Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 7
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Capítulo 7

R obin decidió que lo mejor sería que Isobel y Arabella hicieran de chaperonas. De ir él, pensó, Hamish terminaría hablando de negocios. Además, estaba tranquilo de que el único crimen que el duque era capaz de cometer con su hermana era el de matarla de aburrimiento.

Joyce podría con eso.

Intentó no analizar más en profundidad los motivos por los que su hermana no ponía fin al asunto. Lo único que esperaba era que ella supiera lo que hacía y, más aún, los motivos por los que lo hacía.

Por eso, cuando la calesa tirada por cuatro caballos apareció en la puerta de su casa, salió a recibir a Su Gracia y se abstuvo de entretenerlo más con conversación. Que Joyce hiciera uso de su libre albedrío.

—Milady —saludó el duque a Joyce, al tiempo que se sacaba el sombrero.

—Su Gracia.

Arabella terminaba de acomodar el lazo de su sombrero de paja e Isobel apareció algo agitada, pues se había demorado ayudando a Joyce con su peinado y debió apresurarse a la hora de finalizar el suyo.

—Ya estoy. —Sonrió.

—Pues que disfruten el paseo —las animó Robin.

Madeleine salió a saludar como un familiar en el puerto, parecía que su hija, en lugar de a una pequeña cita, fuera a cruzar el océano para hacer fortuna en el nuevo continente.

—Es un buen candidato —susurró la vizcondesa madre. No sabía si se lo decía a su hijo o se lo decía a sí misma.

—Sí, pero ¿es el mejor para Joyce?

—Un buen candidato es un buen candidato.

Robin asintió. Echó un último vistazo a su hermana e hicieron contacto visual. Al vizconde el mundo se le cayó a los pies, reconoció en ella un sentimiento que era reflejo del propio: culpa mezclada con responsabilidad.

La calesa avanzó por entre los demás coches, y madre e hijo regresaron al hogar.

En el transporte, el duque estaba taciturno.

Viajaba de espaldas al camino, enfrentado a Joyce, de quien tenía una buena visión.

Era realmente bella y lucía sana; una duquesa perfecta.

Sus modales eran buenos, sin ser demasiado pomposos o afectados.

Se notaba en el brillo de su mirada y en la elección de temas de conversación que la muchacha poseía una vida interior nutrida, no era solo un envase bonito.

Y era hija de un vizconde, proveniente de una familia respetable. Había escuchado ciertos rumores sobre Robin Grigg, pero no podían importarle menos. Esa clase de escándalos eran corrientes en las altas esferas, y, de hecho, él los prefería antes que los bastardos.

Era la candidata perfecta. Tampoco era él muy adepto a la búsqueda, no veía la hora de regresar a Escocia y dejar los asuntos de Londres en manos de sus administradores. Si hubiera podido, hubiese delegado la elección de esposa también.

Pero hay cosas que un hombre debe hacer por sí mismo. Lo que no implicaba dedicarle demasiado tiempo ni demasiados pensamientos.

Ni charla.

El silencio era pesado. Ya se había cansado de observar con disimulo a Lady Joyce, de hecho, empezaba a fastidiarle que fuera tan agraciada. Un defecto, un lunar, un diente torcido, hubiera roto con la aburrida monotonía de sus facciones perfectas.

Sobre todo, le habría ayudado a no notar todos y cada uno de los defectos de su prima Isobel.

Pensó que era la pariente menos agraciada, la menos favorecida en fortuna y posición y, además, la que peor gusto tenía para vestir. Había optado por un vestido verde lima de tarde, con tantas flores que, si lo mirabas fijo, podías marearte.

El escote era recatado, aunque no conseguía disimular las generosas curvas de la joven.

¡No es que él estuviera mirando! Era imposible no advertirlas, sobre todo por el contraste con su estrecha cintura.

Esa muchacha no podía tener espacio allí para un hijo, pensó con un conocimiento bastante limitado de la anatomía femenina.

¡Si hasta podría rodearle la cintura con las manos!

«¿Por qué piensas eso, Hamish?».

Su prometida sería Joyce. Mucho mejor. Era más equilibrada en sus rasgos. No tenía la boca ancha, de labios demasiado llenos, ni esas pestañas tupidas y largas que debían estar cegándola.

Isobel era… era…

—La prima de Lady Joyce.

—¿Cómo dice? —preguntó Joyce, al escucharlo murmurar su nombre.

Isobel lo miró de lado. La única que no le ponía atención era Arabella.

—Que si tiene más primas —dijo, con un rubor poco propio de un duque y todavía menos propio de él.

—No primas directas, pero sí primas segundas. William Grigg es primo de mi padre, y él tiene ocho hijos. Cinco niñas y tres niños.

—Vaya, son una familia numerosa.

«Fértil» era la palabra que buscaba, el adjetivo que volvía a elevar a Joyce al lugar de candidata perfecta.

—¿Y usted, Su Gracia?

—Solo mi primo Roderick.

La mirada de Joyce se iluminó.

—El amigo de Brett. —Sonrió.

—¿Brett?

El codo de Arabella se clavó en sus costillas.

—El vizconde de Kinloss.

—¿Llama «Brett» al vizconde de Kinloss?

