Capítulo 5 #2
—Nada que, considerado de manera aislada, pudiera señalarlo de manera directa.
Primero fueron los diseños —explicó Melissa—.
Algunas piezas de Poe comenzaron a parecerse demasiado a modelos nuestros que todavía ni siquiera habían llegado al mercado.
Pensamos que alguien de la fábrica podía estar proporcionando información.
—Espionaje industrial.
—Podría llamarse así.
—Yo lo llamaría así, tía.
Melissa tomó su taza y sorbió un poco más de té.
Sin duda, la elección de Brett había sido acertada.
La manzanilla parecía tener la virtud de apaciguar sus ánimos, permitiéndole ordenar las palabras antes de pronunciarlas y evitando, sobre todo, que el enojo que llevaba acumulando durante días continuara creciendo a medida que relataba lo sucedido.
—Después comenzaron los problemas con algunos clientes. Personas con las que llevábamos años trabajando empezaron a recibir ofertas mucho más convenientes por parte de Poe. Otras comenzaron a plantear dudas sobre nuestra capacidad para cumplir con determinados encargos.
Brett dejó de leer.
—¿Por qué iban a dudar de eso?
—Rumores. Retrasos. Supuestas dificultades de producción. Nada demasiado concreto y, sin embargo, demasiado persistente.
—¿Y los cargamentos? —preguntó Brett, volviendo su atención hacia una de las cartas, la que hacía referencia a aquellos inconvenientes.
—Tres incidentes en los últimos meses. En el primero perdimos una parte considerable de una entrega. Pensamos que había sido un accidente durante el transporte. En el segundo, varias piezas resultaron dañadas antes incluso de abandonar nuestras instalaciones. Y ahora ha ocurrido una tercera vez.
—¿Accidentes? —La observó con escepticismo—. ¿En serio, tía?
—Eso creímos en su momento —admitió Melissa—. Ahora ya no.
—Por supuesto que no.
La firmeza con que lo dijo no dejaba demasiado margen para otra interpretación. Brett bajó la vista y pasó de una carta a otra, repasando algunas líneas, esta vez con una atención diferente.
—Diseños que salen de la fábrica, clientes que reciben información perjudicial para ustedes y producción dañada en momentos demasiado convenientes... —Alzó las hojas—. Si Monroe Poe está detrás de todo esto, necesita a alguien dentro de la fábrica, tía. Lo sabes, ¿verdad?
—Yo no llegué a esa conclusión por mi cuenta, pero Harris sí. Piensa lo mismo que tú. —Melissa suspiró, esta vez con cierto deje de resignación—. En resumen, esto es lo que me ha provocado una jaqueca.
—¿Una jaqueca? —Brett dejó las cartas sobre el escritorio—.
Me parece que eso es apenas el principio, tía.
Porque el infiltrado es solo una parte del problema.
Están perdiendo clientes, mercancía, diseños...
y si Poe consigue seguir debilitando la fábrica desde dentro, las pérdidas no harán más que aumentar.
—Lo sé. Pero podemos absorberlas. La fábrica está en condiciones de soportar algunos tropiezos sin que eso comprometa sus finanzas.
—Por el momento...
Melissa asintió al llevarse la taza a los labios.
—Entonces... ¿Qué piensas hacer, tía?
—Cruzar el océano, presentarme en la fábrica y ocuparme personalmente de todo esto. —Hizo un gesto hacia las cartas—. Fui demasiado optimista al creer que podría continuar manejándolo todo desde aquí.
—No fuiste optimista. Hasta ahora te funcionó... Siempre surgen inconvenientes en los negocios, tía. No puedes responsabilizarte también por cada cosa que alguien decida hacer a tus espaldas.
—No me responsabilizo por lo que haga Poe. En todo caso, tendré que ocuparme de solucionarlo. Y ahí radica el mayor problema: tengo asuntos más importantes que atender aquí, Brett.
—Si te preocupa Kinloss... —intervino él, dispuesto a tranquilizarla.
—No me preocupa Kinloss —lo interrumpió Melissa—.
Mucho menos ahora que estás aquí. Sé que puedes ocuparte del vizcondado y de bastantes cosas más.
Es otra cosa lo que me retiene. —Guardó silencio un instante—.
Este se ha convertido en mi hogar. Hubo un tiempo en que pensé que América lo era, pero ahora comprendo que nunca se trató de un lugar, sino de las personas.
Extendió una mano hacia él. Brett la tomó y estrechó suavemente sus dedos.
—Sí, soy propietaria de una fábrica, administro propiedades y llevo cuentas.
Pero también soy madre. Soy tía. Mi familia está aquí.
Lo que me importa está aquí. —La angustia asomó a su expresión—.
Tracie está entrando en la última etapa de su embarazo y es su primer hijo.
Noreen y Francie tienen sus propias familias, sus propias obligaciones.
Sé que Tracie va a necesitarme. Y me enfurece que todo esto haya ocurrido ahora, obligándome a elegir.
