Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5) Prólogo
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Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5)

Fugarse con un vizconde (Sin reglas 5)

Por Scarlett O’Connor

© inepub.com

Prólogo

E l problema de saltar por la ventana de la sacristía el día de tu propia boda no era la caída, era el aterrizaje.

Lady Joyce Grigg colgaba a dos metros del suelo. Sus dedos resbalaban por la piedra fría de la parte trasera de la catedral. Dentro, la flor y nata de la sociedad londinense esperaba verla caminar hacia el altar para convertirse en la flamante duquesa de Strathcairn.

Afuera, ella solo pensaba en huir.

—Demonios, Joyce, te matarás.

La voz conocida la sobresaltó. Los dedos de Joyce soltaron el alféizar. Perdió el equilibrio por completo y cayó, con la seda blanca rozando la mampostería. Cerró los ojos a la espera del golpe brutal contra los adoquines.

El impacto nunca llegó.

Unos brazos fuertes la atajaron en el aire. El impulso los derribó a ambos. Cayeron envueltos en un enredo de faldas, encajes y hortensias aplastadas.

Joyce abrió los ojos de golpe. El rostro de Brett Grenville, vizconde de Kinloss, estaba a escasos centímetros del suyo. Su amigo, el compañero de travesuras que acababa de regresar del otro lado del mundo.

Ella se apresuró a ponerse de pie.

—En mi defensa —jadeó ella—, te prometí no meterme en problemas hasta tu regreso. Pues... aquí estás tú.

Brett se incorporó con lentitud. Le sacudió la tierra de los hombros con expresión severa.

—Podías haber sido menos literal. Estás siendo más sarcástica de lo que permite tu posición. Regresa a la iglesia y finge que nada ha pasado. Yo me encargaré del resto.

—No puedo. —Ella tiró de la falda manchada de verde y hojas secas—. No puedo casarme.

Le contó lo que había descubierto y los motivos que la habían llevado, como era costumbre en ella, a cometer una locura.

Brett se quedó de piedra y analizó la situación con su habitual pragmatismo. Siempre había sido demasiado maduro para su edad, el responsable en aquella tríada que había conformado sin pretenderlo con su prima Tracie y su amiga Joyce.

—¿Hacia dónde huirás? —preguntó él—. ¿Con qué dinero? ¿En qué caballo? ¿Con qué atuendo?

—Dicho así, parece un plan estúpido.

—Es un plan estúpido, Joyce.

—¡Pero es el único plan que tengo!

Joyce miró hacia las caballerizas con desesperación. El pánico le cerraba la garganta. Tenía que irse antes de que su hermano notara la ausencia en la sacristía. Dio un paso hacia el callejón.

—Joyce, espera... —La detuvo él. Sujetó su muñeca con firmeza.

La miró a los ojos con una fijeza insólita que pareció paralizar el tiempo y, entonces, soltó las palabras que lo cambiarían todo:

—Cásate conmigo.