Capítulo 6 #3
El duque hizo una inclinación de cabeza.
—Su Gracia.
Madeleine extendió la mano y Hamish la tomó con delicadeza. Era un gesto cuidado, demasiado practicado para que se interpretara como natural.
—Le agradezco que me haya recibido.
—Por supuesto. Es un placer.
—Lord Robin.
—Su Gracia.
Se estrecharon la mano. El vizconde pasó a presentar a sus hermanas y su prima.
—Lady Arabella, Lady Joyce y la señorita Isobel.
El duque saludó primero a Isobel, quizá porque era zurdo y le resultaba mejor empezar por ese extremo, o quizá porque Robin había soltado los tres nombres sin señalar a ninguna y lo había dejado librado a su propia deducción.
Como fuera, ese fue el primer gesto del hombre que cayó simpático a Joyce.
No había hecho diferencia entre ellas, como solía pasar en la sociedad londinense con su prima no noble .
De todos modos, Joyce había esperado algo más.
Un gesto que la hiciera caer rendida a sus pies, que le ayudara a iniciar ese proceso de enamoramiento fácil que la caracterizaba.
Ya luego vería si podía sostener el afecto.
Una mirada prolongada hubiera bastado. Una sonrisa.
Quizá un comentario sobre su vestido. ¡Algo, hombre!
El duque no ayudaba nada en su causa. No pudo evitar rodar los ojos con fastidio.
Así como los caballeros más guapos no solían esforzarse, porque pensaban que con ser guapos bastaba, lo mismo sucedía con los poderosos.
Allí, con sus nosecuántos títulos no esperaba tener que ganarse los favores de una dama.
Ya le caía mal. ¿O no?
¡No!, algo peor. Le era indiferente.
La señora Oakley apareció detrás de ellos.
—El té está servido.
—Gracias.
Robin condujo a su invitado al salón. Hamish debía pasar primero, y las damas tuvieron una buena apreciación de su ancha espalda.
—No está tan mal —la animó Arabella.
—De hecho, está bastante bien —completó Isobel.
—Pues cásense ustedes con él.
—Yo lo haría —dijo Arabella—. Recuerda que hoy lleva pantalones, pero en Escocia debe usar kilt.
—¡Chitón!
—Has visto cómo te cambió la mirada. Lo que te falta, querida hermana, es imaginación.
—Creo que a Isobel le sobra, porque se ha puesto colorada.
—¡Yo no he hecho tal cosa!
Madeleine volvió la cabeza como una lechuza.
—¡Dejen de cuchichear! —las reprendió. El duque no podía oír lo que decían, pero sin dudas alcanzaba a escuchar el murmullo como un zumbido constante de moscas.
La familia sabía recibir visitas. Lo hacía extraordinariamente bien.
La vizcondesa madre había pasado años organizando cenas, bailes, meriendas y pequeñas reuniones.
Arabella podía hablar durante horas con cualquiera.
Joyce podía hacer reír a un obispo. Isobel tenía una capacidad innata para conseguir que la gente se sintiera escuchada.
Pero aquello era distinto. Aquello era un duque. Y, peor aún, era un duque que parecía haber llegado con la intención de casarse.
Se sentaron. Hamish ocupó uno de los sillones. Robin apenas tuvo tiempo de acomodarse cuando el duque volvió a ponerse de pie y miró alrededor.
La chimenea estaba encendida. Fue hacia ella.
—¿Tiene frío? —preguntó Madeleine.
—No.
Hamish se quedó frente al fuego. Robin observó a su madre quien lo miró a su vez. Arabella miró a Joyce. Joyce miró a Isobel. Isobel bajó los ojos hacia su taza.
Nadie sabía qué hacer.
—Hace buen tiempo —dijo Arabella finalmente.
Robin cerró los ojos. Algo era algo.
—Sí —respondió Hamish.
Silencio.
—Aunque no durará —añadió.
—No.
Otro silencio.
Arabella tomó una galleta.
—Las lluvias son terribles en esta época.
—Sí.
—Pero la lluvia es buena para los cultivos —siguió. Si algo había que reconocerle a su hermana menor era la determinación. No se rendía ante nada.
—Sí.
Arabella miró a Robin. Él se llevó la taza a los labios para ocultar una sonrisa.
—¿Le gusta la lluvia, Su Gracia? —preguntó Joyce.
Hamish se giró hacia ella.
—Es necesaria e inevitable.
Joyce asintió lentamente.
—Eso… supongo que sí.
—Conseguiste dos palabras —le murmuró Arabella al oído—. Ya lo tienes a tus pies.
Joyce contuvo la carcajada tras la taza de té.
El duque volvió a mirar el fuego, ajeno al intercambio de las hermanas. No parecía particularmente cautivado por Joyce y lo peor, no parecía molesto por eso. Le daba igual.
A quien no le daba igual era a Robin. Ansiaba un matrimonio por amor para sus hermanas y su prima.
Decidió intervenir antes de que su hermana comenzara a preguntarle al hombre si prefería las nubes grandes o pequeñas.
—Su Gracia, ¿ha tenido un buen viaje?
—Sí.
—¿El camino estaba despejado?
—Sí.
—¿Los caballos?
—En buenas condiciones.
—Me alegra.
Robin sintió que se estaba quedando sin temas. Hamish se volvió hacia él.
—¿Ha continuado con sus inversiones?
Ahí estaba.
Robin casi suspiró de alivio.
—Sí. Estoy diversificando.
—¿En qué sectores?
—Principalmente ferrocarriles y manufacturas. Aunque estoy estudiando algunas inversiones en empresas relacionadas con maquinaria agrícola.
