Capítulo 2 #3
—En resumidas cuentas, Tansy quería lo que Harcourt podía darle y Harcourt necesitaba desesperadamente lo que ella tenía. Ella obtuvo un título y acceso a la élite londinense. Él consiguió una fortuna que evitara que terminara hundido junto con sus propiedades. Fin de la historia.
—Eso ya lo sé. Tampoco hace falta emprender una investigación exhaustiva para llegar a semejante conclusión.
—Entonces no termino de comprender qué pretendes conseguir hablando con ella. Si piensas que descubrir las infidelidades de su marido va a destrozarle el corazón, desde ya te advierto que estás haciendo zarpar tu barco hacia un puerto bastante incierto.
—No, no pienso jugar la carta del amor. —Joyce negó con la cabeza—. Creo que con utilizar la del escándalo será suficiente.
Tracie ladeó la cabeza, invitándola a continuar.
—Puede que Tansy no ame a su marido. Puede incluso que sus amantes le resulten indiferentes.
Pero me cuesta creer que haya cruzado, como tú misma dices, un océano, invertido parte de la fortuna de su familia y aceptado casarse con un hombre como Harcourt, que, entre nosotras, tampoco es muy agraciado…
—En eso tienes razón —convino Tracie—. Pésima elección la de Tansy.
Hizo una pausa y volvió el rostro hacia el escritorio de su esposo.
—Aunque, claro, no todas tuvimos la misma suerte.
Hayden levantó la vista.
Tracie lo recorrió con una mirada apreciativa y sonrió.
—Mira qué guapura de esposo me conseguí yo.
Hayden se limitó a arquear una ceja antes de regresar a sus documentos.
—Sí, bueno… —Joyce carraspeó, intentando retomar el hilo—.
Volviendo a Harcourt. Dudo mucho que Tansy haya hecho todo eso para conseguir una posición dentro de la sociedad londinense solo para quedarse tranquilamente sentada mientras su marido se dedica a convertir el apellido que ella compró tan caro en motivo de escándalo.
Desde el escritorio, Hayden volvió a levantar la vista.
—Eso tiene bastante sentido —admitió—. Es una buena carta para jugar.
—Gracias, Lord Sheffield.
Tracie arqueó una ceja en dirección a su marido.
—Cariño, ¿acaso estás poniéndote de su parte?
—No, no estoy poniéndome de su parte.
—Perfecto. Acláraselo. Porque, tratándose de Joyce, ponerse de su parte puede interpretarse como un incentivo para hacer alguna locura.
Hayden dirigió entonces la mirada hacia ella.
—Señorita Joyce, para que no exista posibilidad alguna de malentendido: no me estoy poniendo de su parte. Además, si hay algo a lo que jamás incitaría a nadie es a hacer locuras.
Tracie sonrió con dulzura.
—Lo sé, cariño.
Joyce decidió interrumpir el intercambio entre marido y mujer antes de que esa complicidad terminara volviéndose en su contra.
—No voy a hacer nada imprudente.
La carcajada de Tracie coincidió casi a la perfección con la de Hayden.
Joyce los miró a ambos.
—Hablo en serio.
—Mi risa también es seria —aseguró Tracie.
—Solo hablaré con Tansy. Nada más.
Tracie dejó de sonreír, aunque la expresión con que observó a su amiga continuó cargada de sospecha.
—De acuerdo. Entonces entiendo que no visitarás ningún establecimiento de dudosa reputación, no perseguirás a Harcourt, no interrogarás mujeres y tampoco entrarás en ningún sitio del que después alguien tenga que ir a sacarte.
Joyce dejó escapar una risa algo nerviosa.
—No, no haré ninguna de esas cosas. Repito: no voy a hacer ninguna locura.
Tracie volvió el rostro hacia su marido.
—¿Has tomado nota, cariño?
Hayden, que ya había regresado a sus documentos, levantó la pluma a modo de confirmación.
—Todo anotado.
—Perfecto.
—No era necesario tomar nota —protestó Joyce—. Además, ni siquiera tengo tiempo para hacer todo eso que acabas de enumerar —continuó, dispuesta a conducir la conversación hacia un terreno menos peligroso—. Tengo un problema bastante más inmediato que resolver.
