Capítulo 2
L as visitas de Joyce Grigg a la baronía de Sheffield se habían convertido, con el paso de los meses, en una costumbre lo bastante frecuente como para que ya nadie considerara necesario anunciarlas con excesiva ceremonia.
Mucho menos para la propia baronesa.
La amistad entre Joyce y Tracie Plageman había sobrevivido sin dificultad al matrimonio de esta última con Lord Hayden Kensington, barón de Sheffield.
Solo había cambiado algunas de sus formas.
Tracie ya no disponía de la misma libertad para aparecer en casa de los Grigg sin previo aviso ni podía acompañar a Joyce en cada paseo, visita o pequeña aventura que se les ocurriera.
Había adquirido un título, una casa que dirigir y una cantidad de responsabilidades que, al principio, había aceptado con bastante más entusiasmo que conocimiento.
Ah, sí. Y también había adquirido un marido.
Un pequeño detalle que había venido acompañado de su propio conjunto de responsabilidades, aunque esas, a diferencia de las correspondientes a una baronesa, no parecían encontrarse especificadas en ningún manual de comportamiento social.
Ser esposa de Hayden Kensington exigía una particular combinación de paciencia, capacidad de negociación y cierta disposición a convivir con un hombre convencido de que prácticamente cualquier inconveniente podía resolverse si se organizaba con suficiente antelación.
Y, como si todo eso no hubiese resultado bastante para mantenerla ocupada, a juzgar por el tamaño de su vientre, Tracie estaba a punto de asumir una responsabilidad mucho más demandante que todas las anteriores.
Título, baronía, marido y, muy pronto, un hijo.
Sin duda, había aprovechado bien los últimos meses.
—¡Fresas!
La exclamación de Tracie consiguió que Joyce olvidara cualquier saludo que hubiese estado a punto de pronunciar.
Su amiga estaba instalada en uno de los sofás del salón, rodeada por una cantidad de almohadones que resultaba difícil determinar si obedecían a una verdadera necesidad o al exceso de cuidado de su marido.
Una mano descansaba sobre la prominente curva de su vientre; la otra acababa de extenderse en dirección a la pequeña cesta que Joyce llevaba consigo, cubierta por un paño de lino.
Sin embargo, la tela no había conseguido contener por completo la fragancia dulce de aquello que albergaba en su interior.
—Buenas tardes para ti también.
—Sí, sí, buenas tardes. —Tracie volvió a señalar la cesta con impaciencia—. Son fresas, ¿verdad?
—¿Cómo sabes que…?
—Puedo olerlas. Definitivamente son fresas. Dime que son fresas.
Joyce dejó escapar una risa y levantó una esquina del paño, descubriendo el intenso rojo de las frutas que llenaban la cesta.
—Veo que tu olfato funciona a la perfección. Sí, son fresas.
Los ojos de Tracie se iluminaron.
—Lo sabía.
—Pensé que podrían gustarte.
—¿Que podrían gustarme? —repitió, como si Joyce acabara de cometer una extraordinaria subestimación—. No tienes ni idea. ¿Puedes creer que anoche soñé con fresas? Llevo tres días pensando en fresas.
—Ayer eran dos —intervino una voz masculina desde el otro extremo del salón.
Joyce volvió la cabeza.
Hayden Kensington se encontraba sentado detrás de un escritorio, con varios documentos extendidos ante él.
El hecho de que estuviese allí a esa hora resultaba todavía más extraño.
Durante buena parte de su vida, el barón de Sheffield había administrado sus obligaciones con una dedicación tan rigurosa que apartarlo de ellas había requerido, en más de una ocasión, argumentos bastante más contundentes que el simple deseo de su esposa de tenerlo cerca.
Las cosas habían cambiado.
Durante las últimas semanas, Hayden había delegado en su administrador una cantidad cada vez mayor de asuntos de la baronía.
No todos, naturalmente. Seguía revisando cuentas, firmando correspondencia y tomando las decisiones que consideraba importantes.
Pero había descubierto que muchas de las tareas que durante años había considerado indispensable atender personalmente podían ahora ser resueltas por otros.
Sobre todo, desde que Tracie había entrado en el último tramo de su embarazo.
La baronía seguía siendo su responsabilidad. Pero su esposa se había convertido en su prioridad.
—¿Dos? —preguntó Tracie.
Hayden levantó la vista de los documentos.
—Sí. Ayer dijiste que llevabas dos días pensando en fresas.
Tracie carraspeó.
—Entonces hoy son tres.
—Eso acabo de decir.
Ella volvió el rostro hacia su esposo.
—Y, en estos tres días, ¿no se te ocurrió conseguirlas tú, cariño? ¿Estabas esperando que Joyce lo hiciera?
—Yo…
—Gracias, Joyce. —Tracie llevó una mano al pecho y dirigió hacia su amiga una mirada cargada de gratitud—. Gracias por haber conseguido interpretar mis deseos desde la distancia, considerando que mi propio esposo, que se encuentra a unos pocos pasos de mí buena parte del día, no ha logrado hacerlo.
Joyce apretó los labios.
Hayden dejó la pluma sobre el escritorio y se llevó el pulgar y el índice al puente de la nariz.
Inspiró hondo y exhaló con lentitud. Jamás se permitiría resoplar delante de su esposa.
A solas era otra cuestión.
—Creí que todavía querías higos —dijo finalmente.
—¿Higos?