Hamish se acercó.
—¿Tiene confianza en ellas?
—En algunas. El problema es que muchas compañías están sobrevaloradas. Hay entusiasmo, pero no necesariamente estabilidad.
Hamish asintió.
—Eso mismo pienso.
Hablaron con fluidez sobre el tema. Era una pena que fuera la única clase de conversación que se le diera bien al duque.
Robin lo conocía. Tras años estudiando juntos, habían discutido sobre política, economía, historia y hasta sobre la conveniencia de que Inglaterra siguiera sosteniendo determinadas estructuras aristocráticas.
Los dos tenían opiniones firmes. Podían hablar de eso durante una hora sin esfuerzo.
Joyce también podía, pero había decidido no inmiscuirse.
Tal vez porque quería mostrarse femenina , en ese concepto absurdo que tenía la sociedad de la femineidad: un adorno bonito.
O quizá porque ya había decretado que el duque no era para ella y no tenía intenciones de impresionarlo con sus capacidades cognitivas.
No era objetivo, era su hermanita. ¡Pero si el duque no veía que era un gran partido más allá de ser la hija de un vizconde, entonces era un necio y no la merecía!
Decidió cambiar de tema, brindarle una última oportunidad.
—¿Y cómo encuentra Londres después de tantos años en Escocia?
Hamish lo miró.
—Ruidosa.
Joyce levantó una ceja.
—¿No le gusta Londres? —le preguntó.
—No especialmente.
—Entonces ¿por qué ha venido? —preguntó Arabella.
Robin volvió a mirar a su hermana. Arabella se dio cuenta.
—Es decir… además de por los negocios —rectificó.
—Una cuestión personal.
Joyce bajó la mirada hacia su taza. Robin sintió que su hermana se ponía rígida.
—Londres tiene una vida social bastante activa —comentó Madeleine—. Quizá encuentre agradable asistir a algunos eventos.
—No me gustan los bailes.
—¿Las cenas?
—Pueden ser tolerables.
—¿La ópera?
—A veces.
—¿El teatro?
—Depende de la obra.
Madeleine dejó la taza sobre el platillo.
—Comprendo.
No comprendía nada. Hamish volvió a mirar a Robin.
—¿Sigue montando? —intentó el vizconde.
—Cuando puedo.
—¿Caza?
—No por deporte.
—Esgrima.
—De vez en cuando.
La conversación entre dos hombres que hablaban de caballos y armas no era precisamente la mejor manera de cortejar a una mujer.
—Su Gracia —intervino Joyce, intentando salvar algo de ese hombre—, ¿le gusta la música?
Hamish se volvió hacia ella.
—No mucho.
—Ah.
—Aunque tolero el piano.
—Yo toco el piano.
—Espero que haya mejorado con los años.
—¿Cómo dice? —Joyce lo miró atónita.
—Tocó en Cambridge durante una visita. No fuimos presentados formalmente en aquella ocasión, pero la recuerdo.
—¡No es la primera vez que te ve! —vocalizó Arabella, quien para ella ese detalle ya había bastado para conformar una historia romántica en su cabeza.
A Joyce, en otra oportunidad, también le hubiera alcanzado. Se aferró al imaginario enamoramiento instantáneo del duque al verla a la edad de…
—Tenía ocho años —dijo, derrotada—. Claro que mejoré desde entonces.
—Me alegro. Mozart también.
Arabella tosió para disimular la risa. Joyce se quedó mirándolo.
—¿Y no recuerda ninguna otra cosa de mí?
Hamish pareció considerar la pregunta con absoluta seriedad.
—No.
Joyce dejó caer los hombros.
—Magnífico.
Isobel ya no pudo contener la risa, conocía a su prima y adivinaba el esfuerzo que hacía para romantizar al duque.
Ansiaba la conversación que tendrían antes de dormir.
¡Si es que dormían! Estaba segura de que Joyce no pararía de parlotear sobre la falta de atributos sociales del duque. Hamish la miró.
—¿Le parece gracioso?
—Un poco.
—¿Por qué?
—Porque creo que Joyce acaba de perder una batalla que ni siquiera sabía que estaba librando —decidió soltar con sinceridad.
Los Grigg no la juzgaron, quizá fuera mejor aceptar la derrota y ya. Si el duque se convencía de que Joyce no era para él, la muchacha no tendría que rechazarlo y problema resuelto.
Hamish no respondió. Pero algo parecido a una sonrisa apareció en la esquina de su boca.
Fue tan breve que Robin dudó de haberla visto.
—¿Qué clase de música le gusta a usted, Lady Isobel?
La joven levantó la cabeza.
—Señorita —lo corrigió.
—¿Qué clase de música le gusta, señorita?
Joyce miró a su prima. ¡Había conseguido una intervención directa del hombre! Gracias al cielo.
—La música alegre —respondió.
—Eso no es una respuesta concreta.
—No sabía que había un examen.
Arabella volvió a ocultar la sonrisa detrás de su taza. Hamish se sentó nuevamente, en esa ocasión pareció hacerlo con menos rigidez.
—¿Qué música considera alegre?
—La que consigue que una habitación parezca menos triste, o la que te cambie el humor cuando te has levantado gruñona.
—Eso tampoco es concreto. ¿Se suele levantar de mal humor? —preguntó.
Isobel se sonrojó.
—Me gusta Chopin —dijo, para no responder a su humor matutino.
—Pero eso es triste —la corrigió él, sin poder evitar su genio.
—Algunas piezas.
—Muchas. La mayoría.
—La música es subjetiva, puede ser triste pero ponerte de buen humor.
—Eso no es muy lógico —insistió Hamish.