Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

Joyce ignoró el elocuente resoplido de su madre y continuó ordenando las piezas.

—Presumo que también estaba casado.

—Sí. Muy casado.

Madeleine cerró los ojos. Ocho.

Isobel asintió.

—Sí, lo estaba. Llevaba una alianza.

Joyce volvió la mirada hacia ella.

—¿Estás segura?

—Completamente. Pude verla cuando intentó ponerme una mano sobre el hombro.

El semblante de Joyce se endureció.

—¿Intentó tocarte?

Isobel hizo un pequeño gesto, restándole importancia.

—No llegó a hacerlo. Me aparté antes.

—Eso no es lo que he preguntado.

La respuesta salió más cortante de lo que Joyce pretendía. Respiró despacio y moderó el tono antes de continuar.

—¿Intentó tocarte?

—Sí.

Joyce apretó los labios.

Ese acto indecoroso añadía una pieza más al desagradable rompecabezas. Un lord, casado, lo bastante ebrio o desvergonzado para abordar a plena luz del día a una mujer que creía criada y, además, dispuesto a tomarse libertades físicas con ella.

—Bond Street —murmuró Joyce, más para sí misma que para las demás—. Casado. Indecoroso. Y con una alarmante tendencia a olvidar dónde terminan sus libertades y dónde comienzan las de los demás.

Arabella se inclinó hacia ella, expectante.

—Ya sabes quién es, ¿verdad?

Joyce no respondió de inmediato. Permaneció en silencio durante unos segundos mientras tamborileaba lentamente con el índice sobre la mesa, como si marcara el compás de sus propios pensamientos.

Una vez.

Dos.

Tres.

Madeleine aguardaba con la taza suspendida entre las manos. Isobel no apartaba los ojos de ella y Arabella parecía contenerse para no exigirle que hablara de una vez.

Joyce dejó que el silencio se prolongara un instante más. Cuando estuvo segura de tener la atención de las tres, detuvo el tamborileo.

—Lord Harcourt.

Arabella hizo una palmada en el aire.

—¡Ah! ¡Lo sabía! —exclamó, celebrando el acierto como si Joyce acabara de resolver ante ellas un complicado acertijo—. Nunca dejas de sorprenderme, hermana.

Isobel abrió los ojos, evidenciando su sorpresa.

—¿Cómo lo supiste?

Joyce se recostó contra el respaldo de su silla.

—Era bastante elemental.

Madeleine arqueó una ceja.

—¿Elemental? Acabas de identificar a un hombre a partir de una calle, una alianza y una colección de insultos.

—Cuatro —puntualizó Arabella—. También dije malnacido.

—Gracias por la precisión. Nadie está cuestionando tu capacidad descriptiva, querida.

Joyce tomó su taza.

—Lord Harcourt suele frecuentar un establecimiento a pocas calles de Bond Street. Uno bastante poco recomendable, por cierto.

Madeleine se llevó el pulgar y el índice al puente de la nariz y comenzó a masajearlo lentamente.

Dios santo.

Primero habían sido los silencios sospechosos de Arabella e Isobel, seguidos, apenas unos minutos después, por la revelación de una situación que ambas habían considerado oportuno ocultarle.

Ahora resultaba que Joyce podía identificar no solo a hombres indecorosos a partir de unos cuantos datos, sino también los establecimientos poco recomendables que estos frecuentaban.

Ya no le cabían dudas: antes de terminar el desayuno tendría una jaqueca infernal.

—¿Puedo preguntar cómo sabes tú qué establecimientos poco recomendables frecuenta Lord Harcourt?

Joyce bebió un sorbo de café.

—Porque no necesito entrar en ellos para saber quién lo hace, madre.

—Gracias al cielo.

—La información no siempre requiere presencia ni experiencia personal.

—Llámalo como quieras. Me basta con saber que no has tenido que perder el decoro para averiguar quiénes ya lo han perdido.

Joyce sonrió.

—Puedes estar tranquila.

—Me alegra oírlo. —Madeleine volvió a tomar su taza.

—Además, Lord Harcourt no es un hombre discreto. Basta con hacer unas cuantas preguntas a las personas correctas para obtener un panorama bastante completo de sus hábitos.

Joyce hizo una pausa y bebió un sorbo de café.

—Cuando dispone de dinero, lo reparte entre las apuestas, la bebida y las mujeres. Según lo que he oído, suele hacerlo en ese orden.

Arabella hizo una mueca de profundo desagrado.

—Pues tu información parece bastante certera. Ayer daba toda la impresión de haber llegado al final de ese orden preestablecido.

Joyce volvió la mirada hacia ella.

—¿Había bebido?

—Sí —respondió Isobel—. Olía a ginebra.

—Barata —añadió Arabella con evidente desdén—. Muy barata.

Madeleine dejó escapar un pequeño suspiro... Nueve.

—Eso también encaja con su perfil —murmuró Joyce.

—¿También sabes qué clase de bebida consume? —preguntó Madeleine.

A esas alturas de la charla ya no sabía si formular la pregunta como una madre escandalizada o como una mujer fascinada. Probablemente lo segundo. Las insospechadas capacidades de su hija para recopilar información conseguían sorprenderla a cada momento.

—No —respondió Joyce—. Solo sé que su esposa controla buena parte del dinero al que él tiene acceso. Por lo visto, es la única persona con buen criterio en esa casa.

Arabella hizo una mueca.

—Bueno, permíteme poner eso en duda. Si realmente tuviera tan buen criterio, podría haberlo utilizado a la hora de decidir casarse con él.

—No vamos a juzgarla por una mala decisión —replicó Joyce.

—Una bastante mala.

—Arabella... —la reprendió su madre.

—Solo lo señalo. —Hizo un pequeño encogimiento de hombros.

Joyce decidió ignorarla.

—Como sea, el dinero al que Harcourt tiene acceso es limitado porque buena parte de la fortuna pertenece a su esposa. Si apuesta y pierde, tiene que elegir: buen alcohol, mujeres o seguir apostando con la esperanza de recuperar lo perdido.

Isobel la observó con creciente atención.

—Y ayer…

—Ayer —concluyó Joyce—, por lo visto, eligió mal en las tres cosas. Aunque hay algo que todavía me sorprende.

—¿Qué cosa? —preguntó Madeleine.

—Harcourt es un miserable y un depravado, sin duda, pero no es un completo idiota. Sabe escoger cuándo y, sobre todo, con quién comportarse de esa manera. Por eso me sorprende que se haya atrevido contigo y, repito, en plena calle.

—No estaba exactamente a plena vista —aclaró Isobel—. Yo había esperado a Arabella unos pasos más allá de la tienda. Había menos gente y…

—Eso explicaría parte de su atrevimiento —concedió Joyce—. Aunque tampoco necesitamos esforzarnos demasiado en encontrarle una lógica. Quizá esté alcanzando una nueva etapa de su propia decadencia y finalmente se esté convirtiendo también en un completo idiota.

—Por lo que veo, ya lo tenías en tu lista —dedujo Arabella.

Joyce dirigió la mirada hacia ella.

—¿Mi lista?

—Sí. Porque estoy empezando a sospechar que tienes una. ¿Verdad?

Joyce consideró que la pregunta no requería respuesta. Se limitó a llevarse la taza a los labios y beber otro sorbo de café.

El silencio, sin embargo, resultó mucho más revelador de lo que habría deseado.

Madeleine observó a su hija por encima de su propia taza. La pregunta de Arabella acababa de despertar también su curiosidad.

—Tienes una lista...

—No es exactamente una lista. Es una clasificación.

—¿Una clasificación de qué?

—De hombres que conviene evitar. Soy una mujer soltera en edad de casarme, madre. Me parece bastante sensato saber con quién no debo hacerlo.

—¿Y cuántos hombres hay en esa clasificación? —quiso saber Arabella.

—Más de los que quisiera y, probablemente, más de los que imaginan.

Arabella abrió los ojos con renovado interés.

—¿Hay conocidos?

—No voy a decírtelo.

—¿Por qué no?

—Porque no necesitas saberlo. Si alguno de ellos llega a cruzarse en tu camino, yo me cercioraré de que te mantengas lo bastante alejada. Eso es todo cuanto necesitas conocer.

—No, no, no. —Arabella negó varias veces con la cabeza—. Ahora no puedes dejarlo ahí. Dinos algo más.

Isobel, que hasta entonces había seguido el intercambio en silencio, parecía compartir la misma opinión.

—¿Cómo los tienes organizados? —continuó Arabella—. Porque deben estar organizados de alguna manera. ¿Por categorías?

—No voy a entrar en detalles, Arabella.

Una sonrisa se dibujó en el rostro de su hermana.

—Entonces hay categorías.

—No he dicho eso.

—No hacía falta. —Arabella se inclinó un poco más hacia ella—. ¿Harcourt en cuál está?

—¡Dios santo! —Joyce dejó la taza sobre el platillo.

—Deja de molestar a tu hermana —intervino Madeleine—. Ya ha dicho que no piensa entrar en detalles.

—Gracias, madre.

—Aunque primero podrías responder en qué categoría está Harcourt.

Joyce volvió la cabeza hacia ella... ¿En serio, madre?

Madeleine sostuvo su mirada. Esperaba ese detalle...

—Después no indagaremos más.

Arabella soltó una carcajada.

—¡Madre!

—¿Qué? Ahora también tengo curiosidad.

Joyce miró a las tres mujeres que aguardaban su respuesta y comprendió que no tenía escapatoria.

—Digamos que se encuentra entre los desagradables e indecorosos.

—Me parece una categoría bastante amable para ese hombre, hija.

—No te preocupes, madre. Dentro de cada categoría hay subdivisiones.

Madeleine asintió, satisfecha.

—Ah... Me parece bien.

La clasificación no había nacido como tal.

Al principio había sido poco más que una precaución, una forma de mantener presente qué hombres convenía observar antes de permitirles acercarse demasiado.

Lord Oliver Whitcombe había tenido el dudoso honor de ocupar uno de los primeros lugares.

Después habían aparecido otros nombres y, con ellos, la necesidad de establecer diferencias.