Capítulo 1
—U na semana —dijo Lady Madeleine Grigg, dejando la taza sobre el platillo—. Ya has sobrevivido una semana entera en Londres, Isobel. Creo que ha llegado el momento de emitir un veredicto.
Isobel Catherine Grigg levantó la vista de su desayuno.
—Ha sido… agradable.
Madeleine esperó a que continuara. Arqueó una ceja.
Su sobrina sonrió con leve incomodidad.
—¿Agradable de qué manera? —preguntó al ver que no lo hacía—. ¿Agradable como quien disfruta de una experiencia, pero se siente satisfecho de que haya terminado? ¿O agradable al punto de querer repetirla?
Madeleine continuó esperando. Isobel, sin embargo, no pareció dispuesta a ampliar la información. Su tía carraspeó. No había escapatoria para la muchacha; algo tenía que decir.
—Muy agradable —añadió finalmente.
—Ah… Muy. —Madeleine asintió despacio, como si aquella precisión hubiese esclarecido por completo el asunto—. Sin duda, el «muy» lo cambia todo —dijo, ya resignada a la escasez de palabras de su sobrina.
Viendo y considerando que no obtendría de Isobel la información que buscaba, Madeleine decidió recurrir a la fuente más confiable y, sobre todo, verborrágica, de la casa: Arabella, la menor de sus hijas.
Para su sorpresa, esta bajó la cabeza con sospechoso y fingido interés hacia la tostada que acababa de untar con mermelada.
¡Vaya! Tanto mutismo a una hora tan temprana. Qué inesperado.
Lady Grigg había aprendido, después de muchos años de maternidad, que los silencios podían resultar más reveladores que las palabras. Sobre todo, cuando procedían de Arabella, cuya capacidad para permanecer callada rara vez sobrevivía más de unos pocos minutos.
Esa mañana llevaba casi cinco minutos sin pronunciar palabra. Solo movía los labios para acompañar la masticación. Sin duda, algo ocurría.
Madeleine volvió a tomar su taza.
—Debo reconocer que esperaba una opinión algo más extensa.
—¿Sobre Londres? —preguntó Isobel.
—Sobre Londres, sobre Inglaterra, sobre nosotros…
—Hizo un pequeño gesto con una mano. A diferencia de las muchachas, ella no se andaría con vueltas.
Si quería respuestas, debía indagar de forma bien directa—.
Sobre cualquier cosa. Has venido desde Escocia para pasar una temporada aquí.
Imagino que alguna impresión habrás formado.
Isobel volvió a sonreír con cierta incomodidad.
No porque se sintiera incómoda en casa de los Grigg; todo lo contrario.
En apenas una semana había conseguido sentirse a gusto con su tía y sus primos.
Lo que la incomodaba era aquello que prefería guardar para sí.
No veía motivo para alterar la tranquilidad de toda la familia por un incidente desagradable que, al fin y al cabo, ya había pasado.
Cuantas menos personas se preocuparan por ello, mejor.
—Me gusta… —se limitó a decir.
—Excelente. Hemos avanzado de «agradable» a «me gusta». A este ritmo, para la cena quizá consigamos una oración completa.
Arabella dejó escapar una risa que intentó disimular detrás de su taza. Su madre la miró.
—Y tú has resultado una guía diligente, según tengo entendido.
Arabella carraspeó.
—Por supuesto, madre. Muy diligente.
—Otra vez «muy». —Madeleine ladeó la cabeza—. Empiezo a sospechar que será la palabra que nos acompañará durante todo el desayuno.
—No sé qué palabra prefieres que utilice, madre.
—Alguna que consiga ilustrarme acerca de ese diligente trabajo tuyo como guía sería un buen comienzo.
—De acuerdo, entonces lo haré simple… Le he mostrado Londres.
—Y eso ya lo sé —resopló con desgano la matriarca Grigg—. Lo único que intento descubrir con esta charla matutina es de qué manera le has hecho conocer Londres.
—¡Madre! —Arabella dejó la taza sobre el platillo—. ¿Por qué pones en duda mi comportamiento social antes siquiera de saber lo que hemos hecho?
—No pongo en duda tu comportamiento, querida. Lo conozco. Que es bastante diferente. Y ni siquiera he dicho que hayas hecho nada malo.
Arabella entrecerró los ojos.
—Pero lo pensaste.
—Por supuesto —respondió Madeleine con absoluta naturalidad.
—¡Madre!
—Sí, sí, justamente porque soy tu madre lo pienso y lo digo. Te traje a este mundo y te he criado. Pretender a estas alturas que no puedo anticipar ciertas posibilidades sería un ejercicio inútil para ambas.
—Suficiente despliegue de conocimiento materno por ahora, madre. Apenas he comido una tostada. Guarda el resto para más tarde. —Arabella hizo un gesto con la mano, dando el asunto por terminado—. Le he mostrado Londres y he cumplido con mi parte. Punto final.
—Punto final —repitió Madeleine—. Supongo entonces que debo quedarme tranquila y deducir que ha sido una experiencia completamente estándar.
—Muy estándar.
Madeleine la miró de soslayo.
—Otra vez «muy».
—No hubo grandes sobresaltos —se apresuró a añadir Arabella—. Además, la sociedad londinense tampoco se presta a mucho más.
