Capítulo 4
¿Q ué podía ocurrir en unas pocas calles?
Todo.
Absolutamente todo podía ocurrir en unas pocas calles.
Aunque, pensándolo bien, el problema no había comenzado cuando Joyce decidió recorrerlas a pie.
Había comenzado bastante antes, durante los minutos que permaneció frente a The Gilded Rose , convencida de que su mayor inconveniente consistía en esperar fuera mientras Tansy obtenía toda la información interesante en el interior.
Porque veinte minutos podían parecer poco tiempo.
Pero eran más que suficientes para granjearse un enemigo.
O dos.
Bueno… quizá tres.
Joyce Grigg tenía una extraña facilidad para conseguir información.
Había aprendido hacía mucho que los secretos de la sociedad londinense rara vez permanecían en poder de quienes pretendían conservarlos.
Siempre terminaban escapándose por algún resquicio, pasando de una persona a otra hasta llegar, tarde o temprano, a oídos de alguien dispuesto a prestarles atención.
Y ella prestaba mucha atención.
Aquella particular habilidad le había permitido confeccionar, con el paso del tiempo, su propia clasificación de hombres a los que toda dama sensata haría bien en evitar.
Una iniciativa que ella consideraba poco menos que un obsequio a las jóvenes de la sociedad londinense.
Después de todo, alguien tenía que advertirlas de los peligros antes de que cometieran el error de descubrirlos por sí mismas.
Lo que quizá no había considerado con suficiente detenimiento era que la información circulaba en ambas direcciones.
No era la única que recopilaba nombres, hábitos y reputaciones.
Ellos también lo hacían.
Y para ciertos caballeros de Londres, Joyce Grigg tenía una reputación.
No escandalosa. Tampoco indecorosa. De hecho, hasta el momento había conseguido conservar intactas todas aquellas virtudes que la sociedad esperaba encontrar en una joven soltera de buena familia.
El problema, para ellos, era otro.
La muchachita Grigg metía las narices donde nadie la llamaba.
Preguntaba más de la cuenta. Escuchaba con demasiada atención y, lo peor de todo, recordaba absolutamente todo.
Poseía la desagradable costumbre de tomar un dato insignificante, relacionarlo con otro y obtener conclusiones que determinados caballeros habrían preferido que ninguna dama de Londres llegara siquiera a sospechar.
De modo que no resultaba descabellado suponer que, para algunos de ellos, Joyce Grigg podía resumirse de una manera bastante menos amable.
Era una maldita arpía envuelta en faldas de seda.
Joyce habría considerado aquella descripción un tanto ofensiva.
Aunque solo por lo de arpía .
Porque las faldas que llevaba aquella tarde eran, efectivamente, de seda.
Pero dejemos a un lado las faldas, las clasificaciones y las reputaciones. Volvamos al asunto verdaderamente importante.
Los enemigos. Bastante recientes, por cierto.
Porque mientras Joyce había permanecido frente a The Gilded Rose , tres habituales compañeros de andanzas de Lord Harcourt se encontraban dentro del establecimiento.
Desde lo que podría considerarse un palco de honor, habían visto llegar a Lady Harcourt y, sobre todo, habían visto a Joyce Grigg permanecer fuera aguardándola.
Y, siendo sinceros, aunque el alcohol ya había comenzado a entorpecer sus capacidades cognitivas, tampoco necesitaban realizar un extraordinario ejercicio de deducción para comprender lo sucedido.
Lady Harcourt no había aparecido allí por casualidad.
Alguien la había llevado. Y ese alguien era Joyce.
¿Quién más? Lady Grigg llevaba tiempo ganándose cierta fama por entrometerse en asuntos que, en opinión de determinados caballeros, no le concernían. Primero Harcourt. Mañana podía ser Wellworth. Después cualquiera de ellos.
Había que ponerle un límite.
La mencionada, por supuesto, ignoraba todo aquello.
Caminaba de regreso hacia su carruaje con la serenidad de quien consideraba haber cerrado un asunto de manera muy satisfactoria. Es más, todavía seguía felicitándose por su impecable comportamiento.
Tan ensimismada estaba en sus propias conclusiones que no reparó en los pasos que la seguían. Ni en que llevaban haciéndolo desde que abandonó la calle secundaria.
Su carruaje se encontraba todavía a varias calles de distancia y Joyce, que conocía bastante bien la zona, decidió tomar un atajo. Se internó por una vía lateral, más estrecha y mucho menos transitada, convencida de que conseguiría ahorrarse algunos minutos.
Fue entonces cuando oyó unos pasos. No uno… varios.
Disminuyó apenas el ritmo.
Oh, vaya sorpresa: los pasos también.
Continuó caminando, esta vez a modo de prueba.
Oh, vaya. Nueva sorpresa: ellos también.
Rayos.
No necesitó volverse para comprender que eso difícilmente podía atribuirse a la casualidad. Aun así, avanzó unos metros más antes de girar el rostro por encima del hombro.
Reconoció a dos de los hombres. Ambos figuraban en su clasificación.
Qué conveniente.
Joyce resopló y volvió la vista al frente.
—Vaya, vaya —dijo uno de ellos cuando la distancia comenzó a reducirse—. Miren qué casualidad. Lady Grigg.
