Fuera de ruta Extra — La Vía Láctea
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Extra — La Vía Láctea

—¿Qué más quieres comprar? ¿Un reloj, mancuernillas, ropa?

Valeria se detuvo frente a una boutique de lujo y miró al hombre a su lado.

Llevaban casi tres meses de novios y se acercaba el cumpleaños de Mauricio.

Cuando solo eran amigos con derechos, regalarse cosas habría sido cruzar una línea. Ahora que por fin tenían una relación formal, Valeria decidió comprarle algo.

—No me hace falta nada —respondió Mauricio, negando con la cabeza.

Su tono de siempre la dejó sin ideas.

En verdad, no le faltaba nada.

Para la comida, la casa y los traslados tenía a una asistente personal y un chofer.

Cuando cambiaba la temporada, los vendedores de las tiendas de ropa le armaban conjuntos nuevos, incluidas las corbatas y las mancuernillas.

Además, regalarle una corbata parecía insinuar que quería amarrarlo, y las mancuernillas eran poco prácticas.

Valeria también pensó en un perfume, pero le pareció tan poco útil como las mancuernillas.

En cuanto a un reloj, uno barato no correspondía a su posición y uno caro superaba lo que ella podía gastar.

Por más que pensaba, no se le ocurría qué regalarle.

—Ya casi es el cumpleaños de tu tío. ¿Qué crees que podría regalarle? —le preguntó directamente a Emiliano. Por suerte, lo tenía cerca.

—¿Un regalo? Yo también estoy preocupado por eso —dijo él, igual de desconcertado.

Cuando todavía estudiaba, Mauricio no aceptaba sus regalos. Bastaba con felicitarlo a la hora exacta.

Pero ese año Emiliano ya tenía trabajo y, además, Mauricio cumplía treinta. Como su sobrino, ya no podía quedarse sin hacerle un regalo.

—¿Qué crees que le haga falta? —preguntó Emiliano.

—… —Valeria se quedó callada.

Había ido a pedirle una idea. ¿Por qué ahora le tocaba ayudarlo a él?

—¿Y sus exnovias?… ¿Qué solían regalarle? —preguntó Valeria sin saber por qué.

—De sus exnovias solo conozco a Fernanda.

¿Qué le habrá regalado? —Emiliano movió los ojos mientras hacía memoria—.

Ya me acordé. El año que me fui a Estados Unidos, Fernanda me pidió que buscara un par de libros.

No recuerdo los títulos; eran de arquitectura.

Quería que encontrara las ediciones originales en inglés para regalárselas a mi tío. Según ella, a él le gustaron mucho.

Mauricio había estudiado arquitectura.

Cuando salía y veía un edificio interesante, siempre lo examinaba con ojo profesional.

El regalo de Fernanda había sido muy considerado.

Recordando lo que Emiliano le había dicho, Valeria pasó frente al estudio y no pudo evitar entrar.

Era una habitación amplia.

Detrás del escritorio había una pared entera de libreros con libros de administración, derecho, biografías, caligrafía, psicología y obras poco conocidas…

Según Mauricio, la mayoría los había comprado su asistente durante la remodelación, sobre todo como decoración. Alguien como él, que tenía la agenda llena casi todos los días, rara vez podía sentarse a leerlos uno por uno.

Valeria no vio ningún libro en otro idioma. En cambio, encontró un álbum rotulado «Fotos de grupo, generación 2008, Preparatoria F».

El álbum estaba en un estante alto.

Valeria se puso de puntitas para alcanzarlo. Al jalarlo, se cayó al suelo y de entre sus páginas salió un sobre.

Las orillas del sobre estaban amarillentas.

No tenía matasellos ni datos de remitente o destinatario.

Era muy ligero. Valeria lo sostuvo entre el índice y el pulgar y calculó que probablemente solo guardaba una hoja.

¿Sería una carta importante?

El sobre no estaba pegado. La abertura, que podía abrirse con facilidad, parecía invitarla a mirar.

Valeria no resistió la tentación. Metió los dedos y sacó una hoja doblada en tres partes.

Después de tantos años guardada, el papel había cambiado un poco. La letra elegante, escrita con tinta azul oscura, se había desvanecido, aunque todavía se alcanzaba a leer.

«Querido Mauricio:

Esta es la cuarta vez esta semana y la duodécima últimamente que pienso en ti. Cada vez que me acerco, el corazón se me acelera y hasta me tiemblan los dedos. La alegría me llena el pecho y la cabeza.

Por fin me atreví a escribirte esta carta».

Desde el comienzo le pareció conocida.

Valeria siguió leyendo con atención y, en efecto… era la carta de amor que ella había escrito tantos años atrás.

¿Por qué la había conservado?

Su letra de antes era un poco distinta a la de ahora.

¿Él sabía que la había escrito ella? ¿Se lo había contado Emiliano?

