportunidad de demostrar su valía como hombre. Sin embargo, ahora que lo había conseguido, sabía a poco.

Y Brett acababa de comprender por qué.

El motivo de aquel resabio estaba delante de él, radiante, preciosa, tal como la recordaba. Incluso mejor. A Joyce los años parecían mejorarla.

La sonrisa se volvió tensa en sus labios y amenazó con volverse dolor. Más cuando Joyce al fin empezaba a cambiar la forma en que lo veía.

—Iré a ordenar el té —dijo la vizcondesa.

—Café —corrigió Joyce y le guiñó el ojo—. Sigues prefiriendo el café, ¿verdad?

—Aún más ahora. Pese a que los norteamericanos lo preparan muy mal —se quejó. Dio un paso en dirección a la sala.

—También habrá tarta de queso y moras.

—Vaya, pensaré que aún me malcrían como a un niño —dijo, y un deje amargo asomó por su voz.

—¡Imposible! Mírate nada más, Brett. Me llevas más de una cabeza.

Se detuvo a mitad de camino y Brett chocó con ella.

La sostuvo por la cintura antes de que Joyce cayera de trasero al suelo.

El mundo del hombre se abrió bajo sus pies al sentirla tan cerca.

También su perfume parecía haber mejorado con los años, como el de una rosa que por fin se abre y desprende todo su esplendor.

Sin deshacerse del toque de su brazo, le quitó el sombrero. Los rizos de Brett se formaron, rebeldes, en su frente.

—Ahora sí podemos comparar alturas.

—Sigo sacándote una cabeza.

—Sí, mal me temo que sigues sacándome una cabeza —reconoció ella, admirada y divertida por el cambio.

No iba a mencionar que ahora también la duplicaba en ancho, porque sería alimentar demasiado la vanidad de su viejo amigo. Se deshizo del incómodo abrazo y retomó el camino hacia el salón.

—Joyce… —la llamó su madre—, la tarta aún no está fría. Si la servimos, será un desastre. ¿Qué prefieres hacer?

—Brett entenderá.

—Brett es el vizconde de Kinloss, no importa si entiende o no, importa no ofenderlo.

Joyce tardó un instante en comprender a qué se refería su madre. Claro, Brett ya merecía el trato de un completo adulto, no el de un niño al que dejan comer una tarta a medio hacer.

—¿Cuánto tiempo llevará enfriarse?

—Una media hora bastará. Pero, no podemos tenerlo media hora de pie y con el estómago vacío.

Joyce no se preocupó. Fue al despacho de su hermano, cogió la caja de bombones que Robin escondía en el tercer cajón, bajo llave, pero que ella sabía abrir con sus horquillas, y regresó junto a Brett.

—Ven, acompáñame. Estaba aprendiendo a jugar al golf, ¿te sumas?

—¿Al golf? ¿Tú, con un palo y bolas? —Cerró los ojos imaginando la catástrofe.

Joyce carcajeó.

—Para que sepas, no he roto nada… aún.

Brett hizo una reverencia a la vizcondesa y siguió los pasos de Joyce hasta el jardín.

—Lo de no haber roto nada fue un modo de decir —comentó al ver los hoyos en el suelo y el banco de hierro forjado hecho a un lado, junto a la fuente de piedra.

El jardín de los Grigg era pequeño, un pulmón entre los muros de la casa. En Londres no había tanto espacio para tener grandes extensiones verdes y esos pequeños remansos estaban diseñados para proporcionar respiro, aromas y brisa a las familias adineradas.

—Pues, supongo que en mi nueva casa tendré espacio de sobra —dijo ella—. No sé si ya te has enterado, pero…

—El duque de Strathcairn te ha propuesto casamiento —completó él—. ¿Has aceptado?

—Ayer.

Brett se dejó caer en el banco de hierro. Intentó no hacerlo con dramatismo y lo consiguió con bastante éxito. Había llegado tarde, por mantener los malditos protocolos había llegado tarde.

Los americanos tenían razón, el mundo era de los osados, no de los que jugaban bajo las reglas. Joyce sería de Lord Hamish y él…

Él veía su futuro como una mancha negra e uniforme.

