Capítulo 8 #2
—Tiene que haberlo llevado algo extraordinario a Londres —comentó Roderick, cruzándose de brazos y fijando una mirada inquisitiva en el empleado—. ¿Una crisis en la Bolsa de Comercio? ¿Una huelga masiva en las manufacturas? ¿Una audiencia urgente con el Gabinete Ministerial? ¿La reina en persona?
Mr. MacIntyre entrelazó las manos frente a su chaleco, mantuvo la vista fija en un punto indeterminado entre las cabezas de los caballeros y guardó un absoluto, hermético y elocuente silencio.
El mutismo del administrador fue más estruendoso que el silbato de la embarcación a sus espaldas.
Roderick volvió la cabeza hacia Brett. Este, a su vez, giró el rostro hacia Roderick.
Se miraron durante tres largos segundos, compartiendo una mezcla instantánea de desconcierto, alarma y una involuntaria tentación de echarse a reír.
Ver a Hamish en Londres, soportando las atenciones sociales y las zalamerías sería, por lo menos, divertido.
—MacIntyre —insistió Roderick, dando un paso hacia adelante con voz baja—, no me haga adivinar. ¿Está mi primo vivo y de buen pie?
—Su Gracia goza de una salud envidiable, señor Drummond —respondió el hombre, impasible—. Y si me permiten la sugerencia, los equipajes ya están siendo acomodados en el vagón de primera clase del tren a la capital. No quisiéramos hacer esperar a Su Gracia.
Brett sofocó una sonrisa divertida ante el apuro del estirado empleado, en su vizcondado las normas eran más laxas, ningún administrador se comportaría de ese modo tan reservado.
—Bueno —dijo Brett, demasiado feliz por el cambio de planes—, si el severo duque de Strathcairn ha decidido abandonar su fortaleza escocesa para internarse en la guarida de los leones en Londres, sugiero que no lo hagamos esperar.
Roderick soltó un suspiro resignado. Esperaba tener en Brett un aliado contra las órdenes de su primo, lo cierto era que ser el único heredero de toda esa lista interminable de títulos le daba vértigo y pensar en tener que acatar esa infinidad de normas en caso de heredar le hacían considerar el suave abrazo de la muerte como una bella posibilidad.
No envidiaba a su primo. Hasta le daba algo de pena, debía reconocer. Pero le agotaba la cantidad de reglas que impartía hacia él, su único heredero.
Echó un último vistazo al cielo plomizo de Liverpool antes de seguir al administrador.
—Espero que tengas tu testamento en orden, Brett, y hayas dejado escritas tus últimas palabras —murmuró—. Si Hamish está en Londres por voluntad propia, el mundo tal como lo conocemos ha dejado de tener sentido.
El silbido estridente de la locomotora de vapor retumbó mientras los paisajes verdosos de la campiña inglesa desfilaban a toda velocidad al otro lado de la ventanilla.
En el interior del compartimento de primera clase, el traqueteo rítmico sobre las vías marcaba el compás de la marcha.
Los asientos de terciopelo azul y las molduras de caoba pulida otorgaban un confort sereno, un marcado contraste con el bullicio que habían dejado atrás en el puerto de Liverpool.
Brett se quitó los guantes de piel y los dejó sobre la mesa plegable junto a su sombrero de copa, estirando las piernas con alivio.
Había en él una desenvoltura que ahora parecía surgir sin esfuerzo.
No siempre había sido así. Cuando sus padres murieron, quedó vulnerable y desarrolló un temperamento algo rígido como modo de protección a los buitres que quisieron despedazarlo.
Gracias a su tía Melissa eso había cambiado.
Con el tiempo ganó seguridad en sí mismo y confianza en el entorno.
Aunque debía reconocer que algo de aquella rigidez inicial aún latía en él, solo que ahora se traducía en ambición y en una férrea determinación por decidir su propio camino.
Le había sentado bien encargarse del asunto en América, afrontar un problema adulto y solucionarlo como lo que era después de todo: el hombre de la casa, el jodido vizconde de Kinloss.
—Confieso que me apetecía el viaje a las Tierras Altas —comentó, mirando el paisaje. La ansiedad por volver a sus afectos no le impedía reconocer la curiosidad que sentía por Escocia—. Pero debo admitir que tener la oportunidad de cerrar esto en Londres nos ahorrará casi dos días de trayecto.
Roderick, acomodado frente a él, soltó una carcajada seca mientras se servía un poco de té.
—A mí no tienes que convencerme, Grenville.
Cualquier cosa que me evite el viento helado del norte a estas alturas del año es una bendición.
Aunque sigo diciendo que el motivo de Hamish para estar en la capital debe de ser de una gravedad absoluta.
En fin, no podemos decir que estos años hayan sido en vano.
—Desde luego que no. Dejamos la fábrica en mejores condiciones de las que la encontramos y mi tía puede volver a ocuparse de ella desde Inglaterra sin esperar una nueva catástrofe al otro lado del océano.
—Sin duda, tu tía es una mujer extraordinaria.
Hemos podido comprobar que las familias americanas tienen una determinación difícil de igualar —reconoció Roderick, tomando un sorbo de té—.
