Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 6
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Capítulo 6

—T al parece que solo nos vemos las caras en estas situaciones. —Lord Robin Grigg estrechó un par de manos nobles a medida que avanzaba en la gran sala del conde de Droxford.

—Eso es porque usted ha decidido esconderse de los eventos sociales —dijo el anfitrión.

Un par más de lores conformaban grupos variados, una especie de baile cuyo ritmo marcaba el devenir de los bolsillos británicos.

A diferencia de los eventos sociales, allí se hacía notoria la falta de mujeres.

Se echaban de menos sus risas, los colores de sus atuendos y la educación que hacía menos vulgar la conversación.

Robin no paraba de oír las palabras «dinero», «poder», «política». Eran unos bárbaros.

—No hice tal cosa —se defendió el vizconde—, solo me he tomado unas breves vacaciones entre la decisión de mi hermana Joyce de convertirse en una solterona y la dilación de mi hermana Arabella a entrar en el mundo matrimonial.

—Por favor, si Lady Joyce es una niña…

—Droxford… dices eso porque, si ella tiene ya veintiséis años, ¿cuántos tenemos nosotros?

El conde rio.

—Me niego a superar los treinta años.

—¿Por qué? La madurez es un atributo, no un defecto —agregó una tercera voz con marcado acento escocés.

Un segundo de silencio se adueñó de la sala.

—Su Gracia… —saludaron Robin y Droxford.

Lord Hamish Alexander Drummond aceptó la muestra de respeto con solemnidad y cierto malestar. Los protocolos le parecían una pérdida de tiempo y, por desgracia, su título lo condenaba a soportarlos.

—La madurez en los hombres, pero en las mujeres… —comentó Lord Anfield, quien no tardó en sumarse sin invitación al grupo de Lord Robin y Droxford ahora que estaba el duque de Strathcairn.

Robin intentó contener la reacción visceral que le provocó tal declaración. Al fin de cuentas, hablaban de su hermana. Él podría bromear con que iba camino a ser solterona, la misma Joyce lo hacía… pero ¿Anfield? ¡Qué osadía!

Antes de que pudiera blandir una defensa, el duque arqueó las cejas.

Solo eso bastó. Sus tupidas cejas, medio centímetro hacia arriba. El silencio volvió a adueñarse de la sala.

Lord Anfield comenzó a sudar. Droxford también, en su caso porque temía que la tensión echara a perder la reunión. Robin salió al rescate.

—La madurez nos sienta bien a todos, lo que no lo hace es la vejez. Y no por las canas, que Dios sabe que cuando me salgan seré la sensación, sino por el dolor de rodillas. El otro día bajé de mi montura en un salto y sabe Dios que cojeé una semana.

Las risas aliviadas agradecieron la broma.

—Ni me digas —dijo el conde—, ya no puedo practicar esgrima como antes sin terminar con la muñeca dolorida.

—Eso es de firmar cheques para tus amantes —agregó Lord Anfield, intentando sumarse a la broma.

Huelga decir que cayó mal y que el duque volvió a arquear las cejas.

Robin, en cambio, rodó los ojos.

—Su Gracia —agregó, lo mejor era fingir que Anfield no hablaba—, ¿qué lo trae por Londres? No nos sentimos tan importantes como para creer que ha venido a nuestra reunión anual de lores en vías de extinción.

—De hecho… Estoy en vías de extinción y eso me trajo a Londres.

Sin explicar más, avanzó por la sala, saludando a los conocidos y aceptando las presentaciones de los nuevos, hasta terminar junto al hogar apenas encendido.

Un criado no tardó en ofrecerle una bebida y él no dudó en optar por un buen whisky, el cual, vale aclarar, él había obsequiado al anfitrión.

Si uno quería beber algo de buena calidad, lo mejor era asegurarse de proveerlo uno mismo.

Los hombres intentaron volver a la dinámica de conversaciones, pero Lord Hamish tenía la capacidad innata de incomodar con su sola presencia. Droxford se rindió a que la reunión fuera relajada e invitó a los hombres a pasar al comedor.

El tema que los convocaba era la pérdida del valor de la tierra y cómo muchos de ellos empezaban a convertirse en lores solo de nombre.

Algunos diversificaban y eran también burgueses, mientras que los más conservadores querían que se les otorgaran beneficios, pues Inglaterra sin lores no era Inglaterra.

—Tampoco seríamos la Gran Bretaña sin niebla, y no veo por qué debamos ayudar a la niebla a expandirse —dijo el duque.

Robin intentó contener la sonrisa. Hamish no le caía mal, lo conocía de sus tiempos de Cambridge.

Era honorable, serio, responsable… Le faltaba chispa y no sabía divertirse, algo que el vizconde no juzgaba.

Tras ser criado solo con institutrices y profesores particulares, la posibilidad de conocer las dinámicas sociales era baja.

Lo había intentado en Cambridge, sin mucho éxito.

Su mayor logro fue aprender a no delatar a sus compañeros, así estos pusieran en riesgo su vida por alguna estupidez, como retarse a meterse en el lago en invierno o montar una carrera de caballos sin silla.

Hasta ahí llegaba su laxitud.

Ah, y algo fundamental para Lord Robin: Hamish no se metía en la vida ajena. Si un rumor llegaba a sus oídos, allí moría. Era un muro infranqueable de banalidades.

