Capítulo 6 #4
—¡Es música, no lógica! —Isobel no se dio cuenta de que empezaba a enfadarse—. También me gusta Mozart.
—Aceptable.
—Me alegro que lo acepte, Su Gracia. Podría conformar una lista de intérpretes y pedirle que resalte cuáles son aceptables .
—Mmm, me llevaría un tiempo del que no dispongo, la verdad.
—Estaba siendo sarc…
—Isobel, ¿más té? —la salvó Lady Madeleine. La muchacha aceptó y eso la serenó en parte.
Joyce bebió una taza más, con la vista puesta en su prima. Isobel había conseguido develar más del verdadero carácter del duque que ella en toda la velada.
—Como sea, no solo la música ayuda a mejorar el ánimo. También la lectura, las pinturas, las prendas que usamos —siguió la señorita Grigg, más calma—. El amarillo me hace sentir bien.
Desde que tras su llegada a Londres la habían confundido con una criada por usar solo colores neutros, implementó un estilo ecléctico de la moda. Rara vez se la veía en un tono apagado, prefería brillar que pasar una vez más por tal horrible experiencia.
—¿Qué tono de amarillo? —El duque pareció horrorizado.
—El más vibrante ¿No le gustan los colores intensos?
El duque frunció el ceño.
—¿Intensos o vibrantes?
—¿Hay diferencia?
—El azul puede ser intenso, casi noche, y no ser llamativo.
—No le gustan los colores llamativos.
—¿Por qué querría llamar la atención? —rebatió él.
—No sé, para impresionar a una dama, tal vez… ¿El rojo?
—Demasiado agresivo.
—¿El verde?
—Aceptable, es uno de los colores del clan.
—¿El amarillo?
Su rostro lo dijo todo. Isobel soltó una carcajada.
—Los escoceses vestimos lana y una buena lana no necesita colores estridentes para llamar la atención.
—¿Y si se tratara de seda?
—No abriga.
—No es el punto. Estamos hablando de colores.
—Y de telas.
—Usted llevó el tema a las telas. —Isobel empezó a frustrarse de nuevo.
—¿No le gustan los tejidos teñidos? —intervino Joyce, para salvar a su prima. O tal vez al duque, quien estaba por sufrir un accidente con la taza de té caliente sobre sus pantalones.
—No cuando el tinte arruina la fibra —respondió Hamish.
—Entonces no está en contra de los colores —sentenció Joyce—, está en contra de arruinar prendas.
—Claro.
—Por lo tanto, todos debemos vestir de gris, aunque nuestro humor decaiga, para no arruinar hipotéticamente la lana, ¿ese es su plan? —preguntó Isobel.
Hamish la miró. Ella se inclinó ligeramente hacia delante.
—A mí me pone de mal humor arruinar la lana.
—Aggg —se rindió Isobel.
—Sería práctico, además —dijo en su defensa.
—La vida no tiene que ser práctica todo el tiempo.
—Debería.
Hasta Arabella concluyó que era imposible forzar un enamoramiento con el duque. Ese hombre estaba condenado a hallar el amor verdadero, porque ninguna mujer que solo lo apreciara o le guardara una dosis comedida de cariño podría soportarlo más de un año.
Isobel se rindió, lo cual fue una novedad para Robin. Su prima no solía terminar una conversación hasta no estar satisfecha y era evidente que no había alcanzado ese punto con el duque.
No obstante, consiguió que Hamish hablara. Aunque solo fuera de la industria de la lana y, ahora, de la porcelana china. La cual era colorida.
Cuando estuvieron a punto de embarcarse en una nueva disputa sobre los colores, Joyce encaminó la charla.
—Nuestro amigo Lord Brett está en la industria de la porcelana —dijo la muchacha.
—Lo conozco. Hace negocios con mi primo Roderick.
El rostro de Joyce se iluminó.
—Brett está en América, pero pronto a regresar.
Joyce tomó el control de la conversación en ese punto, una mezcla perfecta de negocios y vida social. La amistad con Lord Brett Grenville, vizconde de Kinloss, era un tema seguro y, para la joven, inagotable.
No hablaron de matrimonios. Evitaron el tema de los colores. No hablaron de Londres, ni de bailes, ni de nada que pudiera perturbar el frágil buen humor del duque.
