Capítulo 3
L a conversación con Lady Harcourt había resultado bastante menos complicada de lo que Joyce había previsto.
Tansy Caldwell no había mostrado indignación, incredulidad ni aquella reacción defensiva que Joyce había contemplado como una posibilidad antes de presentarse en su casa.
No había exigido pruebas ni intentado desacreditar a Isobel.
Se había limitado a escuchar. Cuando Joyce terminó de hablar, había dejado bastante claro que conocía muy bien al hombre con el que se había casado.
Las amantes no parecían preocuparle. Tampoco necesitaba sorprenderlo con una mujer para confirmar algo que ya daba por sentado. Lo que sí le interesaba conocer era hasta dónde estaba llegando su comportamiento.
Porque una cosa eran las indiscreciones privadas y otra muy diferente permitir que aquellas indiscreciones comenzaran a extenderse por todo Londres.
Los rumores tenían una desagradable tendencia a crecer cada vez que cambiaban de boca.
Si en algún momento las aventuras de lord Harcourt iban a transformarse en uno, Tansy prefería conocer primero los hechos.
Fue eso lo que las llevó, unos días después, hasta una calle secundaria no demasiado alejada de Bond Street y frente a un establecimiento llamado The Gilded Rose .
Joyce había oído hablar de él mucho antes de tener ocasión de contemplar su discreta fachada.
De hecho, figuraba entre los lugares asociados a varios nombres de su particular clasificación de caballeros a evitar.
No era exactamente un burdel, aunque tampoco convenía detenerse demasiado en las diferencias.
Una cuantiosa cantidad de dinero entregada a la persona adecuada había bastado para que Tansy consiguiera lo que buscaba: hablar con algunas de las mujeres que conocían a su marido bastante mejor de lo que cualquier esposa desearía.
Joyce hizo ademán de acompañarla y alcanzó a dar un paso hacia la entrada, pero Tansy se atravesó en su camino.
—No. —Lady Harcourt la detuvo—. No necesito que entres conmigo.
—Lady Harcourt, este lugar no es adecuado para que una dama casada lo visite.
—Lo sé. Y por eso mismo es que prefiero que te quedes aquí.
Al fin y al cabo, ella era una mujer casada.
Si alguien llegaba a reconocerla o su presencia allí daba origen a algún comentario inoportuno, tendría recursos suficientes para lidiar con las consecuencias.
La muchacha Grigg, en cambio, seguía siendo una joven soltera en edad de casarse.
Para ella, ser vista entrando en un establecimiento de esa naturaleza podía tener repercusiones bastante más difíciles de contener.
—No necesito testigos, Lady Joyce. No he venido para reunir pruebas con las que convencer a otras personas de que mi marido es un miserable.
—No es mi intención servir de testigo, Lady Harcourt. Solo pretendía acompañarla.
—Lo sé y te lo agradezco. —Tansy suavizó el tono—. Pero, cuantas menos personas escuchen lo que esas mujeres tengan que contarme, mejor. Además, dudo mucho que algunas de las cosas que voy a oír allí dentro sean apropiadas para los oídos de una jovencita como usted.
Joyce arqueó una ceja ante aquello de jovencita , pero decidió no discutirlo.
—Usted me ha traído hasta aquí, Lady Joyce —continuó Tansy—. Ya hizo su parte. Ahora déjeme ocuparme del resto.
—De acuerdo.
Tansy volvió entonces la mirada hacia la mujer que las había acompañado y, con un gesto apenas perceptible, le indicó que la siguiera. La doncella, que aparentaba tener una edad bastante similar a la de su señora, respondió con un asentimiento y se dispuso a acompañarla hacia la entrada.
Joyce frunció el ceño.
—Creí que acababa de decir que no necesitaba testigos, milady.
La mujer se volvió hacia ella con una expresión que sugería que la observación carecía por completo de sentido.
—Martha no es un testigo. Martha es… —Hizo una breve pausa, como si buscara una explicación que finalmente decidió innecesaria—. Martha.
La aludida miró a Joyce y se encogió de hombros.
Como si aquello debiera bastar para entender el rol que esta ocupaba.
Doncella, asistente, confidente y, a juzgar por la naturalidad con que acababa de ser excluida de la categoría de los simples mortales que podían considerarse testigos, probablemente unas cuantas cosas más.
Vio a ambas mujeres desaparecer detrás de la puerta y permaneció unos instantes contemplando la fachada en silencio.
Después suspiró.
Había investigado a Harcourt. Había averiguado qué lugares frecuentaba. Había conseguido que Tansy la escuchara y, la había llevado hasta allí.
¡Y ahora se quedaba fuera!
Era como preparar un pastel entero, hornearlo con paciencia, decorarlo con esmero y, justo cuando llegaba el momento de probarlo, descubrir que otra persona iba a comerse la mejor porción.
Hizo una mueca.
En fin.
Tendría que conformarse con esperar.
Aunque, pensándolo bien, quizá aquello tampoco le venía mal.
