Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

El honorable señor Roderick Neil Drummond, uno de sus compañeros en Eton y amigo cercano desde hacía años, se encontraba también a punto de iniciar una nueva etapa de su vida.

Primo de su gracia, lord Hamish Alexander Drummond, duque de Strathcairn, Roderick pertenecía a una familia cuyos intereses comerciales incluían la importación de porcelana fina procedente de China, una actividad en la que él mismo deseaba comenzar a involucrarse de manera más activa.

De modo que cuando Brett le habló de su inminente viaje a América y del problema que debía resolver en la fábrica de las Plageman, Roderick no tardó demasiado en descubrir una oportunidad donde otros quizá solo habrían visto un inconveniente.

La industria estadounidense podía ofrecerle una perspectiva diferente del negocio que su familia ya conocía.

Acompañar a Brett le permitiría observar de cerca sus métodos de producción, distribución y comercialización y, al mismo tiempo, prestar ayuda en un conflicto que prometía enseñarles a ambos bastante más sobre el mundo de los negocios de lo que cualquier conversación teórica habría conseguido.

Una idea había conducido a la siguiente. Y luego a otra... y a otra.

Para cuando Melissa fue informada de los planes que ambos muchachos habían comenzado a trazar, ya no se hablaba solo de solucionar el problema ocasionado por Monroe Poe.

Brett y Roderick habían empezado a considerar posibilidades futuras: combinar la producción americana de las Plageman con los contactos y las rutas comerciales que los Drummond ya utilizaban para la porcelana china, ampliar mercados y, si la experiencia demostraba que la asociación resultaba conveniente, explorar juntos oportunidades que ninguno de los dos habría podido aprovechar del mismo modo por separado.

Melissa tuvo la impresión de que la providencia, después de ocasionarle una jaqueca considerable, había decidido al menos ofrecerle alguna compensación.

Los preparativos se sucedieron con rapidez.

La familia se reunió antes de la partida.

Hubo recomendaciones, buenos deseos, abrazos y una cantidad de consejos que Brett sospechó que no conseguiría recordar ni aunque el viaje hasta América durara el doble de lo previsto.

Por esa razón, cuando llegó finalmente el día de embarcar, su tía fue la única integrante de la familia que lo acompañó hasta el puerto.

O, al menos, Brett creyó que sería la única.

El puerto parecía empeñado en demostrar que ninguna despedida merecía desarrollarse en silencio.

Había voces por todas partes. Órdenes lanzadas desde las cubiertas, marineros que iban y venían entre el muelle y los barcos, baúles transportados sobre carros, pasajeros intentando no perder de vista su equipaje y familiares que procuraban prolongar despedidas.

Roderick Drummond parecía encontrarse muy a gusto en medio del caos.

Melissa lo observó comprobar por segunda vez el destino de uno de los baúles, intercambiar unas palabras con un marinero, corregir la indicación que otro hombre acababa de recibir y regresar para asegurarse de que una caja particularmente delicada no terminara debajo de algo que pesara tres veces más.

—Me agrada saber que viajarás acompañado —comentó ella.

Brett siguió la dirección de su mirada.

—Habría podido hacerlo solo, tía.

—Lo sé. Confío en ti, Brett. Eso no significa que no pueda alegrarme de que tengas compañía durante la travesía. Sobre todo una compañía que parece dispuesta a supervisar cada detalle una docena de veces.

Ambos observaron cómo Roderick señalaba algo que no parecía satisfacerlo. Dio nuevas indicaciones.

—Creo que acaba de descubrir que uno de mis baúles está tres pulgadas más a la izquierda de donde debería.

—Por eso me agrada. —Melissa se volvió hacia su sobrino y, antes de que Brett pudiera anticipar sus intenciones, le tomó el rostro entre ambas manos, obligándolo a mirarla a ella y nada más que a ella—. Ahora, recuerda: Nathaniel Harris.

—Sí, tía. Lo recuerdo.

Melissa le apretó las mejillas entre las palmas.

—¿Quién es?

Brett consiguió responder pese a la presión.

—El administrador de la fábrica.

—Bien. El señor Arthur Williams...

—Se ocupa de la contabilidad.

Melissa volvió a estrujarle un poco las mejillas.

