Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Arabella era igual. La única que tenía cierto sentido común a la hora de entregar el corazón era su prima Isobel. Aunque no lo dijera en voz alta, Isobel sabía que una mujer pobre no podía darse el gusto de ser soñadora.

Arabella y ella sí, y quizá porque sabían que era un privilegio, se valían de él. Habían sido cortejadas, invitadas a bailes, halagadas… y hasta ahí habían llegado.

—Miren, tal vez no sea el epítome de la gentileza —lo defendió Robin—, pero es inteligente y honorable.

—Eufemismos para «rígido como una vara de acero» —tradujo Arabella.

Robin no pudo contradecirla.

—Es un duque, no creo que pueda ser de otro modo.

—Ohhh —exageró Joyce—, ¿lo han oído? Ahora sí, todo queda claro. ¡Es un pobre duque!

—Ohhh —se sumó Arabella al sarcasmo—. Tienes razón, ¡qué poco empáticas hemos sido! El pobre hombre carga con un ducado…

—¡Y sus tierras!

—¡Y su patrimonio!

—Y el pobre hombre debe tener que interactuar con la reina en persona.

—Ahora sí lo comprendemos. ¿Cómo no va a encajar en el adjetivo «amable» si le ha tocado una vida de desgracias?

Isobel contenía la risa ante el sarcasmo de sus primas.

—¿Han terminado? —preguntó Robin—. Porque le sumaría una más: ¡no tiene hermanas insoportables!

—Nos quieres —dijeron las dos a coro.

—Desgraciadamente, sí. —Robin contuvo la risa—. Me olvidé de enumerar otras desgracias que aquejan al pobre Lord Hamish. Además de duque, es marqués y conde, porque su familia se redujo mucho y heredó todos los títulos.

Hasta Isobel ladeó la cabeza.

—Oigan, que tiene muchas responsabilidades —agregó. Eso era cierto, sabía que el duque apenas daba abasto con todo.

—Muchas responsabilidades tengo yo —dijo la señora Oakley, la ama de llaves de la familia.

La mujer estaba agobiada con la preparación de la casa para recibir al bendito duque.

Robin le sonrió.

—Tú sí tienes permitida la queja. Mis hermanas son unas haraganas.

—¡Oye! —se quejaron, sin hallar palabras para defenderse.

—¿Y dices que ese hombre se quiere casar con nuestra Joyce? —preguntó Madeleine.

—Lo dio a entender.

—Ojalá fueras malo entendiendo entre líneas, primo —se lamentó Isobel.

Si Robin había comprendido eso, eso sería lo que sucedería.

—No entiendo por qué se lamentan tanto. Para empezar, Joyce puede decir que no…

—Y ofender a un duque.

—Lord Hamish es difícil de ofender —mintió.

Lo cierto era que se ofendía con bastante facilidad.

—Y no veo nada malo en que un duque quiera relacionarse con nuestra familia.

Ahí tenía un punto.

Las mujeres Grigg habían crecido en un ambiente laxo, pero necesitaban hacer buenos matrimonios si pretendían mantener la buena vida. Robin era homosexual y, tiempo atrás, había decidido no casarse ni por las apariencias ni por la herencia.

Eso tenía sus consecuencias.

Lo había hablado con su madre y sus hermanas cuando tuvieron la edad suficiente para comprender.

Si a él le sucedía algo, el título iría a parar a un primo.

El hombre era gentil, amable e intentaría cuidar de ellas.

El problema era que tenía ocho hijos, y hasta el más abultado presupuesto se vería menguado ante tamaña familia.

Desde entonces, Robin había hecho un par de inversiones por fuera del vizcondado. De allí que asistiera a la reunión del conde de Droxford. Intentaba dejarles a ellas algo de patrimonio independiente.

Sin embargo, los Grigg eran conscientes de que la mayor seguridad para una mujer provenía de un buen matrimonio.

Un duque, y más el duque de Strathcairn, era un matrimonio más que conveniente. Uno al que pocas podían siquiera aspirar.

Joyce lo sabía. Bromeaba, claro, intentaba ponerle humor. Entendía que, quizá, su hora había llegado. Esperaba que, así como se había enamorado con tanta facilidad en el pasado, le sucediera esa vez y ya. Luego se forzaría a mantener la llama a como diera lugar.

Quizá amar era cuestión de determinación.

—Como sea, nos conocerá queramos o no —decretó Joyce, en un intento de pragmatismo.

Al notar el cambio de humor en su hermana, Robin se dio cuenta de que de verdad lo consideraría.

Claro que lo haría.

Joyce podía ser un alma libre, pero algo siempre tiraba más que sus alas y sus ganas de volar: la familia.

La soltería podía impedir a sus hermanas hacer un buen matrimonio. Un potencial cuñado podría pensar que, al casarse, la cuñada solterona venía junto con la dote.

Por otro lado, una unión con un duque haría que Arabella entrara por la puerta grande al mercado matrimonial. Y no solo ella, Isobel también. No es lo mismo ser la prima pobre de un vizconde que la prima no tan pobre de un duque, marqués y conde.

Al entender la disyuntiva lógica en la que estaba Joyce, sus ojos se opacaron un poco.

—¿Qué? —preguntó su hermana al verlo.

—Olvidé mencionar que es escocés.

—¡Ahora sí! —clamaron Joyce, Arabella e Isobel a coro—. ¡Pobre hombre!

La broma le hizo reír con ellas.

—Oigan, que Isobel es mitad escocesa.

—Es la mitad desgraciada —se mofó.

