Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 1 #4
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Capítulo 1 #4

Con el tiempo, la lista había crecido. También lo había hecho gracias a la colaboración de Tracie Plageman, su amiga y actual baronesa de Sheffield, cuyas observaciones habían resultado en más de una ocasión útiles.

Y, por supuesto, estaba Brett Grenville.

Lord Kinloss para casi todos los demás.

Para ella, simplemente Brett.

Él había aportado nombres, rumores y, sobre todo, esa clase de información que circulaba entre caballeros cuando creían que ninguna mujer estaba escuchando.

Joyce había descubierto hacía tiempo que la reputación pública de un hombre decía bastante menos de él que aquello que sus propios amigos estaban dispuestos a contar después de unas copas.

—De todos modos —continuó, dejando a un lado aquel pensamiento—, no se trata únicamente de saber quién es quién. También importa con quién se relaciona cada uno. Una puede saber muy poco de un caballero y bastante de los hombres que elige como amigos.

Isobel asintió.

—Dime con quién andas… —murmuró.

—Exacto. Y te diré quién eres —completó Joyce—.

Si un hombre mantiene una amistad estrecha con otro que bebe hasta perder el juicio, dilapida el dinero de su familia, acosa a las criadas y considera que su título le permite hacer cuanto le plazca, me concedo el derecho de preguntarme qué tienen ambos en común.

Unos pasos se escucharon al otro lado de la puerta.

—A veces, nada más que simples alianzas familiares.

Las cuatro mujeres volvieron la cabeza al mismo tiempo.

Robin Grigg, actual vizconde de Killearn, entró en el comedor con la tranquilidad de quien acababa de incorporarse a una conversación que, evidentemente, llevaba escuchando desde hacía bastante más de unos segundos.

—Te sorprendería saber cuántos vínculos estamos obligados a mantener por conveniencia, parentesco o simple apariencia —continuó mientras se dirigía hacia su lugar en la mesa—. Eso no significa que ignoremos los trapos sucios de los demás. Solo hemos aprendido a no exponerlos durante el desayuno.

Tomó asiento ante la mirada atenta de las mujeres.

—Y tampoco hacemos listas.

Joyce arqueó una ceja.

—¿Vas a juzgarme por hacer una?

—En absoluto.

—Me da gusto saberlo, porque no la hago solo para mí. También puede ser útil para cualquier dama que tenga la desgracia de cruzarse con alguno de esos hombres.

—Y me parece una iniciativa admirable —concedió su hermano—. Siempre y cuando esa clasificación permanezca en el anonimato y no decidas hacer pender la espada de Damocles sobre cada hombre desagradable e indecoroso de Londres.

—No soy tan extremista.

—Por supuesto que no. —Robin aceptó la taza de café que acababan de servirle—. Pero, si dependiera de tu criterio, sospecho que media sociedad londinense tendría motivos para empezar a preocuparse.

—¿Has escuchado toda la conversación? —preguntó Madeleine, sorprendida.

—Estaba en el despacho.

—Por eso mismo te lo pregunto. ¿Cómo has podido oírnos desde allí?

Entre el comedor diario y el despacho se interponía otra sala, distancia más que suficiente, en opinión de Madeleine, para preservar cualquier conversación mantenida en un tono razonable.

Robin dejó escapar una breve risa.

—Madre, cuando todas ustedes se reúnen en una misma habitación, sus voces adquieren unas propiedades acústicas extraordinarias. Sospecho que en el condado vecino ya conocen buena parte de lo sucedido.

Arabella soltó una carcajada.

—No hablábamos tan alto.

Robin le dirigió una mirada.

—Escuché «malnacido asqueroso y desvergonzado» desde el despacho.

Arabella se acomodó en la silla. Apretó los labios con fuerza para disimular su sonrisa.

La expresión divertida de Robin se desvaneció cuando volvió la mirada hacia Isobel.

—Y también escuché lo suficiente para entender qué ocurrió.

Isobel bajó la mirada con incomodidad.

—No quería causar problemas.

—Tú no has causado ninguno —respondió él con firmeza y amabilidad—. Harcourt lo hizo. Y, antes de que alguien en esta mesa empiece a concebir alguna idea ingeniosa… —Miró a Joyce—, yo me encargaré.

—No estaba concibiendo ninguna idea.

—Joyce —dijo él a modo de alerta. Se adelantaba a lo que fuese que su hermana tramara.

—¿Qué?

—Te conozco... —Robin apoyó un antebrazo sobre la mesa—. Repito, yo me encargaré.

Joyce sostuvo su mirada durante unos segundos.

—Está bien.

—No. «Está bien» no.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué quieres que diga?

—Repítelo conmigo: «Tú te encargarás».

Ella suspiró.

—Tú te encargarás... —dijo a su pesar.

—Otra vez. Y esta vez intenta que parezca que tienes intención de cumplirlo.

—No abuses de mi buena voluntad.

—¡Joyce!

—¡Está bien! Tú te encargarás.

Robin asintió, satisfecho. Tomó su taza y recorrió con la mirada a las cuatro mujeres sentadas a la mesa.

—Ahora bien, ¿podemos continuar con el desayuno, hermosas damas?

Madeleine soltó un suspiro.

—Eso mismo llevo intentando hacer desde que comenzó la mañana.

Durante el resto del desayuno nadie volvió a mencionar hombres indecorosos, listas secretas, ginebra barata ni repentinas amnesias matinales.

Para Madeleine, dadas las circunstancias, eso podía considerarse un éxito rotundo.