La forma en que pronunció la palabra habría hecho pensar que los higos pertenecían a una época remota de su existencia.
Hayden la contempló durante unos segundos. Después señaló con el índice hacia una mesa cercana y, acto seguido, miró a Joyce, como si necesitara al menos un testigo imparcial que pudiera certificar sus esfuerzos.
Joyce siguió la dirección del gesto.
Allí descansaba un pequeño cuenco de higos confitados que, a juzgar por su aspecto, nadie había tocado.
—Esos higos —precisó Hayden.
—Ah. Esos higos.
Tracie hizo un vago movimiento con la mano, restándoles toda importancia. Sin embargo, apenas volvió la cabeza hacia el cuenco, arrugó la nariz y se llevó una mano a la boca.
—Ay, no.
Hayden se incorporó en la silla.
—¿Qué ocurre?
—Ahora que los mencionas, puedo olerlos. Su olor dulce se está mezclando con el de las fresas y… —Tracie tragó saliva y apartó el rostro—. No... no. Me está provocando náuseas. Haz que se los lleven, por favor.
Hayden miró los higos. Después miró a su esposa.
—Llevo seis días consiguiéndote esos higos.
—Lo sé.
—Durante seis días no has querido comer otra cosa.
—Y te lo agradezco muchísimo.
—Ayer comiste higos, solo higos.
—Hayden, ayer pertenece al pasado —continuó Tracie con la serenidad de quien acababa de ofrecer una explicación muy razonable.
Joyce bajó la cabeza para ocultar la sonrisa.
—Ayer fue sábado.
—Y hoy es domingo, cariño —se encogió de hombros y acarició su vientre.
Hayden guardó silencio. Joyce apretó los labios para no reír.
—Comprendo —dijo finalmente el barón.
—Además, no dije que ya no me gustaran —continuó ella.
—No has tocado ninguno.
—Porque ahora quiero fresas.
—De acuerdo —se limitó a decir.
No se resopla delante de tu esposa embarazada, Hayden.
Se recordó esa premisa antes de tomar nuevamente la pluma y regresar a los documentos que había dejado a un lado. Para él, el asunto de los higos y las fresas había quedado resuelto.
Para su esposa, al parecer, no.
—¿Qué haces? —preguntó Tracie.
Hayden volvió a levantar la vista.
—Trabajo.
—Ya veo que trabajas. ¿Qué estás escribiendo?
—Lo que estaba escribiendo antes.
Tracie observó con suspicacia el movimiento de la pluma.
Hayden terminó por comprender la sospecha de su esposa.
—No estoy anotando lo de las fresas.
—Parecía que sí, cariño.
—Solo estaba intentando continuar con mi trabajo, Tracie. —Hayden dejó otra vez la pluma y la miró—. Estaba trabajando antes de que llegaras a la conclusión de que seis días procurando que nunca faltaran higos confitados en esta casa constituye una muestra de negligencia marital.
Joyce soltó una carcajada. Había intentado mantenerse al margen de aquel intercambio, pero perdió la batalla.
—¡Yo no he dicho eso! —protestó Tracie.
—Todavía —puntualizó Hayden.
—Ni siquiera lo estaba pensando.
Hayden la observó durante un instante y una sonrisa terminó por suavizarle el semblante.
—Magnífico. Entonces mi reputación como esposo continúa intacta.
Tracie sostuvo su mirada. Un destello de picardía apareció en sus ojos.
—Por el momento.
Y le guiñó un ojo.
Hayden dejó lo que estaba haciendo y se incorporó. Atravesó el salón hasta llegar junto a ella, se inclinó y depositó un beso sobre su frente.
—Me tranquiliza saberlo.
Antes de apartarse, deslizó la mirada hacia el cuenco de higos confitados. Lo tomó de la mesa y se lo llevó consigo sin necesidad de que Tracie volviera a mencionar que el aroma comenzaba a revolverle el estómago.
—Gracias, cariño —dijo ella a sus espaldas.
Joyce se acercó finalmente y colocó la cesta sobre la mesa.
—En cualquier caso, aquí están. Higos o no higos, puedes considerar resuelta la emergencia de las fresas.
—Sabía que había motivos para conservar tu amistad.
—Qué conmovedor. No quiero imaginar qué habría sucedido si hubiese aparecido aquí con cualquier otra cosa.
—Habrías sido igualmente bien recibida —aseguró Tracie mientras extendía la mano hacia la cesta—. Con fresas o sin ellas.
Tomó una y le dio un mordisco.
—Aunque admito que esto ayuda.
Joyce volvió a reír mientras tomaba asiento frente a su amiga.
Había algo reconfortante en comprobar que ciertas cosas no habían cambiado.
El matrimonio parecía haberles sentado bien a ambos.
Tracie seguía siendo Tracie, con la misma facilidad para decir cuanto pensaba y la misma escasa inclinación a dejarse gobernar por convenciones que nunca habían terminado de importarle.
Hayden, por su parte, seguía poseyendo esa necesidad casi obsesiva de mantener bajo control todo cuanto lo rodeaba.
La diferencia era que ahora buena parte de aquella obsesión se concentraba en su esposa.
Y, últimamente, también en el hijo que ella llevaba en su vientre.
Tracie tomó otra fresa.
—Ahora dime, ¿a qué debo realmente tu visita?
—¿Acaso no puedo venir a Sheffield solo a verte?