Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 5 #4
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Capítulo 5 #4

Aquellas cuatro palabras bastaron para ponerle un límite definitivo a la despedida.

Brett acomodó su chaqueta, algo desordenada después de tantos abrazos, pero apenas alcanzó a hacerlo antes de que Melissa volviera a rodearlo con los brazos. Esta vez lo estrechó con fuerza, sin recomendaciones, nombres ni listas que pudieran disimular lo que realmente significaba verlo partir.

—Escríbeme en cuanto llegues —le susurró antes de besarle la mejilla—. ¿Sí?

—Sí, tía. Por supuesto. No tienes ni que pedirlo. En cuanto llegue, te escribiré.

Melissa tardó un instante más en soltarlo.

—Y si algo no sale como esperas...

Brett se separó lo suficiente para mirarla.

—Lo resolveré.

La seguridad de su respuesta consiguió que Melissa guardara silencio. Solo asintió.

Brett retrocedió un par de pasos y recogió del suelo el pequeño maletín que todavía debía llevar consigo. Ya no quedaba mucho más por decir.

O quizá sí.

Su mirada buscó la de Joyce.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló.

No podían despedirse del mismo modo en que acababa de hacerlo con Melissa.

No podían abrazarse, por mucho que en aquel instante semejante gesto hubiera resultado bastante más natural de lo que cualquiera de los dos habría estado dispuesto a reconocer.

De modo que se limitaron a mirarse con esa familiaridad cómplice que, entre ellos, muchas veces conseguía decir bastante más que las palabras.

Finalmente, Brett le sonrió.

—Procura no meterte en problemas mientras estoy fuera, ¿sí? No estaré aquí para salvarte.

Joyce se acercó un paso.

—No te preocupes. —Le dio una suave palmada en la mejilla—. Esperaré a que regreses para meterme en problemas.

—Muy considerada de tu parte.

Roderick apareció detrás de Brett y le pasó un brazo por los hombros para obligarlo a emprender la marcha.

—Vamos, Kinloss. De nada sirve prolongar las despedidas. —Alzó una mano hacia las dos mujeres con una solemnidad exagerada—. Señora Plageman, milady, ha sido un placer. Hasta nuestro regreso.

Melissa rio.

—Buen viaje, señor Drummond.

Finalmente, ambos comenzaron a alejarse.

Joyce se colocó entonces junto a Melissa y enlazó el brazo con el suyo. Melissa cubrió su mano con la propia, y las dos permanecieron allí, juntas, observando a los muchachos abrirse paso entre pasajeros, marineros y equipajes.

Brett avanzó unos cuantos pasos. Luego se detuvo. Volvió el rostro hacia las mujeres.

Había ya varios metros entre ellos. El ruido del puerto parecía haberse multiplicado y una nueva llamada procedente del barco se elevó por encima de las voces.

—¡Joyce!

Ella estiró el cuello y alzó un poco más la cabeza para localizarlo entre las personas que comenzaban a cruzarse entre ambos.

Por momentos, una espalda, un sombrero o algún equipaje le impedían verlo, hasta que volvió a encontrarlo unos metros más allá, detenido en medio del incesante movimiento del puerto.

Roderick tiró de Brett por el hombro, instándolo a continuar.

—Vamos, Kinloss.

—Un momento —le pidió Brett.

También él tuvo que alzar la cabeza para no perderla de vista entre la gente. Cuando volvió a encontrar sus ojos, mantuvo la mirada fija en ella y elevó la voz lo suficiente para imponerse al bullicio que los separaba.

—¡Procura no casarte con nadie hasta que yo regrese!

—¿Qué?

Joyce frunció el ceño y estiró todavía más el cuello, intentando encontrarlo entre las personas que continuaban cruzándose delante de ella. Había alcanzado a distinguir su voz por encima del bullicio, pero no las palabras.

—¡Brett! ¿Qué has dicho?

Ya era tarde.

Roderick apoyó una mano entre los omóplatos de su amigo y lo empujó hacia la pasarela.

—Es tiempo de partir, Kinloss.

Brett alcanzó a volver el rostro una última vez, pero una nueva oleada de pasajeros se interpuso entre ellos y terminó arrastrándolo hacia el barco.

—¿Qué ha dicho? —insistió Joyce.

Melissa permaneció en silencio.

Ella sí lo había oído.

Había escuchado cada palabra y, quizá porque conocía demasiado bien al muchacho que acababa de pronunciarlas, también comprendió que esa petición encerraba bastante más de lo que su tono despreocupado pretendía sugerir.

Volvió los ojos hacia Joyce.

La muchacha continuaba buscando a Brett entre la multitud, ajena todavía a aquello que Melissa comenzaba a sospechar.

No. Quizá no le correspondía a ella explicárselo.

—Nada, querida —respondió finalmente, enlazando con mayor firmeza el brazo de Joyce con el suyo—. Solo fue su última despedida.

Joyce la miró con cierta desconfianza.

—No me ha parecido que dijera eso.

Melissa sonrió.

—Entonces tendrás que preguntárselo cuando regrese.

Juntas permanecieron en el puerto. Vieron desaparecer a los últimos pasajeros por la pasarela, contemplaron los preparativos finales y aguardaron mientras el barco se separaba del muelle.

Solo cuando la distancia comenzó a empequeñecer las figuras sobre cubierta y ya no fue posible distinguir a Brett entre ellas, Melissa y Joyce emprendieron el regreso.

Para entonces, entre ella y él ya comenzaba a extenderse algo mucho más grande que el océano.