—Nosotras te queremos pese a eso, pobrecilla —dijo Arabella, siguiendo la broma.

Claro que no les molestaba que fuera escocesa; toda la familia tenía una rama en las Tierras Altas.

—Lo sé, lo sé. Hacen el esfuerzo por tolerarme.

—Si han dejado de reírse, muevan el trasero, que el duque llegará a la hora del té. Hagan lo que saben hacer: fingir que es todo espontáneo cuando ha sido de lo más concertado.

—¿Concertado? Nosotras nos vemos así de bien por pura obra de la naturaleza —se defendió Arabella, lanzando hacia atrás un rizo azabache formado con tenacillas calientes.

Robin sonrió.

No dio más órdenes. Su madre, sus hermanas y su prima eran las mejores anfitrionas de Londres. Conseguían que cualquiera se sintiera bien.

El duque quedaría satisfecho con Joyce. En cuanto la viera, no tendría objeciones. Solo al conocerla hondamente podía verse la rebeldía que subyacía en ella, su espíritu libre y sus opiniones firmes sobre la vida. Algo que, en los cortejos nobles, era imposible adivinar antes del altar.

Tras el altar, el destino de su hermana era Escocia.

Lejos de él.

Lejos de la familia.

El pánico se adueñó de él.

¿En qué demonios había metido a Joyce?

El carruaje se detuvo frente a la casa de los Grigg a la hora exacta del té. La señora Oakley recién terminaba de servir los scones en una bandeja en la cocina y asomó su nariz para ver al recién llegado.

¡Vaya!, había esperado a un hombre mayor tras la descripción de Grigg.

El duque parecía demasiado joven para tantos títulos.

Pese a que coincidía con sus muchachas en que sería una tontería definirlo como pobre hombre , teniendo en cuenta el dinero y el poder que ostentaba, sí la embargó cierta empatía al pensar que solo podía haberlo heredado tras una seguidilla de muertes tempranas.

—Por supuesto —murmuró Robin desde la ventana del salón, compartiendo a la distancia los pensamientos de su ama de llaves.

—¿Qué? —preguntó Joyce.

—Nada.

La verdad era que esperaba que el duque, por una vez, hiciera algo imprevisible. Llegar tarde, por ejemplo. O perderse. O que al cochero se le rompiera una rueda. Algo que pudiera quitarle de la cabeza la incómoda idea de que no había par más dispar que Joyce y Hamish.

Joyce se asomó por detrás de la cortina. Al menos es alto, pensó, y deseó que su amiga Tracie estuviera con ella.

—Es él —anunció.

—Gracias por la información —dijo Arabella.

—No sabía que fuera tan…

Se detuvo.

—¿Tan qué? —preguntó Isobel.

—Grande.

Hamish era un hombre alto. No solo alto, sino de esos que hacían que los demás parecieran un poco más pequeños cuando entraban en una habitación.

Vestía de manera impecable, como correspondía a un duque, pero no había nada ostentoso en él.

Abrigo oscuro, chaleco perfectamente ajustado, camisa blanca, corbata anudada con precisión.

Su cabello castaño oscuro mostraba algunas hebras plateadas en las sienes.

—Tiene canas —susurró Joyce.

—¿Y qué? —respondió Robin.

—No me dijiste.

—No son tantas. Y eventualmente te saldrán a ti también.

—Al menos esperaré a estar casada para entonces.

—Yo no estaría tan seguro —dijo su hermano—, no te veo muy entregada a la labor.

—¿Cómo no?, mírame, me puse mi mejor vestido de tarde para tentar a un duque-marqués-conde-escocés. ¿No te gusta? —Dio una vuelta sobre sí misma.

Lo cierto era que estaba nerviosa. Hasta entonces, ella había cazado a sus candidatos. Tal vez les hacía creer que ella era la presa inocente, pero era parte del juego. De hecho, eso era lo divertido. No era para nada divertido ser la presa real, y así se sentía frente al duque.

El hombre había decidido cortejarla antes incluso de conocerla. Le sentaba fatal. ¡Era tan anticuado!

Arabella contuvo la risa nerviosa. Estaba tan tensa como Joyce.

—Sí, te sienta muy bien, hermana.

Era la verdad. El azul era su color. Joyce era rubia, con ojos color miel, casi no parecía pariente de Arabella que era morena de ojos azules. Quien se le asemejaba más era su prima Isobel, con su cabello castaño claro y sus ojos color caramelo.

El caballero hizo sonar el llamador. Las tres mujeres se enderezaron al mismo tiempo.

Lady Madeleine dejó el bordado sobre la mesa, una simple treta para no parecer holgazana. Lo cierto era que apenas había dado una puntada.

—Dios mío.

—Madre, llevas media hora diciendo eso —comentó Arabella.

—Porque hace media hora que estoy intentando recordar cómo se conversa con un duque.

—Como con cualquier otro hombre —dijo Robin—. De hecho, él lo prefiere así.

—No. Eso dicen, pero ese hombre debe hablar con la reina.

—Tú has hablado con la reina, madre.

—¡Por favor!, inclinarse ante su majestad y balbucear sandeces no es «hablar» con la reina.

Robin iba a responder cuando la señora Oakley abrió la puerta y anunció la llegada de Su Gracia con una solemnidad que hizo que Robin tuviera que contener una sonrisa.

—Su Gracia, el duque de Strathcairn.

Hamish entró. La primera impresión que tuvo Robin fue que parecía exactamente como había esperado que lo hiciera. La segunda fue que, en su casa, resultaba todavía más intimidante. Joyce iba a detestarlo.

—Lady Madeleine.