Más allá de eso, debo reconocer que esperaba que su país tuviera algo más que ofrecerte. No solo fábricas y negocios.
—¿A mí? ¿A qué te refieres?
—Una esposa, por ejemplo.
—Habla por ti, Drummond. Que yo sepa, ninguna americana te ha conquistado.
Roderick sonrió.
—Mmm, no me seduce que me miren como a un bistec. En cuanto averiguaban la cantidad de títulos que podían recaer en mí con el simple hecho de que mi adorado primo «sufriera un accidente»… —Dibujó comillas en el aire.
—¡Nadie amenazó al duque!
—¡Eso crees tú! —rio Roderick—. Me preguntaron hasta por alergias alimenticias. Ya pensaban en cómo enviarlo con el Señor. Como sea, a ti tampoco te han tentado.
—Mmm, soy más joven que tú. Me estoy tomando mi tiempo para conocer la vida.
Roderick ladeó la cabeza, no le creía ni media palabra. Brett era de la clase de hombre que iba a por lo que quería; una nimiedad como su edad jamás le impediría perseguir sus deseos.
—Aunque, pensándolo bien, tampoco es que Poe te dejara demasiado tiempo para distracciones.
Brett soltó una risa seca.
—Ese hombre se encargó de mantenernos ocupados.
—Y algo me dice que aún no hemos visto lo último de él. ¿Crees que nos lo cruzaremos por aquí?
—No me sorprendería. Sigue siendo inglés y conserva intereses en Londres. Tarde o temprano volveremos a encontrarnos.
—Espero estar presente cuando ocurra. —Roderick sonrió—. Todavía recuerdo la cara que puso cuando te presentaste ante él.
Brett también sonrió al evocarlo.
—No esperaba que mi tía enviara a alguien en persona. Mucho menos a un muchacho recién salido de Eton.
—Menos aún que ese muchacho terminara plantándole cara. Los hombres de negocios como Poe siempre cometen el mismo error: confunden la educación con la debilidad —apuntó Roderick.
—Y, en su empeño por acabar con nosotros, terminó haciéndonos un favor.
—Eso jamás se lo digas. No soportaría saberlo.
Brett rio.
—Pero es cierto. Nos obligó a mirar más allá de la fábrica. En estos años, no solo hemos conseguido mantenerla en pie; hemos ampliado la producción y abierto nuevos mercados.
—No me lo recuerdes. Me has hecho cruzar el Atlántico más veces de las que tenía previstas —bromeó Roderick.
—Nadie te obligó a regresar.
—La primera vez quizá no. Para la segunda ya habías conseguido convencerme de que aquello también podía beneficiar mis propios negocios.
Brett sonrió. Ese había sido uno de los grandes hallazgos de esos años. Mientras él permanecía en América, Roderick había viajado entre ambos continentes, combinando sus obligaciones en Escocia con los intereses comerciales que poco a poco habían comenzado a compartir.
—Y funcionó —dijo Brett.
—Mejor de lo que esperaba —admitió Roderick—. De todas maneras, pienso negar que alguna vez dudé de ti si repites eso delante de Hamish.
La idea que habían ido perfilando esos años era sencilla: unificar ambos mercados.
La fábrica de Melissa podía abastecer a un público cada vez más amplio, mientras que las importaciones de Roderick atendían a una clientela mucho más exclusiva.
Dos negocios distintos que, bajo una misma firma, podían complementarse y fortalecerse.
Solo quedaba un obstáculo.
—Todavía queda lo más importante —recordó Brett.
—Conseguir que mi estimado primo acepte.
—Por suerte, llevamos años perfeccionando el plan.
Roderick apoyó la taza sobre la mesa.
—La unión de ambos negocios tiene sentido. Hamish lo verá. Solo espero que lo que sea que lo haya traído a Londres no lo haya puesto de mal humor.
—Más le vale. —Brett se echó hacia atrás—. Sin su aprobación y su firma, todo esto no deja de ser un excelente plan sobre el papel.
Roderick dejó escapar una carcajada que resonó en el compartimento.
—No te preocupes. Salvo que haya perdido todo su patrimonio, convencer a Hamish de una alianza comercial no será difícil.
Le gustan los negocios mucho más de lo que está dispuesto a admitir.
A veces creo que hasta me envidia por poder dedicarme a ellos mientras él carga con las obligaciones del ducado.
—Aún me cuesta creer que haya salido de Escocia —admitió Brett, mirando por la ventanilla mientras los vagones tomaban una curva—.
Tu primo odia la vida social de la capital con todas sus fuerzas.
¿Qué demonios ha podido hacer que el hombre más rígido de toda Gran Bretaña deje sus dominios para instalarse en Mayfair en plena temporada?
Roderick se encogió de hombros, aunque una posibilidad comenzó a rondarle la cabeza. Hamish se regía por una sola cosa: el sentido del deber. Y quedaba una obligación ducal que todavía no había cumplido: asegurar la continuidad de su linaje.
Quizá, tras descartar a las candidatas escocesas, se había visto obligado a buscar esposa entre las inglesas. O tal vez la mismísima reina había conseguido arrancarlo de sus dominios y mezclarlo con el resto de los pares de la corona.