Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 9
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Capítulo 9

—¡B rett está en Londres! —exclamó Joyce, con la nota del vizconde en mano. Sonrió. Su amigo no había cambiado un ápice, aún informaba con riguroso protocolo sus visitas, pese a saber que en casa de los Grigg las puertas estaban siempre abiertas.

Todos los males parecieron abandonar el cuerpo de la joven lady ante el regreso de su amigo.

—Señora Oakley, ¿tenemos los ingredientes para preparar una tarta de queso y moras? Es la preferida de Brett. Y serviremos café, se ha acostumbrado a esa bebida y la prefiere sobre el té.

—Tenemos todo.

—Quizá podría preparar yo misma la tarta —se animó Joyce.

La señora Oakley puso su cuerpo como escudo entre su lady y la cocina.

—Por favor, no.

—¡No cocino tan mal! —se defendió.

—No es por el resultado del platillo —se sumó su hermana—, es por el resultado de la cocina. Usas tantos cuencos que lleva meses limpiar todo lo que ensucias.

—Pues yo cocino y tú friegas.

—Pues mejor cocina la cocinera y, si te apetece mantener las manos ocupadas, friegas tú. —Le sacó la lengua a modo de mofa.

Joyce le devolvió el mismo gesto. Isobel, en cambio, lucía menos entusiasmada.

De hecho, pensó Joyce, su prima, siempre vivaz, llevaba unos días apagada.

—¿Qué sucede? —le preguntó.

Arabella puso los ojos en blanco.

Joyce siempre era muy perspicaz, podía darse cuenta de lo que sucedía a su alrededor con una destreza digna de un detective de Bond Street. Pero desde la aparición del duque y su propuesta matrimonial, su hermana estaba algo encerrada en sí misma.

Quizá porque, para aceptar a Lord Hamish con la cabeza debía cerrar el corazón, y eso, en idioma de Joyce era igual a cerrar su tercer ojo.

—Nada —respondió Isobel.

—Venga, ya me rendí a hacer la tarta. Nadie tendrá que fregar de más.

—Solo que… —Isobel intentó sonreír, Arabella supo que iba a decir algo que podía resultar hiriente y su prima detestaba herir a las personas, aunque fuera con la verdad—, nunca te has propuesto cocinar para las visitas del duque.

—Bueno… es que no sé cuál es la tarta preferida del duque —se defendió Joyce—. Además, dudo que Lord Hamish lo note o le importe.

Se encogió de hombros. Isobel amplió la sonrisa, pero se notaba que le tensaban las mejillas. Joyce pareció entonces comprender lo que su prima decía entre líneas.

—No cocino para otro hombre —resaltó—, jamás le faltaría el respeto así a un futuro esposo. —Al decirlo, notó que las mejillas de Isobel se sonrojaban—. Brett es un amigo y es cinco años menor que yo, ¿recuerdas? No es lo que se consideraría un pretendiente, ¿verdad?

Arabella e Isobel compartieron miradas sin que Joyce lo notara. Brett ya no era un niño, de hecho, era un par de años mayor que ellas. Y si ellas ya estaban listas para el mercado matrimonial, ¿por qué no el vizconde?

Arabella le hizo un gesto a su prima de que dejara el tema ahí. Joyce estaba decidida a ser racional en el asunto del duque y pronto se daría cuenta de que las verdades más profundas se alcanzan con el corazón y no con la mente.

—La tarta preferida del duque, estoy casi segura, es la de nuez caramelizada —agregó Isobel por lo bajo.

—Lo tendré en cuenta —agradeció Joyce, sincera.

Arabella fue la que llegó a la pregunta correcta: ¿y tú cómo lo sabes?, pero no la manifestó en voz alta. En cambio, llevó a su hermana un paso más allá.

—Mira, Isobel tiene un punto, Joyce. Has aceptado la propuesta del duque, si realmente quieres que funcione, tendrás que… poner algo más de ti.

—Creo que están haciendo un mundo, estoy feliz del regreso de Brett porque es mi amigo.

—No hablaba de Brett, nadie hablaba de Brett… Excepto tú —agregó Arabella.

—¿Qué quieres decir?

—Nada. —Su hermana suspiró. El problema no era el vizconde, sino lo que el vizconde iluminaba: que Joyce era una persona muy distinta cuando había afecto de por medio.

Era gentil, atenta, entusiasta… Nada de eso se veía cuando estaba con el duque—.

Lo que Isobel y yo queremos decirte es que…

mmm… intentes interesarte más por tu futuro esposo.

Por conocerlo. Recuerda que, tras la boda, no podrás escapar de él, pero hasta que no llegues al altar, tienes la posibilidad de retractarte.

—Lo entiendo, gracias.

Arabella rodó los ojos. Su hermana no había entendido nada, pero esa era su forma de dar el asunto por zanjado.

Miró a Isobel y volvió a rodar los ojos.

Le recordó a la situación con las abejas en el jardín botánico, cuando el duque explicó que las abejas se desgarraban al picar, pero estaban dispuestas a salvar a su reina y el panal.

De pronto, su casa era el panal y las abejas estaban todas dispuestas a sacrificarse. Solo que… ¿quién era la reina?, ¿por quién era que cada una era capaz de romperse a la mitad?

Dejó a su hermana y anunció que daría un paseo.

