Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

—La abeja solo ataca cuando cree que el hogar o su reina están en peligro inminente —continuó Hamish, desplazando la pluma hacia la segunda abeja, apoyada justo en el centro de su corpiño—.

Está dispuesta a sacrificarse, pero solo como último recurso de supervivencia.

Si entiende eso, entiende que no hay malicia en ella.

Solo instinto de protección. No hay necesidad de asustarla ni de agredirla. Hay que entenderla y guiarla.

La segunda abeja ascendió por las barbas de la pluma. Hamish la retiró con la misma soltura.

—Dos.

Joyce y Arabella observaban la escena con los ojos abiertos de par en par desde su escondite. Ninguna de las dos se atrevía a pronunciar palabra. Joyce tuvo que reconocer que el duque sabía mantener la calma incluso en una situación como aquella.

Hamish acercó la pluma a la tercera abeja, ubicada cerca de la curva de la cintura de Isobel. Con un toque milimétrico, liberó al insecto.

—Tres —murmuró, casi contra el oído de ella.

Isobel sintió un estremecimiento que nada tenía que ver con el miedo.

La cuarta abeja estaba cerca de los encajes de su escote. Hamish detuvo la mano un instante, consciente de la delicadeza de la posición. Sus ojos se encontraron con los de Isobel, buscando una confirmación silenciosa. Ella sostuvo su mirada.

Con cuidado, Hamish rozó con la pluma el borde del encaje y retiró la abeja.

—Cuatro —susurró.

Quedaba la última, apostada en el pliegue superior de su manga verde lima. Con un movimiento fluido y pausado, deslizó la pluma y la envió de vuelta al aire del invernadero, donde el zumbido general empezaba finalmente a amainar a medida que el humo de los obreros hacía su trabajo.

—Cinco —concluyó.

Hamish dejó caer la pluma, pero tardó un instante en apartarse. Isobel sostuvo su mirada y, por un breve momento, ninguno de los dos pareció recordar que no estaban solos. Fue el duque quien finalmente rompió el silencio.

—Ahora sabe por qué no tiene que usar colores tan brillantes —dijo él, con esa voz grave y pausada que no admitía réplicas.

Isobel parpadeó, sorprendida por el comentario, y enseguida rompió a reír.

—¿Considera usted entonces que me confundió con un jardín, Su Gracia? —preguntó ella, inclinando ligeramente la cabeza, con los ojos brillándole de pura diversión.

Hamish mantuvo la mirada firme, pero la comisura de sus labios se elevó un milímetro más en un intento fallido de ocultar su satisfacción.

—Innegablemente —respondió él—. Las abejas no destacan por su sentido de la estética, pero reconocen el exceso de color a distancia.

Isobel soltó una carcajada más clara, acomodándose la falda con un gesto rápido de las manos.

—Bueno —admitió, mirando la tela verde de su corpiño—. Debo reconocer que ese ha sido su mejor argumento en contra del color. Mucho mejor que todos los otros argumentos que me dio durante el té.

El incidente dio por terminado el paseo. El grupo decidió regresar a la calesa y, en esa ocasión, Joyce se atrevió a sentarse junto a Hamish. Arabella le lanzaba miradas cargadas de significado desde su lugar, mientras Isobel estaba inusualmente callada.

Bueno, pensó Joyce, el duque había resultado ser un caballero. Además de práctico, resolutivo, amable… ¿qué más podía pedir?

Era la mejor opción, no hallaba objeciones. Cuando la calesa se detuvo en la puerta de la casa del vizcondado, Madeleine salió a recibirlos y preguntó por el motivo de un regreso tan pronto. Arabella e Isobel se dedicaron a ponerla al corriente, mientras Hamish ayudaba por último a Joyce a bajar.

La detuvo un segundo, buscó los ojos de la muchacha y articuló sin ningún esfuerzo:

—Me gustaría que considerase casarse conmigo.

Las piernas de Joyce se doblaron.

—¿Es esa una propuesta? —preguntó, algo sorprendida por el tono y la elección de palabras.

Él frunció el ceño.

—Claro.

—¿No debería decir que desea casarse conmigo?

—No le pediría que lo considerara si no lo quisiera así, ¿no le parece?

—Sí, pero…

—Además no pretendo que tenga una respuesta de inmediato, un matrimonio es algo serio, seguro tiene que pensarlo.

—Claro, yo…

—Preferiría tener una respuesta suya antes de hablar con su hermano.

Las mejillas de Joyce ardieron. El muy maldito estaba siendo «deferente», según él. ¡Le daba la oportunidad de elegir! Quiso gritar, chillar y decirle que se introdujera su propuesta donde no le diera el sol.

Pero luego se calmó un poco. Volvió a pensar con frialdad, analizó los hechos. Era un duque, ella estaba a un paso de ser solterona, el hombre había demostrado ser inteligente, bondadoso y decisivo.

Rayos. Sería un perfecto esposo. ¿Por qué no estaba más entusiasmada?

—Seguro —dijo, soltando el aire, resignada—. Lo pensaré y le brindaré una respuesta tan pronto como mi corazón y mi mente lleguen a un veredicto.

El duque la miró. En sus ojos parecía leerse que la parte del corazón sobraba, pero que allá ella si quería escuchar a ese órgano en particular. Asintió y presentó sus respetos antes de regresar a la calesa para marcharse.

Joyce permaneció en la acera un eterno minuto. El único aleteo que había experimentado en toda la tarde había sido el de las abejas. Sus hombros cayeron a los lados del cuerpo. Compuso una sonrisa falsa y entró a su casa.