Si más adelante alguien decidía interrogarla acerca de lo ocurrido esa tarde, no tendría necesidad de mentir. Y eso, considerando las promesas que había hecho durante su última visita a Tracie y las advertencias bastante más explícitas de su hermano, resultaba muy conveniente.
No había entrado en ningún establecimiento de dudosa reputación. Se encontraba fuera, en la calle, donde cualquier dama respetable tenía perfecto derecho a estar.
No había perseguido a Lord Harcourt. De hecho, ni siquiera sabía dónde se encontraba en ese momento.
Y tampoco había interrogado —ni pensaba interrogar— a ninguna de las mujeres que trabajaban allí. Esa tarea quedaba en manos de Tansy.
Por lo tanto, técnicamente, no había incumplido una sola de sus promesas.
Joyce asintió para sí, bastante satisfecha con su conclusión.
Hasta el momento, su comportamiento había sido irreprochable.
Bueno…
Casi.
Transcurrieron cerca de veinte minutos antes de que la puerta volviera a abrirse.
Para entonces, Joyce había agotado buena parte de las posibilidades de entretenimiento que ofrecía aquel discreto callejón lateral y comenzaba a debatirse entre contar los adoquines por segunda vez o entregarse sin culpa a un bostezo.
La aparición de Martha la libró de ambas cosas.
—¿Ya terminaron?
—Todavía no, Lady Joyce. —La doncella cerró la puerta detrás de sí—. Milady está finalizando una conversación. Me pidió que saliera antes para avisarle al cochero que se prepare. Aguárdeme un momento. No tardaré.
Joyce asintió y vio a Martha alejarse hacia la entrada del estrecho pasaje que comunicaba esa calle secundaria con una vía algo más transitada.
El carruaje de Lady Harcourt había permanecido apartado de la puerta del establecimiento. Una precaución razonable, pensó Joyce. Resultaba mucho más sencillo negar la presencia de una dama en determinado lugar cuando no se dejaba estacionado frente a él un vehículo con escudo familiar anunciándola.
Martha regresó pocos minutos después. Casi al mismo tiempo, el carruaje apareció al fondo del pasaje y avanzó lentamente hasta detenerse a una distancia mucho más conveniente para recoger a su señora.
Joyce miró hacia la puerta.
—¿Aún no sale?
—No. Pero no creo que tarde.
Martha se situó a su lado.
—De todos modos, de seguro ya obtuvo la información que vino a buscar. Y quizá algo más importante.
—¿Qué cosa?
Aquello consiguió despertar de inmediato su interés. Se volvió hacia la doncella.
—¿Qué otra cosa podría haber venido a buscar Lady Harcourt que yo desconozca?
Martha esbozó una ligera sonrisa, quizá porque acababa de descubrir por sí misma hasta qué punto era cierta la fama de curiosidad de la joven que tenía delante.
—La tranquilidad de saber que no se equivocó con algunas decisiones que tomó tiempo atrás.
—¿Qué decisiones?
—Las decisiones que tomó con respecto a ciertas empleadas que dejaron de trabajar en casa de los Harcourt.
Joyce asintió despacio. Por supuesto que conocía aquella historia.
De hecho, era uno de los detalles que más la fastidiaban.
Las muchachas no solo habían tenido que soportar las atenciones indeseadas del dueño de la casa, sino que, al final, también habían sido ellas quienes habían pagado las consecuencias perdiendo su empleo.
No había tenido oportunidad de echárselo en cara a Lady Harcourt durante su conversación. Ahora, sin embargo, Martha acababa de proporcionarle la ocasión perfecta para expresar lo que pensaba.
—Te refieres a las muchachas que fueron despedidas, ¿verdad?
—No fueron despedidas. Lady Harcourt decidió sacarlas de la casa. Eso es diferente.
Joyce ladeó la cabeza.
—Parece una forma bastante elegante de decir lo mismo. Al final, las muchachas se quedaron sin empleo.
—No se quedaron sin empleo, solo las reubicó.
A una de ellas le consiguió una posición en casa de una viuda conocida suya, fuera de Londres —continuó Martha—.
La otra trabaja ahora para una familia americana con la que mi lady mantiene relación desde que llegó a Inglaterra.
Ambas conservaron sus referencias y consiguieron posiciones tan buenas como la que tenían. Quizá mejores.
—Pero yo tenía entendido que habían sido despedidas. Al menos, eso es lo que se ha comentado por lo bajo.
No se trataba de un simple rumor recogido al pasar.
Buena parte de la información que Joyce manejaba acerca de las casas londinenses provenía de quienes trabajaban en ellas.
Los señores podían guardar sus secretos en los salones, pero siempre había alguien que retiraba las copas después de una reunión, preparaba una habitación o conducía el carruaje que los llevaba hasta donde suponían que nadie los vería.
Si entre ellos se había extendido la versión de que las dos criadas habían sido despedidas, Joyce había dado por sentado que así había ocurrido.
—Porque eso fue lo que mi lady quiso que se supiera —explicó Martha—. Y, sobre todo, lo que quiso que creyera su esposo.