Pero, si Mauricio no hubiera querido guardarla, aunque Emiliano se lo hubiera dicho, no habría podido recuperarla.

Seguro la había conservado desde el principio.

¿Por qué? ¿Le había interesado la persona que se la envió?

Debía de haberle interesado, pues aceptó verla. Pero, si era así, ¿por qué no terminaron juntos?

O quizá solo había guardado la carta por nostalgia de la juventud.

La carta inesperada alteró tanto a Valeria que, esa noche, cuando Mauricio se acercó a ella, respondió a sus besos con distracción.

Él lo notó.

—¿Te ha pasado algo en el trabajo?

—No.

—Entonces, ¿qué sucede?

—Yo… Olvídalo.

—Puedes contarme lo que sea.

La miró con la misma ternura de siempre, serio y decidido.

—¿Qué es lo que te gusta de mí? —Valeria por fin se atrevió a preguntarle. Lo pensó un momento y añadió—: Quiero decir, has tenido muchas novias… ¿Soy especial para ti? ¿De verdad vas en serio conmigo?

Valeria ya había tenido otras relaciones.

Y, aunque durante esos meses Mauricio se había portado incluso mejor que un novio ejemplar, y no cabía duda de lo bien que la trataba, hasta ella pensó que estaba siendo un poco dramática al hacer la pregunta.

Pero era Mauricio. Desde la prepa lo había mirado casi con admiración.

También tenía miedo: miedo de no ser especial para él, de que algún día se cansara de ella.

Miedo de terminar convertida en una más de sus exnovias.

Mauricio percibió la preocupación apenas disimulada en sus ojos y frunció el ceño.

—¿Quién dijo que he tenido muchas exnovias?

»Tú eres la segunda mujer con la que he tenido una relación seria. Y sobre si voy en serio… —Su ceño se marcó todavía más. Al cabo de un rato, se relajó—. Espérame un momento.

Se levantó y volvió poco después con una cajita cuadrada, forrada de terciopelo.

—¿Qué es?

—Mi regalo de cumpleaños de este año.

—¿…? —Era tan pequeña que parecía guardar un anillo o unos aretes.

Al ver la expresión desconcertada de Valeria, Mauricio explicó:

—La mamá de Emiliano me preguntó qué quería para mi cumpleaños. Le dije que tenía novia y le pedí que me ayudara a diseñar esto.

Abrió la caja. Dentro había un anillo de diamantes.

Era de platino, con un diamante central redondo montado en seis uñas. A los lados tenía diamantes más pequeños, colocados en una curva que brillaba junto con la piedra principal como un cielo estrellado.

—Esto… —Valeria se quedó sin palabras.

Mauricio le tomó la mano. Al instante, ella sintió el aro frío en el dedo anular. Le quedaba perfecto.

—Se llama «Vía Láctea». —Mauricio le levantó la mano y la observó desde distintos ángulos—. La medida te queda bien. ¿Te gusta el diseño?

—Me encanta —dijo Valeria, mirando al hombre frente a ella, todavía aturdida—. Pero ¿no es demasiado pronto?

—Sí, es un poco pronto. —Mauricio asintió—. Pensaba esperar unos meses, llevarte a cenar a la luz de las velas y arrodillarme para pedirte que te casaras conmigo. Pero me preguntaste si iba en serio. Creo que esto es la prueba más convincente.

—¿Te pasó algo? —volvió a preguntarle Mauricio.

—No, me lo imaginé de más. —Valeria se encontró con su mirada insistente y tuvo que explicarle por encima—.

Se acerca tu cumpleaños y no sabía qué regalarte.

Le pregunté a Emiliano, y me contó que una exnovia te había regalado un par de libros en inglés que te gustaron.

Quise buscarlos, pero no encontré los libros. En cambio, encontré una carta de amor…

—¿Una carta de amor? —Mauricio la llevó de la mano al estudio y encontró la carta—. ¿Te refieres a esta?

—Sí —asintió Valeria.

—¿Te pusiste celosa?

Valeria no respondió.

Mauricio la llevó a sentarse en el sillón.

—Los libros que me regaló Fernanda no me servían mucho, así que se los di a Diego, el marido de Claudia, el mismo que viste en la boda. Y la razón por la que guardé esta carta… —sacó la hoja del sobre— es que tú la escribiste, ¿verdad?

—¿Lo sabías? —Valeria lo miró sorprendida—. ¿Te lo contó Emiliano?

—¿Qué tiene que ver Emiliano? ¿Tú se lo contaste?

La mirada de Mauricio volvió a volverse peligrosa.

Valeria se dio cuenta de que había metido la pata y regresó al tema.

—Entonces, ¿cómo lo supiste?

—Lo supe desde hace mucho. ¿Te acuerdas de que me preguntaste cuándo empecé a quererte? Después de volver a casa se me olvidó contarte que ya me había fijado en ti desde la prepa…

Mauricio empezó a contarle su versión de la historia.

