Capítulo 5
Una semana después...
A l joven vizconde de Kinloss le quedaban un par de meses para cumplir dieciocho años y, al parecer, dieciocho continuaban sin ser suficientes.
Había terminado sus estudios en Eton con resultados de los que cualquier familia habría podido sentirse orgullosa.
Había destacado en buena parte de las materias que se había propuesto dominar, había demostrado una particular facilidad para la oratoria y se desenvolvía con bastante solvencia tanto con una espada en la mano como con un par de guantes de boxeo.
No podía decirse que hubiera desperdiciado los años dedicados a su educación.
Brett Grenville se había tomado esos años con la misma seriedad con que, desde muy joven, había asumido las responsabilidades del vizcondado.
Nadie podía afirmar que no estuviera capacitado para hacerse cargo de su legado.
Sin embargo, Brett le atribuía una parte importante del mérito a su tía Melissa.
Ella jamás había cometido el error de confundir juventud con incapacidad.
Lo había guiado durante años y, a medida que él demostraba estar preparado, le había permitido asumir deberes cada vez mayores en la administración de Kinloss.
Por supuesto que ella continuaba siendo una administradora formidable —incluso bastante mejor que muchos hombres que se jactaban de serlo—, pero había tenido el buen juicio de comprender que proteger a su sobrino no significaba mantenerlo apartado de aquello para lo que algún día tendría que estar preparado.
Y él lo había hecho.
Aun así, parecía no ser suficiente.
Ahora que Eton había quedado atrás, la sociedad tenía preparado un nuevo conjunto de instrucciones:
Oxford.
En su defecto, Cambridge.
Tal vez una carrera militar.
Diplomacia o alguna ocupación honorable que pudiera agregarse a su nombre durante los años necesarios para que el muchacho terminara de convertirse, por fin, en... un hombre.
Brett comenzaba a encontrar bastante irritante aquel sistema.
No porque deseara rebelarse contra todo cuanto se esperaba de él.
Tampoco sentía esa necesidad de libertad que había llevado a otros hombres a dedicar parte de su juventud a viajar, beber, seducir mujeres o coleccionar aventuras antes de aceptar las obligaciones de la vida adulta.
Nunca había sentido especial fascinación por esa clase de existencia.
El problema era mucho más sencillo. No quería cambiar un camino impuesto por otro.
Había llegado a una edad en la que deseaba comenzar a construir su vida mediante decisiones propias.
Si estudiaba, quería hacerlo porque existiera algo que necesitara aprender.
Si viajaba, porque hubiera un motivo para hacerlo.
Si asumía una responsabilidad, porque considerara que estaba preparado para hacerlo.
No necesitaba acumular años, títulos universitarios o aprobaciones ajenas para demostrar algo que sus actos llevaban demasiado tiempo demostrando por él.
Y, sobre todo, había comenzado a sospechar que esperar a que la sociedad decidiera considerarlo un hombre era una batalla bastante absurda.
Por fortuna —o quizá no—, Kinloss parecía tener problemas bastante más urgentes que decidir en qué universidad continuaría estudiando su vizconde.
Al menos, eso fue lo primero que pensó Brett cuando encontró a su tía en el despacho, rodeada de suficientes papeles como para justificar la expresión de agotamiento que llevaba en el rostro.
Melissa tenía el cabello ligeramente desordenado, una mano apoyada sobre una carta abierta y la otra masajeándole una sien.
Frente a ella se acumulaban libros contables, correspondencia, algunas notas escritas de su puño y letra y una tetera de café vacía que daba buena cuenta de cuánto tiempo llevaba ocupada en aquel asunto.
—Tía, ¿te encuentras bien? ¿Qué ha ocurrido?
Melissa levantó la vista.
—Nada que justifique esa expresión tuya. Puedes dejar de mirarme como si Kinloss estuviera ardiendo.
Brett recorrió el escritorio con la mirada, esta vez prestando atención a cada detalle.
—Algo ocurre. No lo niegues.
—Sí, pero no tiene relación con el vizcondado.
Durante sus últimas semanas en Eton, Melissa había procurado mantenerlo apartado de cualquier dificultad que pudiera distraerlo de sus estudios.
Brett lo sabía y, hasta cierto punto, se lo había permitido.
Hasta ahora. Su formación académica había concluido y era tiempo de ocuparse de lleno de las cosas que le correspondían y, de ser posible, comenzar a aliviar parte del peso que durante tantos años su tía había cargado sobre los hombros.
Se acercó al escritorio.
—No importa que no tenga relación con el vizcondado. Algo sucede, eso está claro. —Señaló con la mirada el desorden de papeles que la rodeaba—. Así que dime qué es.
—Brett...
—Tía, ya no tienes que apartar las preocupaciones de mi camino para que pueda concentrarme en mis estudios. Eso ya terminó. Si hay algo que te tiene así de agobiada, quiero saberlo.
—No es una preocupación que te corresponda.
Él apoyó una mano sobre el respaldo de la silla frente a ella.
—Eso déjame decidirlo a mí.