—¿Qué problema?
—Isobel.
—¿Le ocurre algo más?
—A ella no. A su guardarropa. Necesita una intervención urgente.
Tracie volvió a acomodarse entre los almohadones.
—Joyce, no creo que Harcourt la confundiera con una criada solo por el vestido que llevaba.
—Yo tampoco. Pero su vestuario no ayudó.
—¿Tan malo es?
Joyce hizo una mueca.
—Por algún motivo que todavía no consigo comprender, mi prima llegó de Escocia decidida a explorar todas las tonalidades existentes entre el gris y el marrón.
—Bueno, quizá esas tonalidades sean tendencia en Escocia y nosotras no lo sabemos. —Tracie se encogió de hombros, divertida—. O quizá solo pretenda pasar inadvertida.
—Ese es justo el problema. Tú y yo sabemos que, si pretende incorporarse a la sociedad londinense, pasar inadvertida no es una opción. Y, dicho sea de paso, a juzgar por lo sucedido ayer, tampoco lo está consiguiendo.
—En eso tienes razón.
—Pensaba llevarla de compras esta semana.
Quizá mañana. —Joyce comenzó a enumerar mentalmente—.
Primero tendremos que visitar algunas tiendas de telas, después conseguir que una modista pueda recibirnos con tan poca antelación y, si pretendo evitar que Arabella convierta la salida en una expedición de ocho horas, tendré que organizarlo todo de antemano.
—Miró hacia el reloj y se incorporó—. Precisamente por eso creo que debería marcharme.
—¿Ya?
—Llevo aquí bastante tiempo, te he proporcionado fresas y he contribuido a generar una pequeña crisis matrimonial relacionada con unos higos. Considero que mi visita ha sido productiva.
Tracie sonrió mientras Joyce se acercaba a despedirse de ella.
—Antes de que te marches… Si quieres, puedo ayudarte con Tansy.
Joyce se detuvo.
—¿De qué manera?
—Podría enviarle una nota. Nada demasiado explícito. Solo hacerle saber que una querida amiga mía desea visitarla y que agradecería que la recibiera.
—Si crees que puede ayudar…
—Creo que puede ayudar.
—Entonces, como gustes.
La despedida fue breve y afectuosa. Tracie recibió un beso de su amiga, una última advertencia de que no devorara todas las fresas de una vez y la promesa de mantenerla informada. Pocos minutos después, abandonó la casa.
Tracie permaneció mirando la puerta cerrada durante unos segundos. Luego apoyó ambas manos sobre el sofá.
—Cariño.
Hayden no levantó la vista de los documentos.
—¿Sí?
—Ayúdame a levantarme.
Eso sí consiguió su atención inmediata. Dejó la pluma y comenzó a incorporarse, pero su esposa ya había iniciado por su cuenta una maniobra mucho más compleja de lo que había previsto.
Apartó un almohadón, intentó impulsarse con una mano, descubrió que otro se había deslizado detrás de su espalda y volvió a caer contra el respaldo con un bufido.
Hayden dio un paso hacia ella.
—Espera.
—No. No, mejor no. —Tracie levantó una mano para detenerlo—. Olvídalo.
—¿Que olvide qué?
—Lo de levantarme. Es demasiado trabajo y tú ya estás junto al escritorio.
—¿Qué necesitas?
—Que escribas una nota.
—¿Para Lady Harcourt?
—No. Lady Harcourt puede esperar. —La sonrisa que apareció en los labios de Tracie hizo que Hayden comprendiera que la conversación con su amiga todavía no había terminado de producir consecuencias—.
Quiero que le escribas a la única persona en quien confío lo suficiente como para impedir que Joyce haga exactamente todo lo que acaba de prometer que no hará.
Hayden permaneció en silencio durante un instante. Después miró hacia la puerta por la que Joyce acababa de marcharse. Regresó a su silla y tomó la pluma.
—Sí. Tienes razón.
Tracie sonrió satisfecha.
—Dile a mi primo que necesito verlo.