Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 8
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Capítulo 8

E l cielo comenzaba a clarear y Joyce no había pegado un ojo en toda la noche.

No conseguía sacarse de encima la sensación de que casarse con el duque sería un error; pero era solo eso, una «sensación».

En cuanto analizaba los pros y contras en su cabeza, la conclusión a la que arribaba era que Lord Hamish Drummond era lo mejor que podría sucederle a ella y a la familia Grigg.

El hombre tenía dinero y estatus, cierto. Ella no era esnob, y si esos atributos hubieran estado acompañados de mal temperamento, egoísmo o libertinaje, los descartaría sin más.

De lo único que se lo podía acusar al duque era de ser aburrido. ¿O no?

Isobel no lo consideraba así. Su prima lo describía como irritante, pero no como aburrido, lo cual era curioso, ¿verdad? Porque a Joyce la irritaba en una única situación: cuando fruncía el ceño ante la sola mención de Brett.

—Brett… —El nombre de su amigo escapó de sus labios como un suspiro. ¿Estaba mal extrañarlo?

Ese era el único obstáculo que hallaba en ese matrimonio.

El duque no había sido explícito, pero la advertencia había vibrado en su voz.

No permitiría que su esposa tuviera una amistad tan cercana con el vizconde de Kinloss; un amigo al que llamaba por su nombre de pila y en quien pensaba en esos momentos, con la vista puesta en la luna, preguntándose si aún estaba en América o si se hallaba en mitad del océano.

Si el viaje había sido fructífero, si había cambiado mucho en esos años, si había conocido a alguna dama americana que le pusiera freno y lo sacara de quicio como ella solía hacer.

Sonrió.

Le haría feliz saber que Brett hallaba el amor, pero la hacía desdichada pensar que la futura esposa de Brett pondría los mismos reparos que el duque a que ellos mantuvieran su estrecha amistad.

¿Siempre estuvieron condenados a esa separación?, ¿fue acaso una prueba de la vida, un momento de preparación para lo que vendría cuando los dos tuvieran que seguir sus propios caminos?

Le dolía la cabeza de tanto pensar. ¡Odiaba pensar! A ella le gustaba actuar primero y analizar después. Por eso se llevaba tan bien con Tracie y por eso…

—Necesito a Brett —completó en voz alta.

Brett era menor que ella, pero era el epítome del sentido común. Tracie era su cómplice; Brett era…

—Brett.

Suspiró. Abrió la ventana y dejó que la brisa de la noche le refrescara las mejillas. La soledad no era buena compañía y, aunque ella tenía a su familia, en ocasiones lo que se necesitaba era una perspectiva externa, el consejo de amigos que vieran las cosas desde otro ángulo.

No dudaba de que su familia aceptaría cualquier decisión que tomara. Robin no se cansaba de repetírselo. Pero también veía en los ojos de su madre la ardiente esperanza de que se casara con el duque. Era una propuesta demasiado tentadora como para descartarla a la ligera.

Además, si era honesta, ningún esposo le permitiría mantener una amistad así con otro hombre. Tenía que aceptar la realidad: lo que en el pasado fue su relación con Brett debía cambiar de matiz.

—Piensa en el duque, no en Brett, Joyce —se reprendió en voz alta.

Pero su cabeza volvía una y otra vez a la última imagen de su amigo, a la sensación de hundimiento en el pecho cuando lo vio partir. Era como si le hubieran arrancado un pedacito del corazón y algo dentro de su pecho se contrajera ante el vacío.

Sacudió la cabeza. El farolero pasaba apagando una a una las farolas de la calle. Joyce se dijo que, cuando llegara a la suya, tendría una decisión tomada.

Si dejaba a Brett fuera de la ecuación… cosa que debía ser fácil teniendo en cuenta que estaba lejos…

«Ja, fácil», resonó en su cabeza.

—Dejando de lado mi amistad con Brett —repitió con énfasis—, ¿qué es lo que me impide elegir al duque?

Nada. Esa era la realidad. Nada.

Era la hija de un vizconde y siempre supo que su matrimonio se daría en condiciones de esa índole. Otro noble o un burgués bien relacionado, una propuesta seria, un cortejo aburrido…

Había disfrutado de las mieles de la libertad durante mucho tiempo y las había exprimido porque sabía que su destino estaba sellado: goza mientras puedas .

Pero ya no podía.

Era la mayor de las hijas, tenía una responsabilidad con la familia y no hallaba mayores objeciones. Excepto que su corazón y su mente no hallaban tregua; eran incapaces de ponerse de acuerdo.

—Siempre pensé que sería el corazón el que decidiera —murmuró, encontrando así la espina que tenía clavada. Elegía al duque con la cabeza, cuando siempre había esperado elegir con el corazón.

Era vehemente, se metía en problemas, actuaba primero y pensaba después.

Por eso creyó que, cuando se casara, lo haría de ese modo: elegiría a su esposo sin cavilar, siguiendo un impulso; escaparía en sus brazos, no podrían esperar a llegar al altar e incluso desatarían cierto escándalo por amarse de una manera que la sociedad no aprobaría.

