Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

Difícil saberlo, imposible comprobarlo. Hamish no compartía sus problemas con él ni con nadie.

—Sea lo que sea, no nos impedirá presentarle la propuesta. Hamish podrá tener muchos defectos, pero sabe reconocer un buen negocio.

«Porque, que yo sepa, no tiene pasiones», completó mentalmente.

Roderick dedicó a Brett una sonrisa tranquilizadora y dio el asunto por zanjado. A los pocos segundos, agotado por el viaje, se quedó dormido.

El tren llegó a la estación de Paddington con una densa nube de vapor. Al descender al andén, entre el gentío y el bullicio de los carruajes, un segundo sirviente con la librea del ducado de Strathcairn ya los esperaba con la puerta de un carruaje de gala abierta.

—Mi señor —saludó el lacayo, inclinándose ante Roderick—. El carruaje está listo para llevarlos a la residencia de Mayfair.

Brett detuvo su paso y ajustó la solapa de su abrigo.

—Bueno, Drummond, aquí nos dividimos —dijo, haciendo un ademán hacia la calle—. Si ya estamos en Londres, me voy a mi propia residencia. Bastantes semanas he pasado fuera de casa y necesito instalarme.

—¡Ni se te ocurra dejarme solo, Grenville!

—exclamó Roderick, sujetándolo del brazo con drama cómico pero genuina desesperación—.

¿Pretendes que me presente ante Hamish sin saber qué demonios hace en la capital y aguantando el peso de su mirada adusta en soledad?

Te lo suplico, ven a la casa. Cenamos algo, le exponemos el negocio de forma informal y así no me dejas a merced de sus garras.

Brett soltó una risotada ante la súplica de su socio.

—Está bien, de acuerdo. Pero solo para evitar que el futuro heredero de Strathcairn sufra un ataque de nervios.

Y porque de todos modos mi tía aún no debe estar en Londres, agregó para sí. Le escribiría un telegrama de inmediato, puesto que la extrañaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Podía ser ya un hombre en muchos aspectos, pero hasta el más maduro de los adultos necesitaba el abrazo de la tía que lo había educado.

El trayecto hacia Mayfair fue breve. La residencia del duque de Strathcairn en Londres era una imponente mansión de piedra clara, con grandes ventanales y una arquitectura georgiana majestuosa.

Sin embargo, al cruzar el umbral, la sensación no fue la de un hogar acogedor, sino la de un mausoleo de lujo.

Había techos altos con molduras doradas, candelabros de cristal que reflejaban una luz sobria y un ambiente donde cada mueble de caoba parecía colocado con una precisión casi quirúrgica.

Todo rezumaba poder y riqueza, pero también una soledad aplastante.

Un mayordomo de ademanes rígidos los condujo hasta el estudio principal. Allí, tras un escritorio de nogal masivo custodiado por hileras de libros encuadernados en cuero, se encontraba Lord Hamish Drummond.

—Roderick. Lord Kinloss —saludó el duque con voz pausada y grave, poniéndose de pie sin perder la compostura—. Veo que el viaje desde el puerto no ha sufrido contratiempos.

Sin esperar respuesta, hizo sonar la campanilla. En total silencio, como un espectro, una criada se materializó en la puerta.

Brett contuvo el chillido de sorpresa. Un escalofrío lo recorrió de pies a cabezas. Esa casa parecía el escenario perfecto para una novela gótica.

—Prepara dos habitaciones, tinas para los caballeros, asigna un ayudante de cámara al vizconde, lleva las maletas a su sitio y ordena que la cena contenga cinco platillos con posibilidad de ser trasladados a las habitaciones en caso de que los huéspedes estén muy cansados.

La criada asintió y se esfumó. Brett podía jurarlo, esa mujer no se había marchado, se había evaporado.

—Hamish —respondió Roderick, todavía algo desconcertado por el entorno—. Ningún contratiempo. Aunque confieso que encontrarte aquí, en pleno Londres, ha sido la mayor sorpresa del año.

Brett dio un paso al frente con la caballerosidad que lo caracterizaba.

—Su Gracia. Lamento interrumpir si se encuentra ocupado, pero Roderick ha insistido en que hablemos de negocios. Hubiera esperado a un momento más propicio… —Clavó en su amigo sus ojos juzgadores—, pero ya sabe cómo es Roderick.

—Sí, lo sé. Le recomiendo que sea firme a la hora de decirle que no. Roderick tiene la capacidad de poner rostro de cachorro abandonado y manipular a las personas para salirse con la suya.

—¿Yo? —dijo el aludido.

Brett rio. Era la cara que su amigo había puesto.

—Pues en esta ocasión me ha vencido.

