Capítulo 4 #3
De pronto, su presencia allí dejó de tener algo de providencial y adquirió una explicación bastante más terrenal. Tracie había cumplido su amenaza. O, mejor dicho, había hecho eso que Joyce debería haber supuesto que haría desde el principio.
—Estaba preocupada por ti —agregó Brett—. Y, considerando que esa barriga de siete meses le impide perseguirte por todo Londres, decidió legarme la tarea.
—Yo no necesito que nadie me persiga.
Brett volvió el rostro hacia ella.
—He recorrido medio Londres buscándote, Joyce. —Esta vez no hubo burla en su voz.
La seriedad de su expresión consiguió que ella guardara silencio.
Había momentos en que resultaba muy sencillo recordar que Brett tenía diecisiete años.
Su juventud estaba allí, en sus facciones, en ciertos gestos y hasta en esa facilidad suya para convertir casi cualquier intercambio en una provocación.
Y luego estaban esos otros momentos.
Esos en los que su mirada se afirmaba de una manera distinta y su voz adquiría una seguridad que parecía desmentir su juventud. Momentos en los que resultaba bastante más difícil encontrar al muchacho que Joyce insistía en ver cuando lo miraba.
Sintió un inesperado calor ascenderle por las mejillas.
—Creo que estás exagerando.
—No estoy exagerando. —Brett sostuvo su mirada un instante más antes de volver la atención al camino—. Tu carruaje está a varias calles de aquí.
—Sí.
—¿Y puedo saber por qué?
Joyce hizo una pequeña mueca.
—Porque no quería que mi cochero supiera adónde iba. Podría habérselo contado a mi hermano.
—Por supuesto que iba a contárselo a tu hermano.
Joyce sonrió, satisfecha.
—¿Ves? Al menos en eso estamos de acuerdo.
—Ese no era el sentido de mi comentario.
La satisfacción le duró poco.
—¿Y cuál era?
—Solo intentaba comprender la extraordinaria lógica de dejar el carruaje lo bastante lejos como para que nadie sepa dónde estás y después internarte sola por calles secundarias poco transitadas.
Joyce frunció el ceño.
—Pareciera que intentas responsabilizarme a mí. Como bien dices, son calles, Brett. Calles. No me interné en una cueva ni me adentré en territorio salvaje. ¿Qué podía saber yo? No sabía que tres idiotas decidirían seguirme.
—Y ese suele ser el problema con los idiotas, Joyce. —Brett volvió el rostro hacia ella—. A ver si lo entiendes: rara vez anuncian sus planes con antelación.
—En mi defensa…
—No tienes defensa alguna, Joyce.
—Bueno, no me interrumpas. —Ella levantó una mano—. En mi defensa, no consideré ciertas variables porque no estoy acostumbrada a hacer esta clase de cosas sola. Si Tracie no hubiera estado embarazada, habría sido mi compañera de aventuras. Habría venido conmigo.
—Magnífico. En ese caso habría tenido que procurar el bienestar de dos damas en lugar de una.
—Te equivocas. Lord Hayden habría venido con ella.
—Ah. Tienes razón. —Brett asintió, como si aquello resolviera el problema—. Lord Sheffield podría haberse ocupado de su esposa y yo habría continuado ocupándome de ti.
Joyce lo miró de reojo.
—Nadie te ha nombrado mi escudero.
—Es verdad. Pero empiezo a sospechar que el puesto me corresponde por derecho adquirido.
—Lo dices como si pasaras la vida siguiéndome para evitar que me meta en problemas.
Brett se detuvo. Joyce avanzó un paso más antes de advertirlo y terminó volviéndose hacia él. Se miraron.
—¿Quieres que hagamos memoria de los últimos años?
—No, gracias.
—Porque recuerdo cierto incidente en las tierras del ducado…
Joyce le propinó una palmada en el hombro.
—He dicho que no.
—¡Auch! —Brett se llevó una mano al lugar del golpe—. Y aquella tarde en los jardines…
Otra palmada, esta vez en el hombro contrario.
—¡Auch! Joyce.
—Te lo advertí.
—Sin olvidar lo que ocurrió cuando…
Joyce actuó antes de que pudiera terminar. Le cubrió la boca con una mano. Y Brett, finalmente, guardó silencio.
Joyce tardó apenas un instante en advertir que la palma de su mano continuaba apoyada sobre los labios de Brett. Él tampoco pareció tener demasiada prisa por apartarla. Permanecieron así durante unos segundos, inmóviles, mirándose a los ojos.
La cercanía entre ellos nunca había sido extraña. Había demasiados años de confianza, bromas y familiaridad para que un roce accidental adquiriera importancia. Sin embargo, aquello se sintió diferente. Quizá porque el silencio se prolongó más de lo necesario.
O quizá porque ambos parecieron darse cuenta al mismo tiempo de lo cerca que estaban.
Joyce fue la primera en reaccionar.
—Sabes… —murmuró, sin retirar todavía la mano—. Tienes una memoria extraordinaria. Felicitaciones, Lord Kinloss.