—Y esto también es importante: cuando llegues a la casa estarán el señor y la señora McEvans. Ella se ocupa de todo lo relacionado con el orden doméstico y él...

—Ya lo sé, tía.

Brett alzó las manos y, con una sonrisa, tomó las muñecas de Melissa para apartarlas de su rostro.

—Me lo has explicado tres veces.

—Creo que fueron dos... dos y media, como mucho.

Brett rio y conservó por un instante las manos de su tía entre las suyas antes de soltarlas.

—De cualquier manera, también lo tengo anotado. No olvides que, además de explicármelo tres veces, me entregaste por escrito toda la información necesaria.

Melissa hizo una pequeña mueca, como si aquello no constituyera garantía suficiente.

—Solo quiero asegurarme de que recuerdes a quién recurrir cuando llegues.

—Lo recordaré.

Brett la envolvió en un abrazo y le dio un par de suaves palmadas en la espalda, convirtiendo aquel gesto en una despedida que Melissa correspondió de inmediato.

—No te preocupes —repitió cerca de su oído—. Lo recordaré.

—Y lo hará, señora Plageman. De eso puede estar segura.

La inesperada voz femenina consiguió que ambos se volvieran.

Brett sonrió incluso antes de verla. Habría reconocido su voz entre muchas otras.

Joyce avanzaba hacia ellos con un pequeño paquete entre las manos y una expresión que dejaba bastante claro que su presencia allí no tenía nada de accidental.

—Doy fe de ello —continuó—. Si hay algo que tiene lord Kinloss es una memoria extraordinaria.

La mirada de Brett se encontró con la suya y su sonrisa se ensanchó.

No la esperaba. Joyce ya se había despedido de él durante la reunión familiar celebrada días atrás y no había razón alguna para suponer que volvería a hacerlo. Sin embargo, allí estaba.

Quizá la buena providencia, ya que parecía tan empeñada en intervenir en sus asuntos, había decidido concederle una última sorpresa antes de hacerlo cruzar el océano.

—Lady Joyce.

Ella hizo una pequeña inclinación.

—Lord Kinloss.

Melissa intentó ocultar la sonrisa que amenazaba con aparecer en sus labios.

—¡Qué sorpresa, querida! ¿Qué te trae hasta un puerto a estas horas? No estarás pensando en embarcarte también sin habérselo comunicado a nadie, ¿verdad?

—No le des ideas, tía —intervino Brett—. Con Joyce en un puerto, no descartaría alguna locura.

—No he venido a ocasionar ningún problema.

Brett arqueó una ceja.

—Todavía.

Joyce decidió ignorarlo.

—He venido a despedirte y a traerte esto.

Le extendió el paquete. Brett lo recibió con curiosidad.

—¿Qué es?

—Ábrelo y averígualo.

Apartó cuidadosamente el papel y lo primero que encontró fue un par de gruesos calcetines tejidos.

Los sostuvo frente a sí.

—¿Calcetines?

—Las noches pueden ser muy frías en medio del océano. O al menos eso me han dicho.

Brett examinó el tejido.

—¿Tienen mis iniciales?

—Por supuesto. Para que no los pierdas.

Él alzó la mirada hacia ella.

—¿Cómo podría perder mis propios calcetines?

—Todo puede pasar —respondió Joyce y carraspeó con notoriedad.

Hubo un brevísimo silencio. Brett desvió la mirada. Joyce también.

Melissa, en cambio, pasó los ojos de uno al otro, esperando una explicación que ninguno de los dos parecía dispuesto a ofrecerle. No tenía la menor idea de qué escondía aquel intercambio, pero sí comprendió que debía de existir alguna historia silenciada entre ambos.

Brett consideró conveniente continuar inspeccionando el paquete. Debajo encontró una caja más pequeña.

—¿Y esto?

—Tartaletas de mora. Sé que te gustan. Considéralo una precaución. No vaya a ser que te ataque el hambre a mitad de la noche y descubras que en tu magnífico camarote no tienes nada con qué satisfacerla.

Una nueva llamada procedente del barco resonó sobre el bullicio del puerto y, casi al mismo tiempo, Roderick apareció junto a ellos.

—Tenemos que subir.