Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Avanzaron a paso lento por el sendero principal de grava.

Lady Joyce caminaba delante, junto al duque, manteniendo esa distancia reglamentaria que marcaba la etiqueta, aunque su atención fluctuaba constantemente entre las explicaciones botánicas que Hamish ofrecía de manera casi metódica y las breves miradas hacia atrás.

Arabella e Isobel las seguían unos pasos por detrás, la primera intentando no arruinar su enagua contra los bordes de la vegetación y la segunda observando el techo de cristal con una mezcla de fascinación e inclinación natural al asombro.

—Estas especies provinieron de la expedición de 1874 —explicaba Hamish con su tono pausado, señalando una hilera de arbustos con flores rojizas y hojas enceradas—.

Requieren un control constante de la temperatura.

En Escocia, por supuesto, sería imposible mantenerlas sin una caldera dedicada a ellas noche y día.

—Una dedicación abrumadora para una planta, ¿no lo cree, Su Gracia? —comentó Joyce, ofreciéndole una sonrisa educada mientras ajustaba su sombrero.

—La disciplina no es abrumadora, Lady Joyce, es simplemente necesaria —respondió él sin alterar el gesto—.

Si uno pretende que algo prospere fuera de su elemento natural, debe proporcionarle la estructura adecuada.

Sin estructura, la belleza de estas flores no duraría dos días en el clima de esta ciudad.

Detrás de ellos, Isobel alzó la ceja en dirección a Arabella, quien se cubrió la boca con el abanico para ahogar una risa.

—¿Lo ves? —murmuró Isobel a su prima en voz muy baja—. El hombre ve flores y en lo único que piensa es en disciplina y calderas de carbón. Me pregunto si cuando mira las estrellas calcula cuánta leña necesitaría una de ellas para brillar.

—Chitón, Isobel —la reprendió Arabella—. Salvo que quieras volver a discutir con él.

Arabella advirtió un brillo desafiante en la mirada de su prima. Isobel solía ser la más tímida de las Grigg, pero algo en Hamish Drummond, lejos de intimidarla, parecía volverla más osada.

—Claro que no quie…

El paseo se vio interrumpido cuando el sendero se estrechó al girar hacia la zona de las palmeras reales.

Un par de operarios del jardín, vestidos con chalecos de dril y gorras de lana, trabajaban a unos metros de distancia sobre una escalera de mano apoyada contra el tronco de un arbusto de mirto de gran tamaño.

Entre las ramas, un panal silvestre de abejas que se había instalado sin permiso en el microclima del invernadero.

Los obreros, armados con humo y sacos de arpillera, intentaban trasladar la estructura, pero las maniobras eran torpes. Un movimiento desafortunado con una de las varas hizo que el enjambre se desorganizara con violencia. Un sonido grave vibró en el aire húmedo.

—¡Cuidado, señores! —exclamó uno de los hombres, perdiendo el control del abrumador zumbido.

El pánico social, a menudo más rápido que el peligro real, actuó de inmediato.

Arabella ahogó un chillido y retrocedió con sorprendente agilidad detrás de una gran urna de terracota que contenía un limonero.

Joyce, reaccionando por puro instinto ante la repentina retirada de su hermana, cayó tras la barrera, quedando ambas guarecidas tras la pesada estructura de barro y el follaje tupido.

Isobel, sin embargo, se quedó petrificada en mitad del sendero.

Quizá fue la sorpresa, o quizá la mala suerte de llevar un vestido de tarde verde lima, estridente y plagado de diminutos bordados florales en tonos amarillos y rosas.

Para el grupo de insectos desorientados que emergía del follaje, Isobel no era una dama de la aristocracia victoriana, era, a todos los efectos prácticos, el parterre más grande y llamativo que habían visto en todo el día.

Antes de que pudiera dar un paso hacia atrás, el zumbido se concentró sobre ella.

Un par de abejas revolotearon sobre su ala del sombrero y otras tantas se posaron en la pechera de su vestido, atraídas por la textura y el color vibrante de la tela.

Isobel soltó una bocanada de aire y su cuerpo entero se puso rígido como una estatua de mármol.

Levantó las manos instintivamente, dispuesta a espantarlas.

—¡No se mueva! —la orden resonó con el impacto de un cañonazo en el espacio cerrado del invernadero.

No era un grito de pánico. Era un mandato absoluto, impregnado de una autoridad tan natural y rotunda que congeló a todos los presentes.

Los operarios detuvieron sus movimientos, Arabella y Joyce se asomaron tras la urna sin atreverse a respirar, e Isobel detuvo las manos a medio camino, con el corazón martillando sus costillas a un ritmo frenético.

Lord Hamish no corrió, pero avanzó hacia ella con pasos pausados y medidos, sin proyectar una sola vibración de prisa o nerviosismo. Se colocó frente a ella, dominando la escena con su figura alta y su porte inquebrantable.

—Ni un solo gesto, señorita Isobel —dijo él.

Su voz era increíblemente baja y profunda, una corriente de calma que contrastaba con el zumbido errático alrededor de la joven—.

Si mueve los brazos, lo entenderán como una amenaza.

Quédense todos quietos —añadió, dirigiéndose también a quienes los rodeaban.

Isobel clavó los ojos en los de él. Hamish estaba tan cerca que ella podía distinguir las diminutas vetas doradas en el iris de sus ojos oscuros y la línea firme y severa de su boca.

Tres, cuatro, cinco abejas caminaban torpemente sobre el tafetán verde de su corpiño, justo por encima del talle y cerca de los encajes del escote.

—Su Gracia… —susurró ella, apenas rozando el aliento para no mover los labios.

—Silencio —instó él suavemente, sin apartar la mirada de las intrusas—. La respiración agitada mueve la tela. Mantenga el aire en los pulmones.

Hamish echó una rápida ojeada a su alrededor y reparó en una larga pluma junto al sendero, posiblemente de alguna de las aves exóticas que frecuentaban el invernadero. Se inclinó para recogerla y volvió su atención a Isobel.

—No le van a hacer daño si comprende cómo funcionan —murmuró él, dando un paso más hacia ella.

La proximidad era tal que Isobel podía sentir el calor que emanaba de su abrigo de paño oscuro y percibir el olor sobrio de su jabón de afeitar y la lana limpia—.

La abeja no busca el combate, señorita. Su aguijón es aserrado.

Cuando pica a un ser de piel dura como nosotros, no puede retirarlo sin desgarrarse el abdomen.

Picar es para ella una sentencia de muerte.

Con una precisión quirúrgica, Hamish deslizó la punta suave de la pluma por debajo de las patas de la primera abeja, situada cerca de su hombro izquierdo. El insecto se traspasó a la pluma. Con un leve movimiento de muñeca, Hamish la apartó y la lanzó al aire, lejos de ellos.

—Una —dijo él en un susurro grave.

Isobel apenas se atrevía a parpadear. No había esperado semejante paciencia y delicadeza de aquel hombre rígido y exasperante.