Sentado en el sillón, la abrazó y le relató los recuerdos con una voz baja, pausada y profunda.

Le describió con todo detalle aquellas escenas que bastaban para hacerla sentirse emocionada y feliz.

Valeria escuchó su voz sensual y respiró su aroma particular.

Cuando por fin terminó, ella se volvió hacia él, le tomó el rostro entre las manos y lo besó.

Mauricio dejó de hablar y puso una mano detrás de su cuello, hundiendo los dedos en su cabello mientras profundizaba el beso.

Al terminar aquel beso largo, le acarició la espalda y los hombros.

—¿Hay algo más que quieras preguntarme?

Valeria negó con la cabeza.

La mano larga y de nudillos marcados de Mauricio subió poco a poco por su espalda hasta llegar al tirante de su camisón.

—Bien. —Le rozó el hombro con el aliento y mordisqueó el borde de su oreja—. Ahora me toca preguntar a mí.

—¿Por qué ayudaste a alguien a escribir una carta de amor?

—…

—¿Mmm? —Mauricio volvió a morderla suavemente.

Una sensación eléctrica le subió del cuello hasta la cabeza. Valeria ni siquiera supo cómo mentirle y contestó con sinceridad:

—Me pidieron ayuda y la escribí…

—¿Te pidieron ayuda? ¿No te pagaron?

—… —¿Cómo sabía todo? ¿Qué se suponía que contestara?

Valeria sintió que le ardían las mejillas.

—¿En qué pensabas mientras la escribías? —Mauricio cambió de pregunta.

—«Querido Mauricio:

»Esta es la cuarta vez esta semana y la duodécima últimamente que pienso en ti. Cada vez que me acerco, el corazón se me acelera y hasta me tiemblan los dedos. La alegría me llena el pecho y la cabeza.

»Por fin me atreví a escribirte esta carta.

»Tal vez no te interese saber cuándo empecé a sentirme fascinada por ti. Eres como una estrella brillante que nunca repara en el polvo de la tierra. Pero dentro de un millón de años, cuando choquen las estrellas, los dos seremos polvo estelar. Déjame ir al grano.

»Me gustas…»

Mauricio apartó la boca de su cuello.

—¿Y después?

Valeria no respondió.

—¿Qué sigue? —le preguntó en un tono seductor.

Incluso cuando se burlaba de ella, Mauricio tenía un encanto irresistible y sensual. Valeria recordó la carta que había leído rápidamente esa mañana.

Aunque, por petición de la persona que le encargó escribirla, había añadido muchas frases cursis y exageradas, parte de lo que decía era lo que ella sentía de verdad.

No tuvo que esforzarse para recordar la siguiente línea.

—Me gustas.

»Me gusta cómo brillas. Me gusta que seas tan capaz y, aun así, humilde y comprensivo. Me gusta tu voz agradable y la calma con la que enfrentas cualquier cosa…

—Sigue —la apremió Mauricio con voz grave y le dio un mordisco suave.

Valeria continuó con dificultad:

—Hay muchas razones para explicar por qué tantas personas te quieren y te admiran. Pero ni todas juntas alcanzan a describir lo especial que eres.

»Siempre recuerdo la primera vez que te vi. Llevabas una camiseta blanca y estabas de pie, muy erguido. Tus ojos profundos miraban el amanecer como un lago tranquilo y, al mismo tiempo, como una galaxia en movimiento…»

Los recuerdos lejanos volvieron a ella y su voz se llenó de sentimiento.

Entrecerró los ojos y, mientras recitaba, miró al hombre debajo de ella.

La expresión de Mauricio ya no tenía su seguridad habitual. En sus ojos profundos ardía el deseo que Valeria había despertado.

—«De todo lo que he visto y vivido, eres más valioso que cada una de las estrellas del universo en expansión.

»Mientras escribo estas palabras, el tiempo se vuelve lento junto a la punta de mi pluma y empiezas a aparecer en mi mente.

»Deslumbrante y emocionante. Siento que me quemo y, al mismo tiempo, que estoy sanando».

La voz de Valeria siguió, subiendo y bajando.

Mauricio no apartaba los ojos de ella y respondía a cada frase con sus caricias.

Varias veces, Valeria tuvo que esforzarse para recuperar el aliento antes de seguir leyendo.

—«Lo que cabe en esta carta no alcanza ni una décima parte. Si pudiera, quisiera…»

Las lágrimas le humedecieron los ojos. Escondió el rostro junto a su oído y murmuró:

—¿Puedo dejar de leer?

—«Quisiera que, cuando nos viéramos, pudiera contarte poco a poco lo que siento en este momento… ver tu reacción con mis propios ojos… oír tu respuesta con mis propios oídos…»

—Mauricio…

Él le respondió a su confesión con una voz suave:

—Te amo.