Jamás había pensado en su vida sin Joyce; ella había estado ahí desde que se hizo amiga de Tracie y, con los años, se había instalado en sus pensamientos y en sus afectos con una naturalidad que nunca lo había obligado a preguntarse qué lugar ocupaba realmente.

Quizá porque siempre había habido tiempo. Primero había sido demasiado joven; después llegaron Eton, América, los negocios, la necesidad de encontrar su propio camino. Joyce, mientras tanto, seguía estando allí, formando parte de una vida a la que Brett daba por hecho que regresaría.

Hasta ahora.

Mientras él había estado ocupado convirtiéndose en el hombre que quería ser, otro hombre estaba a punto de llevársela.

—Enhorabuena —consiguió articular. Joyce blandió el bastón y se encogió de hombros, restándole importancia—. ¿No estás feliz?

—¡Sí, claro! —Sonrió y Brett sintió un hondo dolor en el pecho. ¿Por su sonrisa o por la falta de genuinidad?, no consiguió encontrar la respuesta—. Es una boda importante y será buena para la familia.

—¿Y para ti?

—¡Claro! —enfatizó ella, pegó a una bola y esta salió en cualquier dirección. Golpeó un rosal y los pétalos volaron por los aires.

—Dios, Joyce, destrozarás todo.

Se acercó a ella y le enseñó a coger el palo. Para eso debió rodearla por detrás, poner sus manos sobre las de ella y balancear los cuerpos a la par.

Era un deporte muy tranquilo, aun así, los dos parecían agitados.

—¿Cuándo has aprendido a jugar golf?

—A los empresarios americanos parece gustarles este deporte.

—¿Has hecho muchos negocios?

—Uno, pero he hecho varios contactos.

Juntos golpearon una bola y esta rodó hasta estar a un metro de los improvisados hoyos de Joyce.

—¡Ya casi domino este deporte! —exclamó ella, feliz.

—Sí, ya lo tienes —rio él.

Ella entornó los ojos.

—¿Y has conocido a alguna dama en América? —preguntó. Intentó golpear como Brett le había enseñado y apenas rozó la bola. ¡Dios, qué frustrante era ese juego! Solo a un torturado hombre de Escocia podía ocurrírsele.

—He conocido damas, sí.

—Sabes a lo que me refiero.

—No, Joyce, ni idea a qué te refieres —la desafió él.

Ella se volvió hacia Brett.

—Alguna futura vizcondesa.

—No, ninguna futura vizcondesa.

Joyce volvió a intentar un golpe, esta vez la bola pasó por encima del hoyo y se alejó unos tres metros de él. Había empeorado el golpe. Brett le quitó el bastón, fue a por ella y golpeó con precisión, metiendo la bola en el hoyo.

—Bueno, tú no tienes apuro. Los hombres no se vuelven solterones —lo animó ella.

—Tal vez tendría que haberme apurado un poco —masculló él.

—¡Por favor! Tienes veintiún años, eres…

—¿Un niño?

—No, ya no eres un niño —le sonrió ella—. Será increíble, las muchachas desmayarán a tu paso, Brett. Será una pena perdérmelo. Las matronas soñarán contigo y las jóvenes pelearán por tu atención y tú no tendrás paz. ¡Y yo me lo perderé por estar en Escocia!

—No lo hagas. No te lo pierdas. Sálvame de ese atroz destino.

Joyce lo miró a los ojos. En la superficie chocolate de la mirada de Brett se adivinaba la desesperación más honda, pero solo los labios y la voz podían transmitir el verdadero sentido de esa angustia. Como estaban sellados, Joyce completó el escenario con su propia y fallida hipótesis.

—No será tan grave, solo bromeaba.

—Yo no.

—Brett…

—Tú no quieres ir a Escocia, yo no quiero pasar por ese martirio…

Joyce ladeó la cabeza y sonrió con ternura.

—Eso lo dices ahora, Brett, y lo entiendo. Recuerda que yo pasé ya siete temporadas.

—Como detesto cuando haces eso —gruñó él por lo bajo.