Fuera de ruta Capítulo 35 — Una invitación
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Capítulo 35 — Una invitación

—Lo hiciste demasiado público —se quejó Valeria esa noche.

—¿Qué se suponía que hiciera? —le preguntó Mauricio—. ¿Seguir viéndonos a escondidas y, cuando nos casemos, mandarles de pronto una invitación a todos?

—…

La palabra «casemos» le salió con tanta naturalidad que, de pronto, a Valeria se le pasó el enojo.

Mauricio se acercó para besarla.

—Espera. —Valeria lo apartó y se levantó para ir al baño.

Unos minutos después, volvió con los hombros caídos.

—Me… llegó el periodo.

La menstruación se le había adelantado.

Valeria se encontraba mejor que antes. Ya no sufría dolores terribles durante esos días, pero las molestias en el vientre aún la dejaban sin ganas de moverse.

La temperatura de Mauricio era más alta que la de ella. Servía perfecto como almohada humana.

Valeria se recostó a gusto en sus brazos y él le puso la mano sobre el vientre para darle calor.

Se quedaron acurrucados en el sillón viendo una película.

Eso le recordó a Mauricio otra ocasión en que habían hecho lo mismo, sin nada más que mirar una película juntos.

Había sido a comienzos del otoño anterior, el aniversario de la muerte de Elena.

Mauricio fue temprano al panteón y, al llegar, vio que alguien se le había adelantado.

La hierba alrededor de la lápida estaba limpia. Frente a ella había flores. No eran crisantemos, sino nardos, las flores favoritas de Elena.

En ese entonces, Claudia y su marido ya vivían en Australia, y Emiliano estaba en Estados Unidos. La única persona que podía haber llegado temprano a visitar la tumba de Elena era Gonzalo.

Mauricio no podía imaginar quién más habría llevado nardos al panteón. Eran las mismas flores con las que Gonzalo y Elena se habían enamorado.

No sabía si llamarlo un gesto considerado o una tontería. Ella estaba muerta. ¿Para quién hacía ese esfuerzo?

Mauricio miró las flores blancas, que le parecieron casi ofensivas, y lo pensó.

Pero no pudo evitar recordar el dolor que Gonzalo había mostrado en los últimos días de Elena.

Era una tristeza y una opresión que cualquiera podía notar. Parecía siempre a punto de estallar; hasta la cosa más pequeña podía ser la chispa que lo hiciera explotar.

Pero cuando estaba con Elena, cambiaba por completo. Se mostraba tranquilo y paciente: la ayudaba a salir a tomar el sol, le contaba chistes, la aseaba…

—Dime… ¿crees que tal vez antes se portaba tan mal porque quería que mamá le hiciera caso? Como cuando se emborrachaba y decía que ella nunca le daba cariño —le preguntó Claudia en una ocasión, intentando defenderlo.

Mauricio se burló de la idea.

En el matrimonio de Gonzalo y Elena, ella también había cometido errores por ser dominante y fría. Pero Gonzalo era, con mucho, el que se había equivocado más y de la peor manera.

Si la actitud de Elena solo había abierto grietas en su matrimonio, Gonzalo había tirado la toalla: hizo imposible que los dos pudieran reparar su relación.

Mauricio no aprobaba que su papá la hubiera engañado. Tampoco quería llamar «amor profundo» al remordimiento que mostró después. Hacerlo le parecía un insulto a esas palabras.

Pero al ver las flores y recordar a Gonzalo quitando las hierbas alrededor de la tumba, probablemente moviéndose con dificultad y murmurando para sí, sintió una opresión inexplicable en el pecho.

Se había convencido de que el rechazo y los reproches de Claudia y suyos eran consecuencia de lo que Gonzalo había hecho.

Pero a Elena nunca pareció importarle la conducta de su marido. No parecía haberse resentido por sus aventuras ni haber tenido que perdonarlo.

Mauricio ya no estaba seguro de si él y Claudia tenían derecho a castigar a su papá en nombre de Elena, ni de si Gonzalo merecía todo el rechazo que recibía.

Mauricio dejó junto a la tumba las flores que había llevado y limpió mecánicamente la lápida de Elena con un pañuelo.

En ese momento recibió un mensaje de Valeria. Le decía que le había llegado el periodo y que cancelaba sus planes para esa tarde.

¿Cancelar?

No sabía por qué, pero al leer el mensaje de pronto quiso verla.

Quería conversar con ella sin más, o incluso quedarse en silencio a su lado.

Así que le contestó:

«Ya voy para allá».

Esa tarde, Mauricio fue de todos modos al departamento de Valeria.

Cerraron las cortinas y se quedaron acurrucados en el sillón, viendo una película, igual que ahora.

Mauricio ya no recordaba el título ni de qué trataba.

Solo recordaba lo cómodo que era abrazar a Valeria. Por un rato, pudo olvidarse de todos sus pensamientos y preocupaciones.

No estaba concentrado en la película. De vez en cuando, después de distraerse, le preguntaba qué estaba pasando.

Ella se lo explicaba con paciencia.

Los colores cambiantes de la pantalla se reflejaban en sus ojos y les daban un brillo luminoso. Sus pestañas largas caían sobre la mirada, donde las estrellas parecían moverse.

Mauricio no pudo resistirse y se inclinó para besarla.

Ella le preguntó en voz baja:

—¿Quieres que te ayude?

Tenía el rostro algo pálido. No se sujetaba el vientre, pero el ceño fruncido dejaba claro que no se sentía bien.

En ese instante, Mauricio se sintió un patán.

También empezó a detestar la clase de relación que tenía con Valeria, una relación que parecía unirlos solo por el deseo.

Había muchas otras cosas que le gustaban: conversar como amigos, contarse lo que les pasaba, seguir recostados en el sillón para terminar la película o compartir la cena…

Había cruzado media ciudad para verla. No lo había hecho para acostarse con ella. Pero, aunque se sentía mal, ella seguía preocupándose por sus deseos, como si cada vez que él aparecía en su casa tuvieran que hacer algo.

Mauricio miró a Valeria, desconcertado.

Quiso decirle lo que sentía. Pero cuando intentó ordenar las palabras, se dio cuenta de que no sabía cómo expresarlo.

También tenía miedo.

Temía que sus sentimientos siguieran siendo confusos.

Temía darle falsas esperanzas y también temía que ella no esperara nada de él. Un paso en falso podía acabar con la relación.

Por suerte, Valeria fue más valiente.

La película nunca había sido lo importante para Mauricio.

Sus pensamientos se enredaban solos alrededor de la mujer que tenía entre los brazos.

Era tan linda.

Bajo la luz tenue y sugerente que proyectaba la pantalla, volvió a inclinarse para besarla.

Sus labios se encontraron.

La besó con ternura y sin prisa.

No buscaba despertar el deseo. Solo quería besarla.

Cuando al fin dejó de besarla, le acarició con el pulgar la piel junto al cuello y apoyó su frente contra la de ella.

—Ven a vivir conmigo.

—¿Qué? —Valeria estaba aturdida por los besos y todavía no reaccionaba. Mauricio le rozó la punta de la nariz con la suya y añadió—: Quiero regresar a casa todos los días y poder abrazarte así.