La conversación continuó, por momentos se caldeó y hubo acusaciones cruzadas.

«Que tú has invertido con los burgueses, eres un traidor», «que tú no tienes visión, has perdido todo tu dinero en malas administraciones», que si hay que ser austeros, que si la vida relajada es una marca de la nobleza, que si así terminaron los franceses…

Cuando la discusión llegó a su punto álgido y más inútil, es decir, cuando empezaron a discutir si Jacobo II había sido el legítimo heredero al trono, el duque Lord Hamish se puso de pie.

—Me retiro —anunció sin más preámbulos, y la mesa quedó petrificada.

—Su Gracia… —intentó Droxford.

Hamish alzó la mano, restándole importancia a su partida.

—No vine por negocios. De hecho, sobre lo hablado: sí, por supuesto, el rey Jacobo II era el heredero.

Mi familia ha derramado mucha sangre defendiendo esa verdad, pero hoy es en vano.

Respecto a las tierras, si les gusta ser lores, deben mantenerlas.

Un lord sin tierra es lo mismo que un pozo sin agua.

¿Quieren el respeto que les otorga el título?

Mantengan el patrimonio. Antes eso se conseguía en el campo de batalla, ahora se consigue en la industria.

Créanme, milores, mejor invertir en la bolsa de comercio que ir a las cruzadas.

Por lo demás, pueden seguir discutiendo lo que quieran mientras comen estas deliciosas codornices y beben un buen vino.

En lo que a mí respecta, no vine a perder el tiempo.

Hizo una leve inclinación de cabeza y los comensales debieron ponerse de pie. Hamish se contuvo de bufar.

Robin permaneció en su sitio, sabedor de cuánto le molestaba al duque toda esa alharaca. Hamish clavó en él sus ojos y, cuando ya estaba en la puerta del salón comedor, dispuesto a marcharse, se detuvo:

—¿Ha dicho, Lord Robin Grigg, que tiene una hermana?

Los presentes clavaron en Robin sus ojos.

—Dos. Y una prima.

—¿Viven con usted?

—Sí.

—En tal caso, le haré una visita. Tal vez me ahorre así asistir a un baile.

No dejaba espacio para que se le negara la invitación.

Las enigmáticas palabras «Estoy en vías de extinción y eso me trajo a Londres» cobraron sentido. Había venido en busca de esposa y esperaba hallarla con la misma eficacia con la que conseguía todo.

Los demás lores fijaron sus miradas ardientes de envidia en Robin. ¿Se volvería el cuñado del duque? ¡Vaya suerte!

—Seguro será Lady Arabella, Lady Joyce es ya muy vieja —susurró Anfield.

Fue oído.

Con su comentario descortés acababa, sin saberlo, de dirigir la atención del duque hacia la hermana mayor del vizconde.

Cuando el hombre se marchó, Robin no pudo volver a poner atención a la charla. ¿Joyce sería duquesa? Empezó a sudar frío.

—De nuevo, Robin, ¿cómo es que un duque ha decidido visitarnos? —Lady Madeleine estaba al borde de un ataque de nervios.

—Asistió conmigo a Cambridge, no es un completo extraño…

—¿Y dices que quiere casarse conmigo? —agregó Joyce, pálida.

—Esperemos a que te conozca primero.

—Ja, ja.

—No es gracioso, Joyce —dijo Madeleine.

—Cómo no, si hasta hay que decirle «Su Gracia» —bromeó.

—Ja, ja —repitió esta vez Arabella.

—No comprendo cómo hemos terminado en esta situación —agregó su madre.

—Pues, a decir verdad, yo tampoco. A veces Lord Hamish se molesta por alguna nimiedad y las consecuencias son inconmensurables. En este caso, se molestó con Lord Anfield.

—Mal vamos, porque Lord Anfield molesta a todo el mundo —coincidió Joyce.

Las mujeres de la casa intentaban llevar a cabo sus tareas diarias.

Isobel escribía a sus parientes, Arabella intentaba mejorar en sus dotes de costura, Joyce revisaba la agenda de tareas diarias y Madeleine estudiaba el folletín de nuevos diseños para la temporada.

En breve tendrían que presentar a Arabella, pese a que la hija mayor no estaba casada.

Pasados los veinticinco años de edad, ya podían considerar que era una solterona y nadie la juzgaría por pasar a la siguiente hija.

—¿Cómo es el duque?, ¿es amable? —preguntó lady Madeleine.

—Define «amable».

—Si hay que definirlo, es que no lo es —agregó Joyce, al tiempo que escribía cuántas alubias debían comprar en el mercado.

Había reemplazado a su madre en esas tareas, en parte porque la vida de una señorita de buena cuna soltera podía ser muy aburrida y en parte porque la embargaba cierta culpa por no haberse casado ya.

No sabía bien por qué no lo había hecho. Pretendientes le sobraban. Era guapa, era hija de un vizconde y tenía dote. Lo que le faltaba era paciencia para los cortejos.

Enamorarse, se enamoraba. De hecho, las veces que había caído rendida ante un caballero ascendían, si no llevaba mal la cuenta, a doce.

Pero, así como entregaba su corazón, lo recuperaba.

Sus enamoramientos no duraban más que semanas, y los motivos de su afecto eran tan impredecibles como los motivos de su pérdida de atención.

Nadie la había cautivado lo suficiente como para tentarla a pasar la vida a su lado.