La vizcondesa viuda no estaba del todo segura de compartir aquella apreciación, pero decidió concedérsela.
—Aun así —continuó Arabella—, todavía queda mucho Londres por recorrer.
Madeleine detuvo la taza antes de que alcanzara sus labios.
—Bien. Retiro lo dicho.
—¿Qué cosa?
—Lo de quedarme tranquila.
Isobel volvió a concentrarse en su plato, aunque esta vez Madeleine alcanzó a percibir el movimiento en las comisuras de sus labios.
Al menos parecía estar divirtiéndose.
La muchacha había llegado a la casa del vizcondado de Killearn apenas una semana atrás con varios baúles, una doncella, una carta de su padre y una expresión que oscilaba entre la curiosidad y el deseo de pasar inadvertida.
Esto último había sido, en opinión de Madeleine, un error de cálculo.
Resultaba difícil pasar inadvertido en una casa habitada por los Grigg.
Mucho más si Arabella decidía tomar a alguien bajo su protección.
Y lo había decidido ni bien su prima descendió del carruaje. Desde entonces habían sido prácticamente inseparables.
El comedor destinado a los desayunos era uno de los pocos espacios de la casa que Lady Madeleine prefería mantener libre de excesos.
Las paredes claras, los grandes ventanales orientados al jardín y una mesa mucho más pequeña que la del comedor principal hacían que las mañanas conservaran cierta intimidad incluso cuando toda la familia coincidía allí.
Esa mañana, sin embargo, solo tres lugares estaban ocupados.
El de Joyce, la mediana de sus tres hijos, permanecía vacío.
También el de Robin, su primogénito y actual vizconde de Killearn, sobre cuyos hombros había recaído, tras la muerte de su padre, la responsabilidad de encabezar la familia.
Una tarea que, considerando la cantidad de mujeres que la componían, nadie se atrevía a envidiar.
Aun así, Madeleine no encontraba extraña ninguna de esas dos ausencias. Lo que sí encontraba extraño era que Arabella continuara sin hablar.
—¿Adónde la llevaste?
La tostada se detuvo a medio camino de la boca de su hija.
Madeleine observó el movimiento.
Isobel miró a Arabella.
Arabella miró a Isobel.
—A pasear.
—Qué concepto novedoso.
—Fuimos a caminar un poco.
Madeleine abrió los ojos con fingido interés.
—Ah, vaya. Qué interesante. No lo sabía. Yo tenía entendido que caminar era una de las actividades que solían realizarse durante un paseo.
Arabella carraspeó. A su lado, Isobel se removió en la silla y bajó la mirada hacia su plato.
—Bueno… aparte de eso, vimos algunas tiendas —añadió Arabella al pasar, como si acabara de recordar un detalle carente de toda importancia.
—También suele ocurrir eso en los paseos por Londres.
Arabella tomó finalmente la tostada y le dio un mordisco considerable. Después comenzó a masticar con una parsimonia tan exagerada que Madeleine no tuvo ninguna dificultad para interpretar el mensaje: no puedo seguir hablando, tengo la boca ocupada .
La contempló durante unos segundos.
—¡Ay, por favor!
Dejó la taza sobre el platillo y apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Estoy intentando mantener una charla amena durante el desayuno con ustedes dos y parece que estuviera interrogándolas bajo juramento.
¿Hay algún motivo por el que ambas respondan como si estuvieran declarando ante un magistrado?
—Arabella continuó masticando—. Y no creas que no sé exactamente lo que estás haciendo con esa tostada.
Su hija levantó las cejas con expresión inocente y, todavía con la boca ocupada, señaló sus labios como demostración irrefutable de que se encontraba imposibilitada para responder.
Madeleine volvió la mirada hacia Isobel.
—No ocurre nada, tía Madeleine —aseguró esta.
—No he dicho que ocurriera algo —dijo, ya dispuesta a no indagar más.
Había descubierto hacía mucho que interrogar a sus hijos producía el efecto contrario al deseado. Cuanto mayor era su interés por conocer algo, más extraordinaria parecía volverse la capacidad de todos ellos para evadir una respuesta. La paciencia, en cambio, ofrecía resultados mucho mejores.
Los secretos de los Grigg tenían la curiosa costumbre de revelarse solos, por lo general acompañados de consecuencias. Consecuencias con las que, a aquellas alturas, todos estaban bastante acostumbrados a lidiar.
Así que Madeleine se convenció de que lo más sensato era no preocuparse y, sobre todo, no hacer más preguntas.
Al menos, hasta que la puerta se abrió.
Joyce entró en el comedor ajustándose todavía uno de los puños del vestido.
Benditos sean los cielos. Si unos instantes antes Madeleine había tenido la sensación de estar interrogando a dos acusadas ante un magistrado, finalmente acababa de llegar la jueza de la familia.
—Buenos días —saludó Joyce.
—Buenos días, querida.
Joyce se inclinó primero para besar la mejilla de su madre y después se acercó a Isobel.
—¿Qué tal la noche? ¿Has dormido bien?
—Muy bien —respondió Isobel.
Madeleine resopló y puso los ojos en blanco.
—Y dale con el «muy» —murmuró por lo bajo.