—¿Por qué?
—Consideró conveniente que Lord Harcourt creyera que sus actos habían provocado que dos mujeres perdieran su sustento. Supongo que una parte de ella albergaba la esperanza de que saberlo consiguiera despertarle algo parecido a la culpa.
Joyce dejó escapar un resoplido.
—Por lo visto, no lo consiguió.
—No —admitió Martha—. Por lo visto, no. Y esa es una de las razones por las que mi lady está aquí hoy. Quiere poner un punto final a los asuntos de su esposo.
Ambas dirigieron casi al mismo tiempo la mirada hacia la puerta.
Tansy conocía las inclinaciones de su marido y, como tantas esposas de aquella sociedad, había preferido resolver las consecuencias discretamente para evitar que los asuntos privados de su casa llegaran a oídos ajenos.
Lo que Joyce había interpretado mal eran sus motivos.
Lady Harcourt había tomado medidas para proteger a alguien, ciertamente. Pero no había sido a su marido, ni siquiera su apellido. Había protegido a las mujeres que se habían convertido en víctimas de él.
Joyce volvió a contemplar la puerta, esta vez con una impresión bastante diferente de la mujer que había desaparecido detrás de ella.
Vaya. ¡Qué versión tan inesperada de Tansy Caldwell!
Cuando Lady Harcourt apareció ante ellas, su expresión era serena.
Martha abrió la portezuela del carruaje, pero su señora no subió de inmediato.
—¿Ha conseguido lo que buscaba? —preguntó Joyce.
—Más de lo que buscaba. Siempre he pensado que pocas cosas hablan tanto de un hombre como la manera en que trata a una mujer cuando cree que puede hacerlo sin consecuencias.
—Miró un instante hacia el establecimiento—.
Esas mujeres se ganan la vida como pueden...
Algunas porque así lo han elegido. Otras porque las circunstancias no les ofrecieron demasiadas elecciones.
Ninguna de las dos cosas concede a un hombre el derecho de maltratarlas.
Joyce permaneció callada. Sentía que aquella mujer, en cierta forma, llevaba demasiado tiempo cargando con las consecuencias de culpas que no le pertenecían.
Su marido no era simplemente un libertino.
Cuando bebía se volvía desagradable; cuando perdía, violento; y podía ser bastante cruel cuando consideraba que la mujer que tenía delante carecía de la posición suficiente para enfrentarse a él.
—Lo siento —susurró Joyce.
—Yo no. Sabía con quién me casaba, nunca me hice ilusiones respecto de Harcourt. Nuestro matrimonio es lo que siempre ha sido y seguirá siendo eso. Lo que cambia después de hoy es la libertad que pienso concederle.
—¿Puedo preguntar qué piensa hacer?
—Por supuesto. —Una sonrisa tenue apareció en los labios de Tansy—. Mi padre lleva meses diciéndome que, si algún día termino harta de mi marido, se lo envíe.
—¿Adónde?
—A California. Mi padre está ampliando algunos negocios allí. Ha invertido en tierras y viñedos y necesita hombres capaces de supervisarlos. También sostiene que unos cuantos años de trabajo real podrían convertir a mi marido en algo remotamente parecido al hombre que debería ser.
—¿Y cree que Lord Harcourt aceptará?
Tansy sonrió.
—Lady Joyce, la fortuna con la que mi marido paga sus deudas y mantiene sus propiedades pertenece a mi familia. Por supuesto que aceptará. —Tansy se dirigió hacia el carruaje—. Creo que ha llegado el momento de que mi esposo conozca otro continente.
—Me parece una excelente idea. Por lo poco que conozco de mis amigas americanas, tengo entendido que Norteamérica está llena de oportunidades.
—Infinitas.
—Estoy segura de que Lord Harcourt sabrá apreciarlas.
Tansy apoyó un pie en el estribo y después volvió el rostro hacia ella.
—Y señorita Joyce...
—¿Sí?
—Gracias.
Subió al carruaje seguida por Martha. Un instante después, la portezuela se cerró y el vehículo comenzó a alejarse calle abajo.
Joyce permaneció donde estaba hasta verlo desaparecer.
Bien, el asunto Harcourt estaba resuelto. Si todo marchaba según lo previsto, Londres quizá se libraría muy pronto de uno de los nombres de su clasificación. Un resultado excelente.
Entonces miró a su alrededor. Y recordó un detalle bastante menos excelente. Su carruaje no estaba allí.
Había ordenado al cochero que la esperara varias calles más allá.
No tenía ninguna intención de permitir que el hombre regresara a Killearn y, por inocencia o exceso de lealtad, informara a Robin de que su hermana había pasado parte de la tarde frente a un establecimiento cuya reputación habría provocado a su hermano una apoplejía.
Joyce calculó mentalmente la distancia. No era tanta. Podía caminar.
Después de todo, acababa de comportarse con una prudencia ejemplar durante toda la tarde.
¿Qué podía ocurrir en unas pocas calles?