—Siéntense. ¿Bebida?

—A Brett no le gusta el alcohol. Soporta el vino.

—Vino, entonces.

Los recién llegados se acomodaron en los sillones. Brett, con disimulo, olfateó sus propias axilas. ¡Iba a matar a Roderick!, necesitaba un baño con urgencia.

Nadie esperaba que oliera a rosas tras semejante travesía, pero… ¿Cuál era el opuesto de rosas? A eso olía.

—Prosiga, Lord Grenville, mientras antes termine, antes podrá descansar lejos de mi primo.

—Esperaba una muestra mayor de cariño, Hamish, de verdad.

Brett se sorprendió por el trato informal y por el asomo de una mueca en labios del duque. Supuso que eso era lo más cercano a una sonrisa que podía conseguir el hombre.

—Te estoy sirviendo mi mejor whisky, ¿no es eso cariño?

Roderick dio un sorbo y sonrió.

—Sí, definitivamente esto es cariño. Tú te lo pierdes, Brett.

—Milord… —lo instó el duque.

—Ah, sí. Negocios. Bueno… Hemos diseñado una alianza entre la fábrica de mi tía en América y sus líneas de importación de porcelana orienta...

—Hazlo —interrumpió el duque con tono llano, levantando una mano para detener la explicación.

Brett parpadeó, tomándose un segundo para procesar la respuesta.

—¿Disculpe? Pero ni siquiera ha escuchado los detalles ni las cifras del negocio, Su Gracia.

—No me hace falta —respondió Hamish, apoyando las manos sobre el escritorio—. Roderick confía en tu criterio y yo confío en el de él para los asuntos comerciales. Si ambos consideran que es una buena jugada, firmo los papeles que sean necesarios mañana por la mañana.

Un silencio extraño se instaló en la estancia. Roderick y Brett intercambiaron una mirada de estupefacción. Que el duque de Strathcairn, un hombre meticuloso hasta el dolor, aprobara un proyecto de tal magnitud sin revisar un solo documento era lisa y llanamente antinatural.

—Hamish... —intervino Roderick, dando un paso adelante con prudencia—. ¿Qué es lo que te tiene tan preocupado como para ni siquiera escuchar sobre el negocio? ¿Qué te ha traído a Londres?

El duque guardó silencio durante un breve instante, mirando fijamente el gran ventanal que daba a los jardines traseros de la mansión. Cuando volvió la vista hacia ellos, su rostro no reflejaba emoción alguna, solo una austera resolución.

—He venido a cumplir con mi deber. He venido a buscar esposa.

Roderick ahogó su ¡lo sabía! y Brett arqueó una ceja, incapaz de ocultar la sorpresa.

—¿Esposa? —repitió Roderick—. ¿Y... la has encontrado?

—Sí —asintió Hamish con firmeza—. Estoy casi seguro de que sí. Solo estoy esperando a que me dé su respuesta definitiva.

—¡Vaya! —soltó Roderick, entre divertido e incrédulo—. ¿Y se puede saber quién es la afortunada dama que ha logrado hacerte salir de Escocia?

El duque ajustó los puños de su chaqueta con parsimonia antes de responder:

—Lady Joyce Grigg.

En ese preciso instante, el mundo pareció detenerse para Brett.

Un latido ensordecedor le retumbó en los oídos y el aire se le congeló en la garganta. La voz firme del duque resonó en la habitación como un golpe certero.

No supo qué hacer con esas palabras. Había contemplado la posibilidad de que Joyce se casara durante su ausencia, pese a aquel deseo suyo de que no lo hiciera antes de su regreso.

Lo que no había previsto era su propia reacción al descubrir que aquella posibilidad estaba a punto de cobrar forma: esa resistencia inmediata y absurda que nacía en su interior ahora que dejaba de ser una idea lejana para convertirse en algo real.

Joyce. Joder, Joyce.

«Te pedí que no te metieras en problemas en mi ausencia».

Aunque reconocía que aquello no era un problema. Todo lo contrario. Convertirse en duquesa era un salto a la gloria.

Y, sin embargo, la idea de que estuviera a un solo «sí» de hacerlo acababa de resultarle mucho más difícil de aceptar de lo que habría imaginado.

—Si no hay más que discutir —dijo el vizconde—, aceptaré su hospitalidad.

Antes de que pudiera decir algo más, un lacayo emergió de las sombras. En esa ocasión, no pudo contener el grito ahogado del susto.

Joder, con esa casa. Joder con el ducado. Joder con la próxima duquesa. Miró derredor intentando imaginar a Joyce allí y el estremecimiento fue peor que ante los fantasmales criados.