Capítulo 2 #2
—Por supuesto que puedes. De hecho, me encanta que lo hagas.
—Bueno, entonces quedémonos con eso. Vine a verte.
—Con fresas…
—Porque soy una amiga considerada —se apresuró a añadir Joyce, interrumpiéndola.
—Sí, muy considerada. Eso no cabe duda. Pero me interrumpiste. —Tracie señaló hacia ella con la fresa—. Viniste a verme con fresas… y con esa expresión.
Joyce frunció el ceño.
—¿Qué expresión?
—Esa misma que tienes ahora.
—Lo siento, no logro verla.
—Exacto. Yo sí. Y la conozco.
Joyce hizo un pequeño gesto de resignación.
—No sé de qué hablas.
—¿Qué ocurrió?
—Nada.
—Joyce.
—¿Qué?
—¿Qué ocurrió?
—Ocurrirme, lo que se dice ocurrirme, no me ocurrió nada.
Tracie sonrió con complicidad. Le dio otro pequeño mordisco a la fresa.
—Quizá no te haya ocurrido nada a ti, pero algo ocurrió, ¿verdad?
Joyce exhaló.
Había sabido que no conseguiría mantener el asunto apartado de la conversación durante demasiado tiempo.
La realidad era que tampoco había ido allí con intención de hacerlo.
Solo había esperado encontrar el momento apropiado para introducirlo, sin que Tracie llegara a pensar que esa era la única razón de su visita.
Porque no lo era.
Visitarla seguía siendo uno de esos pequeños placeres que Joyce procuraba conservar desde que su amiga se había convertido en esposa y baronesa.
Le gustaba verla, comprobar cómo se encontraba y compartir con ella algunas horas sin necesidad de que existiera un motivo particular para hacerlo.
Pero esa tarde había, además, otro asunto rondándole la cabeza.
Y Tracie, como siempre, había conseguido descubrirlo antes de que Joyce decidiera cómo plantearlo.
—¿Conoces a Tansy Caldwell? —preguntó finalmente.
La sonrisa de Tracie mutó hasta convertirse en una mueca de sorpresa.
—¿Tansy Caldwell? —repitió con cierta inquietud.
No porque el nombre le resultara desconocido, sino porque no alcanzaba a comprender qué podía haber llevado a Joyce a preguntarle por ella.
Joyce, sin embargo, interpretó la reacción de otra manera.
—Ah, perdona. Quizá debí referirme a ella como Lady Harcourt.
—Sí, sí. Lady Harcourt, Tansy Caldwell… da lo mismo. Sé quién es.
—Entonces la conoces.
Tracie hizo oscilar una mano en el aire.
—Depende de lo que entiendas por conocer. No somos lo que se dice amigas. Nunca lo hemos sido, si eso es lo que preguntas. Pero sí hemos coincidido varias veces, especialmente cuando ambas llegamos a Londres. Nos movíamos dentro de algunos pequeños círculos en común.
—¿Te refieres al de americanas en Londres?
—Ese mismo.
Tracie tomó otra fresa. Ya era la sexta desde que Joyce había llegado, aunque, a juzgar por la velocidad con la que desaparecían, difícilmente sería la última.
—Hoy en día somos suficientes para formar un pequeño país dentro de Inglaterra. —Le dio un mordisco a la fresa—. Pero no se lo digas a la tía de Hayden.
—¿Por qué?
—Lady Honora se espantaría y llegaría a la conclusión de que las americanas estamos ejecutando un elaborado plan para apoderarnos poco a poco de la sociedad londinense.
—Considerando la cantidad de ustedes que han terminado casándose con miembros de la nobleza, tampoco sería una conclusión descabellada.
Tracie señaló hacia ella con lo que quedaba de la fresa.
—Por eso no debes decírselo. No quisiera proporcionarle pruebas que respalden su teoría.
—Terminó de comerla y buscó otra—. Como sea, tampoco somos tantas como para no terminar sabiendo unas de otras.
Quizá no conozca personalmente a todas, pero los nombres, las familias, con quién se casaron…
esas cosas terminan circulando. —Volvió a observar a Joyce con curiosidad—.
Pero ¿por qué me preguntas tú por Tansy Caldwell?
Joyce se acomodó en el sillón.
—Porque ayer su marido intentó propasarse con Isobel.
Tracie dejó de masticar.
—¿Tu prima escocesa? —preguntó. Joyce asintió—. ¿Qué hizo?
Joyce le relató lo sucedido sin entrar en todos los detalles del interminable desayuno de la mañana. Le contó cómo Harcourt había confundido a Isobel con una criada, el modo en que se había aproximado a ella y el intento de ponerle una mano encima antes de que la muchacha consiguiera apartarse.
Cuando terminó de contar lo sucedido, Tracie abandonó sobre la mesa la fresa que había dejado a medio comer. De pronto, hasta las fresas habían perdido su atractivo.
—¡Desagradable bastardo! —exclamó.
—Gracias —dijo Joyce—. Mi madre agradecería que reservaras ese vocabulario para después del almuerzo.
Tracie miró hacia el reloj.
—Ya es después del almuerzo.
—Entonces puedes continuar.
—¡Perfecto! —se acomodó contra el respaldo—. ¡Desagradable, miserable y asqueroso bastardo!
—Eso mismo pensamos todas. Bueno, al menos Arabella y yo. Isobel, por supuesto, se reserva su opinión. Ya sabes que es bastante más discreta.
—Demasiado, por lo que veo.
