Capítulo 4 #2
Casi resultaba oportuno en exceso. Propio de una de esas novelas por entregas en las que, cuando la dama se encuentra acorralada y la situación parece a punto de volverse irremediable, los cielos se apiadan de ella y envían al héroe en el momento preciso.
Joyce todavía no sabía si los cielos habían decidido concederle semejante consideración. Pero definitivamente alguien se acercaba.
El golpeteo de unos cascos comenzó a retumbar contra los adoquines. Rápidos. Firmes. Cada vez más próximos.
Los tres hombres volvieron casi al mismo tiempo la cabeza hacia la entrada de la calle. Un caballo apareció doblando la esquina.
Joyce alcanzó a distinguir el caballo y la figura de su jinete al final de la calle, pero no consiguió reconocerlo. Quizá porque, por primera vez desde que aquellos hombres habían comenzado a seguirla, la preocupación había conseguido apoderarse de buena parte de su atención.
El jinete, en cambio, pareció reconocerla de inmediato. Y no solo a ella. Le bastaron unos segundos para comprender la escena que tenía delante: lady Joyce contra la pared, tres hombres rodeándola y uno de ellos a una distancia que ningún caballero debería haberse permitido.
Aceleró el galope.
Al llegar junto al grupo tiró de las riendas. El caballo apenas había comenzado a reducir la marcha cuando su jinete ya estaba descendiendo. Durante un instante, todo pareció formar parte de un único movimiento: detenerse, desmontar y avanzar.
—Puede que ustedes hayan olvidado que son caballeros.
Joyce no necesitó verlo. Reconoció la voz. La sensación de seguridad que había perdido minutos antes regresó de golpe.
Brett estaba allí...
Los tres hombres se volvieron hacia él mientras el joven vizconde continuaba acercándose.
—Y quizá también quieran fingir que han olvidado que ella es una dama —continuó.
Su mirada pasó lentamente de uno a otro hasta detenerse en el hombre que permanecía más cerca de Joyce.
—Les recomiendo que recuerden ambas cosas.
—Lord Kinloss —dijo uno de ellos—. Le sugiero que no se entrometa en un asunto que no le concierne.
Brett esbozó una sonrisa sin humor.
—Curioso. Me habría gustado llegar unos minutos antes para ofrecerles la misma recomendación.
El hombre soltó una carcajada y miró a sus compañeros.
—Por favor. Es apenas un crío.
—Todavía le queda bastante para convertirse en un verdadero caballero —añadió otro.
Brett exhaló.
—Cielo santo.
Se quitó la chaqueta.
Los tres dejaron de reír.
El joven vizconde se volvió hacia Joyce y se la tendió con absoluta naturalidad.
—¿Me la sostienes, por favor?
Joyce la recibió sin decir una palabra y, casi por instinto, la apretó contra el pecho.
Brett comenzó a remangarse la camisa.
—Parece absurdo que tenga que explicarles esto a hombres bastante mayores que yo, pero ser un caballero no es una cuestión de edad.
—Terminó con una manga y comenzó con la otra—.
Tampoco basta con nacer dentro de determinada familia ni con colocar un título delante del nombre.
—Levantó la mirada hacia ellos—. Ser un caballero es una elección.
Uno de los hombres resopló.
—¿Pretende darnos lecciones?
Brett observó un instante a Joyce. Después volvió a mirarlos.
—A juzgar por lo que acabo de ver, alguien tendrá que hacerlo.
El primero avanzó hacia él.
—Vamos, muchacho. Enséñenos.
Brett ni siquiera alcanzó a responder. El hombre lanzó el primer golpe. Y cometió el segundo error de aquella tarde.
El primero había sido arrinconar a Joyce contra la pared.
El segundo, suponer que no sabría devolver un puñetazo.
Lo esquivó apenas, giró el cuerpo y descargó el puño contra el rostro del hombre con una precisión que lo hizo trastabillar varios pasos.
—Así no se trata a una dama.
El segundo se abalanzó sobre él. Brett recibió el impacto contra un hombro, consiguió apartarlo y respondió con un golpe seco que lo obligó a doblarse.
—Usted también necesitaba oírlo, por lo visto.
Joyce permanecía contra la pared, todavía aferrada a la chaqueta.
El tercer hombre miró a sus dos compañeros. Uno permanecía arrodillado en el suelo, doblado sobre sí mismo; el otro todavía trastabillaba, intentando recuperar el equilibrio después de que el golpe lo hubiera hecho girar sin control.
Después miró al joven vizconde.
Brett hizo crujir sus nudillos ante la mirada atenta del hombre. Cuando terminó, levantó una mano y flexionó un par de veces los dedos hacia sí, invitándolo a acercarse.
—¿Necesita la misma explicación, milord?
El aludido levantó ambas manos.
—No será necesario.
—Magnífico. Me alegra comprobar que al menos uno de ustedes conserva cierta capacidad de aprendizaje.
El primero comenzaba a incorporarse, llevándose una mano al rostro.
—Esto no termina aquí.
Lord Kinloss dio un paso hacia él.
—Entonces levántese y podemos continuar.
El hombre lo pensó. Por fortuna para él, todavía conservaba suficiente juicio para decidir que no.
—Vámonos.
Ayudó a su compañero y los tres comenzaron a alejarse.
El último se volvió hacia ella.
—Mis disculpas, Lady Joyce. Evidentemente hubo una confusión.
Joyce abrió la boca de inmediato.
—¿Una confusión?