Necesitaba aire. Isobel no dudó en acompañarla, también necesitaba aire.

Joyce se hubiera sentido abandonada, si no hubiera palpado una vez más la nota de Brett y el nubarrón gris que llevaba días acompañando sus pensamientos se hubiera disuelto solo ante la expectativa de volver a ver a su amigo.

Había aceptado casarse la tarde anterior y respondió a la propuesta con una carta bastante formal y breve. Le costaba admitirlo, pero creía buscar en ese medio una reclamación por parte de Lord Hamish. No era la forma, esperaba una respuesta en persona, algo…

En cambio, obtuvo una nota, aún más escueta y más distante en que le informaba haber recibido su respuesta y que pondría en marcha el permiso de boda y los preparativos.

«Quedo a su entera disposición. Atentamente. Lord Hamish Alexander Drummond, duque de Strathcairn».

Así se enteró que se llamaba Alexander. ¡Vaya! ¿Quién dudaría que eran tal para cual?

Joyce enterró así su idea de que se casaría en un arrebato de pasión y locura. No, lo haría como la hija de un vizconde que era: con protocolo y con otro lord.

Antes de que le ganara el desánimo, decidió afrontar el asunto con pragmatismo. Como la cocinera no le dejaría preparar la tarta para Brett y debería esperar a su amigo sin nada que hacer, lo mejor era ponerse a la labor de conocer mejor a su futuro esposo.

Isobel tenía razón. Tal vez si descubría cuál era su tarta preferida o su libro predilecto, podría descubrir que tenían mucho en común y se sentiría menos… menos…

—No siento nada.

Odiar al duque sería más fácil, despreciarlo, hallarlo desagradable. ¡Algo!

El problema era que su futuro esposo le era indiferente.

—Bueno —se animó—, ¡cambiemos eso!

Con un proyecto en mano, pudo enterrar las dos emociones que chocaban en su pecho. El entusiasmo que le traía aparejado el regreso de Brett y la apatía que le despertaba su flamante futuro esposo.

—Descubramos algo importante de la vida que me espera —dijo, camino a la biblioteca—. Misión: convertirse en duquesa.

Entró a la habitación con un nuevo estado de ánimo. Quizá algo fingido, pero determinada a convertir la mentira en verdad. Tal vez, si actuaba entusiasmada, terminaría por entusiasmarse.

Ya había arribado a la conclusión de que esa boda debía suceder, las vidas de Arabella e Isobel darían un salto, sus posibilidades matrimoniales serían perfectas y podrían elegir entre todos los candidatos. Cuando tienes el universo a tus pies, hallar el amor es posible.

Por fin sonrió genuinamente. Arabella siempre tuvo más oportunidades, también era la hija de un vizconde, pero Isobel…

En cambio, ahora… ¡Ahora estarían bien! Y su hermano no tendría que preocuparse o sentirse culpable por no casarse ni cumplir con su «obligación». Ella como duquesa le podría brindar a su madre la estabilidad ansiada y Robin por fin sería libre de vivir con…

— Su buen amigo John Locke. —Sonrió. La sociedad disfrutaba del cotilleo tanto como de no ver lo que les incomodaba.

Como fuera. Ella podía con ese matrimonio…

Era cierto que el duque era guapo, aunque no fuera la clase de guapo que le atraía. Era moreno, salvo por el mechón de canas en su sien izquierda, y tenía los ojos oscuros como el café. La mandíbula era cuadrada y la única vez que casi sonríe se le marcaron hoyuelos.

Era alto, algo que su amiga Tracie siempre remarcaba como una virtud, y parecía atlético.

—Y es evidente que se baña —agregó en voz alta—. No des por sentada tu suerte, Joyce.

Echó un vistazo a la biblioteca y halló un sitio por el cual empezar: la sección de historia. Enseguida se desanimó, la historia de Escocia parecía más extensa que la de Inglaterra. Lo cual era casi imposible, porque la mayoría de las desgracias de las Tierras Altas eran producto de Inglaterra.

Cogió uno de los pesados tomos y lo abrió, iniciaba con los registros arqueológicos de tribus nómades.

—Demasiado lejos.

Cogió otro. Se trataba de la historia reciente, hasta de la aprobación de algunas leyes actuales.

—Demasiado cerca.

Por fin halló lo que necesitaba:

—Breve historia de Escocia.

Era un libro para niños que comenzaban a leer. Tenía hasta ilustraciones.

—Este me valdrá.

Una vocecita interna resonó: «Si realmente te interesara el duque, cogerías los tomos gordos. Nunca tuviste problema con la lectura ni con los desafíos, no le estás echando tantas ganas…»

—¡Calla! —le demandó a su conciencia, y fue junto a la brevísima historia de Escocia a sentarse bajo el halo de luz de sol.

En media hora ya lo había terminado. Había visto los colores de los clanes, la pronunciación de « halo» y «Is mise Joyce» en gaélico…

—Iss mish-uh Joy-c… —practicó.

Y, lo más interesante, que los escoceses además de tener su whisky denominación de origen…, por eso despotricaban cuando alguien llamaba whisky a alguna bebida hecha en otro sitio, el cual debía llamarse o whiskey, con esa «e», o bourbon… habían inventado el golf.

Ese descubrimiento la animó.

—Aprenderé golf para conectar con mi futuro esposo.