Joyce se volvió por completo.
—Me encantaría decir que comparto su sorpresa, caballeros, pero, teniendo en cuenta los establecimientos que abundan por estos alrededores, encontrarlos aquí no resulta inesperado.
Uno de los hombres soltó una risa seca.
—Nosotros, al menos, estamos donde nos corresponde.
—Qué admirable capacidad de reconocimiento.
La sonrisa del hombre desapareció.
—No podría decir lo mismo de usted.
Joyce advirtió entonces que el tercero se había desplazado hacia un costado. No lo suficiente para bloquearle el paso de manera evidente, pero sí para obligarla a pensar dos veces hacia dónde moverse.
Dio un paso hacia atrás.
—Que yo sepa, Londres continúa siendo una ciudad por la que cualquier persona puede transitar libremente.
—Siempre que no se interponga en el camino de los demás.
Joyce miró primero al hombre que tenía delante y después a los otros dos.
—Resulta curioso que lo mencione, milord. En este preciso instante son ustedes quienes se están interponiendo en el mío.
Intentó avanzar. El tercero dio un paso y volvió a cerrarle el paso. Esta vez ya no hubo sutileza.
—Nosotros estamos aquí porque usted se interpuso primero en el camino de un amigo.
Joyce comprendió que se referían a Harcourt.
—Qué conmovedor. —Asintió despacio—. Siempre resulta reconfortante comprobar la facilidad con que algunos hombres consiguen unirse en defensa de la barbarie, el libertinaje y las conductas abusivas. Una verdadera demostración de fraternidad.
—Tenga cuidado con sus palabras.
—¿Por qué? ¿He olvidado alguna de sus virtudes?
El hombre más cercano avanzó otro paso.
—Le gusta hablar de conductas abusivas, por lo visto.
Joyce dejó de sonreír.
—Cuando existen, sí.
—Quizá hablar no sea suficiente para que comprenda ciertas cosas.
Algo en el tono consiguió que Joyce sintiera por primera vez una auténtica punzada de alarma.
El segundo hombre sonrió. No fue una sonrisa divertida ni tampoco amable. Había algo de perverso en ella, como si acabara de ocurrírsele una posibilidad que encontraba mucho más entretenida de lo que debería.
—Quizá haya llegado el momento, caballeros —dijo, dirigiéndose a sus compañeros—, de que la dama presente comprenda que no siempre puede hacer cuanto se le plazca.
Joyce irguió la espalda.
—Qué curioso. De modo que yo no puedo hacer cuanto se me plazca, pero ustedes sí.
—Usted debería aprender a ocupar el lugar que le corresponde dentro de esta sociedad.
—Y ustedes deberían recordar el suyo.
La sonrisa del hombre se ensanchó.
—¿El nuestro?
—El de caballeros, aunque comprendo que a estas alturas de la tarde el concepto pueda resultarles difícil de recordar.
Ninguno pareció encontrar divertida la observación.
Joyce retrocedió otro paso. Ellos avanzaron.
Hasta entonces había existido entre los cuatro una distancia suficiente para que pudiera convencerse de que aquello no era más que una conversación desagradable. Ahora comenzaba a desaparecer.
Uno de los hombres se aproximó lo bastante como para levantar una mano hacia su rostro.
Joyce apartó la cabeza de inmediato.
—No se atreva a tocarme.
—¿O qué?
La pregunta llegó acompañada de una risa.
—¿Necesito recordarles quién es mi hermano?
—Sabemos muy bien quién es su hermano, Lady Joyce. —El hombre miró deliberadamente hacia un lado de la calle y después hacia el otro—. Pero hay un pequeño inconveniente, milady.
—¿Cuál? —Joyce tragó saliva, pero sostuvo la mirada.
—No veo al vizconde por ninguna parte.
Los otros dos rieron.
—Somos tres hombres, Lady Grigg —añadió otro—. Tres hombres que, además, han bebido bastante.
—Eso último no necesitaban aclararlo, puedo olerlo. —Frunció la nariz.
—Quizá demasiado —continuó él, ignorándola—. Tanto que podríamos comenzar a olvidar algunas cosas.
—Entonces les sugiero que regresen a The Gilded Rose antes de que olviden incluso el camino.
El primero volvió a avanzar. Ella retrocedió hasta sentir la pared a su espalda. Ya no había ningún lugar hacia donde hacerlo.
—Tal vez olvidemos que somos caballeros.
—Por lo que veo, eso ya ha sucedido.
—O quizá —intervino el segundo— olvidemos que usted es una dama.
Joyce sintió que el corazón le golpeaba con fuerza contra el pecho. El hombre que tenía delante se inclinó hacia ella. Demasiado. Tanto que pudo percibir el fuerte olor del alcohol en su aliento cuando acercó la boca a su oído.
—Podríamos confundirla con una cualquiera ...
Ella sintió una oleada de repugnancia. La insinuación era demasiado evidente como para necesitar aclaraciones.
No llegó a contraatacar.
Porque fue entonces cuando, como si el destino hubiese decidido que ya había permanecido demasiado tiempo como simple espectador de esa desagradable escena, un sonido lejano se sumó al encuentro.