—Bueno —intervino Isobel. Él se volvió hacia ella y contuvo el encandilamiento que le provocaba su vestido verde lima—, se conocen desde niños prácticamente.

No era del todo una exageración. Los Grenville y los Grigg mantenían una antigua amistad familiar, Joyce conocía a Brett desde que él era un niño.

Sin embargo, había sido con la llegada de las Plageman cuando estrecharon aún más sus vínculos y aquella relación entre ellos acabó convirtiéndose, con los años, en una amistad auténtica.

—Pero ya no son niños.

—¡Brett es un niño… tiene…! —intentó defender Joyce, hasta que cayó en cuenta de que su amigo tenía ya veintiún años. Sus mejillas ardieron—. Hace mucho que no lo veo.

—Habitualmente, al no verse dos personas, el afecto suele enfriarse. Sería más lógico que lo tratara usted con distancia protocolar.

—Los afectos no responden a lógicas.

—Claro que sí. Las relaciones afectivas están tan institucionalizadas como las comerciales. Los tratos con hermanos, con amigos, con conocidos, responden a ciertas reglas que todos manejamos.

—¡Qué horror! —exclamó Isobel.

Arabella de pronto estaba muy concentrada en sus guantes blancos.

Joyce estaba furiosa y desconcertada, furiosa porque alguien pusiera en entredicho su amistad con Brett.

¡Solo ellos sabían cómo se había conformado esa confianza!

, y desconcertada al pensar en que en los años que llevaba sin verlo, Brett se había hecho hombre.

¿Cómo sería ahora?

Con veintiún años, seguramente se habría convertido en un joven apuesto, seguro de sí mismo y, para desgracia de muchas madres londinenses que aún no habían tenido oportunidad de ponerle los ojos encima, en una excelente promesa para el mercado matrimonial.

El candidato perfecto.

Para otra dama.

Porque eso era lo natural. Algún día Brett regresaría a Inglaterra, comenzaría a frecuentar salones y bailes y acabaría fijándose en alguna joven apropiada. Una muchacha más cercana a su edad, con la que pudiera compartir aquella nueva etapa de su vida.

Ella era su amiga. Lo vería elegir a la indicada, ser feliz, mientras ella… ¿sería duquesa?

El estómago le dio un vuelco. Tan concentrada estaba en eso que no notó lo acalorada que se había vuelto la conversación entre Isobel y el duque.

Isobel defendía su postura de que el afecto se muestra de manera diversa, que cada relación entre dos personas estaba definida por la singularidad de esas dos personas y no por la generalidad del vínculo.

—Dice usted que un esposo y una esposa tendrían siempre la misma relación. ¡Si fuera así no existirían los matrimonios desdichados!

—Lo que digo es que, si emplearan las normas para las relaciones maritales, no existirían los matrimonios desdichados. Existen porque se dejan las relaciones interpersonales en manos de la anarquía del corazón.

—¡Anarquía del corazón! Muy ingenioso, Su Gracia. En tal caso, lo dejo a usted con la tiranía del suyo.

—El contrario de anarquía es orden, no tiranía.

—Si usted lo dice…

—No lo digo yo, lo dice la definición.

—Si usted lo dice…

—Esa no es la forma de tener un debate.

—Si usted lo dice…

—Aggg. —El duque volvió a quitarse el sombrero y a mesar su cabello.

Joyce pudo jurar que le habían brotado canas nuevas.

El silencio se hizo tenso. Arabella no hallaba tema de conversación y a Joyce solo se le ocurrió uno: Brett.

—El vizconde de Kinloss regresará en breve, según tengo entendido. ¿Lo hará también su primo?

—Eso creo.

—Bre… Lord Grenville ha resultado ser un visionario en los negocios, de seguro su primo estará muy conforme de iniciar una sociedad con él.

—Mi primo tiene muy buen ojo para ver más allá de las personas. En lo que a él respecta, será más importante que el vizconde sea honesto, a que sea listo.

—¿Y usted?, ¿qué atributo considera superior?

La calesa se detuvo en las puertas del jardín botánico. El duque ayudó a descender primero a Joyce, luego a Isobel y por último a Arabella. La única que parecía haber entendido cuál era su lugar de chaperona.

—Considero que una persona inteligente es también bondadosa. La maldad es una forma de estupidez.

Joyce sonrió por primera vez de manera genuina al duque.

—Estoy completamente de acuerdo con usted.

—¿Lo está?

Hasta él pareció sorprendido. Joyce pasó de la sonrisa a la risa.

—¿Por qué le sorprende? Ha dicho algo cierto, lo que también me lleva a pensar que, si usted es inteligente, también será bondadoso.

El duque pareció algo desconcertado por el halago. Supuso que era un buen comienzo, su futura esposa le encontraba una virtud y era una virtud de espíritu.

Un poco más animado, condujo al grupo dentro del lugar.

La Palm House de Kew Gardens era una hazaña de la ciencia victoriana y un triunfo del hombre sobre la naturaleza.

Una enorme catedral de cristal albergaba un clima cálido y húmedo, creado para mantener con vida algunas de las especies más exóticas del Imperio.

El aire olía a tierra, vegetación exuberante y flores.