Los ingleses odiaban la pasión, les incomodaba. Ella quería un amor que molestara, que diera que hablar.

De lo único que hablarían ahora sería de lo apropiada que resultaba esa unión.

—¡Qué aburrido!

Pero aburrido estaba bien. Aburrido significaba estabilidad. El aburrimiento, además, daría a su familia una respetabilidad difícil de cuestionar si alguna vez salía a la luz el secreto de Robin.

—Aburrimiento, allá voy.

La farola frente a su ventana se apagó. Había llegado a una decisión: se casaría con el duque.

—Brett… ojalá estuvieras aquí para decirme si me estoy metiendo en otro problema o si, por primera vez en la vida, estás de acuerdo con mis acciones.

Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la pared bajo la ventana, e intentó imaginar cómo sería su vida a partir de ese momento.

Dormida en esa misma posición la encontró la doncella a la mañana siguiente.

Al despertar, se dio cuenta de que había soñado con su amigo: él le decía algo desde la cubierta de un barco que ella no conseguía escuchar.

El pecho se le volvió a hundir, justo allí donde le quedaba un pequeño vacío desde el día en que Brett se había ido.

***

El muelle de Liverpool amaneció sumergido en una bruma espesa y grisácea, mezcla de vapor y hollín industrial.

El barco procedente de América acababa de atracar.

El estruendo de cadenas, órdenes a viva voz de los marineros y el bufido metálico de las calderas era ensordecedor.

También resultaba acogedor de un modo extraño. Era el ruido de estar en casa.

A pesar de las largas semanas en alta mar, Brett Grenville, vizconde de Kinloss, descendió por la pasarela con gran agilidad.

Había sido su segundo viaje en barco y empezaba a sospechar que tenía mejores aptitudes para la vida en el mar de las que jamás habría imaginado.

Las olas y el encierro no le habían afectado en lo más mínimo.

Su figura conservaba la vitalidad juvenil, pero ahora acompañada de una musculatura que denotaba su madurez.

Había pegado un último estirón en América, lo notaba en la ropa, la cual debió confeccionar en el Nuevo Mundo.

Su atuendo de paño oscuro seguía las modas americanas, algo más holgadas y sobrias que las británicas.

Como toda sociedad que era obscenamente rica, le parecía vulgar demostrarlo, y había adquirido de ellos el fino arte de dejar en claro que era rico como un creso y humilde como un monje.

A su lado, Roderick Drummond, primo del duque de Strathcairn, descendía con el rostro ligeramente demacrado por el último tramo de la travesía. A él el mar no le había sentado nada bien. Se acomodó la solapa del abrigo y maldijo en voz baja el clima inglés.

—Si el Nuevo Mundo tiene una ventaja insuperable, Grenville, es que al menos el aire no se tiene que masticar antes de respirarlo —rezongó Roderick, deteniéndose en el muelle de madera húmeda.

Brett sonrió, ajustándose el sombrero de copa.

—Admite que extrañabas este hollín, Drummond. Le da sabor al viaje.

—¿Tú lo has extrañado?

Brett compuso una sonrisa nostálgica. Había cosas que sí. Personas, también. Algunas habían aparecido con sorprendente frecuencia en las cartas que recibía de su familia; por otras había terminado preguntando él mismo más veces de las que estaría dispuesto a reconocer.

Antes de que Roderick pudiera responder con una retahíla de quejas sobre el Atlántico, una figura delgada y severa, vestida con impecable pulcritud, emergió de entre la multitud de mozos de cuerda y equipajes.

Llevaba una cartera de cuero bajo el brazo y la espalda tan recta que parecía haber tragado una regla de medir.

—Señor Drummond. Lord Kinloss —saludó el hombre, haciendo una reverencia cronometrada con precisión matemática.

Roderick frunció el ceño, reconociendo de inmediato el rostro.

—¿Mr. MacIntyre? —parpadeó con sorpresa—. ¿Qué demonios hace el administrador jefe de las fincas de Strathcairn en el muelle de Liverpool? Supongo que Hamish lo envió a recogernos para poner rumbo a Escocia de inmediato. Los carruajes para el norte estarán listos, imagino.

—Mis disculpas, señor Drummond, pero las instrucciones de Su Gracia han cambiado —respondió MacIntyre sin alterar un solo músculo facial—. No viajaremos hacia el norte. Tengo órdenes estrictas de trasladarlos a la residencia de Londres sin la menor dilación.

Roderick se detuvo en seco, mirando al administrador como si este le hubiera hablado en un dialecto desconocido.

Brett miró a su amigo. Mantuvo la boca cerrada, no porque el cambio no lo hubiera cogido por sorpresa, sino porque ir a Londres en lugar de viajar a Escocia era bienvenido.

—¿A Londres? —repitió, incrédulo—. ¿Mi primo en Londres? ¿Hamish? ¿El mismo hombre que considera que pisar la capital durante la temporada social es un castigo divino comparado con la peste bubónica?

—Así es, señor. Su Gracia se encuentra instalado en la casa del ducado en Mayfair desde hace dos semanas.