Brett bajó la mirada hacia la mano que aún cubría su boca. Después volvió a mirarla a los ojos. Con suavidad, rodeó su muñeca con los dedos y apartó la mano de sus labios.
—Gracias.
La soltó.
—Y especialmente útil cuando se trata de recordar las ocasiones en las que casi consigues meterte en un desastre.
Joyce desvió la mirada. Brett también. Y, como si ambos hubieran llegado a la misma conclusión mental de que continuar caminando era una excelente idea, reanudaron la marcha.
Durante algunos metros ninguno dijo nada.
—Como sea —dijo finalmente Brett, rompiendo el silencio—. Puede que tu hermano tenga algo de razón.
Joyce se detuvo en seco. Se llevó ambas manos a la cintura.
—No, no, no. Retira lo que acabas de decir.
Brett soltó una carcajada.
—Sabía que esa parte iba a molestarte más que todo lo demás.
—Mi hermano no tiene razón.
Brett podría haber discutido esa afirmación con bastante conocimiento de causa.
Los vínculos entre los Grigg y su familia se habían estrechado con los años hasta convertir a ambas familias en parte habitual de los mismos círculos.
Conocía a Lord Robin lo suficiente para saber que, cuando se trataba de su hermana, ciertas preocupaciones del vizconde no carecían de fundamento.
—En esto quizá sí... Hay situaciones en las que deberías tener un poco más de cuidado, Joyce.
Sabes muy bien cómo funciona esta sociedad.
Basta con que una joven aparezca en la calle equivocada, acompañada por los hombres equivocados, para que nadie se moleste siquiera en preguntar qué estaba haciendo allí.
—¿Tú también vas a recordarme que estoy en edad de casarme?
Brett habría preferido no llevar la conversación a ese terreno. Sabía que aquel asunto incomodaba a Joyce, y no le agradaba ser él quien provocara esa clase de malestar en ella.
—No. Pero si alguna vez pretendes hacerlo, convendría que conservaras intacta tu reputación.
—Entonces podemos estar todos tranquilos. Tú, mi hermano, mi madre… todos. Cada día estoy más convencida de que no lo haré.
—¿Que no harás qué? ¿Conservar tu reputación?
—Casarme... He llegado a la conclusión de que los hombres que valen la pena en Londres son tan pocos que me sobran los dedos de las dos manos para contarlos. Y una buena parte de ellos, para empeorar las cosas, ya están casados.
—Quizá el problema esté en tu clasificación.
Joyce arqueó una ceja.
—Puede que la hayas limitado demasiado. Tal vez deberías ampliar tus horizontes.
—¿Geográficos?
Brett se encogió de hombros.
—Es una posibilidad.
—¿Y qué otra clase de horizontes podría ampliar?
—No lo sé. Uno pensaría que esa clase de cosas es especialidad de las mujeres.
—Magnífica ayuda.
—Edad, por ejemplo. Qué sé yo… color de cabello.
Realmente estaba intentando ayudar.
Joyce lo observó durante un instante. Después sonrió.
—Ay, Brett, si tan solo no fueras un crío… Eres adorable, de verdad, y también lo son tus sugerencias, pero me temo que ninguna de ellas resulta demasiado funcional.
—No soy un crío. Tengo diecisiete años —dijo con una firmeza que hizo que la sonrisa de Joyce vacilara apenas.
—Puedes decirlo con toda la solemnidad que quieras —replicó Joyce—, pero no es suficiente. Al menos, no para esta sociedad. Esta misma sociedad que puede destrozar mi reputación por caminar por la calle equivocada todavía tardará algunos años en considerarte a ti un hombre.
—No necesito que la sociedad me diga qué o quién soy.
Quizá fueron esas palabras. O quizá el recuerdo demasiado reciente de Brett avanzando hacia tres hombres sin vacilar. Tal vez fue esa seguridad que había aparecido varias veces en él durante la tarde y que se empeñaba en contradecir la imagen del muchacho que ella conocía desde hacía años.
Aún transitaban por una de aquellas calles laterales, lo bastante apartados del movimiento de las vías principales como para concederles una privacidad que, en otras circunstancias, una dama soltera habría debido agradecer y no aprovechar.
Joyce decidió aprovecharla.
Se acercó y le depositó un beso en la mejilla.
Fue rápido, casi fugaz, apenas un roce que, después de todo lo ocurrido esa tarde, Joyce consideró una infracción bastante menor.
—Si tan solo no fueras un niño, Brett, me casaría contigo y me ahorraría todos estos problemas —dijo y continuó caminando.
Doblando la esquina, abandonó la tranquilidad de la calle lateral y se incorporó al movimiento de la vía principal. Brett no la siguió de inmediato. Permaneció inmóvil, con las riendas todavía entre los dedos.
—No soy un niño —murmuró.
—¡Ahí está mi carruaje! —oyó exclamar a Joyce varios pasos más adelante.
Cerró los ojos durante un instante. Cuando volvió a abrirlos, se llevó distraídamente los dedos a la mejilla que Joyce acababa de besar. Después dejó caer la mano, tiró de las riendas y fue tras ella.