Y allí estaba otra vez. La Joyce que, una vez recuperada la seguridad, no estaba dispuesta a permitir que nadie escapara sin recibir antes la correspondiente reprimenda.
Brett dio un paso hacia el hombre.
—Yo no insistiría —le murmuró.
No fue una amenaza. A esas alturas se parecía más a un acto de misericordia. Ya habían tenido ocasión de lidiar con sus puños; Brett no les recomendaba quedarse para descubrir de qué era capaz Joyce con las palabras.
El hombre pareció comprender el consejo. Cerró la boca y, junto con sus dos maltrechos compañeros, emprendió la retirada.
Brett aguardó hasta verlos alejarse lo suficiente.
—Y eso también va para ti.
Joyce, que todavía contemplaba indignada la espalda de los tres hombres, se volvió hacia él.
—¿Qué cosa?
—No insistas tú tampoco.
—¿En qué?
—En hacer esta clase de locuras.
—¡Yo no hice nada!
Él comenzó a bajar las mangas de su camisa.
—Claro. No hiciste nada. Nada de nada.
—Esta vez lo digo en serio, Brett —exclamó Joyce, ya visiblemente fastidiada.
Brett resopló. Dejó por un momento lo que estaba haciendo y la enfrentó. Joyce sostuvo su mirada y se cruzó de brazos, desafiante.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
—Está bien —cedió él finalmente—. En esta ocasión voy a concederte eso. Puede que no hayas hecho nada.
—Porque no lo hice.
—Sí, de acuerdo. No hiciste nada. —Brett retomó la tarea de acomodarse las mangas—. Pero hay algo de lo que claramente no estás al tanto.
—¿Qué cosa?
—Tu reputación te precede.
El fastidio desapareció del rostro de Joyce, sustituido de inmediato por un genuino asombro.
—¿Mi reputación? Debes de estar bromeando.
¿Justo ella?
Podía tener muchos defectos —y estaba segura de que su madre sería capaz de enumerarlos con extraordinaria precisión—, pero su comportamiento como dama había sido siempre intachable.
Ni un escándalo, ni una indiscreción comprometedora, ni una sola mancha que pudiera poner en duda su respetabilidad dentro de la sociedad.
¿Y Brett pretendía decirle que ella tenía una reputación?
—Sí, la tuya —confirmó él.
Continuó mirándolo, incrédula. Brett esbozó una sonrisa.
—Curioso, ¿verdad?
—¿Qué cosa?
—Tú, que pareces saberlo todo acerca de todo el mundo, ignoras algunas de las cosas que todo el mundo sabe de ti.
—¿Y qué sabe todo el mundo de mí?
Él extendió una mano para recuperar su chaqueta. Joyce no se la entregó. En cambio, se acercó y se la acomodó sobre los hombros.
—Joyce… —murmuró él.
Pero se interrumpió.
—¿Qué?
La observó un instante. Se preguntó si tenía sentido contarle lo que había oído, explicarle la clase de comentarios que circulaban sobre ella entre determinados hombres de la sociedad.
Finalmente exhaló y negó con la cabeza.
—Nada.
Introdujo los brazos en las mangas mientras Joyce terminaba de acomodarle la prenda.
Había demasiada familiaridad entre ellos para que este tipo de cercanía tuviera algo de extraordinario.
Quizá por eso mismo Brett decidió no estropearla con un asunto que, al menos por el momento, prefería dejar a un lado.
Joyce terminó de acomodarle el cuello de la chaqueta.
—¿Qué se supone que dicen de mí?
—No importa. Ya no importa.
—Pues a mí me importa.
Brett la miró.
—Entonces tendrás que averiguarlo. Al fin y al cabo, ¿no se supone que eres buena en eso?
Joyce le lanzó una mirada poco amistosa. Él sonrió.
—Lo que importa es que no deberías estar aquí. ¿De acuerdo?
—Técnicamente…
Brett levantó una mano.
—No. Conmigo eso no.
Joyce frunció el ceño.
—¿Contigo qué? Si ni siquiera sabes qué iba a decir.
—Ibas a explicarme que, técnicamente —recalcó la palabra mientras dibujaba unas comillas en el aire con los dedos—, no entraste en The Gilded Rose . Que, técnicamente —repitió, exagerándola todavía más—, no interrogaste a ninguna mujer y que, técnicamente , tampoco perseguiste a lord Harcourt.
Joyce abrió la boca, pero se quedó unos segundos sin argumentos.
—Bueno… sí. Iba a decirte eso. Aunque no habría utilizado tantas veces la palabra técnicamente —añadió ella—. Con una habría sido suficiente.
—Como sea. Con tecnicismos o sin tecnicismos, aquí estás tú y aquí estoy yo.
Tomó las riendas de su caballo y comenzó a caminar. Tras avanzar un par de pasos, volvió el rostro hacia Joyce, invitándola con un gesto a acompañarlo. Ella avanzó y se colocó a su lado.
—Hablando de eso, todavía no me has explicado cómo llegaste hasta aquí.
—A caballo. —Se encogió de hombros con absoluta inocencia.
—Vamos, Brett. No juegues a mi propio juego. Sabes a qué me refiero. —Joyce aceleró apenas el paso para mantenerse junto a él—. ¿Cómo sabías dónde encontrarme?
—No lo sabía.
—¿Cómo que no lo sabías?
—No lo sabía. No leo mentes, Joyce. Y mucho menos he desarrollado la capacidad de leer la tuya. Ese fue el mayor inconveniente de todos.
Joyce dejó escapar un pequeño gemido.
—Tracie me escribió —continuó Brett.