Melissa golpeó el escritorio con la palma. Las tazas vibraron sobre sus platos y Brett se apresuró a apartarlas.
—Está bien, tía. Tienes motivos para estar enfurecida. Pero al menos espera a que aparte las tazas.
—¡Por supuesto que los tengo! —Su palma volvió a impactar sobre el escritorio—.
Me enfurece pensar que tendré que recorrer miles de millas y cruzar un océano solo porque...
¡Porque ese maldito Poe ha decidido que la competencia leal no resulta lo bastante entretenida para él!
—La última frase salió con bastante más ímpetu que todas las anteriores.
—Creo que la manzanilla acaba de perder su efecto en ti —comentó Brett con intención de bromear, procurando poner un paño frío sobre la creciente furia de su tía.
—No hagas bromas, ¿sí? En otras circunstancias las aceptaría, pero en esta...
—No estoy bromeando. —Brett abandonó cualquier matiz de humor y la miró con seriedad—. Tía, tampoco creo que tengas que elegir.
—Hay que elegir, Brett. Alguien tiene que ir.
—Y alguien irá.
La convicción con que lo dijo hizo que Melissa permaneciera inmóvil durante unos segundos. Lo observó, intentando comprender qué pretendía con aquella respuesta, hasta que las piezas terminaron encajando.
—Muchachón... Sé lo que pretendes.
—Perfecto. Entonces me ahorrarás la explicación.
Melissa enderezó la espalda. Casi por instinto, recuperó aquel papel de tía que durante tantos años la había llevado a recordarle cuáles debían ser sus prioridades.
—Te estás olvidando de tus estudios.
—No me olvido de ellos. Eton ha terminado.
—Pero Oxford te espera. Habíamos hablado de que continuarías allí.
—Pues Oxford tendrá que esperar.
Melissa dejó escapar una carcajada incrédula.
—¿Oxford tendrá que esperar?
—Tía, escucha...
Esta vez no hubo humor en su voz. Apareció, en cambio, esa firmeza que Brett había adquirido durante los últimos años y que, en determinados momentos, hacía bastante difícil encontrar en él al jovencito que su edad todavía insistía en señalar.
—Puedo pasar años acumulando estudios y títulos porque es lo que se supone que debo hacer. Y quizá algún día lo haga. Pero ahora mismo tienes delante un problema real que necesita una solución real. ¿No es así?
—Sí...
—Dime, ¿qué podría aprender en Oxford durante los próximos meses que resulte más valioso que esto?
Piénsalo como una educación diferente, tía.
Negocios, administración, un competidor que juega sucio, una fábrica al otro lado del océano y decisiones que tendrán consecuencias reales.
Si hablamos de formación, me parece bastante completa.
—Se inclinó hacia ella y tomó sus manos entre las suyas—. Déjame hacerlo.
La resistencia de Melissa pareció flaquear.
—Brett...
—Déjame hacerlo por ti.
Esas últimas palabras removieron algo mucho más profundo de lo que Melissa esperaba.
Durante años se había acostumbrado a ser ella quien sostenía, resolvía y protegía.
Resultaba extraño descubrir que ahora tenía a alguien dispuesto a hacer lo mismo por ella.
Y todavía más descubrir que ese alguien era el niño que había conocido ocho años atrás y que había visto crecer bajo su cuidado.
—No tienes que hacer esto por mí —murmuró—. No tienes nada que devolverme. Lo sabes, ¿verdad?
—No he dicho que tenga que devolverte nada, tía. Solo te he pedido que me dejes hacerlo por ti.
Melissa comprendió que ese viaje significaba para su sobrino bastante más que librarla de una obligación que ella no deseaba asumir en ese momento.
Durante años le había enseñado a administrar un legado; le había permitido equivocarse, decidir y asumir responsabilidades cada vez mayores.
Quizá Oxford pudiera enseñarle muchas cosas, pero tuvo que admitir que cruzar un océano, representar los intereses de su familia y enfrentarse a un problema que no encontraría resuelto en ningún libro podía ofrecerle algunas lecciones que ninguna universidad conseguiría darle.
Por primera vez desde que había comenzado esa conversación, Melissa dejó de verlo como al muchacho al que debía proteger de las preocupaciones.
—Tendremos que organizar muchas cosas antes de que partas.
Brett sonrió de inmediato.
—¿Eso significa que aceptas?
—Significa que voy a arrepentirme profundamente de haberte enseñado a discutir conmigo.
La sonrisa de Brett se ensanchó.
—Entonces aceptas.
Melissa miró su taza vacía.
—Te lo confirmaré después de otra taza de manzanilla.
***
A veces, los acontecimientos inesperados parecían empeñados en alterar el rumbo de las cosas sin pedir permiso.
Solo después, cuando las consecuencias comenzaban a encadenarse unas con otras con una precisión demasiado conveniente, resultaba tentador atribuirle a la providencia cierta participación en el asunto.
Eso fue, al menos, lo que ocurrió en aquella ocasión.
La decisión de Brett había sido repentina. Las circunstancias que se acomodaron después parecieron bastante menos casuales.