Fuera de ruta Capítulo 36 — Vivir juntos
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Capítulo 36 — Vivir juntos

¿Vivir juntos?

La primera vez que Mauricio se lo propuso, Valeria pensó que era demasiado pronto. Pero, después de que él lo mencionara varias veces, empezó a creer que quizá no era mala idea.

Para empezar, Mauricio había estado yendo casi todos los días a su departamento. Desde que formalizaron su relación, pasar la noche juntos era de lo más normal.

En las casas de ambos ya había muchas cosas del otro: ropa, zapatos, champú, jabón, las tazas que usaban para tomar agua y algunos artículos que compartían.

En realidad, no había tanta diferencia con vivir juntos.

Al final, Valeria aceptó.

Ya habían hecho de todo. No había por qué ponerse nerviosos; mudarse juntos solo les ahorraría manejar de un departamento al otro.

Eligió un sábado para llevar sus cosas a casa de Mauricio.

Por una vez, ninguno tenía planes para el fin de semana. No tenían que trabajar horas extra ni asistir a compromisos. Era un día libre para los dos.

Mauricio ayudó a Valeria a guardar sus cosas y le preguntó qué quería hacer.

—¿Qué sueles hacer los fines de semana? —preguntó ella.

—Cuando no tengo compromisos, voy a pescar o a jugar con mis amigos. También voy a verte.

—¿Y cuando estás en casa?

—Casi nunca me quedo solo en casa. ¿Y tú qué haces los fines de semana?

¿Qué hacía Valeria?

Si no tenía que trabajar y tampoco había quedado con alguien, solía limpiar, cocinar y volver a comprar artículos de uso diario.

Pero en casa de Mauricio…

La persona que hacía la limpieza iba todos los días. No había ni una mota de polvo entre los cojines del sillón. La ropa de Mauricio estaba bien ordenada en el clóset, lavada y planchada. Hasta el jardín acababa de ser podado.

Solo el refrigerador se veía algo vacío. No había más que fruta, vino y refrescos.

—Cuando no tengo mucho que hacer el fin de semana, me gusta cocinar en casa. ¿Vamos al súper? —propuso Valeria.

Mauricio casi nunca usaba la cocina. Si llegaba a comer en casa, llamaba con anticipación a la persona de servicio para que comprara los ingredientes y fuera a cocinar.

Desde que conocía a Valeria, solo había probado su comida dos veces: cuando Emiliano se enfermó y cuando ella le pidió que se quedara en su departamento.

Ahora que ella misma proponía ir al súper, Mauricio aceptó enseguida.

—Vamos.

Junto a la zona residencial donde estaba la casa de Mauricio había un supermercado pequeño y elegante, pero casi todos sus productos eran importados, incluso las frutas y verduras. No había mucha variedad.

Para que Valeria tuviera más opciones, Mauricio la llevó en coche a otro supermercado, un poco más lejos.

Valeria ya había decidido qué necesitaba. Al entrar, fue directamente a los pasillos de artículos para el hogar y de alimentos frescos.

Mauricio empujaba el carrito detrás de ella. De vez en cuando tomaba algo de los estantes junto a los que pasaban, pero nunca lo ponía en el carrito.

—¿Hay algo más que quieras comprar? —preguntó Valeria cuando terminó de elegir sus cosas.

Mauricio negó con la cabeza.

—Entonces, ¿por qué te veo agarrando cosas todo el tiempo?

—Solo estaba mirando.

No dijo que también estaba fijándose en las marcas que ella usaba.

Fueron a pagar.

Por la tarde no había mucha gente en la fila, así que enseguida les tocó.

Valeria estaba sacando la cartera cuando Mauricio ya tenía abierto el código de pago en el celular.

Mientras la cajera escaneaba los productos, él los fue acomodando en las bolsas del súper.

En cuanto terminaron de cobrar, tomó las bolsas con una mano y, con la otra, entrelazó los dedos con los de Valeria.

—Ya le agarraste la onda —dijo ella, mirándolo de reojo—. ¿Antes ibas mucho al súper con tus novias?

—No. —Mauricio señaló hacia adelante con la cabeza—. Estoy aprendiendo sobre la marcha.

Valeria miró en la dirección que le indicaba. Una pareja joven iba delante de ellos, muy acaramelada.

Habían comprado dos bolsas grandes. El muchacho cargaba las dos, aunque la chica quería ayudar. Él se negaba a dejarle una y, al liberar una mano, la tomó de la suya.

La muchacha no tuvo más remedio que enlazar el brazo con el de él.

Valeria también aprendió sobre la marcha y se colgó del brazo de Mauricio.

Al volver a la casa, descansaron un rato y Valeria empezó temprano a preparar la cena.

Eran platillos caseros, pero Mauricio se los acabó todos para hacerla sentir bien.

—Nunca supe que cocinaras tan rico —dijo mientras metía los platos en la lavavajillas.

—¿Y cómo ibas a saberlo, si nunca te quedabas? —Valeria limpió la estufa.

Mauricio la miró en silencio, como si quisiera decir: «¿Y eso es culpa mía?».

Valeria apartó la mirada con algo de culpa.

—Voy a lavar fruta.

En el refrigerador había cítricos, manzanas y peras, entre otras frutas comunes. Valeria también había comprado pitahaya, ciruelas y guayabas en el súper…

Al ver tanta variedad, se dio cuenta por primera vez de que en realidad no sabía qué le gustaba comer a Mauricio.

Cuando le preguntó si prefería el huevo con la yema líquida o bien cocida, él dijo que le daba igual. Cuando le preguntó si prefería la comida ligera o más condimentada, contestó que no era exigente.

Rara vez lo había visto comer fruta.

Cuando le preguntó en el súper qué quería, también dijo que comía de todo.

No sabía si la estaba complaciendo o si quería que se tomara el tiempo para descubrir sus gustos.

Valeria miró al hombre a su lado y de pronto se le ocurrió que podría gastarle una pequeña broma.