Cuando finalmente el duque se puso de pie, Robin se dio cuenta de que había pasado más de una hora.
—Ha sido un placer recibirlo, Su Gracia —dijo Madeleine.
—Gracias por su hospitalidad.
Hamish hizo una reverencia.
Se despidió de todos.
Cuando llegó frente a Joyce, la joven sonrió con educación.
—Ha sido un placer, Su Gracia.
—Lady Joyce.
Eso fue todo.
Hamish avanzó hacia la puerta. Robin lo acompañó.
—Le agradezco la visita.
—La repetiré.
Robin se quedó inmóvil.
—¿Ah, sí? —Disimuló la sorpresa con bastante éxito.
—Sí.
El duque se puso los guantes.
—¿Lady Joyce está libre el jueves?
—Podría haberle preguntado a ella.
A Hamish la corrección lo tomó desprevenido.
—Pero tú eres su tutor, ¿verdad?
—Sí, bueno… —se rindió.
—Si tiene el jueves libre y usted lo aprueba, milord, invitaré a su hermana a un paseo al jardín botánico. Dejo en sus manos la elección de la compañía decorosa.
Robin cerró la puerta tras un balbuceo que bien podía significar aceptación o negación. Durante unos segundos, nadie dijo nada. Luego Joyce habló.
—¿Qué?, ¿por qué esa cara?
—Te ha invitado a salir.
—¿A mí? —Joyce se volvió hacia Isobel—. ¡Pero si ni me miró!
Isobel parpadeó.
—Te recordaba al piano… —la animó su prima.
—Recordaba lo mal que tocaba a los ocho años. Por favor. Yo esperaba que te invitara a ti. Al menos conseguiste que hablara.
Isobel no respondió. Solo sonrió. Su prima miraba el mundo con ojos de inocencia, olvidaba que aquello era imposible; un duque no podía casarse con una muchacha sin fortuna ni título.
Y ella carecía de ambas cosas.
Por muy soñadoras que fueran las Grigg, por mucho que quisieran creer que el amor podía arreglar las diferencias de dinero, rango y apellido, eso no sucedía en la vida real.
Joyce era hija de un vizconde y, además, era hermosa.
—Deberías ir —dijo Isobel.
Joyce la miró.
—¿Por qué?
—Porque es un paseo, es un duque. ¡Serías duquesa! Es bastante guapo, te lleva solo diez años. Que es una diferencia aceptable, ¿no lo crees?
—Tiene canas.
—No tiene tantas —lo defendió Isobel—. Y le dan carácter.
—Pues le sentaría mejor algo que le quitara algo de carácter. Tiene un exceso de él.
—Bueno, se nota que le han salido las canas de joven. Tal vez Robin tenía razón, y el duque tiene muchas responsabilidades. —Miró a su primo buscando apoyo.
No lo halló. Robin no parecía más convencido que Joyce.
—Ya… igual que el mal humor. Ese también le brotó de joven. Me sorprende que lo defiendas, ¡has estado a punto de derramarle el té caliente en las piernas!
—Ha sido solo un debate acalorado. Al menos sabes que es apasionado.
—No sería el adjetivo con el que lo describiría.
—Tiene bonitas manos —intervino Arabella—. Y pese a vestir sobrio, viste bien. ¡Y es alto!
—A ti te gustan todos.
—No es cierto.
—Te gustó Lord Anfield.
—Eso fue un error de juventud.
Robin se dejó caer en un sillón.
—Joyce, si no te gusta, puedes rechazarlo sin problema. Es un duque, no un tirano.
—Eso dices tú.
—Lo entenderá.
Joyce guardó silencio. Miró hacia la puerta por donde había desaparecido Hamish. Luego miró a Isobel y a Arabella. Finalmente a Robin.
No quería tomar una decisión todavía, porque había otra cosa que la inquietaba. Si lo rechazaba de inmediato, no solo podía cerrar una puerta para ella, podía cerrársela a las demás.
Joyce suspiró.
—¿Qué mal me hará un paseo? —Se encogió de hombros—. Puedo sobrevivir a unas horas con un escocés malhumorado.
—Mientras no te pongas un vestido amarillo —dijo Isobel.
Y, por primera vez desde que había llegado la noticia de que un duque pretendía conocer a Joyce, la casa volvió a llenarse de risas.