Melissa lo contempló durante unos segundos y algo en su expresión se suavizó.
Incluso la jaqueca que llevaba horas amenazando con partirle la cabeza pareció concederle una breve tregua mientras lo observaba.
Había orgullo en su mirada, aunque Brett la conocía demasiado bien como para dejarse distraer por ese brillo en sus ojos.
—Ese es mi muchacho —murmuró Melissa con una sonrisa.
—No utilices eso para evitar responderme. Y tampoco me mires de esa manera. Sé lo que pretendes.
—No pretendo evitar responderte. —Melissa exhaló y echó un vistazo a los papeles desperdigados sobre el escritorio—.
Solo estoy intentando decidir qué palabras utilizar para explicarte todo esto.
Pero tienes razón. Supongo que todavía soy un poco reticente a hacerlo porque a veces olvido que ya no eres aquel niño al que podía distraer con cualquier otra cosa mientras yo resolvía los problemas.
—Hace bastante que eso dejó de funcionar.
—Demasiado para mi gusto. —Señaló la silla frente a ella—. Siéntate.
Tomó asiento y, antes incluso de acomodarse, apartó un par de cartas y ordenó algunos de los papeles que amenazaban con caer por el borde del escritorio.
—Te ofrecería café, pero me temo que me lo he bebido todo.
—Eso explica parte de tu aspecto. Imagino que no es la primera del día.
—No. No lo es.
Él volvió a mirarla. Lo hizo con detenimiento, evaluando su aspecto de arriba abajo.
Por un instante, los papeles parecieron invertirse: había algo casi reprobatorio en su mirada, como si fuera él quien tuviera que recordarle a Melissa que debía cuidarse y ella quien estuviera a punto de recibir la reprimenda.
—Se nota.
—Gracias.
—No pretendía que fuera un cumplido.
Llamó a una de las empleadas del servicio con la campanilla y, cuando esta apareció, solicitó una tetera con infusión de manzanilla.
Melissa arqueó una ceja.
—¿Manzanilla?
—Considerando que llevas horas enfrentándote a tus problemas con café y, a juzgar por tu aspecto, no parece haber servido de mucho, creo que es momento de cambiar de estrategia.
—¿También vas a administrar mis infusiones a partir de ahora?
—Solo hasta que dejes de tener aspecto de necesitar que alguien lo haga.
Melissa dejó escapar una breve risa y volvió a masajearse una sien.
—Está bien. Admito que puede ser una decisión sensata.
Tuvieron que esperar unos minutos antes de que el servicio regresara con la infusión. Cuando la sirvieron, el aroma suave de la manzanilla se extendió por el despacho y Melissa inspiró hondo. Rodeó la taza con ambas manos, bebió un pequeño sorbo y permaneció unos instantes contemplándola.
—Tiene que ver con la fábrica de porcelana —dijo finalmente.
Brett tomó uno de los documentos desperdigados sobre el escritorio y comenzó a ojearlo.
Era consciente de que Melissa solía mantener bastante separados sus asuntos comerciales de los relacionados con Kinloss.
No por secretismo, sino porque siempre había considerado que la fábrica pertenecía a una esfera de su vida que no tenía por qué recaer también sobre su sobrino.
Que ahora decidiera compartir aquel problema con él decía bastante acerca de la confianza que comenzaba a depositar en su criterio y, quizá también, de cuánto necesitaba por una vez no enfrentarse sola a él.
—¿Qué ocurre con ella? Siempre me ha interesado esa faceta tuya, tía. Aunque insistas en mantenerme apartado de ella.
—No insisto en mantenerte apartado, Brett. —Él alzó la vista del documento. Arqueó una ceja—. Bueno... quizá un poco —reconoció con una sonrisa Melissa.
—Entonces cuéntame.
—Estaba revisando las últimas cartas de mi administrador, Nathaniel Harris.
—Buscó entre los papeles hasta hallar ciertas cartas y se las tendió—.
Las había leído conforme fueron llegando y, consideradas por separado, ninguna parecía alarmante en aquel momento.
Un inconveniente aquí, otro allá... problemas propios de cualquier negocio.
—¿Y ahora? —dijo al tiempo que cogía las cartas.
—Ahora ya no parecen problemas aislados. Harris y yo hemos llegado a la misma conclusión. Nunca estuvieron separados.
Brett frunció el ceño y comenzó a leer.
La primera carta hablaba de un cargamento. La segunda mencionaba a un cliente que, después de años trabajando con Plageman, había decidido recurrir a otro fabricante. En una tercera aparecían referencias a diseños demasiado similares a algunos desarrollados exclusivamente por la fábrica.
—Aquí aparece varias veces un nombre. Monroe Poe.
Melissa apoyó la espalda contra la silla.
—Hace unos meses, si me hubieras preguntado por él, te habría dicho que Monroe Poe era solo eso: un nombre.
Un nuevo competidor dentro del negocio de la porcelana.
Ambicioso, quizá demasiado agresivo en sus métodos, pero nada más.
Por lo visto, me equivoqué, la palabra «competidor» le queda bastante pequeña.
—¿Qué ha hecho?