—De hecho, no quería que nos enteráramos de lo sucedido.
Tracie frunció el ceño.
—Esas cosas no deberían mantenerse en silencio.
—Díselo a mi prima.
—Lo haré la próxima vez que la vea. Isobel es demasiado buena.
—Sí, eso también se lo hemos dicho. —Joyce se acomodó en el sillón—.
El problema es que estamos demasiado acostumbradas a que esa sea la manera correcta de proceder.
Ver, callar y continuar. O, peor aún, ser una misma quien termina padeciendo una situación desagradable y guardar silencio para evitar un escándalo, proteger la propia reputación o no incomodar a los demás.
—Y mientras tanto, hombres como Harcourt siguen haciendo exactamente lo mismo. —Tracie negó con la cabeza—. Menos mal que Isobel te tiene a ti por prima. —Joyce sonrió con evidente satisfacción. Tracie la observó durante un instante—. Y hablando de todo esto, ¿tu hermano está enterado?
—Se enteró. Por supuesto que se enteró.
—¿Y qué piensa hacer Robin al respecto?
Joyce hizo una pequeña mueca.
—Según él, se encargará de Harcourt .
—¿Y eso qué significa?
—No lo sé. Robin no consideró necesario proporcionarme los detalles. Lo que sí consideró indispensable fue prohibirme que siquiera me atreviera a pensar, concebir o elaborar alguna idea destinada a hacer que Harcourt pagara por sus desagradables actos.
Tracie permaneció mirándola, incrédula, conteniendo las ganas de reír. Ambas sabían que pretender que Joyce obedeciera semejante prohibición era, cuanto menos, absurdo.
—¿Y tú aceptaste?
—Por supuesto.
Hubo un breve silencio. Tracie frunció el ceño y la observó con mayor detenimiento.
Joyce sostuvo su mirada unos instantes antes de sonreír.
—Por supuesto que no —admitió Joyce—. Pero él cree que sí.
—Perfecto. Ahora todo tiene mucho más sentido. —Tracie se acomodó otra vez contra el respaldo—. Y considerando que tú y yo sabemos que pasarás por alto buena parte de lo que te dijo tu hermano, me atrevo a preguntar: ¿qué tienes en mente?
Joyce abrió la boca, pero Tracie levantó una mano para detenerla.
—Y antes de que me digas nada , me adelanto a decirte que no voy a ofenderme ni a pensar que viniste a verme solo porque necesitabas información.
—Señaló la cesta—. Trajiste fresas y, de algún modo, conseguiste leerme el pensamiento desde la distancia.
Has cumplido con tus obligaciones como amiga íntima.
Dicho eso, dime ahora, sin rodeos… ¿qué estás pensando?
—Solo quiero hablar con su esposa. Algo tan simple como eso.
Tracie la observó con detenimiento durante unos segundos y, como si necesitara adoptar una postura acorde con aquel escrutinio, intentó cruzarse de brazos.
El problema fue que su vientre ocupaba ya una extensión considerable entre ella y cualquier gesto que pretendiera ejecutar con naturalidad.
Apoyó los brazos sobre la prominente curva, permaneció así un instante y, insatisfecha con el resultado, terminó por dejarlos caer a ambos lados.
La expresión inquisidora, sin embargo, permaneció intacta.
—No me convence.
—¿Qué cosa?
—Tú.
—¿Yo?
—Tú diciendo solo quiero hablar . Cuando alguien como tú dice que solo quiere hablar , rara vez significa únicamente eso.
—No pienso hacer ninguna locura.
—Magnífico. Entonces dime qué piensas hacer.
—Ya te lo dije.
—¿Vas a presentarte en casa de Lady Harcourt, llamar a su puerta y decirle: «Hola, Tansy, solo quiero hablar contigo»?
—Sí. Eso es lo que pretendo hacer. Iré a verla, hablaré con ella y me aseguraré de que sepa qué clase de hombre tiene por marido.
—Joyce, por favor. Tansy Caldwell no es ninguna ingenua. Créeme. No lo era cuando llegó a Londres y dudo mucho que el matrimonio haya conseguido convertirla en una.
—Nunca dije que lo fuera.
—Entonces supongo que sabes que su unión con Harcourt tampoco nació de una gran historia de amor.
—Algo sé... Pero no indagué mucho más al respecto.
—La familia Caldwell tiene dinero. Mucho dinero.
Cuando se concertó ese matrimonio, Harcourt tenía poco más que ofrecer aparte de su título, un apellido respetable y unas propiedades tan cargadas de deudas que apenas podía mantenerlas.
Tansy, en cambio, estaba fascinada con Inglaterra.
Quería instalarse aquí, entrar en la sociedad londinense y formar parte de ese pequeño mundo que, por algún motivo que todavía no termino de comprender, desde el otro lado del océano parece mucho más fascinante de lo que realmente es.
Joyce sonrió.
—Y, sin embargo, tú sigues aquí. ¿También terminaste enamorándote de Inglaterra?
—Yo no me enamoré de Londres, Joyce. —Una sonrisa asomó a sus labios—. Me enamoré de un inglés. Supongo que eso terminó siendo motivo suficiente para quedarme y no pensar jamás en marcharme.
Como si aquellas palabras hubiesen bastado para convocarlo, Hayden regresó al salón sin el cuenco de higos confitados. No interrumpió la conversación. Se limitó a ocupar su lugar detrás del escritorio y retomó los documentos que había abandonado unos minutos antes.
Tracie continuó: