Capítulo 1 #2
Arabella, que todavía tenía la boca ocupada con aquel mordisco desmesurado de tostada, comenzó a masticar a toda velocidad. Tragó como pudo y se apresuró a intervenir:
—Llegas tarde.
Joyce se detuvo detrás de su silla y la miró.
—Buenos días para ti también.
—Sí, sí. Buenos días.
—Qué cálido recibimiento.
—Llevamos un rato esperándote.
Madeleine giró la cabeza hacia su hija menor.
—¿Esperándola?
Arabella se quedó inmóvil. Isobel, en cambio, encontró repentinamente algo de enorme interés al otro lado de la ventana.
Joyce miró a una, después a la otra y, por último, a su madre.
—¿Me he perdido de algo? ¿De qué hablaban?
Un criado se acercó para servirle café mientras Joyce ocupaba su lugar en la mesa.
—De nada en particular —respondió Lady Madeleine, ya sin ánimos de seguir dándole vueltas al asunto—.
Estábamos hablando de la primera semana de Isobel en Londres.
Una pensaría que, para una muchacha nacida y criada en un pueblo de Escocia, la vida londinense podría resultar abrumadora o fascinante.
Quizá ambas cosas. Pero, por lo visto, la experiencia de tu prima ha transcurrido sin pena ni gloria.
—Tomó su taza—. Lo cual supongo que es bueno. Sobre todo, sin pena.
—Quizá sea demasiado pronto para pedirle una impresión —consideró Joyce, dirigiendo una sonrisa hacia su prima—.
Toda una vida en un pueblo al norte de Escocia y, de pronto, Londres…
Yo diría que tiene derecho a tomarse un tiempo para procesarlo todo antes de decidir qué impresión le merece la ciudad. O nosotros.
Isobel le devolvió la sonrisa, agradecida por la intervención y la presencia de su prima mayor. Sin duda, Joyce sabía cómo calmar los ánimos.
—¡Impresión se ha formado! —exclamó Arabella como si se hubiese estado conteniendo durante horas—. ¡De eso no cabe duda!
Las tres la miraron.
—¿Cómo dices? —preguntó Joyce.
—Que no necesita más tiempo. Ya se ha formado una impresión. Y una muy espantosa.
Madeleine alzó las cejas.
—Ahora sí parece que el «muy» ha encontrado una verdadera utilidad.
Isobel propinó un discreto codazo a Arabella.
—Arabella… —le susurró.
La noche anterior ambas habían acordado no mencionar el asunto. Sin embargo, allí estaba su prima, abriendo la boca más de la cuenta después de haberse pasado buena parte del desayuno haciendo verdaderos esfuerzos por mantenerla ocupada con una tostada.
—¿De qué estás hablando, Arabella? —preguntó Joyce—. Y ahórrate los rodeos conmigo.
—Exacto —intervino su madre—. Ahórratelos ahora, considerando que conmigo hiciste abundante uso de ellos hace apenas unos minutos.
Arabella comprendió que ya no había forma elegante de retroceder.
—¿Qué otra impresión podría llevarse de Londres después de lo que sucedió ayer?
Isobel cerró los ojos durante unos instantes.
—Arabella —volvió a susurrar—. Anoche acordamos que no era necesario que se enteraran.
—Pues yo he cambiado de opinión.
—Un momento. —Madeleine levantó una mano—.
Esperen las dos. —Miró primero a Arabella y después a Isobel, esta vez con una evidente expresión de enfado, algo bastante poco habitual en ella—.
Ante todo, quisiera recordarles que hace unos breves, brevísimos minutos me encomendé personalmente a la tarea de averiguar qué había ocurrido durante esta primera semana.
¿Y qué obtuve de ustedes? —Hizo una pausa, aunque no esperaba respuesta—. Nada... Muy, muy nada.
—Es que ahí está la cuestión, madre —se apresuró a intervenir Arabella—. Tú preguntaste por la semana. Nunca preguntaste qué había ocurrido ayer.
Lady Madeleine la miró, incrédula.
—Pregunté adónde habían ido. Pregunté qué habían hecho.
—Y te respondimos.
—Tú respondiste —puntualizó su madre.
Arabella señaló a Isobel.
—Ella también.
Isobel asintió varias veces con la cabeza y acompañó el gesto con una sonrisa algo culpable.
—Asentir y sonreír no cuenta como proporcionar información —aclaró Madeleine.
—Pero tampoco puedes decir que no participó de la conversación.
Joyce, que seguía el intercambio con creciente curiosidad, intervino:
—Arabella, no le respondieron a madre.
—¡Claro que le respondimos!
—Me dijeron que habían paseado y visto tiendas —recordó ella.
—Porque paseamos y vimos tiendas —replicó Arabella—. Madre, no te ocultamos información. La cuestión es que nunca preguntaste si había ocurrido algo puntual.
Madeleine permaneció en silencio unos segundos, observando a su hija.
—De modo que ahora resulta que, para mantener una conversación contigo, debo formular las preguntas con la precisión de un interrogatorio judicial.
—No estaría de más.
—Arabella…
—Solo para evitar futuros malentendidos.
Joyce bajó la mirada hacia su café, intentando ocultar una sonrisa. Su madre la vio.
—No te rías. Al parecer, la jueza de la familia va a tener que enseñarme a interrogar correctamente a mi propia hija. Por lo visto, los detalles estaban reservados para ti.
—Ay, madre, no te lo tomes como algo personal.
—¡Por supuesto que me lo tomo como algo personal! Llevo medio desayuno intentando sacarles una oración que contenga más información que «muy agradable». Y ambas demostraron una admirable incapacidad para recordar cualquier detalle de la jornada.
—Bueno… —Arabella hizo una mueca—. En ese momento no me acordaba.
—Oh, vaya… ¿Acaso sufriste una repentina amnesia matutina?
—Matinal —corrigió Joyce.
—¿Perdón? —Madeleine giró la cabeza hacia ella.
¡Lo que faltaba, que la corrigieran!
—Amnesia matinal. Suena mejor.
—Gracias, jueza. Tu precisión lingüística era justo lo que necesitábamos.
Arabella señaló a su hermana.
—¿Ves, madre? Ella me entiende.
—No he dicho eso —replicó Joyce—. Solo estoy esperando descubrir qué demonios ocurrió ayer con ustedes.
—Joyce —advirtió Madeleine.
—¿Qué?
—El vocabulario durante el desayuno.
Arabella sonrió. Ella solía ganarse la mayor parte de las reprimendas de su madre.
—Tú no te entusiasmes. Todavía no hemos llegado a tu parte…
—Y como sigas dando vueltas, nunca llegaremos a esa parte —cuestionó Joyce.
La tendencia de su hermana a irse por las ramas la sacaba de quicio. Ella siempre prefería ir a la raíz del asunto.
—Dilo de una vez. ¿Qué ocurrió?
Isobel negó con la cabeza. Continuaba firme en su postura de no alarmar a la familia que la cobijaba en su hogar.
—En realidad, no fue nada.
—¡Claro que fue algo! —protestó Arabella—. Ese maldito cerdo de lord…
—¡Arabella! —la reprendió Madeleine.
—Es un cerdo.
—No estoy corrigiendo tu apreciación. Estoy corrigiendo tu vocabulario durante el desayuno. Ya sabes que la premisa de la familia es nada de vulgaridades antes del almuerzo.
Joyce dejó escapar una carcajada.
—Después del almuerzo tienes permitido maldecirlo a gusto…
—Además —continuó Lady Madeleine—, una de las razones por las que Isobel está aquí es para familiarizarse con las costumbres de la sociedad londinense. Procura ofrecerle un ejemplo apropiado.
Arabella reflexionó unos instantes.
—Lord Cerdo Grosero...
Isobel se tapó la boca con una mano. Joyce ya no hizo ningún esfuerzo por contener la risa.
—¿Qué hizo Lord Cerdo Grosero? —preguntó Joyce.
—¡Joyce!
—Solo intento seguir la conversación, madre.
Madeleine negó con la cabeza y tomó otra vez su té.
—Adelante. Ya que mi desayuno está irremediablemente condenado, al menos satisfagan mi curiosidad.
—Ayer —comenzó Arabella—, cuando salimos de la tienda de telas de Bond Street, yo regresé porque había olvidado los guantes.
—Te dije que podía acompañarte —intervino Isobel.
—Y yo te dije que serían apenas dos minutos.
—Fueron más de dos…
—Ese no es el asunto.
Joyce apoyó un antebrazo sobre la mesa.
—¿Y cuál es el asunto?
Arabella vaciló. Aquello bastó para que la expresión de Joyce cambiara.
—Un hombre se acercó a Isobel.
—Un lord —corrigió ella.
—El cerdo grosero —precisó Arabella.
—¿Qué te dijo? —le preguntó Joyce a su prima.
Isobel jugueteó un instante con el borde de la servilleta.
—Al principio, nada grave.
—¿Y después?
—Después creyó que yo era una criada… —dijo con timidez. No porque la comparación la avergonzara, sino por lo que implicaba: que, de haber sido realmente una criada, debía aceptar los avances de cualquier hombre de mayor estatus.
Joyce frunció el ceño. Arabella fue quien continuó:
—Y, al parecer, eso le hizo pensar que podía comportarse como un… un… —Apretó los labios para no maldecir—. Un cerdo.
Madeleine exhaló con fastidio. La situación ameritaba cierta flexibilidad en las normas hogareñas.
—¡Al demonio con la hora del almuerzo! Dilo… Dilo como corresponde, Arabella.
—Gracias, madre… —Inspiró profundamente, liberada por fin de toda restricción—. Comportarse como un maldito desgraciado, porque la palabra «cerdo» le queda grande. Un cerdo tiene más modales que ese malnacido asqueroso y desvergonzado.
Madeleine dejó pasar unos segundos.
—Bien. Ahora que has sido específica con los calificativos, ¿existe alguna posibilidad de que arribemos también a un nombre propio?
Arabella abrió la boca dispuesta a revelar ese dato, pero Joyce se adelantó.
—Espera.
Había permanecido en silencio durante los últimos instantes, con la mirada fija en algún punto de la mesa y el ceño un tanto fruncido. No parecía estar observando nada en particular. Estaba ordenando la información.
—Has dicho que se acercó a Isobel cerca de Bond Street.
—Sí.
—Al salir de la tienda de telas —añadió Isobel.
Joyce asintió.
—Y era un lord.
—Sí.
—Asqueroso, desvergonzado y, por lo que cuentas, con una evidente falta de criterio. No solo por creer que podía tomarse semejantes libertades con una criada, sino por atreverse a hacerlo a plena luz del día.
Eso último reducía las posibilidades. Hombres que se creyeran con derecho a propasarse con una mujer del servicio, por desgracia, había demasiados. Que además fueran lo bastante imprudentes para hacerlo a esas horas y en las inmediaciones de Bond Street reducía bastante la lista.
—Sí, sí —confirmó Arabella—. Con una muy evidente falta de criterio.
Madeleine resopló.
Otro «muy».
¿Cuántos llevaban esa mañana? Había perdido la cuenta. ¿Seis? ¿Siete?